San Vicente de Paúl y la liberación

I.- Introducción

En la sinagoga de Nazaret, Jesús aplica a su misión la descripción que hizo de ella Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres». ¿En qué consiste esa Buena Noticia? Jesús, valiéndose de Isaías, la detalla: «Me ha enviado a proclamar a los cautivos la liberación, a los ciegos la recuperación de la vista, a liberar a los oprimidos» (Lc 4, 18).

Esta Buena Noticia es, pues, esencialmente el anuncio de una liberación: libera­ción de las rejas de una prisión material, liberación de la cárcel de la ceguera, libe­ración de la opresión.

El texto de san Lucas es considerado por san Vicente como texto fundador de sus comunidades. Se suele referir a él para explicar cómo nuestra vocación es una conti­nuación de la del mismo Jesucristo (XI, 33, 56, 209, 323, 386, 395, 639, 725).

La Buena Noticia para los pobres, ¡qué programa! Ir a anunciar que son liberados todos los encadenados en la ignorancia, en el mal, en la miseria. San Vicente, guia­do por los acontecimientos, presenta actos espectaculares. Quedó impresionado por la miseria de la pobre gente del campo, abandonada a su ignorancia o a sus vicios, por unos pastores incapaces o indignos. Le va a llevar, por medio de las misiones, la luz para sus tinieblas y la liberación del mal que la acogota.

Quedó impresionado por la miseria material de los abrumados por enfermedad, la ruina, la guerra, el hambre, la epidemia. Trata de liberarlos de ellos, de organizar la salida de su desgracia, organizando las diversas formas de asistencia: las caridades organizadas, los grandes repartos a los hambrientos, el encargarse de las regiones devastadas, el alivio proporcionado a los presos y galeotes, llevándolos, con la fe, a una libertad interior.

La acción liberadora de san Vicente manifiesta siempre dos aspectos: la evange­lización o anuncio de la Buena Noticia, revelando a quienes ata la ignorancia, la superstición o el pecado, que son hijos de Dios, que están llamados a la libertad de los hijos de Dios y deben portarse como tales. Pero, al mismo tiempo, que esta Buena Noticia es proclamada, es necesario que una realización concreta la haga creíble, muestre que transforma incluso materialmente la vida de aquéllos para quienes es anunciada. No basta con persuadir a alguien que es hijo de Dios, si se le deja sumido en una miseria indigna de un ser humano.

Por eso mismo, las misiones siempre van acompañadas de la creación de un equipo de caridad, y que los cuidados ofrecidos a las miserias materiales desembocan normalmente en una elevación espiritual, así se expresa, desde el año 1617, el reglamento de la Caridad de Chátillon:

«La que esté de día preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, los saludará cuando llegue, con alegría, acomodará la mesita, invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa madre. Le dirá algunas palabritas sobre nuestro Señor; procurará alegrarlo, si lo encuentra muy desolado» (X, 578).

En todas sus iniciativas, san Vicente respetó estos dos aspectos, el anuncio y la realización de la Buena Noticia de liberación, es lo que él llama: «Evangelizar con palabras y con obras, y esto ea lo más perfecto» (XI, 393).

Para anunciar a los pobres la Buena Noticia, Jesús se hizo también pobre. Vino a compartir la condición de aquéllos a quienes se dirigía. San Vicente, después de que, en frase suya, «dio vuelta a la medalla», esto es, después de que hubo descubierto el rostro del divino Pobre detrás de la máscara de quienes se habían encontrado con él, se dio cuenta de que la Buena Noticia para los pobres no podía ser anunciada sino por los pobres, la libertad en relación con todas las cadenas no podía ser proclamada sino por hombres libres, por personas libres de las servidumbres materiales y morales del dinero y del poder.

Juan Anouilh, autor de los diálogos de la película «Monsieur Vincent», lo había adivinado. Pone en su boca, después del encuentro con Margarita Naseau: «Muchas gracias, Dios mío, por haberme mandado esta muchacha pobre. Ella ha comprendido, en su sencillez, lo que yo había comprendido en mi interior: Con los pobres salvaré a los pobres». De otro modo, la Buena Noticia sólo sería una broma pesada, porque anunciaría la feliz noticia de una libertad en la que manifiestamente no creo, ya que no la quiero ni para mí, pues prefiero las servidumbres doradas de la riqueza o del poder. Esto es precisamente lo que tantas veces se le ha reprochado a la Iglesia por pretender anunciar el Evangelio con palabras, sin que les sigan los hechos, por proclamar las exigencias de libertad, al tiempo que continúa usando procedimientos autoritarios, por parecer que da unas lecciones al mundo como maestra de la verdad, sin molestarse en hacerse «sierva y pobre» y en estar cerca de los hombres.

Hablando del anuncio del Evangelio, san Vicente escribe al P. Antonio Portail, su hombre de confianza:

«No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos, nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros, si no, no harán más que ruido y fanfarrias, pero poco fruto» (I, 320).

En el episodio de la sinagoga de Nazaret, Jesús dice refiriéndose a los oyentes, «Hoy se ha cumplido esto entre vosotros». Preguntémonos pues si, hoy, este anuncio de liberación se ha cumplido en la Iglesia. Tenemos ejemplos que hablan a nuestros contemporáneos más que todos los discursos: el Abbé Pierre es uno de los hombres de Iglesia más escuchados; ha ayudado a los pobres más pobres a encontrar su dignidad, a liberarse de una miseria degradante, se ha hecho uno de ellos para protegerlos. Innumerables Hijas de la Caridad se han hecho pobres con los pobres, son para ellos el rostro y la presencia de Cristo, que vino a compartir sus condiciones de vida.

Numerosos obispos y sacerdotes de América Latina, abandonando ornamentos suntuosos y palacios solemnes, o dejando a un lado el confort y la seguridad material, se han hecho pobres entre los pobres para ayudarles a tomar conciencia de su digni­dad y a liberarse de la miseria y de la desgracia. Es una tentación de la Iglesia estar del lado del poder establecido y de quienes la sostienen materialmente. Mons. Helder Camara, que frecuentemente alude a su filiación vicenciana, dice: «Cuando voy a vivir con los pobres, dicen que soy un santo. Cuando digo a los pobres que se deben encar­gar ellos de salir de su miseria, dicen que soy comunista». Con toda seguridad, puede haber en ello un peligro de recuperación política de la acción de la Iglesia, pero es haciéndose «sierva y pobre» entre los que no disponen de otros recursos cómo la Igle­sia, en América Latina, ha llegado a ser la esperanza de los pobres. Sin ella, no ten­drían como esperanza más que la perspectiva de una «gran tarde» revolucionaria.

Ciertos medios informativos han desfigurado la realidad, como el periodista fran­cés que, en un periódico de gran tirada, ha escrito un artículo odioso, declarando que en la Iglesia brasileña hay un estado criptomarxista. En lugar de haberse dedicado a esas elucubraciones calumniosas, le hubiera sido mejor haber ido a ver a esa gente humilde reflexionar juntos en una comunidad de base, alrededor de su obispo, sobre el sentido actual de la Biblia, sobre las lecciones espirituales que se deducen para ellos, sobre los deberes de dignidad y de responsabilidad a que su fe les comprome­te a defender su causa común, sobre todo, la de los más pequeños.

Los humildes están en disposición de abrir, para toda la Iglesia, un camino del futuro; hablan de una Buena Noticia de libertad, pero, al mismo tiempo, la realizan: es la evangelización con palabras y con obras. Gracias a ellos, el Evangelio vuelve a ser una luz para los hombres actuales, que están encadenados por toda clase de ser­vidumbres, y un camino hacia la liberación.

II.- San Vicente y la Liberación

San Vicente, precursor en materia de liberación, ¿por qué no? Profeta en su tiem­po ¡ciertamente! Su ardor infatigable lo impulsa a liberar «corporal y espiritualmente» a los pequeños y a los débiles, todos ellos víctimas del poder absoluto y de las concepciones del Gran Siglo.

2.1.- Unas acciones proféticas

a) En favor de los niños abandonados

Hay niños abandonados; la institución de la Cuna no llega a detener el mal. San Vicente, ayudado por santa Luisa, emprende algo nuevo. Helo aquí animando a las Damas dubitativas o timoratas:

«Resulta necesario estudiar los medios para atender a los que necesitan. Porque se encuentran en necesidad extrema y estáis obligadas a mirar por ellos. Se puede matar a un pobre niño de dos maneras: o por muerte violenta, o negándole la comida. Porque nuestro Señor os ha llamado, para que seáis sus madres. Y he aquí el orden que se ha seguido para ello: 1º hizo que os buscaran durante dos o tres arios por los señores de Notre Dame; 2° habéis tenido varias reuniones con esta finalidad; 3° habéis hecho muchas oraciones a Dios por ello; 4° os habéis aconsejado de personas prudentes; 5° habéis hecho una prueba; 6° finalmente, habéis tomado esa resolución» (X, 940-941).

b) En favor de los mendigos

A la visión espiritual de los pobres, nacida en la Edad Media, sucede, en siglo XVII, una mirada pesimista sobre ellos. San Vicente reacciona contra esto y funda, en primer lugar, el Asilo del Nombre de Jesús para liberar en él, por medio del trabajo y de la instrucción, a unos mendigos de su estado degradante:

«Para realizar el proyecto, el señor Vicente compró dos casas y una explanada bastante grande en el arrabal de san Lorenzo, de la ciudad de París. Las dotó de camas, ropa blanca y otras cosas necesarias; también mandó preparar una capilla con todos los detalles convenientes. Y del dinero restante, obtuvo una renta anual. Acogió en aquel asilo cuarenta pobres, a saber, veinte hombres y veinte mujeres, que han sido alimentados y mantenidos hasta el presente, pero que, por haber venido a menos la renta, se verán obligados a disminuir el número, si la providencia de Dios no lo remedia pronto. El señor Vicente mandó, pues, poner los cuarenta pobres en dos pabellones separados los unos de las otras, pero de tal manera estaban repartidos que todos podían oír una misma misa, y una misma lectura en la mesa, mientras comían en común, pero cada sexo por separado, sin verse ni hablar-se entre sí. También mandó comprar y preparar telares, herramientas y otras cosas convenientes para ocuparlos según sus débiles fuerzas y habilidades, con el fin de evitar la ociosidad. Encargó a las Hijas de la Caridad el cuidado y el servicio de aquella pobre gente, confió a un sacerdote de la Misión la celebración de la santa misa en el asilo, y la administración de la palabra de Dios y los sacramentos. Él fue de los primeros en instruirlos, y en recomendarles la unión entre ellos, la piedad para con Dios”.

c) En favor de los presos

Acepta, por ejemplo, la obra de los «Reformatorios» de san Lázaro; pero hace todo lo posible para lograr la libertad de un pensionario retenido injustamente.

«Algún tiempo más tarde, su hijo mayor, al que no conocía, vino también a hablar conmi­go para saber si podríamos recibir aquí a un joven rebelde contra la voluntad de su padre. Le dije que, si así lo ordenaba el magistrado, lo recibiríamos. Y, efectivamente, habiéndonoslos traído con permiso para encerrarlo, lo recibimos Ese joven se dejó encerrar, y mandó a decirme a continuación, que era él que había venido antes a pedirme consejo, y que se veía maltratado de esa manera por haber renunciado a subeneficio. Hice que me lo trajeran, y lo reconocí en seguida; me contó que había hecho ejercicios espirituales en san Sulpicio, en donde había decidido con el consejo de su director, casarse antes que quemarse, según el consejo de san Pablo, y que, creyendo que no teniendo que resignar su beneficio en manos de uno de sus hermanos, según deseaba usted, porque no lo considera­ba bastante capaz, lo resignó en manos de una persona que lo era, para tranquilizar su con­ciencia; y que era ése el motivo por el que lo habían mandado arrestar. Entonces, le pedí a su hermano mayor que viniera a verme, y le dije, que, si me hacía caso, debería poner en libertad a su hermano, pues estaba seguro que el parlamento, al escuchar sus razones, lo sacaría, y que era preferible que su salida se debiese, más que a la justicia, a su resolución y a la de usted. Accedió a ello, después de haberse aconsejado de varias personas; hice que se abrazaran los dos en mi presencia, y se marcharon juntos a la ciudad» (VII, 513-514).

Se muestra bondadoso, casi débil, con los «dementes», y en ningún caso quiere que sus misioneros los abandonen:

d) Para remediar su enfermedad

«Pero, padre, me dirá alguno, ¿está en nuestra Regla que recibamos a los locos en san Lázaro y a esas almas tan rebeldes, que parecen pequeños demonios? Le diría a ése que nuestro Señor quiso verse rodeado de lunáticos, endemoniados, locos, tentados y posesos; se los llevaban de todas partes, para que los librase y los curase, y él procuraba poner remedio. ¿Por qué vamos a condenar esto nosotros, cuando intentamos imitar a nuestro Señor en una cosa, que él indicó que le agradaba tanto? Si recibió a los locos y a los ende­moniados, ¿por qué no los vamos a recibir nosotros? No vamos a buscarlos, sino que nos los traen; y ¿qué sabemos nosotros, si su Providencia, que así lo ordena, no quiere servir­se de nosotros para remediar la enfermedad de esas pobres gentes, si él las amó tanto que quiso pasar también él por loco y parecer como si estuviera furioso y delirante, para san­tificar en su sagrada persona ese estado? ¡Oh, Salvador mío y Dios mío! ¡Concédenos la gracia de mirar estas cosas con los mismos ojos con que tú las miras!» (XI, 394).

Capellán general de las Galeras desde el 8 de febrero de 1619, mejora la condi­ción de los hombres con la ayuda de todos (Compañía del Santísimo Sacramento, Cofradías de la Caridad, Damas del Hótel-Dieu, Hijas de la Caridad, Misioneros):

«Ha hecho usted bien en dar algún consuelo espiritual a los pobres de las galeras, con oca­sión de las fiestas de Navidad, a pesar de que las miserias corporales a que se ven reducidos y que parecen hacerlos incapaces de instrucción. Espero que Dios habrá sacado algún fruto de ello, y que no dejará sin recompensa las molestias que usted se ha tomado» (XI, 196).

e) En favor de los esclavos

Es la obra más espectacular, y la casa de Marsella sirve de puesto de mando. Por intermedio de su superior, san Vicente ayuda financieramente a los esclavos, obtiene su rescate:

«Apruebo el pago de su letra de cambio de cien piastras de la cantidad que le deben los de Argel. Anótelo todo, por favor, para que todos tengan las cuentas claras. Hubiera sido conveniente que me indicase los esclavos redimidos, de los que me habla y que ha acogido» (VIII, 212).

Incluso le parece bien que los suyos sean cónsules (en Túnez y Argel) para facilitar las transacciones. Esta acción de J. Le Vacher es de las más célebres:

El padre Juan Le Vacher, reunió todo el dinero que pudo, tomó consigo a un intérprete y a otro criado que le ayudase, y se fue allá; cuando llegó, apenas pudo ser visto desde la galera y reconocido por el hábito, aquellas pobres gentes empezaron a dar señales de júbilo con grandes gritos, y a decir:

«Allí está nuestro libertador, nuestro pastor, nuestro padre; y habiendo subido a la galera, todos aquellos pobres esclavos se echaron sobre él, llorando de cariño y alegría, al ver a su libertador espiritual y corporal; se echaban de rodillas a sus pies, y lo cogían uno por la sotana, otro por el manteo, de forma que lo dejaron desgarrado por sus deseos de acercarse a él. Tardó más de una hora en atravesar la galera para ir a saludar al comandante, ya que le estorbaban el paso y no podía avanzar en medio del aplauso y regocijo de aquellas gentes. Luego el padre Le Vacher compró tres toros, los más cebados que pudo encontrar, los mandó matar y se los distribuyó; también hizo que cocieran mucho pan, y de esta forma trató a aquellos esclavos, corporalmente, mientras que hacía todo lo posible por darles el alimento espiritual, catequizándolos e instruyéndolos en los misterios de nuestra santa fe y, finalmente, confortándolos con mucha caridad» (XI, 319-320).

f) En favor de los analfabetos

San Vicente desea que sus Hermanas aprendan a enseriar en la escuela a las niñas y a los niños pobres:

«Después de misa, tenéis que ejercitaros en la lectura, para haceros capaces de enseñar a las niñas. Es preciso, mis queridas Hermanas, dedicarse seriamente a ello, puesto que se trata de uno de los dos fines por los que os habéis entregado a Dios: el servicio a los enfermos y la instrucción de la juventud, y esto principalmente en los campos. La ciudad está casi toda ella llena de religiosos» (IX, 58).

2.2.- El espíritu de liberación, según san Vicente

Todos los actos proféticos de san Vicente están arraigados en el espíritu del texto fundador de Lc 4, 18: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar a los cautivos la liberación». A partir de ahí, se derivan los componentes de este espíritu.

San Vicente quiere, ante todo, pobres para servir y evangelizar a los pobres. Por eso escoge unas mujeres parecidas a las muchachas campesinas, y hombres llamados a vivir al estilo de los pobres.

a) En el espíritu de las buenas campesinas

«¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios, Hermanas mías! Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo importante y verdadero, es lo que acabáis de oír: que os tenéis que ejercitar en manteneros en el espíritu de verdaderas y buenas campesinas. Vosotras, a las que Dios, por su gracia, lo ha dado naturalmente, dadle gracias por ello, y las que no lo tenéis, trabajad en adquirir la perfección que os acabo de indicar, en las verdaderas cam­pesinas. Si alguna de las familias más elevadas se presenta en vuestra casa, con el deseo de entrar en vuestra Compañía, hermanas mías, es preciso que sea para vivir en el cuerpo y en el espíritu como las jóvenes que tienen verdaderamente las virtudes de las campesi­nas (IX, 102-103).

b) Será pinchado por sus espinas

“¡Desgraciado, padres y hermanos míos, sí, desgraciado el misionero que quiera apegarse a los bienes perecederos de esta vida! Pues se verá apresado por ellos, clavado por estás espinas y atado por las ligaduras; y si esa desgracia cayera sobre toda la Compañía, ¿qué es lo que se diría de ella y cómo se viviría en ella? Se diría: «Tenemos tantos miles de renta; podemos estar tranquilos; ¿por qué ir a corretear por las aldeas? ¿Por qué trabajar tanto?; dejemos a esos pobres campesinos; que cuiden de ellos sus párrocos, si quieren; vivamos tranquilamente sin tantas preocupaciones»” (XI, 773).

Desea sobre todo que unos y otros vivan un compañerismo auténtico, como se lo recuerda a un hermano con tentaciones de darse su propia misión.

c) Servir al pobre pueblo de todas esas maneras.

«Si va usted a servir a los enfermos, tendrá que ser o en un hospital o en casa de ellos mis­mos en particular; si es en un hospital, ¡ay mi pobre hermano!, caería usted de una fiebre en otra peor, ya que hay allí cruces y contradicciones tan molestas, que ésas de las que usted se queja no son nada en su comparación. Allí, es grande el trabajo, el descanso corto e interrumpido, el cansancio seguro, los reproches y las injurias frecuentes, casi todos los pobres murmuran, no están nunca contentos, y se quejan ordinariamente, tanto ante las personas piadosas que los visitan, como ante los administradores que los gobiernan, infor­mándolos incluso falsamente de los sirvientes, cuando éstos les han negado algo de lo que les pedían; de este modo, estos pobres sirvientes se ven acorralados por todas partes, teniendo sobre sí tantos vigilantes y reprensores como dueños, capellanes y encargados hay en aquellas casas. Éste es uno de los ejercicios más duros de nuestras pobres Hijas de la Caridad. Todas esas ideas no son más que sugestiones del espíritu maligno que, para poner en peligro su salvación, le propone realizar obras extraordinarias; que son superiores a sus fuerzas, con el bonito pretexto de que así podría usted, en particular, practicar la misericordia espiritual y corporal, como si nuestra Compañía no tuviera precisamente esa misión de servir al pobre pueblo de todas esas maneras, incluso en los hospitales y en sus mismas casas; un testimonio de ello es lo que se ha estado haciendo desde hace dos arios, en las fronteras de Champaña y de Picardía, con un gran número de padres y hermanos, que han llegado hasta 16 ó 18; también es un testimonio de eso, lo que se practica actualmente en los alrededores de París con 6 ó 7 de los nuestros, que atienden corporal y espiritualmente a los pobres abandonados. ¿Para qué son las misiones que tenemos en Francia y en Italia? ¿No son para instruir a las gentes del campo y para atender al alivio de los enfermos necesitados?» (IV, 420-421).

A cada uno le enseña persuasivamente que la obra de liberación debe ser total, abarcar el cuerpo y el alma.

d) No he cumplido con mi obligación

«Es muy importante asistir a los pobres corporalmente; pero la verdad es que no ha sido nunca ése el plan de nuestro Señor al hacer vuestra Compañía, cuidar solamente de los cuerpos; porque no faltarán personas para ello. La intención de nuestro Señor es que asistáis a las almas de los pobres enfermos, y por eso tenéis que reflexionar dentro de vosotras mismas: «¿Cómo me porto en mi parroquia? ¿Cómo sirvo a los enfermos? ¿Lo hago sólo corporalmente, o de las dos maneras al mismo tiempo? Porque si no tengo otra intención más que la de asistir al cuerpo, ¡ay!, eso es poco; no hay nadie, cualquiera que sea, que no haga otro tanto». Un turco, un idólatra, puede asistir al cuerpo. Por eso, nuestro Señor no tenía ningún motivo para instituir una Compañía solamente con esa finalidad, ya que la naturaleza obliga suficientemente a ello. Pero no pasa lo mismo con el alma. No todos pueden ayudarles en eso, y Dios os ha escogido principalmente, para que les deis las instrucciones necesarias para su salvación. Pensad en vosotras mismas, y decid: «¿He hecho yo acaso algo más que atender a los cuerpos durante todo el servicio que he hecho a los pobres? Si hasta ahora no he atendido más que a proporcionarles el alimento, las medicinas y las otras cosas que se refieren al cuerpo, no he cumplido con mi obligación. ¡Perdón, Señor mío, por mi conducta pasada!»» (IX, 917).

e) Hacer que los asistan de todas las maneras.

«Si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirlos y hacer que los asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto» (XI, 393).

La obra de liberación debe llevarse a cabo juntos, en Iglesia.

f) Otros tantos testimonios de nuestra vocación.

«Las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino hermanas que van y vienen como seglares; son personas de las parroquias, bajo la dirección de los párrocos donde están establecidas, y si nosotros dirigimos la casa en que se educan, es porque los designios de Dios, para que naciera su pequeña Compañía, se sirvieron de la nuestra; y ya sabe que Dios utiliza los mismos medios para dar el ser a las cosas que para conservarlas.

Nuestra pequeña Compañía se ha entregado a Dios para servir al pobre pueblo, corporal y espiritualmente, y esto desde sus comienzos, de forma que al mismo tiempo que trabajaba por la salvación de las almas en las misiones, buscó un medio para atender a los enfermos en las Cofradías de la Caridad. Las Damas de la Caridad de París son también otros tantos testimonios de la gracia de nuestra vocación para contribuir con ellas a un gran número de buenas obras dentro y fuera de la ciudad» (VIII, 226).

Delicadeza, atención a toda la persona, prudencia, vigilancia, preocupación por el detalle, paciencia, bondad, arriesgarse, discreción, preocuparse por el progreso espiri­tual, constituyen los valores básicos de todo vicenciano. Es así como lo demuestra este texto inédito de las «Reglas de las Hijas de la Caridad que cuidan de los galeotes.

«Por lo que toca a la asistencia corporal de esa pobre gente, (las Hijas de la Caridad) prepararán todos los días, en su casa, la comida para ellos, comprando ellas personalmen­te la carne y demás cosas que se han mandado para su alimentación, y a la hora indicada, una vez al día, les llevarán la pequeña ración que debe servirles para la comida y para la cena; y sida olla es demasiado pesada, pedirán ayuda a los guardias. Cuando estén enfermos, tendrán (las Hermanas) tanto o mayor cuidado, que de los de las parroquias, dedicando para ello unos momentos para ir a visitarlos; llevándoles para la comida y la cena, los alimentos necesarios y los medicamentos, cuando haya necesidad de ellos y, sobre todo, les darán o procurarán la asistencia espiritual, que consiste en conso­larlos, animarlos e instruirlos en las cosas necesarias para salvarse y, particularmente, de la forma de hacer una buena confesión general, haciendo que se confiesen y comulguen con tiempo, y si están para morir, procurar que se les administre la Extrema Unción y, una vez muertos, amortajados y procurar su enterramiento; y si sanan, exhortados a que lle­ven una vida buena en adelante. Y aunque sea muy difícil impedir que cometan excesos de insolencia contra ellas, aún cuando les hagan mayor bien, (las Hermanas) no dejarán por eso de hacérselo; y esto lo conseguirán por medio de una gran paciencia, y pidiendo a Dios por ellos al mismo tiem­po, como hizo san Esteban por quienes lo apedreaban; y, sobre todo, se cuidarán mucho de darles la más mínima ocasión para quejarse de ellas; y para esto, no les hablarán des­cortésmente, ni les echarán en cara los enojos que hayan recibido de ellos, ni tampoco dis­cutirán con ellos para justificarse, cuando las acusen falsamente». (Extracto de un texto manuscrito. Archives de la Maison Mére des Filies de la Charité).

III.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. «Rompí las coyundas de vuestro yugo y os hice andar con la cabeza erguida (Lc 26, 13).

  • ¿Cuando hablamos de «liberación», qué queremos decir?
  • ¿Qué experiencia personal tenemos de ella?¿De qué liberaciones somos testigos o actores?

2. «Para anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18).

  • ¿Qué dicen en derredor nuestro sobre el papel y el lugar de la Iglesia en relación a la liberación y a la promoción de los hombres? ¿Qué pensamos nosotros?
  • ¿El Evangelio es para nosotros fuente de liberación? ¿Cómo?

3. «Esta escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21).

  • ¿Nuestras comunidades, nuestros grupos, son signos de libertad y de liberación?
  • ¿Cómo estamos personal y comunitariamente comprometidos hoy en la corriente de liberación?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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