Dimensión catequística de las misiones populares y del misionero

imagesCuando pensamos en un misionero, la imagen que nos viene es la del predicador en el púlpito conmoviendo a las gentes, o la del confesor escuchando y perdonando durante horas interminables, o la del animador infatigable de las procesiones o concentraciones misionales…., pero nunca nos viene la imagen del catequista.

La Provincia se ha decidido por las misiones populares y está intentando dar vida a esa decisión por medio del Equipo de Misiones, que está preparando un plan de evangelización (catequización) y realizando ya alguna experiencia misional. Un equipo falto de un “bagaje misionero”, que trabaja lentamente, buscando una respuesta a tantos interrogantes sobre la misión popular. Pero la respuesta no vendrá impuesta oficialmente, se necesita la corresponsabilidad y participación de todos los miembros de la Provincia. La encrucijada surge entre la nostalgia y la innovación, entre la, identidad perdida y la urgencia de integrarla en nuestro existir vicenciano.

¿Qué es ser misionero hoy? ¿Podemos seguir llamándonos “sacerdotes de la Misión”? Algunos recordáis con alegría vuestras andanzas misioneras por esos pueblos de Dios, otros, la experiencia de grandes misioneros con los que os identificasteis siendo chavales, y otros muchos vivimos con la mente en blanco de lo que es y fue una misión popular. Algo hemos oído, algo hemos leído, pero no se ha hecho “carne de mi carne”. Ni durante el período de formación, ni en los primeros años de ministerio se nos ha presentado la misión como la razón de nuestro ser en la Iglesia. Nos conformamos con el objetivo de “evangelizar a los pobres”, asumido por toda la Iglesia, y generalizar las opciones y justificarlas. En el fondo se debatía el instinto supervivencia y se nos podía aplicar lo que dice el documento de Puebla: “Nuestros evangelizadores padecen, en algunos casos, cierta confusión y desorientación de su identidad, del significado mismo de la evangelización, de su contenido y motivaciones profundas”. (n.36).

Raíces de la misión popular vicenciana

El Concilio nos invitó a buscar nuestras raíces, a redescubrir el carisma propio despojándolo de todas adherencias históricas que pudieran, si no falsificarlo, desfigurarlo. Sin profundizar en el marco histórico, por todos conocido, de la Francia y la Iglesia del siglo XVII, sabemos que nuestras misiones eran fundamentalmente cate­quísticas, cuya fuerza no estaba ni en los grandes sermones, ni en las funciones es­pectaculares (más propias del tipo de misión de los jesuitas en general y de otras congregaciones españolas), sino en la catequesis. San Vicente quería una intensa ca­tequización durante la misión, dada la finalidad para la que ha nacido la Compañía y por la que se hacen las misiones: “Todos están de acuerdo en que el fruto que se obtiene en la misión se debe al catecismo” (Coste, I, 129). Es intransigente en este punto de la catequesis – él mismo preparó dos pequeños catecismos para las dos sesio­nes que se tenían en la misión-.

La Asamblea de 1651 en San Lázaro confirma sustancialmente el uso de hacer en to­das las misiones la predicación de la mañana, el catecismo por la tarde y el “catecismo mayor” por la noche (Coste, XIII, 328). Más aún, le escribe San Vicente a un Pa­dre: “Estoy muy entristecido porque en vez de hacer el catecismo mayor por la noche, habéis predicado en vuestras misiones. Esto no va: 1º porque esta segunda predicación puede tenerse por el predicador de la mañana; 2º porque el pueblo tiene necesidad de este catecismo y recibe de él mayor provecho; 3º porque haciendo el catecismo se puede honrar más en cierto sentido el modo seguido por Cristo para instruir y conver­tir al mundo; 4º porque es una tradición nuestra y ha agradado a nuestro Señor ben­decir abundantemente esta práctica, en la cual se encuentran mayores oportunidades de practicar la humildad” (Coste, XI, 257).

No podemos olvidar que la misión vicenciana nace del grito de los pobres que llega al corazón de San Vicente. Los pobres, además de serlo, padecen la mayor pobreza y desgracia al no conocer las verdades necesarias para la salvación. Si este”grito” hoy nos parece trasnochado teológicamente, podemos escuchar el Mensaje de los Obispos a la América Latina en la Conferencia de Puebla: “El contexto sociocultural en el que vivimos es tan contradictorio en su concepción y modo de obrar, que no solamente con­tribuye a la escasez de bienes materiales, en la casa de los más pobres, sino también, lo que es más grave, tiende a quitarles su mayor riqueza que es Dios”. La misión nace como respuesta al “grito de los pobres” del siglo XVII, grito que sigue resonando, paradójicamente, en nuestro tiempo. La misión supo responder a esa llamada; ¿sabrá responder hoy? Su respuesta fue la catequesis: “instruir y convertir”, y para ello no se escatimaron ni medios, ni personas, ni tiempo….

A lo largo de la historia esta inquietud catequética se ha mantenido, aunque a ve­ces el catecismo (la doctrina) pierde en favor del sermón y se sacrifica para favo­recer otras “funciones” (el reproche ya lo ha hecho el mismo San Vicente).

Así pues, nos encontramos con que nuestras misiones tienen una dimensión fundamental catequística y con que el misionero en sus raíces es un catequista.

Crisis de las misiones populares

En torno a los años del Concilio Vaticano II surge la crisis de las misiones popu­lares (aún en el año 1964 se publicaban los cuatro tomos del “Manual del misionero”, confiando en el futuro de las misiones). Las causas de la crisis radican en la cri­sis eclesial. La Iglesia se ha revisado a sí misma (Lumen Gentium) y se ha abierto al diálogo con el mundo (Gaudium et Spes), la sociedad se seculariza…. Todo esto re­percute en la misión popular (nueva eclesiología, secularismo, antropocentrismo teo­lógico… que desmontan el andamiaje misional). Pero no cabe duda que lo que más le afecta es la crisis de la propia catequesis, ya que ésta es la médula de la misión.

No es sólo una crisis de formas, de métodos, sino fundamentalmente de contenidos. Es la crisis del mensaje al hombre de hoy. La herida ha sido profunda, al corazón mismo de la misión popular; el resto queda desamparado, con una mueca de anacronismo  en su estructura.

El presente y el futuro de la misión popular

Recrear la misión hoy no puede ser componer esa mueca de anacronismo (estructura de la misión, formas, métodos…), sino ir a una operación a corazón abierto. Si nuestras misiones son fundamentalmente catequísticas, el misionero ha de ser catequista sobre todo, la misión ha de centrarse en una catequesis seria y profunda y como en tiempos de San Vicente, sin escatimar ni medios, ni personas, ni tiempo. La Iglesia tiene la conciencia cada vez más clara que su identidad más profunda es evangelizar (EN 14), y que no es posible su cumplimiento sin un esfuerzo permanente de conocimiento de la realidad y de adaptación dinámica, atractiva y conveniente del Mensaje a los hombres de hoy.

Nos queda por descubrir cómo realiza esta identidad nuestra Provincia, en el marco de la Iglesia. Creemos que por ahí va el camino de las misiones populares. Esto hace que el Equipo de Misiones trabaje en la preparación de un proyecto misional (catequístico), con tiempo, a pesar de la sonrisa maliciosa de quien piensa que no se necesita tanto tiempo para eso y de quien ve como inútil ese trabajo, porque después cada uno hará lo que le convenga. No se trata de justificar al Equipo, sino de ser consecuentes, ya que no es una función exclusiva suya, sino de todos. Entre todos, en la docencia, en la parroquia, en la misión, debemos recuperar nuestra identidad misionera, hacerla carne de nuestra carne. A los jóvenes y a los estudiantes especialmente os decimos que no olvidéis la misión popular en vuestro plan de formación y vuestros ministerios iniciales, ni en vuestras opciones profundas, ni en la pastoral vocacional. El presente y el futuro depende de todos.

A modo de conclusión

La misión, una catequesis intensiva y extraordinaria; el misionero, un catequista que “instruye y convierte”. No pretendemos reducir la evangelización a la catequesis pero ésta es nuestra forma de evangelizar principalmente. Puede parecer que hemos rebajado la misión y al misionero de categoría. Durante toda la historia de las misiones, el doctrinero —el catequista— daba su catequesis desde abajo, en medio de la gente, dialogando con ella, mientras que el sermón se hacía desde el púlpito. Así el misionero en su función principal ya estaba abajo, como le gustaba estar a Jesucristo, como quisiera estar San Vicente cuando le faltaran las fuerzas para hablar, según cuenta en una Conferencia: “Si no puedo predicar todos los días, pues lo dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños, y si no se me oyese desde los pequeños, ¿qué me impediría hablar buena y familiarmente a esas gentes como lo hago en este momento, es decir, haciéndolas acercarse a mi alrededor como lo estáis vosotros?” (Coste, XI, 36).

Permitid una llamada a todos los misioneros de la Provincia. Al buscar nuestra identidad, cuando nos preguntamos cuál ha de ser nuestra acción misionera, debemos mirar a Cristo: “Sí, nuestro Señor pide que evangelicemos a los pobres: he ahí lo que Él hizo y lo que quiere continuar haciendo por medio de nosotros” (Coste, XII,

La respuesta oficial ya la está dando la Provincia; la respuesta personal corresponde a cada uno.

Pablo Domínguez.

BPZ 1985

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc…
Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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