Carta de Gregory Gay, Superior General de la C.M., con motivo del Tiempo de Adviento 2012

Un camino hacia Cristo y hacia nuestro carisma

“Éste es el modo de la evangelización… que la verdad se convierta en mí en caridad y la caridad encienda como fuego también al otro. Solo en este encender al otro a través de la llama de nuestra caridad, crece realmente la evangelización, la presencia del Evangelio, que ya no es solo una palabra, sino realidad vivida” (S.S. Benedicto XVI, Meditación en la apertura del Sínodo sobre la nueva evangelización, 8 de Octubre de 2012).

A todos los miembros de la Familia vicenciana

Queridos Hermanos y Hermanas:

¡Que la gracia y la paz de Jesús llenen sus corazones ahora y siempre!

Recientemente he participado como delegado en el Sínodo sobre la nueva evangelización, que coincidió con el comienzo del “Año de la Fe”, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II. Como lo expresa nuestro Santo Padre en la cita indicada anteriormente, “la presencia del Evangelio” es un don y un desafío para todos los que siguen a Cristo a ejemplo de san Vicente de Paúl. Es un don que se nos ha dado por Jesús, el Verbo hecho carne. Nuestro desafío consiste en hacer de este don una “realidad vivida”, sirviendo a nuestros señores y maestros, los pobres de Dios. El tiempo de Adviento nos ofrece la oportunidad de meditar sobre la belleza, el misterio y la increíble responsabilidad de nuestra vocación de discípulos cristianos que siguen el carisma vicenciano. Nuestro itinerario de Adviento comprende cuatro movimientos distintos que reflejan este tiempo litúrgico así como las etapas de nuestra vida de discípulos en seguimiento de Cristo.

Un tiempo de angustias y de incertidumbres

El mundo actual está lleno de angustias y de incertidumbres de toda clase: económicas, geopolíticas, étnicas, sociales y personales. Las guerras, los conflictos armados y las catástrofes naturales engendran, a su vez, pobreza, hambre, el problema de “los sin-techo” y de las miserias humanas, de las que es imposible hacer una lista exhaustiva. Por muy alarmante y desconcertante que sea nuestro mundo hoy, los textos de la Sagrada Escritura del primer domingo de Adviento nos recuerdan que en otro tiempo han existido situaciones parecidas: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes… desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo” (Lc 21, 25-26).

Nuestros santos Fundadores, san Vicente y santa Luisa, tuvieron que hacer frente, en el transcurso de su vida, a desafíos catastróficos: guerra, hambre, enfermedades, desprecio de los pobres, ignorancia e indiferencia respecto a la práctica de la fe católica entre el clero y los laicos. ¿Cuál fue su respuesta a estas pruebas y tribulaciones?

Creo que la respuesta la podemos encontrar en el mismo evangelio de Lucas de este primer domingo de Adviento: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación… tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones […] Estad pues despiertos en todo tiempo” (Lc 21, 28, 34-36).

Vicente y Luisa, aprendiendo a conocer mejor a Jesús a través de la meditación de su Palabra y recibiéndolo en la Eucaristía, hicieron de Cristo el centro de su corazón y de su vida. Jesús calmó sus inquietudes y los apremió a emprender una manera de vivir el Evangelio, dinámica y profética.

Su itinerario espiritual se prosigue cuando ponemos en práctica el carisma de la caridad que ellos nos legaron hace ya más de 350 años. Que este Adviento sea un tiempo en el que busquemos a la Persona de Jesucristo en la Palabra y en los sacramentos, teniendo fe en Dios que “reinará con justicia y derecho en la tierra” (Jr 23, 5). Con el Emmanuel, Dios con nosotros, como principal apoyo, vamos a “rebosar de amor mutuo y de amor a todos… que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios santos e irreprochables” (1ª Tes 3, 12-13).

Un tiempo de toma de conciencia y de espera

En medio de las ambigüedades de la vida, el Adviento ofrece una toma de conciencia y una espera crecientes de la venida de nuestro Dios entre nosotros. El Adviento es un tiempo de comienzos y de finales: un nuevo año litúrgico y el final del año civil. Pero, como cristianos, tomamos conciencia de que a pesar de este chronos, deeste período de final y de comienzo, el Adviento ofrece un verdadero momento de kairos: por la Encarnación, Dios está siempre con nosotros. El profeta Baruc nos recuerda que debemos ser personas “llenas de gozo, porque Dios se acordó de nosotros” (cf. Bar 5, 5). Comoquiera que haya sido este año para nosotros, Dios nos llama, por Jesús, a un amor mayor.

La voz profética de Juan Bautista reanima la conciencia y la espera de la venida de Dios a Israel. Juan proclamaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados… una voz grita en el desierto : Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos” (Lc 3, 2-3). Juan, el profeta del Reino de Dios, hablaba de la venida del Mesías llevando una vida disciplinada por la ascesis y totalmente centrada en Jesús. El Adviento, a través de la belleza de la Sagrada Escritura, de las lecturas y de los himnos que nos despiertan a la misericordia de Dios, nos ayuda a dirigir nuestra mirada hacia el Hijo único engendrado por el Padre.

El resultado de la ascesis del Adviento, es una mirada constantemente orientada hacia Jesús, “Dios con nosotros”, como lo era en la vida de Vicente y de Luisa. Jesús era “todo” para ellos. Vicente apremiaba a sus discípulos “a hacernos interiores, a hacer que Jesucristo reine en nosotros… Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo” (SV XI-3, p. 429). Vicente y Luisa hicieron que viniera el reino de Dios a la tierra sirviendo a Cristo en los pobres. El Adviento nos prepara para hacer lo mismo.

Una llamada a la conversión a Cristo y a nuestro carisma

Ya que el Adviento nos hace pasar de la angustia a la espera, hay una apertura en nuestras vidas y en nuestros corazones para que Jesús pueda entrar en ellos. De este modo, encontramos de nuevo el misterio de la conversión, a medida que Cristo nos revela con suavidad nuevas formas de vivir las verdades evangélicas. Las palabras estimulantes de San Pablo revisten así un nuevo significado para nosotros: Alegraos siempre en el Señor ; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Esta proximidad nos ofrece una idea de lo que significa la conversión a Cristo y nos llama a una decisión: ¿en quién y en qué centro mi corazón?

El Evangelio del domingo “Gaudete” describe el primer fervor de aquellos cuyos corazones fueron tocados por Juan Bautista hasta el punto de convertirse. Lucas nos dice que, aunque las multitudes eran variadas e incluían tanto a personas sencillas como a recaudadores de impuestos y a soldados, todos planteaban la misma pregunta: “¿Qué tenemos que hacer? (Lc 3, 10). Y la respuesta de Juan era sencilla y directa: compartid todo lo que tenéis con los necesitados; no percibáis más impuestos que la cantidad requerida; no hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra paga (según Lc 3, 11-15). La llamada a la conversión que hacía Juan no se reducía a dar un salto al Jordán y a un breve sentimiento de alivio, sino que conducía hacia Jesús y a una relación nueva y dinámica con Dios y con el prójimo.

Nuestros santos Fundadores tuvieron sus “momentos de conversión”: la experiencia del domingo de Pentecostés en el caso de Luisa, y los encuentros de Vicente en Châtillon y Folleville. Los dos descubrieron que seguir a Cristo no debía consistir en ejercicios espirituales esotéricos ni en doctrinas religiosas abstractas, sino en el servicio a los demás como si se tratara del mismo Señor Jesús. Luisa escribía: “Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos” (Santa Luisa, Corr. y Escr., E. 98, p. 809).

El carisma vicenciano que nos inspira y nos guía hoy procede de la conversión de nuestros Fundadores a Cristo y de su deseo de apostar sus vidas por esta fe cada día. El Adviento nos permite reavivar nuestro vínculo con el carisma viviendo como “enviados de Cristo” (2 Co 5, 20). Vicente recordaba a sus primeros discípulos: “Pues bien, para comenzar bien y para tener buen éxito, acuérdese de obrar siempre en el espíritu de Nuestro Señor, de unir sus acciones a las de él y de darles una finalidad(San Vicente, Síg. V, p. 433).

Un tiempo para una acción redentora

Desde el momento en que dejamos que el Adviento nos renueve en el amor y en la misericordia de Jesús, podemos entregarnos más totalmente al carisma vicentino. En una carta anterior a la Familia vicenciana, sugerí este tema con miras a mejorar la colaboración: “Trabajemos juntos para anunciar la Buena Noticia y dar vida a los pobres” (Junio 2012). Al igual que nuestro carisma, la espiritualidad vicenciana es concreta y realizable. Éste fue el talento de Vicente y de Luisa: vieron a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo. Debemos trabajar juntos para difundir este carisma de la caridad en nuestro contexto actual.

Sin embargo, tanto la espiritualidad vicenciana como el Adviento nos recuerdan que lo que buscamos para nosotros mismos y para aquellos a los que servimos no es solo un alivio temporal sino una acción redentora. Los textos de la Sagrada Escritura del Adviento ponen de relieve a personas sencillas llamadas por Dios a jugar un papel extraordinario en la historia de la salvación: Juan Bautista, María, Isabel y José. Mediante su apertura a la voluntad de Dios, la Virgen María aceptó su rol en la obra redentora de Dios como Madre del Señor, trazándonos así un camino seguro de fe y fidelidad. No es extraño que Isabel dijera a María en su visita: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno… feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Seño” (Lc 1, 42-45). El testimonio de María, así como todos los relatos del Adviento pueden ayudarnos a profundizar la gracia de Dios en nosotros, cuando hacemos nuestros estos relatos de la historia de la salvación.

La Familia vicenciana está compuesta por miembros de una fe firme, que comparten la misión de evangelizar a los pobres. Todos están llamados a ser misioneros que viven el Evangelio. El verano pasado, visité las islas Filipinas para celebrar el 150º aniversario de la presencia de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad en este país. La foto de la primera página de esta carta, está sacada de una obra de teatro: San Vicente: Zarzuela”, puesta en escena en la Universidad Adamson, con motivo de este maravilloso acontecimiento. Mientras disfrutaba con esta representación espléndida de nuestra historia y de la misión en Filipinas, me sentía lleno de gratitud por los muchos sacrificios hechos por los primeros misioneros, los Sacerdotes de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, originarios de España, que fueron a dicho país. Me resultaba evidente también que esta antigua “tierra de misión” había crecido para convertirse, hoy, en una comunidad de fe dinámica, con sus propias misiones.

El Adviento nos recuerda que la obra de Dios se prosigue cada año de manera nueva en cada uno de nosotros, cualesquiera que sean nuestra edad y nuestro estado de vida. ¡La nueva evangelización comienza por cada uno de nosotros! Entonces, entreguémonos plenamente en este tiempo de gracia, con espíritu y corazón abiertos y disponibles, liberándonos de las preocupaciones y de las angustias de la vida, para entrar en una comunión más profunda con Cristo y desde un compromiso renovado con el carisma vicentino de la caridad. Con el espíritu de Jesús y de nuestros santos Fundadores, les pido de nuevo: “Trabajemos juntos para anunciar la Buena Noticia y dar vida a los pobres”.

Pido que el Señor Jesús les bendiga abundantemente a lo largo del tiempo de Adviento y de Navidad.

Su hermano en San Vicente

G. Gregory Gay, C.M.
Superior General

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