Ejercicios en Ávila, 12-16/03/2012

Agradecemos la acogida que, como siempre, saben dispensar los miembros de la comunidad de Ávila. De la misma manera, nuestro agradecimiento para las personas que nos han atendido durante estos días.

Del 12 al 16 de marzo, en Ávila, nos hemos reunido ocho misioneros, tres de la Provincia de Zaragoza y cinco de la de Madrid, para hacer los ejercicios espirituales. Tal vez, el anuncio de que iban a ser un poco especiales, por el hecho de que habría más participación, hizo que algunos de los que se habían apuntado se borrasen o no se presentasen.

Sí hubo novedades: El Coordinador había distribuido previamente los temas, por sorteo, y cada día exponía su tema aquel al que le correspondía, con total libertad para la exposición y para organizar el día.

Como el primero en intervenir fue el Coordinador, P. Pablo Domínguez, nos abrió el camino y nos dio unas pautas, sabiamente estudiadas, que nos parecieron inamovibles. Un proceso en el que se comienza por la meditación, para comprender; se pasa a la interiorización personal, mediante la contemplación, y se llega al discernimiento, en forma de compromiso.

Hemos meditado sobre las cinco virtudes vicencianas. Sabedores de que no somos propietarios, como de ninguna otra virtud, sí fuimos conscientes de que San Vicente las asumió como señas de identidad; de ahí que las cataloguemos como virtudes propias de los misioneros. Constatando, a la vez, que son medios para lo fundamental: la misión.

Cada uno expuso el tema como le pareció mejor: Bien en exposición teórico ambientadora o en forma de meditación. Todos entregamos abundante material, escrito: textos evangélicos, textos vicencianos y otras aportaciones, referidas a la materia, para facilitar la comprensión y la meditación.

Después, en silencio absoluto, teníamos todo el día a nuestra disposición; de tal manera que cada uno debía programarse sus horarios para estar en la capilla, en la habitación o paseando.

Nos permitimos hablar en las comidas, como un medio más de intercambio, pero los ejercitantes apenas levantábamos la voz.

Comenzábamos el día con el rezo de Laudes y la introducción al tema, en forma de oración. A continuación, el desayuno. A las 10´30, exposición del tema y libertad hasta la Hora Sexta, rezada en la capilla, antes de la comida.

La tarde, libertad para organizarse, hasta las 19, hora en la que nos reuníamos para hacer la “repetición de oración”. Sin duda, un rato ilustrador, que siempre se nos hacía corto; por esa causa, solíamos comenzar la eucaristía con algún retraso. Pero sin problema, pues la concelebrábamos solos. El día de Santa Luisa, nos unimos en la eucaristía a la Familia Vicenciana.

El intercambio de experiencias (como repetición de las reflexiones), profundamente personales, posiblemente ha sido, por ser nuevo, recordando lo antiguo, lo más enriquecedor. Al contar las cosas con sinceridad y realismo, descubríamos en el común nuestra propia experiencia, como fruto de las circunstancias humanas y estructurales en las que nos ha tocado y nos toca vivir.

Echamos en falta otro tiempo para las aportaciones teóricas, aun sabiendo lo tendentes que somos a teorizar y a alargar las discusiones.

También en la eucaristía cabía la posibilidad de intervenir, y se intervino, tanto en la homilía como en la acción de gracias. Todas las intervenciones orientadas a interiorizar y a revisar nuestra vida.

El último día, en la evaluación final, después de constatar, todos, lo a gusto que habíamos estado, (se nos han hecho los días muy cortos) y los agradecimientos mutuos por las intervenciones, aleccionadoras para todos, llegamos a la conclusión de que es una experiencia, no sólo interesante, sino muy válida, aunque para grupos reducidos.

Al final comentamos que, si se vuelve a realizar la experiencia, se podría dejar libertad para asistir o no a estos intercambios; o hacer varios grupos reducidos, con el fin de que no haya que dedicar más que el tiempo conveniente y no todo el que hemos constatado que desearíamos. En una hora no hemos hecho más que una intervención cada uno.

Las ganas de aquilatar o, simplemente, de preguntar, no había más remedio que dominarlas, simplemente, porque no había tiempo.

Paulino Sáez, C.M.

Julio Suescun. C.M.

Nace en Larraga (Navarra) el 7 de mayo de 1935. Estudia humanidades en la Apostólica de Pamplona del 24 de septiembre de 1946 al 15 de septiembre de 1951. Ingresa en la Congregación el día 22 de septiembre de 1951, en Limpias, donde hizo dos años de Seminario Interno. Estudia tres años de Filosofía en Hortaleza (Madrid) y cuatro cursos de Teología en Cuenca, Salamanca y Londres. Llega a Hortaleza (Madrid) el 20 de febrero de 1961 y desempeña los servicios de subdirector de Seminario Interno, Director de Estudiantes y Profesor de Filosofía hasta 1965. Diplomado en Psicología. Con la división de provincias, es destinado a Zaragoza al frente del nuevo estudiantado que comienza a abrirse a los estudios de los Cursos Comunes en la Universidad Civil. Elegido Visitador, permanece en el cargo desde el 30 de marzo del 79 al 29 de marzo de 1982. Posteriormente es elegido Director de las Hijas de la Caridad en la Provincia de Pamplona de 16/07/1983 a 16/07/1989. Se inicia autodidactamente en la informática, dirigiendo las páginas Web de la Familia Vicenciana en España y las versiones españolas de las páginas Web de la Congregación de la Misión y de la Familia Vicenciana Internacional. Fue secretario ejecutivo del SIEV durante siete años. Tras cuatro años en la Curia general (2007-2011) como Director de Vincentiana regresó a la Provincia de Zaragoza. Murió en Zaragoza el 10 de junio de 2012.

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