Parroquia de la Oliva en Fuerteventura (1978)

CorralejoHe aquí el nuevo campo de acción misionera que ha sido encomendado a la Congregación de la Misión (Provincia de Zaragoza) en las Islas Canarias.

FUERTEVENTURA

Nadie que conozca la isla «majorera» pondrá en duda que aquí se hace plena realidad el «evangelizare pauperibus».

Cuando hace dos semanas nos reuníamos todos los sacerdotes y religiosas de la isla para iniciar el Adviento con una vigilia solemne, nuestra reflexión común fue «la pobreza de la isla», para de ahí remontamos a la esperanza: los pobres esperan en jesucristo.

El ponente expuso con crudeza la situación. No son, por tanto, palabras mías, sino de un majorero a quien le duelen como en propia carne el abandono y desolación de su tie­rra:

«Todos conocemos la realidad de nuestra isla, que continuamente es calificada como la isla pobre del Archipiélago. Hay aspectos sobresalientes de esta pobreza y que en estos momentos los estamos viviendo con una gran intensidad.

Falta el agua en Fuerteventura, y la gente públicamente ha manifestado hoy (hubo e­se día una gran manifestación popular en la que tan solo se pedía AGUA) esta grave necesi­dad para las personas, para la ganadería, para el campe  Toda la isla padece intensa­mente esta pobreza: no llueve, el agua potable se va por la costa, el metro cúbico de agua hay que pagarlo a más de 200 pts. en la mayoría de los pueblos.

La luz de UNELCO sólo atiende y mal a Puerto del osario, Gran Tarajal, Corralejo… quedando marginados todos los pueblos no turísticos. También la luz va por la costa …

Otra gran pobreza la padecemos en el abandono de la atención sanitaria. No tenemos en toda la isla un hospital en condiciones.

El abandono cultural ha ocasionado la más grave de nuestras pobrezas. Falta de medios, de condiciones mínimas, para un desarrollo cultural de nuestro pueblo.

Parte de nuestra isla está en manos de extranjeros, que son los que negocian con nuestras playas..

Todos estos problemas se mantienen y se agravan por el total abandono por parte de nuestras autoridades, que no representan al pueblo y que silencian nuestras necesidades vez de buscar soluciones eficaces».

Hasta aquí la cita. Yo podría añadir otra pobreza: la escasa formación religiosa, consecuencia lógica de la escasez de evangelizadores. Con nuestra llegada ya somos ocho sacerdo­tes en la isla. Hace unos diez años llegaron las primeras religiosas, Esclavas del Sagrado ­Corazón, a Puerto del Rosario. Y posteriormente han ido llegando otras comunidades, entre ellas las Hijas de la Caridad. Todo esto invita a la esperanza.

LA OLIVA.

El lote que nos cayó en suerte abarca toda la zona norte de la isla con una extensión de unos  350 kilómetros cuadrados, en los que están diseminados nueve pueblos pertenecientes todos  ellos a la parroquia de La Oliva, que viene a ser el eje de toda la zona.

A partir de aquí y orientándonos por los puntos cardinales tenemos hacia el norte y a sólo tres kilómetros Villaverde, y a 16 Corralejo, junto a la isla de Lobos, y desde donde se contemplan y casi se alcanzan las volcánicas montadas de Lanzarote.

A 8 kilómetros en la dirección sur, y junto a la carretera que nos lleva a Puerto Rosario, está Tindaya.

Hacia el oeste Lajares, El Roque y El Cotillo, a 8, 14 y 16 kms. respectivamente. Y al este, por distintos caminos de piedras y tierra y a través de los montes, es— la Caldereta, a 6 kms. y a 7 Vallebrón.

Nota típica de la mayoría de estos pueblos es la dispersión de las casas, y por tanto la falta de calles y plazas. Valga el ejemplo de Tindaya: sus 130 familias están repartidas  a lo largo de más de 3 kilómetros.

Tres miembros componemos el primer equipo misionero destinado a La Oliva: Sebastián Velázquez, Francisco Mauleón y Generoso Guembe. El primero llegó en la primera quincena de agosto. Los otros dos llegamos el 2 de septiembre. Fue emotiva la llegada a Puerto del Rosario. Al descender del avión nos esperaban junto con nuestro Asistente, P. Desiderio Aranguren y el Padre Chano, todos los sacerdotes de la isla, brazos abiertos, dándonos la más calurosa bienvenida.

Luego de una comida muy animada iniciamos la marcha de 23 kms. hacia nuestro desti­no. Alguien hizo notar nuestro silencio. Y es que el desierto que se adivina desde las alturas lo teníamos ahora delante de los ojos: ni árboles, ni plantas, llanuras resecas, montarlas de piedra y cenizas, barrancos sin agua

Al remontar una de las pendientes apareció ante nuestra vista la estatua solitaria del desterrado Dn. Miguel de Unamuno. Es aquí cuando el arcipreste que nos acompañaba dijo: aquí empiezan vuestros dominios hasta el norte. Y uno, sin querer, se acordaba de las palabras consagradas como refrán que una bellísima persona, de nombre Justo, nos había dicho dos días antes en Las Palmas: a Fuerteventura se entra llorando y se sale llorando…

La casa parroquial

Al fin llegamos a La Oliva y a la casa parroquial, que en adelante será nuestra re­sidencia. Se nos cayó el alma a los pies. El descuido y abandono de años habían conver­tido la casa en una cuadra. Y gracias que antes de nuestra llegada las Hermanas y otras mujeres habían dedicado muchas horas a la limpieza, con profusión de desodorantes.

Durante los veinte días que el P. Chano Velázquez nos estuvo esperando recibió las atenciones y compartió la mesa de una familia vecina. Para los dos recién llegados es­taba previsto que residiéramos en Corralejo, donde nuestras Hermanas nos habían buscado un apartamento. Pero ésto duró sólo cinco días. Decidimos volver a nuestra «casa» y convertirnos un poco en sacerdotes—obreros, alternando con las primeras actividades apostóli­cas.

En honor a la verdad hay que decir que ya antes del verano nuestros superiores man­tuvieron conversaciones con las autoridades del Ayuntamiento, quienes se comprometieron a hacer una residencia nueva, al tiempo que daban un repaso a la vieja casa para que em­pezáramos a vivir. De residencia nueva aún no hay nada. Siguen las conversaciones y puede que un día sea realidad.

Los trabajos de reparación y adaptación sí que se iniciaron, pero a ritmo muy lento y nosotros teníamos prisa en poner la casa en condiciones mínimas de habitabilidad.

Los suelos recibieron nuestra primera atención. Durante muchos días y hasta terminar agotados nos dedicamos a poner sintasol. Poco a poco íbamos cubriendo la fealdad del ce­mento, gastado, sucio y desconchado. Qué gozada a medida que avanzaba la labor: nos daba la impresión de pisar en los suelos de un palacio. Fue entonces cuando pudimos traer los muebles: armarios, mesas, sillas…. y deshacer las maletas que durante un mes anduvie­ran por los suelos. Durante este tiempo algunos se extrañaron de nuestro silencio, pero la verdad que el ánimo no estaba para «correspondencias».

También hubo que poner los cables en orden, pues había verdaderas madejas de hilos enredados y sueltos…(De los nueve pueblos que atendemos solamente Corralejo dispone de luz permanente. Aquí en La Oliva sufrimos dos cortes: de 12 de la noche a 9 de la ma­ñana, y de una a 6 de la tarde. En los siete pueblos restantes no tienen luz).

El problema del agua.

Con los calores de septiembre las sudadas eran casi continuas, lo mismo en las pe­queñas iglesias que en los trabajos de casa. De ahí que uno de los calvarios que más se hacía sentir fue la falta de agua.

Nuestra casa, como las demás, tiene su aljibe en el patio. Cuando llueve entra el agua canalizada desde los techos e incluso desde la calle. Pero como no llovía hacía mucho tiempo, nuestro aljibe tenía muy poca agua y muy turbia. Había que tirar de cubo y soga, pues el motor lo encontramos quemado. En cada golpe el cubo rozaba el lodo. Así varias semanas. El que celebraba la misa en Corralejo aprovechaba el viaje para disfrutar de la ducha y para traerse dos garrafas de agua limpia de casa de las Hermanas. Así,al menos, podíamos lavarnos cada mañana la cara y aclarar los platos después de las comidas.

Compramos motor nuevo, pero antes habla que limpiar fondos. Tres hombres a lo largo de nueve días ejercitaron su paciencia sacando cubo a cubo todo el lodo del aljibe -que casi alcanzaba una altura de dos metros.

Cuando al fin una tarde llegaron dos camiones—cisterna a descargar el agua traída de la depuradora, aquella noche, a la melodía del agua se sumaron los acordes del acor­deón y la guitarra. No era para menos.

Pero el verdadero concierto lo dieron las nubes unas noches después. Cayó un verda­dero diluvio, como hacía años no recordaba la gente de aquí. En el rostro y en las pala­bras todo el mundo manifestaba el gozo inmenso de ver llover. Se podrían cultivar los huertos y los aljibes subirían de nivel. El nuestro lo pusimos a rebosar, gracias a una gran laguna que se formó a doscientos metros y que pudimos canalizar hasta la casa. Agua turbia, sí, pero un saco de cal hizo el milagrito de aclararla en unas pocas horas.

Aquí no tuvo validez el refrán de que nunca llueve a gusto de todos; si bien es ciertoque también tuvimos que pagar tributo al agua.

Tablas y barro.

Así son los techos de nuestra casa: de tablas y barro. No dábamos abasto a recoger las goteras, tarea que procuramos hacer con elegancia y deportivamente, aunque fuera a la media noche. Alguno de nosotros tuvo que dormir varias noches en el suelo del pasillo, pues el techo de la habitación era una regadera.

A lo largo del otoño han seguido cayendo lluvias suaves, óptimas para el cultivo,
pero que nos han obligado a derribar los techos de la cocina y de alguna otra habitación. A decir verdad creo que ninguno de los tres habíamos vivido una Navidad con unos «decora­dos» tan parecidos al portal de Belén.

Nuestras Hermanas de Corralejo.

Son tres: Sor Mercedes Moreno, Sor Pino González y Sor Dolores Luna. Ellas pasaron lo suyo en los días de la fundación en Fuerteventura hace dos dios y medio, y han sabido comprender nuestras primeras dificultades. Han sido verdaderos ángeles de la Providencia en nuestros primeros pasos en la isla, orientándonos y prestándonos toda la ayuda moral y material de que han sido capaces.

Casi dos meses estuvimos haciendo gestiones en busca de una mujer que nos atendiera y llevara la casa. Entretanto ellas llevaron nuestra carga: durante la primera quincena de septiembre compartimos su mesa y después, hasta finales de octubre, uno de nosotros se desplazaba a Corralejo para traer la comida, tan abundante, que siempre teníamos cena. Uno, sin querer, se acordaba a veces de los tiempos del Auxilio Social (cestita incluida) y en broma les decía ¿hasta cuándo va a durar esta humillación? Y muy delicadamente respondían: no tenga apuro, Padre, que nos lo regalan casi todo. Gracias, Hermanas.

(Algún día habrá que contar despacio la gran labor apostólica de nuestras Hermanas, y la profunda transformación que se va operando en ese pueblo pesquero del norte de Fuer­teventura).

Nuestra presentación al pueblo.

La hizo, en nombre del P. Provincial, el P. Aranguren. Aprovechamos las misas de sá­bado y dominicales del 3 y 4 de septiembre, un día después de nuestra llegada. Hubo que moverse mucho para poder asistir todos a la casi totalidad de los nueve núcleos tan dis­tantes que componen la parroquia.

Ni que decir tiene que era grande la expectación de las gentes y no menor su sorpre­sa. Siempre habían tenido un solo sacerdote, que difícilmente podía atender un mínimun de necesidades pastorales. Ahora el P. Aranguren les presentaba un equipo de tres, invitándoles a que nos aceptaran como un regalo del cielo para Fuerteventura y, especialmen­te, para la parroquia de La Oliva. En este primer encuentro no hubo tiempo para diálogos con la gente: fue tan sólo el espaldarazo.

En los encuentros sucesivos el diálogo lo iniciaríamos nosotros, y no sin pequeño esfuerzo, pues aunque son gentes sencillas y de poca cultura, parecían envueltas en mis­terio, retraídas, silenciosas y poco expresivas. Y lo curioso es que este fenómeno lo detectamos no sólo en las personas mayores, sino también en los jóvenes, e incluso en los niños.

Después de varios meses de acercarnos a todos con sencillez y cordialidad, puedo afirmar que esa especie de hielo se ha derretido.

Abandono en los templos—capillas.

La impresión deprimente que recibimos al llegar a la casa parroquial iba in cres­cendo a medida que recorríamos con detenimiento las capillas de la feligresía, incluido el gran templo parroquial de La Oliva. Sólo cabe hacer excepción de la capilla de Corralejo, donde la iniciativa de las Hermanas y su trabajo personal contagiaron a las buenas gentes del mar, y entre todos la convirtieron en un templo digno.

En las demás habla de todo lo que supone un gran abandono: techos ruinosos, paredes desconchadas, puertas y ventanas desvencijadas y rotas, bancos y confesionarios para la hoguera, polvo y suciedad en abundancia.  Mención especial merecen las sacristías, en las que casi nada se librará de la quema, aparte las plagas de techos, paredes y suelos. En la mayoría de ellas todo es pobrísimo y escaso.

Pequeñas asambleas.

Después de descubrir toda esta miseria, nos dimos cuenta de la necesidad de cele­brar asambleas abiertas en cada lugar, con un doble fin: entablar un contacto más direc­to con la gente para irles conociendo mejor y darnos a conocer, y plantearles la situa­ción de sus templos para responsabilizarles en la restauración. A lo largo de varias semanas de octubre y noviembre las fuimos celebrando en todos los pueblos, procurando asis­tir los tres sacerdotes. Programadas por la noche, para que no faltaran los hombres, temíamos fuera pequeña la asistencia por falta de luz, sobre todo si la noche no era de luna. Pero respondieron a nuestra llamada mejor de lo que esperábamos. Los locales fueron variados: teleclubs, bares y escuelas. Donde no había motor que nos diera luz eléctrica, nos alumbrábamos con velas o lámparas de gas.

El esquema de las reuniones fue siempre el mismo, con pequeñas variantes. Hecha la presentación de cada uno de los sacerdotes, incluido algún pequeño milagro, el párroco les exponía una serie de puntos relacionados con la pastoral que nos proponíamos llevar, para luego cederles la palabra y que en diálogo abierto y espontáneo nos informaran desde su punto de vista de todas las necesidades que veían en suiglesia respectiva. Fueron sinceros en la parte de culpa y desidia que a ellos les correspondía.

Para que las cosas no quedaran en el aire, se les propuso realizar una doble vota­ción secreta para elegir una junta de hombres que estudiaran y llevaran a cabo la res­tauración del templo, y otra junta de mujeres que cuidaran de la limpieza permanente y el buen estado de todo cuanto sirve para el culto. Si la idea era hacerles protagonis­tas de lo suyo, a fe que la aceptaron entusiasmados, y muchos que nada saben de letras buscaban la ayuda de un escribano.

Las juntas están en marcha con distinto ritmo y fortuna. En general se ha notado mucho la mano de la mujer en cuanto a orden y limpieza. También los hombres han iniciado los trabajos de restauración donde contaban con algún fondo. Pero es mucho lo que se ne­cesita.

Año 1.978, año de restauración.

Suena a slogan, y queremos que sea cumplida realidad. Contamos con la ayuda generosa de algunos amigos. Han ido llegando cálices hermosos, albas, casullas

También han ido llegando cartas, incluso de Visitadoras, preguntando si tenemos necesidad de ayuda económica. Creo que la respuesta queda suficientemente clara a lo largo de esta crónica, especialmente donde se habla del abandono de los templos.

Soy consciente de que hace falta un gran sacrificio económico, sólo posible con la ayuda de cuantos se sientan amigos de este campo de acción misionera en Fuerteven­tura.

La Oliva, 25 de enero de 1978.

Generoso Guembe, C.M.

Tomado textualmente del BPZ, 1978

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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