Acción de Gracias en Pamplona-Iglesia (Memoria agradecida)

Esta misa es en acción de gracias por los por 64 años de sacerdocio del P. Jesús Arrondo, por los 55 del P. Martín Burguete, por los 60  del P. José Luis Argaña (que nos visitaba desde la casa de San Sebastián) y por los 70 años de mi vocación. Por razones obvias, (porque no me corresponde a mí hablar en nombre de nadie), voy a hacer una pequeña reflexión desde mi propia experiencia. 

El 7 de septiembre hizo 75 años que llegué a esta apostólica de Pamplona para comenzar los estudios del seminario menor. Aunque el sacerdocio marca el tono de todo nuestro compromiso, la vocación empieza mucho antes. ¿Cuál es la fecha más significativa? ¿La entrada en la apostólica  para comenzar los estudios? ¿La entrada en el seminario interno (el noviciado)? ¿La ordenación sacerdotal? Por razones jurídicas, la Iglesia ha decidido fijar la fecha de entrada en el seminario interno como la que marca derechos fundamentales. Pero todas ellas son parte de un único conjunto que me gustaría tener en cuenta hoy.

1.  El 7 de Septiembre de 1945: hace75 años que llegamos a esta casa, Gregorio Olangua (que está ahora en la enfermería de aquí de Pamplona) y yo. Aquí nos esperaban Jesús Martínez Sanjuán, Cándido Arrizurieta y Ángel Oyanguren que solo unos días más tarde se iría a Madrid, al noviciado, como le llamábamos entonces. ¡Dios mío! Él ya había terminado los 5 años de la apostólica que iba a comenzar yo. A mí me parecía que había escalado un monte más alto que el Everest.

2. Para nosotros, eran tiempos de pantalón corto; tiempos de frío en las rodillas y de sabañones en las orejas y en las manos; tiempos de horas y horas de declinaciones latinas y de verbos con pretéritos y supinos; horas de matemáticas y de historia, de frontón y de fútbol. Eran tiempos de postguerra con estrecheces, pero con grandes ilusiones por mejorar el mundo.

3. Eran tiempos de Oñativia que vivía aquí con nosotros y que estaba pintando los cuadros de esta Iglesia. En ella, al final, a la izquierda, en el cuadro de la muerte de San Vicente, dejó retratados a nuestros profesores: los Padres Alduán, Lanchetas, Osés, Carrasco, Jiménez, Bacaicoa, Paisán, Pampliega, Echeverría, Peláez, Langarica, Larráinzar, el Hno. Chicano y el donado Enrique (“Olite”). 

4. También el día 7, pero 62 años atrás, Mons. Sanz, obispo emérito de Cuttack (en la India) me ordenó sacerdote de la Congregación.

5.  Son muchos años. Al traerlos a la memoria, se agolpan los recuerdos y los sentimientos. Entre estos hay uno que sobresale por encima de los demás por la frecuencia con que se presenta y por la importancia que tiene: el agradecimiento. Es el sentimiento que me gustaría resaltar hoy:

  • Agradecimiento a Dios. Sabemos que Él es el principio de todo: por tanto, agradecimiento a Él, especialmente por la vida y por la vocación. Él me dio la existencia y Él me llamó.
  • Agradecimiento a mis padres de los que se sirvió Dios para traerme a este mundo. Es justo reconocer que me dieron no solo la vida sino también todo lo que ellos tenían. Lo hicieron lo mejor que pudieron y supieron. ¡Cuánta mejor persona sería yo ahora, si hubiese seguido todos sus consejos! De no haberlos seguido, ellos no tienen la culpa. Solamente la tengo yo.
  • Agradecimiento a la Congregación. Yo venía como un niño de 11 años, con lo aprendido en la escuela de Aibar; con pantalón corto, con mucho miedo y con muchas ganas de llegar a ser algo. Cuando uno comienza una vida, quiere y espera ser feliz. Yo lo he sido. Con altibajos evidentemente. Pero si tuviese que empezar de nuevo, elegiría otra vez la Congregación de la Misión.

6. La Congregación no es un pensamiento, no es un “ente de razón” a los que tanto tiempo tuvimos que dedicar en los años de filosofía en Hortaleza. La Congregación son los compañeros con los que tengo que convivir. Ella y ellos me han facilitado una vida de comunidad que me ha aislado de muchos peligros y me ha facilitado cumplir la misión. Yo sé que muchas veces no la he cumplido. Por esos momentos, solo me queda pedir perdón. Y contar con la convicción de que Dios es infinitamente misericordioso. ¿Que muchas veces he prometido cambiar para ser perfecto y que después no lo he sido? ¡¡¡Evidente!!! Pero aquí entra mi convicción. ¡Cómo se habrá reído Dios muchas veces conmigo! “Míralo que creidillo, pensando ser perfecto”. Perfecto solamente es Dios. Y Dios que me ha hecho, sabe mejor que nadie lo limitado que soy. Pero tengo la convicción de que Él, que es infinitamente misericordioso, me ha perdonado todos los fallos; porque me ha hecho; porque me conoce; porque es mi padre.

7. Entre los trabajos que la Congregación me ha encomendado quiero resaltar dos por las satisfacciones que me han producido: el trabajo con las Hijas de la Caridad en la Provincia de San Sebastián y el trabajo en parroquias. 

  • Las Hijas de la Caridad me enseñaron lo que es atender al pobre  de verdad. En los libros, en los textos de San Vicente, yo aprendí la teoría. Las Hermanas me mostraron la realidad de lo que es cuidarles de veras. ¡Tantas y tantas Hermanas admirables dedicadas totalmente a cumplir el evangelio del Buen samaritano y el evangelio del Juicio Final!
  • En las parroquias, sobre todo en el confesonario, he experimentado cómo personas que venían agobiadas por el sentimiento de culpa, salían esponjadas con la convicción de que Dios les había perdonado.

8. Hoy por tanto, solo quiero expresar dos sentimientos: gratitud y petición de perdón. 

Después de la Eucaristía, hubo un aperitivo y a las dos en punto, Pili nos preparó una deliciosa comida, donde hubo cantos, recuerdos y chascarrillos relacionados con estos 75 años. Sea todo para la mayor gloria de Dios. 

Luis Moleres Leoz, C.M.

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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