San Vicente de Paúl y el sacerdote

I. Introducción

Tiene el señor Vicente «una nueva forma de concebir la Iglesia». Él nos ha mostrado cómo su visión de la Iglesia partía de la base, el pueblo, y par­ticularmente del mundo de los pobres, para elevarse hasta los servicios jerárquicos más altos, hasta el Siervo de los siervos de Dios. Realizada la experiencia, la realidad primera para él son los pobres, y Bossuet nos lo ha recordado magistralmente.

Esta convicción exige lógicamente una nueva forma de concebir al sacerdote. En la Iglesia actual un nuevo tipo de sacerdote, unos nuevos ministerios, tratan de tomar forma, para que también en nuestro siglo la Buena Noticia sea anunciada a los pobres y así la oigan todos. Y el Espíritu Santo, a quien la liturgia de Pentecostés llama «Padre de los pobres», no faltará a la Iglesia para inspirarle los cambios necesarios.

De manera análoga, es el servicio del pueblo de Dios y, en especial, la Buena Noti­cia que hay que anunciar a los pobres, la que le hizo sentir a san Vicente la necesidad de un nuevo tipo de sacerdote. Era preciso que el fuego encendido por el trabajo de evangelización de las misiones populares fuera mantenido por buenos sacerdotes, una vez que los misioneros se hubieran marchado. Hacía falta pasar del sacerdote pen­diente de beneficios, una vez terminada la carrera eclesiástica, al sacerdote servidor del pueblo y servidor de los pobres a imitación de Jesucristo. Y eso estaba lejos.

Lectores suspicaces podrían acusar a la imaginación gascona de san Vicente de oscurecer a placer el cuadro, al describir el clero de su tiempo y de exagerar ciertas cifras para atribuirse un buen papel. Desgraciadamente la situación era bastante som­bría en sí misma. Las escenas con las que empieza la película de Mauricio Cloche: la iglesia de Chátillon, dedicada a usos sórdidos y abandonada, en una parroquia que contaba con seis sacerdotes residentes, presentan una imagen impresionante del esta­do de la Iglesia.

Pues bien, dice san Vicente, que es el clero el responsable de la ruina de la Igle­sia. Ninguna evangelización conseguirá un fruto duradero, ninguna restauración lo conseguirá, y los pobres quedarán tan abandonados como antes por un clero parasi­tario, si una formación seria no ataca el mal de raíz, preparando un nuevo tipo de sacerdote. Los sacerdotes indignos son los enterradores de la Iglesia, como la experiencia nos lo enseña. San Vicente también insiste con razón sobre la santidad interior que se exige al sacerdote, a imitación del Soberano Sacerdote, Jesucristo. En ese campo, comparte los puntos de vista de su maestro Bérulle. Y la Escuela Francesa desarrollará esta espiritualidad sacerdotal sobre el modelo de Cristo sacerdote eterno, que se ofrece a su Padre.

Pero san Vicente no se detiene en esas consideraciones espirituales, por muy elevadas que sean. Los pobres están ahí para devolverlo a la realidad diaria: ¡el pueblo pobre muere de hambre y se condena! El soberano Sacerdote, Jesucristo, no es sólo el religioso del Padre. Él es a quien el Padre ha enviado entre los hombres, pobre entre los pobres, para tomar sobre sus hombros el manto de su miseria, para decirles y mostrarles que Dios los ama. Pues bien, el sacerdote es el continuador de la Misión de Jesucristo. «Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en los planes del Hijo de Dios, como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra» (XI, 387 ). Y si la Iglesia debe ser para los hombres de nuestro tiempo la señal de que la obra de Cristo continúa, de que Él siempre está presente en medio de los que están sufriendo, es necesario que tras de Él, sus sacerdotes desempeñen «como su principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres… ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió al Hijo de Dios a hacerse hombre» (XI, 33-34). De otro modo, a través de ellos y a causa de ellos, la Iglesia merecerá el reproche del hugonote de Mont-mirail, el cual, después de tres siglos, todavía nos llega como un silbido: La Iglesia abandona a los pobres en su ignorancia y en su miseria, «¿Y quiere usted convencer-me de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo?; no puedo creerlo» (XI, 727).

II. San Vicente y el sacerdote

¿Qué idea se hacía san Vicente del sacerdote, de su lugar en la Iglesia y en el mundo? Plantear así la cuestión es quizás correr el riesgo de colocamos más bien en nuestro contexto actual que en el de san Vicente. San Vicente, ya lo sabemos, no es un teórico sino un misionero y un misionero profundamente comprometido con su tiempo, el siglo XVII. Su experiencia.y su pensamiento no son por eso menos ricos en la actualidad.

1. Una mirada realista y severa

Hablando del sacerdote, san Vicente piensa, claro está, ante todo en el clero de su tiempo. Lo conoce bien por haberlo visto en las misiones del campo, pero, sobre todo, en las ciudades y en la corte. En las Conferencias de los Martes, después en el Con-sejo de Conciencia, hasta se vio obligado a abordar el problema del clero en su con-junto y al nivel del reino.

El balance es harto negativo y el juicio severo. Es preciso, cuando menos, evocarlos, aunque no fuera más que para comprender mejor la insistencia de san Vicente (siguiendo la Escuela Francesa) sobre la santidad del sacerdocio y la santifica­ción del clero. Con todo, destaquemos el lazo de unión que pone san Vicente entre la santidad del sacerdote y la salvación del pueblo a él confiado. Se trata de una santi­dad para una responsabilidad pastoral.

2.- «La carne y la sangre han suplantado al Evangelio»

Se trata de un juicio dirigido a una iglesia local, enviado a san Vicente, en 1642).

«En esta diócesis el clero está sin disciplina, el pueblo sin temor de Dios y los sacerdotes sin devoción ni caridad, los púlpitos sin predicadores, la ciencia sin honor, el vicio sin cas­tigo; la virtud es perseguida, la autoridad de la Iglesia se ve odiada o menospreciada; el interés particular es el peso ordinario del santuario. Los más escandalosos son los que más pueden, y la carne y la sangre han logrado suplantar al Evangelio y al espíritu de Jesucris­to. Estoy seguro de que usted mismo se sentirá impulsado a venir en socorro de esta dió­cesis, cuando vea su necesidad» (II, 237).

3.-«La causa de esta desolación»

«¡Oh Padres y Hermanos míos, cuánto hemos de rezar a Dios por esto, y cuántos esfuer­zos hemos de realizar por esta necesidad tan grande de la Iglesia, que se está arruinando en muchos lugares por la mala vida de los sacerdotes! Porque son ellos los que la pierden y la arruinan; es demasiado cierto que la depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Iglesia de Dios. Hace pocos días estuve en una reunión, donde había siete prelados, que, al reflexionar sobre los desórdenes que se ven en la Iglesia, decí­an públicamente que la causa principal de los mismos eran los eclesiásticos. Sí, son los sacerdotes; nosotros somos la causa de esa desolación que arruina a la Iglesia, de ese deplorable retroceso que ha sufrido en muchos lugares,…» (XI, 204-205).

4.- «Un pastor caritativo»

«¡Ay, Padres, qué gran cosa es un buen sacerdote!… ¿Qué conversiones no puede procu­rar! Fijaos en el señor Bourdoise, ese sacerdote tan excelente, ¡qué de cosas hace y puede hacer! De los sacerdotes depende la felicidad del cristianismo, ya que los buenos feligre­ses, cuando ven a un buen eclesiástico, a un pastor caritativo, lo veneran y oyen su voz, procurando imitarlo. ¡Cuánto hemos de procurar hacer para que todos sean buenos, ya que es ésta nuestra misión, y el sacerdocio es una cosa tan elevada! Pero, Salvador mío!, si un buen sacerdote puede hacer grandes bienes, ¡qué daño hace un sacerdote malo! ¡Y cuánto cuesta ponerlo en buen camino! ¡Salvador mío! ¡Cómo deben entregarse a Ti los pobres misioneros para contribuir a la formación de buenos sacerdotes, ya que es la obra más difícil, la más elevada, la más importante para la salvación de las almas y el progreso del Cristianismo!» (XI, 702-703).

III. Partícipes del sacerdocio de Jesucristo

El estado bastante lamentable del Clero de su tiempo mueve pues a san Vicente a insistir sobre la santidad del sacerdocio. Está tan convencido de eso que llega hasta afirmar que «si no fuera sacerdote, no lo sería nunca». El «carácter del sacerdote» es participación en el sacerdocio de Jesucristo. Da el poder de «sacrificar», de «perdonar los pecados». En ese nivel, el sacerdocio del sacerdote es participación en un mis-terio «eminente y admirable», y la diferencia con él está en proporción con la forma con la que demasiado frecuentemente es vivido.

1.-«Hay algo más grande»

«El carácter de los sacerdotes es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente. Es un carácter enteramente divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo que admiran los ángeles, y la facultad de perdonar los pecados de los hombres, que es para ellos un gran motivo de admiración y de gratitud. ¿Hay alguna cosa más grande y digna de admiración?» (XI, 702).

2.- «Un gran aprecio de los sacerdotes»

«Pensad, Hermanos míos, cuán elevado será el oficio de los eclesiásticos por encima de las dignidades de la tierra, incluso de la realeza, y cómo tenéis que concebir un alto aprecio de los sacerdotes, cuyo carácter es una participación del sacerdocio eterno del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente» (XI, 403).

3.- «Cosa que yo he dicho más de cien veces»

«Así pues, es preciso haber sido llamado por Dios a esta santa profesión; esto se ve incluso en nuestro Señor, que era sacerdote eterno y que sin embargo no quiso ponerse a ejercitar ese estado más que después de aquel testimonio del Padre eterno, cuando dijo: «He aquí mi Hijo muy amado, escuchadle». Este ejemplo, junto con la experiencia que tengo de los desórdenes que provienen de los sacerdotes, que no procuran vivir según la santidad de su carácter, me obliga a advertir a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio, que no se comprometan a ello, si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina bondad les ha llamado a ello. Y está tan metido en mí este sentimiento que, si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás. Es lo que les digo con frecuencia a los que pretenden el sacerdocio, y lo que he dicho más de cien veces predicando en los pueblos del campo» (VII, 396).

El tema de la «dignidad sacerdotal» —que conviene situarlo en el contexto que hemos evocado— aparecerá seguramente excesivo y un tanto anacrónico. Por otra parte, no hay que olvidarse que san Vicente sabía perfectamente situar al sacerdote en medio de su pueblo y recordarle, que en el mismo corazón de la Eucaristía, solamente pesaba su peso de caridad.

«Cuando un sacerdote celebra la misa, hemos de creer que es el mismo Jesucristo, nuestro Señor, principal y soberano sacerdote, el que ofrece el sacrificio; el sacerdote no es más que ministro de nuestro Señor, que se sirve de él para realizar externamente esa acción. Pues bien, el acólito que sirve al sacerdote y los que oyen la misa, ¿participan, como el sacerdote, del sacrificio que él hace y que ellos hacen con él, como él mismo dice: «Orate, fratres, ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patea’ omnipoten­tem?». Sin duda que participan, y más que él, si tienen más caridad que el sacerdote. «Actiones sunt suppositorum»: las acciones son personales. No es la cualidad de sacerdo­te o de religioso lo que hace que las acciones sean más agradables a Dios y merezcan más, sino la caridad, si ellos la tienen mayor que nosotros» (XI, 646).

IV. Continuadores de Jesucristo y los apóstoles

El pensamiento que acabamos de evocar no es, evidentemente, de san Vicente, está fuertemente influenciado por la Escuela Francesa. En cambio, la forma cómo ha concebido y querido «el sacerdote de la Misión», aparece mucho más característica y personal. Siguiendo a Jesucristo, tras de los apóstoles, el sacerdote aquí es ante todo el hombre de la palabra de Dios y de la evangelización. San Vicente insiste mucho en esa primera responsabilidad del sacerdote y en sus exigencias. Sólo traeremos aquí algunos textos acerca de la Palabra de Dios y la forma de anunciarla.

1.- «.Quien dice misionero, dice apóstol»

«Después de los apóstoles, todos los hombres apostólicos que les siguieron practicaron este mismo método, predicando familiarmente, sin esa ostentación de elocuencia llena de vani­dad. Padres, el que dice misionero dice apóstol; por tanto, es preciso que hagamos como los apóstoles, ya que hemos sido enviados como ellos, a instruir a los pueblos; es preciso que vayamos allá con toda bondad y sencillez, si queremos ser misioneros e imitar a los após­toles y a Jesucristo» (XI, 172).

2.- «Como los apóstoles»

«Y ¿cómo predicaban los apóstoles? Con toda llaneza, familiaridad y sencillez. Ésa es tam­bién nuestra forma de predicar; con un discurso común, llanamente, con toda sencillez y familiaridad de manera que todos puedan entender y sacar provecho. Así es como predi­caban los discípulos y los apóstoles; así es como predicaba Jesucristo; es un gran favor el que Dios ha hecho a esta pobre y miserable compañía, al concedernos la dicha de imitarle en esto» (XI, 165).

3.- «La Palabra de Dios, ¿frase bonita llena de vanidad?»

En el texto que vamos a citar, san Vicente responde a la objeción:»Predicar con sencillez, es perder el honor».

«¡Perderéis vuestro honor! ¡Oh Salvador! Predicando como predicó el mismo Jesucristo, ¡perderán su honor! Tratar la Palabra de Jesucristo, como la quiso tratar el propio Jesucris­to, ¡es carecer de honor! ¡Es perder el honor hablar de Dios como habla su Hijo! ¡Oh Sal­vador! ¡Entonces Jesucristo, el Verbo del Padre, no tenía honor! Hacer los sermones como es debido, con sencillez, hablando familiarmente, de forma ordinaria, como lo hizo nuestro Señor, ¡es carecer de honor, y obrar de otro modo es ser hombre de honor! Disfrazar y fal­sificar la Palabra de Dios, ¡es tener honor! ¡Es tener honor cubrir de afectación, enmascarar y presentar La Palabra de Dios, la sagrada palabra de Dios como frase bonita llena de vanidad! ¡Oh divino Salvador!, ¿qué es esto, Padres? ¡Decir que es perder el honor predicar el Evangelio como lo hizo Jesucristo! Yo preferiría decir que Jesucristo, la eterna Sabiduría, no supo cómo había que tratar su palabra, que no la entendía bien, que había que portarse de una manera distinta de como él lo hizo. ¡Oh Salvador! ¡Qué blasfemia!» (XI, 185).

V. El sacerdote y el pobre

Como continuador de Jesucristo, el sacerdote —según san Vicente— debe compartir su predilección por el pobre. No era éste el caso del siglo XVII, y san Vicente incluso hace notar que los sacerdotes «son más duros con los pobres y tienen menos compasión para socorrer sus necesidades» (XI, 644). San Vicente también hace notar que el sacerdote debe ser el verdadero mediador del pobre.

1.- «Entre él y esa pobre gente»

«Decía: ¡qué iba a decir, miserable! Decía últimamente que Dios espera que los sacerdotes detengan su cólera; esperan que ellos se coloquen entre él y esas pobres gentes, como Moisés, para obligarle a que las libre de los males causados por su ignorancia y sus peca-dos, y que quizás no sufrirían, si se las instruyese y se trabajase en su conversión. Es a los sacerdotes a quienes corresponde hacerlo. Esos pobres nos dan sus bienes para esto; mientras ellos trabajan, mientras combaten contra estas miserias, nosotros somos el Moisés que levanta continuamente las manos al cielo por ellos. Somos los culpables de que ellos sufran por su ignorancia y sus pecados; nuestra es, pues, la culpa de que ellos sufran, si no sacrificamos toda nuestra vida por instruirlos» (XI, 121).

2.- «Y si los sacerdotes los abandonan»

«¿No son los pobres los miembros afligidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que los asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás» (XI, 393).

VI. Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. San Vicente comtempla la situación, en el siglo XVII, del clero sin compla­cencia. Pero servidor de Jesucristo y hombre de acción se consagra a forjar un nuevo tipo de sacerdote para su tiempo. En la actualidad y por diversas razones, la situación del sacerdocio ministerial en el mundo y en la Iglesia puede parecer difícil.

  • ¿No harían falta también para nuestro tiempo, unos sacerdotes y tales sacerdotes?
  • ¿Qué visión tenemos de esta situación? ¿Una mirada optimista o pesimista?
  • ¿Fatalismo o invitación a una búsqueda? ¿Cómo y en qué nos sentimos afectados? ¿Cómo contemplamos al sacerdote actual?

2. San Vicente ve en el sacerdote al «dispensador» de los sacramentos y el hom­bre de la palabra, de la evangelización. En tanto que somos sacerdotes:

  • ¿Qué buscamos, qué inventamos, en concreto para asegurar una coherencia en nuestra vida sacerdotal y nuestro ministerio?
  • ¿Cómo ayudamos a los sacerdotes a situarse como servidores de Cristo, Palabra y Sacramento de Salvación, en medio de sus hermanos y para ellos?

3. Según san Vicente, el sacerdote, continuador de Jesucristo, es enviado, de forma privilegiada, para «anunciar la Buena Noticia a los pobres, nuestros seño­res y amos». Sacerdotes, en lo concreto de nuestra vida:

  • ¿Cómo podemos verificar esta res­ponsabilidad esencial de nuestro sacerdocio?
  • ¿Cómo los ayudamos (intercambios, reflexiones, revisión de vida, colaboración, etc) a ser fieles a ese aspecto privilegiado de su misión?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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