Cuatro temas en la espiritualidad de San Juan Gabriel Perboyre

Las canonizaciones son para nosotros. Esos hombres y mujeres heroicos, cuya santidad queda «certificada», gozan ya de la presencia de Dios. La Iglesia los canoniza para fortalecernos y animarnos a nosotros que seguimos aún en nuestro camino.

Todos hemos conocido a santos sin canonizar. Nuestra propia Familia Vicenciana ha visto a miles y miles de ellos, estoy seguro. Hay alguien entre nosotros que no haya conocido a un sacerdote heroico que trabajó sin descanso y compasivamente en el servicio de los más abandonados, o a una Hija de la Caridad que llevó la presencia de Dios a los hogares de los enfermos o que recorrió los pasillos de un hospital para llevar la paz del Señor a los moribundos. En la lista de santos no canonizados sitúo a un hermano Vicenciano quien momentos antes de morir me hablaba de cómo seria el Reino de Dios y quien durante toda su vida fue Su testigo gozoso. Pienso también en un seglar Vicenciano, abogado: sabio, entregado, en íntimo contacto con Dios. De hecho, me siento feliz de confesar que, entre los hermanos y hermanas de nuestra familia, he conocido un número de santos, algunos de los cuales viven todavía.

Pero de vez en cuando la Iglesia canoniza a los santos, nos los muestra como modelos. Nos dice: fijáos bien en este hombre, meditad sobre esta mujer, aprended de ellos todo lo que significa ser santos.1

Así sucede con Juan Gabriel Perboyre. El 2 de junio de 1996, fue declarado santo oficialmente. ¿Qué nos enseña él sobre vivir la vida de Dios? Tal vez ya se haya dicho lo más importante sobre este particular. En los últimos meses han aparecido varios libros y numerosos artículos describiendo los años de fiel entrega de Perboyre a la formación de sacerdotes, sus fervientes deseos de servir como misionero en China, su breve, pero difícil trabajo allí, el sufrimiento durante un año de prisión, y su dolorosa muerte.

No voy a tratar de repetir ahora lo que otros han dicho. Las aspiraciones de este artículo son modestas. Pregunta: ¿Qué pasó dentro de este hombre auténticamente santo? ¿Cómo veía a Dios? ¿Cómo miraba su misión? ¿Cuál fue su actitud hacia los que lo rodeaban? ¿Cuál fue el talante de su vida de oración? El artículo explora sus cartas2 en un esfuerzo por formular una respuesta, de la misma manera que muchos han analizado los acontecimientos de su vida y muerte, para llegar a comprenderle más plenamente.3

Cuatro temas de manera particular, resaltan en sus cartas.

I. Devoción a la providencia

«Amo profundamente el misterio de la Providencia.»

Perboyre escribe esas palabras a Pedro Le Go.4 Sus cartas reflejan claramente la profundidad de este amor. El misterio de la providencia, de hecho, es el leitmotive que las recorre, la melodía que suena como fondo mientras Perboyre reflexiona sobre los acontecimientos de la vida. Su acento sobre la providencia destaca particularmente en tres escenarios diferentes.

Primero, la providencia de Dios adopta la forma de un tema de viaje en muchas de las cartas de Perboyre: Dios camina con él, protegiéndolo. Pide al Superior General, Domingo Salborgne, que le acompañe a él y a sus compañeros cantando las alabanzas de la «providencia del Padre celestial» por todas las maravillas que habían sucedido durante su viaje de Le Havre a Jakarta.5 De la misma forma escribe a otros desde Surabaya6 y Macao.7 Pero Perboyre es muy concreto sobre Providencia. Atribuye todo a Dios, pero reconoce claramente que Dios opera por las causas secundarias8. Reconoce por tanto que los misioneros debían su seguridad, no solo a la providencia, sino también al capitán. Durante sus viajes a pie por China, estaba bien convencido de que Dios iba conduciéndolo paso a paso, pero también se lo agradecía a sus guías.9 De igual suerte, no sólo creía firmemente que la providencia había preparado toda su aventura misionera en China, sino que se mostraba también agradecido a sus superiores por enviarle.10

Segundo. Aparte de este tema de viaje, la providencia tiene otra resonancia en los escritos de Perboyre. La ve como una «orden», un plan oculto de Dios. En este sentido, como Vicente de Paúl, no quiere «adelantarse a ella.»11 Cuenta a su hermano Luis momentos antes de la salida de éste para China, que Dios sabe cómo realizar sus designios y cómo obtener su mayor gloria y santificación de los elegidos.12 Esta carta es más impresionante porque iba a ser el último contacto entre ellos. Luis murió en el viaje sin alcanzar nunca la meta con la que tanto había soñado. Al enterarse de la muerte de su hermano, Juan Gabriel escribe a sus padres: «La providencia de Dios es muy benévola, muy admirable para con sus servidores, e infinitamente más misericordiosa de lo que podemos imaginar.»13 Años después escribe a su primo desde China en parecidos términos describiendo la muerte de un joven a quien visitaba. Medita en voz alta sobre el cuidado amoroso de la providencia hacia sus elegidos, especialmente cuando se trata del paso a la eternidad».14

En tercer lugar, por las cartas de Perboyre se deduce que contempla el sufrimiento como parte del misterio del amor providente de Dios. Está convencido de que «Dios castiga a quienes ama.»15 Declara que el sufrimiento constituye el 50% de la vida del misionero16. Escribe al Superior General desde China: «No sé lo que me espera en la carrera que se abre ante mis ojos; sin duda, muchas cruces, que es el pan de cada día del misionero. Pero ¿qué otra cosa se puede esperar, cuando se va a predicar a un Dios crucificado?»17. Este tema lo profundiza cuando empieza a vislumbrar la posibilidad de su propia muerte.

La perspectiva del martirio es algo continuo en sus cartas. Lo enfoca con toda serenidad. Dice a su padre: «Si tuviéramos que sufrir el martirio, sería una gran gracia… «18 Escribe a su primo. «Nuestro Señor siempre se cuida de aquellos que lo abandonan todo por él. Y al sentirse los más abandonados de todos, sobre todo en el momento de la muerte, es cuando él les da más de lo prometido el céntuplo.»19 Suspira por que su corazón pueda estar unido a los corazones sufrientes de Jesús y de María.20 No mucho antes de su captura, escribiendo a Juan Grappin, Asistente General en París, medita sobre su mala salud y su futuro, concluyendo. «Por lo demás, no me preocupan muchos estos asuntos. Todo está en manos de la providencia.»21

Por sus cartas, especialmente al hablar de la providencia, vemos que su visión de Dios es clara. Ve a Dios como bueno, amable, amoroso. Los tesoros de la providencia de Dios son «inagotables.»22

Para él los sufrimientos son «regalos del cielo.»23 De hecho, él recibió muchos. Sus cartas atestiguan que, en China, sufrió casi de continuo por su mala salud. A su llegada allí enfermó durante tres meses y estuvo a punto de morir. Con frecuencia experimentaba grandes dolores al caminar.24 Las dificultades producidas por su hernia constituyen un tópico frecuente.

En la última carta a sus cohermanos confirma los sufrimientos que pasó durante su encarcelamiento. Forzado a arrodillarse sobre cadenas mientras pendía de sus pulgares y cabellos. Aparte de otras torturas, que no describe, fue golpeado 110 veces. Dice discretamente que sus lectores descubrirán otros muchos detalles después, como así fue, seguramente, cuando oyeron el relato de su dolorosa muerte por estrangulamiento.

II. Su amor por la Misión.

«Qué feliz me siento por una vocación tan maravillosa.»

Esta es su exclamación cuando anuncia a su tío que es enviado a China.25 El entusiasmo de Perboyre por las misiones se patentiza enseguida. Es evidente que dos misioneros que habían ido antes que él le sirvieron de fuente de inspiración: Francisco Régis Clet y su propio hermano Luis. Hace mención de Clet con frecuencia. Dice a Pedro Le Go: Si pudiera parecerme en todo a aquel venerable cohermano, cuya larga vida apostólica fue coronada con la gloriosa palma del martirio».26 Sus cartas desde China hablan de Clet con gran admiración. Espera que se promueva la causa de su beatificación. Siente ganas de visitar el lugar de su tumba. Habla de los muchos años de ministerio de Clet, de sus dificultades para hablar el chino, de sus sufrimientos, de su muerte por estrangulamiento en una cruz.

Hay una carta preciosa, escrita desde Surabaya a su tío, en la que habla de su hermano:

No pude realizar este viaje a China sin pensar a menudo en mi hermano Luis. Me encantaba imaginármelo caminar delante de mí, mostrándome el camino que debía seguir. Triste decirlo, como la estrella que guió a los Magos, él desapareció, en mitad del camino. Qué grande será mi gozo cuando lo vuelva a ver de nuevo brillando con nuevo brillo y mostrándome dónde está Jesús, el Divino Rey!27

Ya desde febrero de 183228 se sabe que Juan Gabriel estaba ansioso de ocupar el lugar de Luis como misionero en China. Con frecuencia menciona a su hermano en su correspondencia.

Después de su llegada a China, Perboyre hace escribe relatos un tanto sorprendentes de sus nuevas actividades misioneras. Es evidente que amaba al pueblo chino.29 Hoy, cuando ponemos tanto énfasis en la inculturación, es interesante notar los diversos modos que empleó para adaptarse a la vida china. En primer lugar, adoptó el peinado y el vestir de los chinos. «Si me vieras ahora», escribe casi riéndose a su hermano Santiago, describiendo qué espectáculo ofrece con su traje chino, su cabeza afeitada, su larga coleta y bigote, y sus comidas con palillos. Si bien es seguro que algunos de estos cambios eran motivados por la necesidad que tenían los misioneros de disfrazarse (ya que se imponía la pena de muerte a los europeos que entraban en China ilegalmente)30, también es cierto que Perboyre quería ser «todo para todos», como claramente se lo dice a Santiago.31 Insistía en que los misioneros debían adaptarse a las costumbres chinas y había que oírle cuando no lo hacían.32 También trabajó lo suyo para aprender la lengua; de hecho, creía que le fue bastante bien con el chino. Afirma que le gustaba estudiarlo. Lo encontraba hasta fascinante, con todas sus inflexiones y caracteres «Para los chinos», escribía, «leer o recitar es cantar».33

Perboyre estaba también convencido de la importancia de formar a misioneros seglares chinos, creyendo que causarían un impacto significativo entre su propio pueblo.34 En Houpé organizó conferencias dialogadas, con una metodología sencilla. Una semana antes se anunciaba el tema; por ej. una virtud, o un deber. El domingo siguiente hasta diez laicos predicaban sobre el tema. Se trataba de jóvenes estudiantes, catequistas, o de otros «cristianos inteligentes». Al final, el sacerdote hacía unas observaciones a modo de conclusión.35

Una típica misión duraba de ocho a quince días. La vida del misionero debe de haber sido muy intensa, ya que, poco antes de su captura, Perboyre cuenta al Sr. Aladel, Asistente General en París, que él había dado 17 misiones de estas entre la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María y Pentecostés. Habla con gran entusiasmo sobre la primera misión en la que predicó en chino. Un cohermano nativo, Juan Pe, lo acompañó. Perboyre habla de Perboyre con gran admiración, diciendo que llevó el peso de la predicación general y que tenía maravillosa dotes pastorales.36

Por lo común una misión se desarrollaba en esta línea. Cuando llegaban los misioneros a una comunidad, hacían una lista exacta de todos los cristianos «adultos y niños, buenos y malos».37 Después hacían recitar a los cristianos el catecismo en público, comenzando por los niños hasta los ancianos. Perboyre precisa que la gente lo hacía sin ruborizarse y que los padres no dudaban en dejarse ayudar por sus hijos cuando se cortaban. Luego venían los bautizos, las confesiones, las primeras comuniones, las confirmaciones, los matrimonios, y la admisión a las diversas cofradías. En general, los misioneros se quedaban en las casas de la gente, comiendo lo que ellos comían, que solía ser arroz.38

Perboyre observa que a veces había gran cantidad de confesiones, y que, de hecho, a la mayoría de los cristianos chinos les gusta acudir a la confesión con frecuencia.39

Según sus referencias, la vida de los misioneros en China era «enteramente apostólica»40, llena de dificultades y peligros. Emplean tres cuartas partes del año yendo de pueblo en pueblo, predicando, catequizando, ofreciendo los sacramentos, viviendo frugalmente en una tierra donde la mayor parte de los cristianos eran pobres.41

III. Amor a la Comunidad

«Daría mil veces la vida por ella»42

Las cartas dejan muy claro cuan unido a la Compañia estaba Perboyre. Recuerda a su primo Gabriel cuanta gratitud le debían ambos a la Congregación por todo lo que les había dado.43

Uno de los temas más repetidos en sus cartas es cuánto bendice Dios a la Pequeña Compañía. Ve en la bondad de los novicios una señal de los planes de Dios para el futuro de la Compañía.44 Se impacienta por ver a otros convertirse en hijos de san Vicente.45 Está convencido de que san Vicente continúa atrayendo las bendiciones de Dios sobre la Congregación.46

En ellas muestra afecto hacia los amigos de la Comunidad,47 así como voluntad para criticar, con sencillez, lo que consideraba equivocado en la Congregación.48 Este último rasgo le acarreó molestias por parte de su superior, Juan Bautista Torrette, quien fue su condiscípulo en el seminario. Juan Gabriel se esfuerza por disculparse ante Torrette, quien le había escrito una carta con una fuerte reprimenda. Se excusaba, es cierto, pero cedía bien poco terreno. Piensa que los misioneros en el interior de China eran mal comprendidos y que serviría de gran ayuda si tanto en Macao, como en París, hubiera alguien que tuviese algo de experiencia en China. En este particular, sospecho, ¡se hacía eco de los sentimientos de muchos misioneros!

Aun en medio de estas faltas de entendimiento, no obstante, se complace en la unión de los misioneros. Cuenta a su primo, el señor Caviole que, aunque son de diferentes países, trabajan en gran armonía, «unidos por los lazos del mismo espíritu, al mismo tiempo celosos e incansables en realizar las mismas obras y en cargar con la misma cruz.»49

IV. Devoción a la bienaventurada Virgen María

«El Mundo entero está lleno de la misericordia de María»50

En la carta en que comunica a su tío la buena noticia de ser enviado a China, añade que sus superiores le dieron el destino en la fiesta de la Purificación, lo que le llevó a creer que se lo debía en gran parte a la Santísima Virgen.51 En sus últimos años, su amor a María se plasmó en la devoción a la Medalla Milagrosa.

La lectura de sus cartas prueba que, muy pronto, después de las apariciones en París, él y los otros llevaron la medalla a China y fomentaron la devoción a María.52 Juan Gabriel conoció bien al P. Aladel, director espiritual de santa Catalina Labouré. Le escribe en 1838, narrando con entusiasmo los efectos que la medalla está teniendo en China.53

Ya en 1833, todavía en París, había escrito a su tío: «La medalla de la que le hablé es la que en 1830 fue revelada por la Bienaventurada Virgen a una seminarista de las Hijas de la Caridad.»54 Promete enviar a su tío algunas medallas, diciendo que se han distribuido miles en Francia y en Bélgica y que se han operado numerosos milagros, curaciones y conversiones. Sus cartas a su hermano Antonio y a su tío en los dos años siguientes hacen frecuentes referencias a las medallas y a los milagros. A menudo incluye medallas para que otros las distribuyan y promete enviarles por escrito los relatos de los milagros.55

Desde Jakarta escribe al Superior General, P. Salhorgne, que durante una furiosa tempestad que tuvo lugar durante el viaje, cuando las olas eran como montañas, los misioneros rezaban: «Oh María, sin pecado concebida». Añade que apenas hubieron alzado sus brazos hacia la Estrella del Mar cuando la tempestad remitió.56

En China fue un incansable propagador de la Medalla Milagrosa.57 En una carta, escrita poco antes de su captura,58 habla de una joven que le habían traido de una de las comunidades cristianas y que padeció trastornos mentales durante ocho meses. La gente le dijo que queria confesarse. Aunque él dudaba de la utilidad de oirla en confesión, lo hizo por compasión. Al despedirse, le dio una Medalla Milagrosa. Desde ese día comenzó a mejorar, y al cabo de cuatro o cinco días había cambiado por completo.

Un último pensamiento

A buen seguro que no es pura casualidad que estos cuatro temas están tan prominentes en las cartas que nos quedan de Perboyre. Todos son elementos importantes en la tradición que recibió como miembro de la Familia Vicenciana y que él transmitió a otros ya como director del seminario en Francia y como misionero en China. Todos los temas se encuentran en la reglas59 que san Vicente dio a sus sacerdotes y hermanos, así como en las Constituciones contemporáneas de la Congregación.60

La devoción a la providencia es, en su raíz, creencia en la presencia atenta de un Dios personal que camina con nosotros en las experiencias tan diversas de la existencia humana: luz y tinieblas, gracia y pecado, plan y desorientación, paz y revolución, salud y enfermedad, vida y muerte.

El amor a la misión, está en el corazón de la experiencia Vicenciana: un profundo anhelo de seguir a Cristo, Evangelizador y Servidor de los Pobres, llegando eficazmente a los más abandonados, atendiéndoles «corporal y espiritualmente»61, «de palabra y de obra.»62

El amor a la Comunidad se muestra, básicamente, en la fidelidad a nuestros compromisos y en nuestra vida y trabajo en común «como amigos que se quieren profundamente».63 Una de sus más claras expresiones es el espíritu de gratitud por todo lo que Dios nos ha dado en y por la Compañía, evitando así la perenne tentación a la ingratitud «el crimen de los crímenes», como lo llama san Vicente.64

La devoción a María se expresa hoy en una amplia variedad de formas -la celebración de sus fiestas, el rosario, la Medalla Milagrosa- pero de manera particular, como lo urgía san Vicente, en estar unidos a ella como oyentes de la palabra de Dios. «Quién, mejor que ningún otro», declara san Vicente, » penetró en su sentido y la practicó».65

Si las canonizaciones son para nosotros, con seguridad estos cuatro temas, que resaltan tanto en las cartas de Juan Gabriel Perboyre, nos ofrecen mucho en qué reflexionar.

  1. Constitución Apostó1ica Divinus Perfectionis Magister, introducción.  
  2. Agradezco al P. Emeric Amyot d’Inville, a Sor Ana María Dougherty, a Sor Alicia Muñoz, y a Dña, Ana Carletti, quienes me ayudaron a analizar los temas

    en las cartas de Perboyre. Sin su ayuda este artículo no habría sido posible.  

  3. Un total de 102 cartas fueron anotadas y publicadas por Jong Van den Brandt en una edición muy limitada en Beijing en 1940.  
  4. Cartas, pág. ll9.  
  5. Cartas, pág. 101.  
  6. Cartas, pág. 107.  
  7. Cartas, pág. 116.  
  8. Cartas, pág. 116.  
  9. Cartas, pág. 172.  
  10. Cartas, pág. 211.  
  11. Cartas, pág. 23.  
  12. Cartas, pág. 41.  
  13. Cartas, pág. 53.  
  14. Cartas, pág. 258.  
  15. Cartas, pág. 61.  
  16. Cartas, pág. 98.  
  17. Cartas, pág. 141.  
  18. Cartas, pág. 214.  
  19. Cartas, pág. 259.  
  20. Cartas, pág. 260.  
  21. Cartas, pág. 284.  
  22. Cartas, pág. 211.  
  23. Cartas, pág. 61.  
  24. Cartas, pág. 185.  
  25. Cartas, pág. 95.  
  26. Cartas, pág. 119.  
  27. Cartas, pág. 270.  
  28. Cartas, págs. 54-55.  
  29. Cartas, págs. 138; y pág. 150.  
  30. Cartas, pág. 171-172.  
  31. Cartas, pág. 145.  
  32. Cartas, págs. 203-204.  
  33. Cartas, págs. 223.  
  34. Cartas, pág. 175.  
  35. Cartas, págs. 255-256.  
  36. Cartas, págs. 217-218.  
  37. Cartas, pág. 237.  
  38. Cartas, pág. 225.  
  39. Cartas, pág. 282.  
  40. Cartas, pág. 224.  
  41. Cartas, págs. 224-225; Cf. pág. 175.  
  42. Cartas, pág. 123.  
  43. Cartas, pág. 73.  
  44. Cartas, págs. 81 y 88-89.  
  45. Cartas, pág. 23.  
  46. Cartas, pág. 81.  
  47. Cartas, págs. 127, 133, 155, 209, 230, 241.  
  48. Cartas, pág. 269.  
  49. Cartas, pág. 254.  
  50. Cartas, pág. 281.  
  51. Cartas, pág. 95.  
  52. Cuando visité la China continental hace varios años, me sorprendió que, casi cincuenta años después de la ocupación comunista, quedaran tantas señales visibles de la devoción a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, al leer a Perboyre veo claro que llegó allí muy pronto la medalla y qué rápidamente se propagó.  
  53. Cartas, pág. 281.  
  54. Cartas, pág. 69.  
  55. Cartas, págs. 76, 79, 83, 85, 89 y 94.  
  56. Cartas, pág. 100.  
  57. Cartas, págs. 165, 198.  
  58. Cartas, pág. 281.  
  59. Reglas Comunes II, 3; I, 1 y XI, 10; VIII, 1-2; X, 4.  
  60. Constituciones 6, 10, 19-25, 49.  
  61. «Sígueme» SV, IX, pág. 614; IX, pág. 535; XI, pág. 253;(XI. 592).  
  62. «Sígueme» SV, XI, pág. 393.  
  63. RC, VIII, 2.  
  64. SV, III, pág. 38.  
  65. SV, XI, pág. 428.  

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