Biografías para el recuerdo: Martín Leoz

16-03-74
BPZ 74

Que escriba una semblanza del P. Martín Leoz?… Cómo me iba a negar, si es un privilegio haber sido su discípulo y fue un placer su convivencia y su recuerdo es una elevación del alma!

Lo conocí a mis trece débiles años en nuestro seminario de Guadalajara. Él tenía entonces sólo treinta y siete. Era vice-superior, profesor, prefecto de disciplina y director del orfeón del Seminario. Para todos nosotros, a sus treinta y siete años, era un sacerdote perfectamente maduro, en plena sazón para desempeñar cargos prestigiosos. Cuando, por los días de Pascua de aquel año de 1930, el P. José M. Aparicio dejó vacante el cargo de superior para ocupar el de director del Noviciado, nos pareció a todos muy lógico que el P. Leoz quedase al frente de casa tan importante.

La estampa del P. Leoz la conservo en toda su nitidez desde entonces. Su cuerpo se ajustaba hasta el milímetro a los cánones de los clásicos escultores griegos. Grave en su andar y sus modales. Su rostro, espejo de serenidad y de armonía. Al contemplarle se experimentaba aquella sensación aquietante –“la sofrosine”- que andaban buscando los grandes maestros helénicos en sus manifestaciones artísticas. Sus ochenta y dos años no han sido bastantes para hacerle perder la verticalidad, ni para producir en su figura deterioro alguno perceptible.

Serenidad y armonía. Esto era y esto imprimía a todos sus actos. Ni una palabra de alabanza engreidora al alumno, que decía la lección con justeza o al cantar que entonaba una jota en el patio de recreo o una plegaria mariana en el coro con voz limpia y vibrante o al deportista que ganaba un campeonato; simplemente una sonrisa de complacencia clara y abierta. Ni una hiriente reprensión que hundiera en el acomplejamiento o empujase a la rebeldía al seminarista irreflexivo o indisciplinado, sino unas medias palabras, que corregían sin deprimir ni dejar un recuerdo amargo. Nada ni nadie podía romper la armonía de su talante. Y no era pasividad o indiferencia su postura sino dominio y serenidad del espíritu. Unas veces serio, pero sin adustez; alegre otras, pero sin desbordamiento.

Como profesor era paciente y comprensivo con los atrasados y alentador con los aventajados, pero sin el menor asomo de favoritismo. Como director del orfeón, conseguía de aquellas voces de adolescentes, en trasformación, las más puras calidades musicales hasta lograr la más afinada interpretación de una muñeira, de una sardana o de una jota y la más impresionante de las composiciones sacras de un Palestrina o de un Vitoria.

Al empezar el curso 1930-31, el entonces Visitador, P. Adolfo Tobar y Mayoral, en un gesto de insospechado e inusitado progresismo, puso al frente de la comunidad de Guadalajara al P. Gregorio Sedano y el P. Leoz fue destinado a Alcorisa (Teruel). Pero su recuerdo, el recuerdo de su sonrisa serena y de su vital armonía quedó grabado para siempre en el alma de sus alumnos de la capital alcarreña. Y le seguiríamos ya a todos sus destinos con la simpatía y el recuerdo admirativo. ¡Qué lejos de sospecharlo él tan humilde que tanto empeño ponía en pasar inadvertido! Él se había propuesto hacer las cosas bien y con eficacia, pero sin brillantez generadora de entusiasmos. Por eso, cuantas veces se le ofreció el cargo de Superior, encontraba en su humilde apreciación razones para declinar los nombramientos. Pero una vez –fue en septiembre de 1932- no tuvo más remedio que aceptar el superiorato de Tardajos. Y hubo de permanecer en él durante seis años inacabables para su escrupulosa conciencia, a través de los traumatizantes días de aquella etapa dramática de la historia española.

Y después, sin descomponer lo más mínimo la armonía de sus ideas y de su comportamiento, Limpias, Murguía, Baracaldo y Puerto Rico, donde estuvo solamente tras años. De regreso a España, cortas estancias en Teruel –por segunda vez-, Paredes de Nava y Valladolid. Y, en 1956, cuando aún no pasaba de los sesenta y cuatro años, a Pamplona, su destino final.

A lo largo de mi vida sacerdotal he tenido la oportunidad de encontrarme con el P. Leoz en varios de sus destinos. Encuentros de escasa duración, pero lo suficiente para comprobar su gran talla espiritual. En las recreaciones se expansionaba con una alegría contagiosa y sana. Nunca salió de sus labios la estridencia de un chiste chabacano, ni una palabra de crítica, ni una expresión de amargura. Siempre sereno, apacible, como una melodía gregoriana. Fuera del tiempo de la recreación se sumía en el trabajo ministerial o en el estudio silencioso o en el paseo meditativo. No se advertía nunca su presencia o su proximidad. No conseguí advertirla durante una novena, en que ocupé una habitación contigua a la suya en Pamplona. Él no había accedido al sacerdocio para los sermones grandilocuentes, ni para la llamativa magistralía ni para empresas audaces, sino para la melodía a medio tono, el consejo tranquilizador, la enseñanza de materia elemental, el silencio ejemplarizante. Pasar haciendo el bien calladamente, como un sembrador sin coplas.

No era, no, una escultura fría y sin vida. Dios que modeló su perfecta anatomía, tallo también su alma. Como se tallan las estatuas: a fuerza de golpes y pesados martillazos. Los martillazos del sufrimiento: destinos que lo colocaban en ministerios que a él no le iban, el verse marginado mucho antes de que Dios lo jubilase y, sobre todo, la torturante angustia de los escrúpulos. Pero él a nadie le iba contando sus penas. ¿Para qué? Si se lo comunicaba a alguien se esfumaba el mérito. Además, la pena que se comunica hace sufrir a la persona que lo comparte. Y él no estaba aquí, en la vida, para causar a nadie el menor sufrimiento. Para un hombre como él, que vivía, dentro de la atmósfera de la fe, no podía haber otro Consolador mejor que Dios en larguísimo Getsemaní.

El día 1 de marzo pasado sufrió una caída y se fracturó la cadera derecha. Fue sometido a una operación quirúrgica, el día 4, con éxito completo. Pero el día 11 le empezó a fallar la irrigación sanguínea del cerebro. Y Dios que a lo largo de tantos años le tuvo sobre la angustiosa cruz de los escrúpulos, llegados los últimos días de su vida lo bajó de ella y lo inundó de paz. El P. José Mª Ortiz, que el administró a petición suya los últimos Sacramentos, escribe que le causó admiración su paz y su tranquilidad.

Y un sábado de Cuaresma, el día 16 de marzo, se extinguió su vida, como una melodía que, en lento “minuendo”, se pierde en las alturas. A las 5,30 de la madrugada, cuando todo el mundo duerme, como si cerrase sigilosamente una puerta tras sí –una vez más, la última-, para que nadie se diera cuenta de que abandonaba la guardia, porque le había llegado el relevo.

Y el domingo, día 17, cuando muchos de sus amigos andábamos atareados con los ministerios cuaresmales, su cuerpo exánime fue colocado en la tumba, junto a los restos de otros hermanos nuestros -¡ay, mi querido e inolvidable amigo Víctor Andueza!- que le precedieron en su arribada al Puerto. Supongo que no hubo ese festival de alabanzas, de cánticos a su quehacer, de elogiosos artículos en la prensa, de coronas florales y de ceremoniosas condolencias que se organiza cuando un famoso personaje se rinde ante la muerte. Todo esto hubiera tenido algo de salida de tono en esa sencilla composición armoniosa, con sus largos silencios, que fue la vida entera del P. Martín Leoz. Así, aquel tercer domingo de Cuaresma de 1974, después de una larga vida, que tuvo mucho de cuaresma meditabunda, expiatoria y esperanzadora, se convirtió para el P. Martín Leoz, en su victorioso amanecer pascual.

Nicanor Abad

 

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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