Homilía en el funeral del P. Ángel Díaz de Cerio

Celebramos esta Eucaristía-funeral por el eterno descanso del P. Ángel Díaz de Cerio, que partió ayer, día 9, para la casa del Padre a los 94 años de edad. Había nacido en la pequeña localidad de Moreda (Álava) el 27 de Enero de 1926, siendo sus padres Amancio y Amparo. Y contaba en la familia con cinco hermanos más.

Con 12 años, en 1938, ingresó en la Apostólica de Pamplona para realizar los estudios de Humanidades, que culminó en Murguía (Álava) en 1943. El 22 de Septiembre de ese mismo año era recibió en el Seminario Interno en Hortaleza (Madrid), donde proseguiría después durante dos años realizando los estudios de Filosofía. Entre 1946 y 1950, cursó la Teología en Cuenca, donde fue ordenado sacerdote el 10 de Septiembre de 1950 por el Obispo de la Diócesis, D. Inocencio Rodríguez.

A partir de ese momento, comenzó para el P. Ángel un largo periodo de dedicación al ministerio sacerdotal en México y España. Fueron prácticamente 40 los años que el P. Ángel permaneció en México destinado en muy diversas comunidades y entregándose a distintos ministerios: Ciudad de México, Ciudad Madero, Monterrey o Veracruz fueron algunos de esos lugares. Y las Misiones Populares, la dirección de publicaciones o la pastoral parroquial sus ocupaciones.

Vuelto a España en 1990, ejerció su ministerio en La Orotava, Cartagena y Murguía entre otras poblaciones; siendo su dedicación principal la capellanía de Hospitales o de Residencias de Mayores. Desde 2014 era su comunidad la de esta Residencia de Pamplona. En cualquiera de los casos, tanto en México, que siempre llevaba en el alma, como aquí destacó por su disponibilidad, bonhomía y fino humor.

En mi trato con el P. Ángel, hubo dos cualidades que siempre llamaron mi atención: su amor a la Sagrada Escritura y su amor a la naturaleza. La Sagrada Escritura era centro de su vida espiritual y misionera. No sólo la leía con frecuencia, sino que la oraba, la meditaba, la estudiaba y procuraba vivirla. Fruto de toda esta dedicación fueron los apuntes para la Lectio divina de cada ciclo litúrgico que él preparó y la formación de Círculos Bíblicos en los que promovía el conocimiento y la familiaridad con la Escritura.

Su amor a la naturaleza lo manifestaba en su afición al cultivo de la tierra y en su conocimiento de las plantas. El P. Ángel era un hortelano reconocido, que trabajaba la tierra como pocos y producía muy buena verdura. Y sabía, además, de las plantas: de su cuidado, de sus propiedades y de su valor curativo.

Todo esto, su amor a la Escritura y su amor a la naturaleza, no es sino expresión de su amor a la Vida. La Sagrada Escritura es fuente de Verdad y de Vida. No sólo alimenta el espíritu, sino que da dinamismo y hondura a la existencia humana. Y la naturaleza sostiene la Vida. Sobre la tierra vivimos, de los frutos de la tierra nos alimentamos y la tierra ha de acoger nuestros restos. La tierra encierra, en definitiva, nuestro horizonte humano. Normal entonces que, determinado el P. Ángel por su amor a la Sagrada Escritura y a la naturaleza, fuera un hombre vital, apacible, de sano humor.

En este contexto, entendemos bien las lecturas que hemos escuchado y que dan sentido a esta celebración. En la primera, el apóstol nos aseguraba que la promesa, la justificación y la vida la obtenemos por la fe en Jesucristo. Habiendo sido bautizados en su nombre, ya no es la condición terrena la que nos caracteriza, sino nuestra nueva condición de hijos de Dios. Por eso, desde el bautismo, ya no hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, sino que todos somos unos en Cristo Jesús. En Él somos asociados a la vida divina, es la gracia del Espíritu la que nos transforma, es el mismo Espíritu el que vive en nosotros y nos hace santos. En adelante, nos dice san Pablo, no estamos ya sometidos a la ley que nos sojuzga ni al destino que nos determina, sino que podemos gozar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Por la fe en Cristo Jesús, somos libres: libres para amar y responsables para servir.

Por la fe, podemos también hacer nuestra la Bienaventuranza del Evangelio. Una mujer de entre el gentío proclama dichosa a la madre de Jesús por haberlo llevado en su vientre. Pero Jesús le responde que su madre es dichosa por haber escuchado la palabra de Dios y haberla cumplido. Se repite aquí la misma idea que en San Pablo: para el creyente ya no son los esenciales los lazos de la carne o de la sangre, sino que lo esencial es la relación con Dios: escuchar su Palabra y cumplirla. Por eso es tan importante afianzarse en la fe, adherirse a Jesucristo, echar raíces en Él. Porque Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, la Voluntad de Dios hecha vida. Quien conoce a Jesús, conoce a Dios; quien lo escucha a Él, escucha al Padre; y quien vive como Él, cumple la voluntad de Dios. Seguro que queremos ser bienaventurados, que queremos ser dichosos, que queremos ser felices, pues ahí tenemos el medio: revestirnos de Jesucristo, escucharle, buscar con Él la voluntad de Dios y cumplirla en el amor y la entrega a nuestros hermanos.

Todo esto es lo que trató de vivir el P. Ángel y de ahí su amor a la Escritura y su amor a la tierra. Le sostenía, además, el amor a la Virgen María, a la que quería como madre y a la que admiraba como modelo de discípula. ¡Que ella lo presente ahora ante el Señor y le enseñe a gustar de los gozos eternos!  (Lecturas Gál 3,22-29, Lc 11,27-28)

Homilía Funeral del P. Santi Azcarate, C.M.

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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