Textos para la Historia de la CM en España (31 de mayo de 1796) (Nuevo)

ORDENANZAS DE PALMA. (31 mayo 1796)[1]

Felipe Sobies, sacerdote de la Misión a nuestros amados en Cristo los Sacerdotes y Hermanos de la casa de Palma, salud en el Señor.

Habiendo en cumplimiento de nuestro oficio empezado la visita de esta casa de Palma a los 16 de mayo de 1796 y terminádola a los 31 del mismo mes y año, no podemos dejar de bendecir a Dios, autor de todo bien, por la regularidad que se observa en ella, y siendo de nuestra obligación el promoverla, hemos juzgado conveniente a este fin dejaros las presentes ordenanzas.

No debéis, carísimos Hermanos, contentaros de una observancia exterior que puede tal vez satisfacer a los hombres y lisonjearos a vosotros mismos; pero no a Dios que escudriña los corazones. Estad primeramente persuadidos que con la secuela más exacta de los actos de comu­nidad, si no va animada de lo interior y acompañada de la práctica sólida de las virtudes, jamás seréis espirituales ni perfectos delante de Dios, quien únicamente gusta de los que le buscan en espíritu y verdad. Tened presente aquella sentencia formidable de nuestro Redentor que excluye del reino de los cielos a aquellos que su justicia y santidad no es mayor que la de los escribas y fariseos que solamente cuidaban de lo exterior, sin atender al interior. Por esto debéis revestiros de los sentimientos que inspiran las máximas del sagrado Evangelio para regular con ellas todas vuestras operaciones, pero singularmente con las que nos recomienda nuestro santo Fundador en el capítulo segundo de las Reglas comunes, que conducen a un altísimo grado de perfección y forman un hombre ver­daderamente espiritual y apostólico.

Mas si queréis que mi gozo sea cumplido, procurad que entre vosotros reine, sobre todo, la caridad fraterna, por ser ella el documento que más encarecidamente recomen­dó el Señor en su evangelio, y quien le observe, guarda toda la ley, según San Pablo, y es el camino breve para adquirir la perfección. Sí, mis carísimos Hermanos, esta virtud es el carácter y distintivo de los hijos de Dios, la divisa de los discípulos de nuestro Redentor y la que forma la dicha y felicidad de las comunidades.  Por ello aunaos unos a otros, como verdaderos hermanos e hijos de una misma madre la Congregación en cuyo seno os unió el amor de Jesucristo. Mas este amor, para ser verdadero, no debe ceñirse a solas palabras, sino que debe pasar a las obras: non diligamus verbo et lingua, sed opere et veritate practicando entre vosotros los actos de una perfecta cari­dad. Así cada uno procure condescender con los demás en lo que pueda sin contravenir a la Regla y a la ley de Dios, haciendo con los demás lo que justamente quisiera que los otros practicaran consigo.

Nada hagáis que pueda contristar a vuestro hermano, sino soportad sus defectos con paciencia, sin lamentos ni quejas, no profiriendo palabra alguna que pueda lastimar su corazón. Vestíos de un corazón compasivo, usando de la expresión del Espíritu Santo, de entrañas de misericor­dia que no admiten un celo amargo contra las faltas del prójimo, sino dulce, pacífico y caritativo que inspira la sabiduría del cielo, según nos enseña Santiago en su canónica.

Mas para conservar esta caridad, lo que con mayor efi­cacia os recomendamos, es la vigilancia, para que no en­tre en esta casa la crítica y murmuración, que tanto aborrecía nuestro santo lnstituidor. Acordaos de las confe­rencias tan repetidas que hizo para desterrar muy lejos de los Misioneros e inspirarles un grande horror a este vicio que, según él afirma, es un lobo rapaz que todo lo arruina. Sentencia suya es, que uno de los mayores males de una comunidad, es que haya cu ella personas que todo lo critiquen y tengan que hablar de todo, siendo estas por lo común, según el sentir de aquellos antiguos Padres, las más inmortificadas, menos observantes, retiradas e inte­riores. Guardaos, pues, en las conversaciones privadas y paseos- y en toda ocasión de no incurrir en semejante de­fecto, y oponeos a quien, aunque sea por inadvertencia, osare tiznar y criticar al hermano, y mucho más si fuere contra los oficiales de la casa, y aten contra el Superior; pues quien murmura de los tales, murmura contra el mis­mo Dios, como El lo dijo a Moisés. Nada digo de referir los defectos a los externos, pues todos sabéis cuan fácil sería de incurrir en culpa grave con semejante murmura­ción. Aunque con todos debéis practicar la caridad, de quién duda que con los enfermos debe ser con mayor ternura? lnsiguiendo, pues, el espíritu de San Vicente y de nues­tra buena madre la Congregación, ellos serían siempre los que ocupen la mayor parte de mis desvelos para que sean tratados con toda caridad, socorridos y aliviados en sus penas según exigiera su dolencia. Así encargamos al Su­perior y prefecto de sanidad de hacer cumplir puntual­mente lo que ordenare el médico. Procurarán asimismo todos de consolarles en sus penas, visitándoles unos en unas horas y otros en otras, singularmente en el tiempo de la convalecencia, lo que es más necesario en casas pequeñas por el corto número de sujetos.

En unos tiempos en que reinan unas máximas tan per­versas y opuestas al espíritu de nuestra santa vocación, sin duda que podría éste fácilmente relajarse, y aun extin­guirse, si no se pone algún límite en la comunicación y trato con los seglares. Por tanto, nadie tratará con los ex­ternos, sino en los casos y modo que prescriben nuestras Reglas, precediendo siempre la licencia de los superiores, para que sea con la bendición cíe Dios. Acordaos que uno de los visitadores de esta casa atribuye el grande crédito, que se adquirió, al retiro y separación del mundo y que los primeros Misioneros con tanto rigor observaron. Procurad incitarles y seguir sus pasos y ejemplos para con­servarle en bien de sus almas. Por último recomendamos a todos el silencio tan útil para la perfección propia y edi­ficación y provecho de tantos que se retiran a esta casa para tratar con Dios. Cuando sea menester hablar, sea con voz moderada, singularmente en la portería, cerrando aun la puerta de los aposentos destinados a hablar, cuando fué­remos llamados de alguno; pues por la vecindad de la iglesia podrían estorbar a los que asisten en ella para vacar a la oración. Los Hermanos tendrán cuidado que en las oficinas no se entablen conversaciones, y procurarán a este fin que no entren a ellas los externos.

Estos son, señores y Hermanos carísimos, los sentimientos que me ha inspirado Dios comunicaron en testimonio del amor que tengo a vuestra perfección y bien común de esta casa. Observadlos con fidelidad con las demás reglas para conseguir toda bendición del cielo, a cuyo fin se lee­rán estas ordenanzas todos los primeros viernes de cada mes, tanto en casa como en misión.

FELIPE SOBÍES.

[1] PARADELA, B.: “Colección de documentos para la Historia de la Congregación de la Misión en España”. Madrid, 1931, pp. 177-180

 

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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