San Vicente de Paúl y las Virtudes: la humildad

I.- Introducción

En la Francia de Luis XIII, después de los desórdenes de las guerras de religión, de las revueltas de la regencia de María de Médicis, la puesta en orden lograda por Richelieu le devolvió a cada uno el sentido de su lugar en la sociedad y de su impor­tancia a la vista de los demás. Al no ser uno algo, se esfuerza por parecer, para ser visto, apreciado y estimado, se gloría uno de su linaje y de sus relaciones.

El sentimiento del honor es muy vivo: por una palabra más alta que otra, uno se considera ofendido y semejante ultraje no puede lavarse sino con sangre. San Vicen­te cita al conde de Rougemont como uno de los hombres más puntillosos en cuestio­nes de honor y habla de él como «de un notable duelista» (Cf. XI, 528), queriendo evocar de ese modo, cómo con la punta de su espada, había liquidado a numerosas personas que había, según él, rozado su honor. Conocemos las medidas draconianas que tuvo que tomar a este propósito el cardenal.

El orgullo de su condición lo manifiesta también cada uno en el lujo y en el atil­damiento de la ropa: los sombreros se empenachan con plumas extravagantes, los vestidos se cargan con ricos bordados y con arabescos de hilos de oro o de plata; los humillados por la calvicie, y también los demás, recurren a los artificios de pelucas lujosas, cuando se podría lisa y llanamente, como dice un héroe de Moliére, «conten­tarse con los pelos de su cosecha».

Frente a esas manifestaciones exageradas con las cuales cada uno trata de desta­car socialmente su valor, los espirituales insisten con energía sobre la humildad y las humillaciones. Así, uno de los autores espirituales más en boga, el P. Rodríguez en su Tratado de la Perfección, repitiendo a san Juan Clímaco, enumera los 33 grados de la humildad. El jansenismo insiste en la bajeza del hombre, en su nada y su abyección, con unos términos que no serían tolerados hoy.

En ese mundo en el que hacía falta usar de codazos para llegar a los primeros puestos y hacerse notar de los que podían asegurar la fortuna de uno, el joven Vicen­te hace lo que los demás, se abre camino. Habla con complacencia a su protector el Sr. de Comet sobre la amistad que le manifiesta el legado Montorio, quien le ha prometido «dotarle de beneficios» (I, 86), y evoca más adelante en esa materia «un asunto que mi temeridad no me permite nombrar».

En el período de su conversión, el contacto con Bérulle abre al Sr. Vicente a la humildad y lo lleva a adherirse a «los estados de Cristo» y a su anonadamiento para continuar su obra. Pero no se detiene en una espiritualidad contemplativa: el descubrimiento de los pobres le hace comprobar que si Jesucristo bajó hasta la condición humana, también habrá que bajar a la condición de los pobres para poderlos evangelizar. Porque la humildad, si es el alma de la vida espiritual, es también la condición primera de la evangelización. Se trata de dejar el sitio a la acción de Dios, de despojarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo, porque estar asociado a su misión es un favor: «Sólo la humildad es capaz de soportar esta gracia» (III, 256).

Así no es cuestión de darse importancia: «Dios bendice siempre mejor los comienzos más humildes que los que pregonan» (II, 263).

Sin embargo, san Vicente habla el lenguaje de su tiempo y ocurre que algunas de sus expresiones nos parecen exageradas. Así se llama a sí mismo «estudiante de cuarto», «hijo de un pobre porquerizo», y «más miserable que el mismo demonio». Pero no se deben olvidar sus orígenes gascones y su modo de utilizar el humor.

A una mujer pobre que le pide limosna diciéndole que fue criada de su señora madre, le replica sonriendo que su madre, lejos de disponer de criadas, estuvo sirviendo en casa de otros. A un religioso que emprende manejos con vistas al episcopado, maliciosamente le hace notar «que no puede desear tal cambio ni tratar de conseguirlo un alma verdaderamente humilde como la de usted».

San Vicente, y ésta es su originalidad, recuerda con energía que la humildad no es solamente una virtud personal, individual, sino que pretende aplicarla a sus comunidades. Lanza esta verdad llena de sentido común: «¿Pueden Pedro, Santiago y Juan amar y buscar con sinceridad y verdad el desprecio, mientras que la congregación… tiene que amar y buscar el honor?» (XI, 747). Es bueno acordarse que las comunidades fundadas por él andan con el viento en popa, a pesar de la modestia de sus efectivos. Están en vanguardia de la innovación en materia de acción pastoral o social, y tanto ellos como ellas que forman parte de aquéllas podrían sentirse engreídos por ser miembros de grupos tan admirados. También san Vicente los vuelve a la realidad, habla con gusto de esta «insignificante compañía» ¡Teme la charanga de la fama!, y tiene por principio hablar siempre bien de las otras comunidades y cederles el paso.

¿Será necesario hablar aún hoy en día sobre la humildad? En un siglo en el que se trata de valorarse y de desembarazarse de complejos, esa palabra parece de otros tiempos y no tiene muy buena prensa. Por el contrario, es necesario afirmarse, desarrollar sus virtualidades, y es preciso sobre todo tener mano zurda y hasta pregonar-la. La publicidad se usa para eso y los oficios que se ocupan del espectáculo, como el cine, la televisión y ciertas formas de deporte, exaltan a cada paso la afirmación de uno mismo y practican la admiración recíproca. Quienes se escapan de lo que bien se puede llamar una farsa, a pesar de todo son especialmente apreciados y amados. Porque actualmente, a pesar de las apariencias, igual que en el siglo del Sr. Vicente, quienes no aplastan a los demás con su superioridad y los que se mantienen en lo que son, poniendo sus talentos al servicio de su hermanos, son reconocidos y apreciados.

Tampoco la Iglesia se ha visto libre del espíritu mundano. Los métodos nuevos, en materia de pastoral o de catequesis, se juzgan a menudo al modo humano, es decir, por los resultados tangibles, y es difícil no mostrarse por ello satisfecho y hasta orgu­lloso. De ahí a considerar a los demás con un aire de superioridad no hay más que un paso. Igualmente la adopción de teorías que dan a unos la impresión de detentar las llaves del futuro y a los demás el defender la sana doctrina tradicional, crea grupos anclados en sus certezas orgullosas, seguros de poseer la verdad y encerrados en una mentalidad sectaria.

La gran virtud que se le exige a quien quiere consagrarse al Señor es la humildad. El que se dedica a continuar la misión de Cristo debe ponerse a disposición suya para dejarse llenar de Él y dejarle obrar en sí mismo.

Si no sigue el éxito, eso es asunto del Señor y, si por el contrario, todo resulta bien, como dice san Vicente: «Dejemos que nuestro Señor se las diga a todo el mundo» (II, 466).

II.- San Vicente y la humildad

Acerca de la sencillez, san Vicente escribía: «Es la virtud que más aprecio» (I, 310). A propósito de la humildad decía: «Tiene un rostro desagradable a la naturale­za» (XI, 743). Dos maneras de ver bien diferentes, y, sin embargo, san Vicente con­sideraba las dos virtudes «inseparables» y tan esenciales, la una como la otra, para el espíritu de las Hijas de la Caridad, de los Sacerdotes de la Misión y de las Cofradías.

La humildad es efectivamente para él una virtud difícil. Insiste sobre su lado ascé­tico, y algunos pasajes pueden dejarle a uno maravillado, así los que aconsejan el amor y la búsqueda de la humillación. La humildad para san Vicente no es menos la virtud del equilibrio, la virtud del servicio, y la virtud de Jesucristo.

2.1.- La humildad es virtud del equilibrio

Cualesquiera que sean las exageraciones en la expresión, —hay que situarlas en su contexto— la humildad, para san Vicente, es ciertamente búsqueda de la verdad y, por lo tanto, virtud de equilibrio: verse, reconocerse, aceptarse como uno es.

2.2.- Si nos estudiamos para conocernos bien

«Verdaderamente, Señores y Hermanos míos, si todos queremos estudiarnos para conocer­nos bien a nosotros mismos, hallaremos que es muy justo y muy razonable despreciarse a sí mismo. Porque, si de un lado consideramos seriamente la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desarreglo de nues­tra voluntad y la impureza de nuestros afectos; y, por otro lado, si pesamos correctamente en el peso del Santuario nuestras obras y nuestras producciones, nos encontraremos con que el conjunto es muy digno de desprecio. «Pero, ¿qué?, me dirán ustedes, ¿pone usted dentro de ese número las predicaciones que hemos hecho, las confesiones que hemos oído, los desvelos y los sinsabores que hemos aguantado por el prójimo y por el servicio de nuestro Señor?» Sí, señores, si repasamos nuestras mejores acciones, nos encontraremos con que la mayor parte de ellas las hemos realizado mal en cuanto al modo y, a menudo, en cuanto al fin; y que, de cualquier manera que las consideremos, puede haber tanto mal como bien; porque, díganme, les ruego: ¿qué es lo que puede producir la nada? y ¿qué puede hacer el pecado? y ¿qué otra cosa es lo que tenemos de nosotros, sino la nada y el pecado? Tengamos, pues, por cierto que en todo y por todo somos dignos de rechazo y siempre muy despreciables, a causa de la oposición que tenemos por nosotros mismos a la santidad y a las demás perfecciones de Dios, a la vida de Jesucristo y a las operaciones de su gracia. Lo que nos persuade aún más esta verdad es la inclinación natural y continua que tenemos al mal, nuestra impotencia al bien y la experiencia que tenemos todos, de que, incluso, cuando pensamos que hemos salido bien en un acto, o coincidido perfectamente en nuestros pareceres, sucede todo lo contrario, y Dios permite frecuentemente que seamos despreciados. Así que si tratamos de conocernos bien, veremos que en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, sea en la sustancia o en las circunstancias, estamos llenos o rodeados de motivos de confusión y de desprecio; y si no nos queremos halagar, nos veremos no solamente peores que los demás hombres, sino peores, en cierto modo, que los demonios del infierno; porque si esos desgraciados espíritus tuvieran a disposición las gracias y los medios que nos han dado para ser mejores, harían mil y mil veces mejor uso de ellas que lo que nosotros hacemos» (Abelly, p. 691).

Cuando san Vicente describe los defectos del orgullo, de la ambición, de la vanidad, denuncia la ilusión y la mentira de esas actitudes:

2.3.- Yo he hecho esto y aquello

«Cuando alguien dice algo en su propia alabanza. No lo dirá quizás abiertamente, pero la verdad es que le gusta presumir: «Yo he hecho esto y aquello». Lo mismo que la fiebre se manifiesta en el calor, también el orgullo se da a conocer en la lengua. ¡Nos gusta tanto contar lo que hemos hecho! Esto lo traemos de lejos, de modo que no parece que deseamos que se nos alabe»(IX, 605-606).

2.4.- Para dar gusto a aquella dama

«Cuando se hacen cosas expresamente para conquistar la benevolencia de una superiora, de una Hermana. Ir a ver a los enfermos para dar gusto a aquella dama o a aquella otra, hacer todo lo posible por conquistar toda su simpatía, todo esto es señal de orgullo oculto; y tenemos que poner mucho cuidado en ello» (IX, 606).

2.5.- Incluso en las cosas de piedad

«Es la singularidad, incluso en las cosas de piedad, como querer comulgar con mayor frecuencia que las demás, tener un rosario, llevar un cuello mejor planchado, distinguirse por su tocado o por su vestido. Todo esto es una serial de orgullo, hijas mías. Tened mucho cui-dado y no aceptéis ninguna singularidad» (XI, 606).

2.6.- Es la ambición de ocupaciones más distinguidas

«Es la ambición de cargos o de ocupaciones más distinguidas, que hace que una quiere ser Hermana sirviente (superiora). Si enviamos a una parroquia a una Hermana que tiene este deseo, no podrá someterse a la otra Hermana; creerá que ella es más capaz que la otra, que lo haría todo mejor, que tiene más experiencia, que reza mejor y que, por consiguiente, le correspondería a ella ser Hermana sirviente. Cuando se da cuenta de estos sentimientos y no los rechaza inmediatamente, sino que les da vueltas, es un espíritu diabólico; sí, presumir de que uno hace las cosas mejor que los demás, es un espíritu diabólico» (IX, 606-607).

Esos defectos de la ambición y del orgullo san Vicente los ha conocido y vivido durante largos años antes de su conversión, y en parte es precisamente por eso que se humillaba tantas veces, calificándose de «estudiante de cuarto», evocando pública­mente «las abominaciones de su vida» y teniendo tanto gusto en recordar sus humil­des orígenes. Por otra parte, ¡esas confesiones públicas no estaban siempre exentas de cierta provocación un tanto gascona! Hasta llegaba a confesar:

«Es preciso que confiese que no veo nunca a esas personas (que se humillan) sin que se llene mi alma de confusión, pues me reprochan silenciosamente el orgullo que hay en mí» (XI, 743).

Quizá sea en esta carta escrita a un cohermano, donde san Vicente explica mejor cómo la verdadera humildad es virtud de equilibrio: el equilibrio entre el conoci­miento de sí mismo y la confianza en Dios:

2.7.- En la fuerza de él más que en la debilidad de usted

«Doy gracias a Dios por ese arte que tiene usted para desgarrarse, esto es, para buscar la forma de humillarse, que consiste en reconocer sus faltas y en manifestarlas. Tiene usted razón en juzgarse inútil para todo y en creer que no vale para nada, pues precisamente es ése el fundamento sobre el que nuestro Señor basará la ejecución de los designios que tiene sobre usted. Pero además, Padre, cuando haga usted esas reflexiones sobre el esta­do de su alma, tiene que elevar su espíritu a Dios en la consideración de su adorable bon­dad. Tiene usted muchos motivos para desconfiar de usted mismo, es verdad; pero tiene usted otros muchos mayores para confiar en él. Si se siente usted inclinado al mal, debe saber que siente incomparablemente mayor inclinación hacia el bien para hacerlo en usted mismo y por medio de usted a los demás. Le ruego que haga su oración sobre esto, y que durante el día tenga algunas elevaciones a Dios para pedirle la gracia de basarse bien sobre este principio, que después de haber puesto sus ojos en sus miserias, los diri­ja siempre luego a sus misericordias, deteniéndose mucho más en su benevolencia sobre usted que en la indignidad de usted para con él, en la fuerza de él más que en la debili­dad de usted, abandonándose entonces entre sus brazos paternales con la esperanza de que hará él mismo en usted lo que él desee, bendiciendo todo lo que usted haga por él. Con todo esto, Padre, tenga su corazón preparado para recibir la paz y el gozo del Espí­ritu Santo» (V, 152).

III.- La humildad es la virtud del servicio

Para san Vicente, la humildad debe comprenderse y vivirse, sobre todo, en rela­ción con la evangelización y el servicio de los pobres. Se trata nada menos que de la cualidad profesional por excelencia del Misionero y de la Sirvienta, que permite «adaptarse», situarse en relación con «amos y señores» que son los pobres.

3.1.- Por razón de sus ocupaciones

«¡Salvador mío, danos la humildad, la santa humildad, te lo ruego. Fijaos, hermanos míos, si hay alguien en el mundo que ha de temer la vanidad, son los misioneros, por razón de sus ocupaciones; si hay alguien en el mundo que tenga que combatir este vicio, son los misioneros. La humildad es una de las partes integrantes del espíritu de la Compañía de la Misión» (XI, 110).

3.2.- Es la virtud de los misioneros

«Cuando digo que es la virtud de los misioneros, quiero decir que es la virtud que más necesitan y de la que han de sentir más ardiente deseo; pues esta ruin Compañía que es la última de todas, sólo tiene que tener su fundamento en la humildad, como en su virtud; si no, nunca haremos nada que valga, ni dentro, ni fuera de ella. Sin la humildad, no debemos esperar ningún progreso nuestro ni beneficio alguno para el prójimo. ¡Oh Salvador! Danos pues esta santa virtud, que es tan tuya, que tú mismo enseñaste al mundo y que quieres con tanto afecto. Y vosotros, hermanos míos, sabed que el que quiera ser un verdadero misionero, ha de esforzarse continuamente en adquirir esta virtud y perfeccionarse en ella» (XI, 745).

3.3.- La señal de una auténtica Hija de la Caridad

«Mostradme una Hermana en la que resplandezca la humildad, una pobre mujer que no se estime en nada, que desee que la desprecien, bien sean sus superiores, bien las demás Hermanas, que crea que no sirve para nada, que lo estropea todo y que todo lo hace de manera imperfecta, mostradme una Hermana así y os diré de ella que es una verdadera Hija de la Caridad. Al contrario, enseñadme una en la que no se advierta la humildad, que aspire a ser más estimada que las otras, que desee pasar por una persona de valía en la Compañía, llegar a altos cargos o ser sirviente, y entonces, ¡Salvador mío!, ésa es la raíz del orgullo, y del orgullo más necio, muy parecido al del espíritu maligno, que desea ocupar un lugar por encima de los demás. Una Hermana que desee ser estimada, que en todo busque su pro-pio provecho, que diga: «Tenemos tantos enfermos, y estamos continuamente trabajando; pero, gracias a Dios, todo va bien», diciendo esto para ser estimada, ésa no es una Hija de la Caridad. La verdadera Hija de la Caridad es la que lleva el ropaje de la caridad y de la humildad, la que siente un gran amor al desprecio, la que cree que va a fracasar en lo que se le ordena y que lo estropea todo en donde está. Hijas mías, si veis entre vosotras a una Hermana así, decid: «Ésa es una verdadera Hija de la Caridad; nunca la hemos visto hacer o decir nada que pudiera tender a buscar la propia estima»».

«En cuanto a las otras que tienen las cualidades contrarias, aunque lleven el hábito, os diré que no lo son en realidad. Llevan el nombre de Hijas de la Caridad, pero no tienen caridad, que consiste en buscar la estima de los demás más que la propia nuestra.

La señal de una auténtica Hija de la Caridad si es humilde, si lleva esa hermosa vestidura, que es tan agradable a los ojos de Dios y de los hombres» (IX, 1069-1070).

Esta humildad, virtud del Misionero y de la Sirvienta, debe igualmente ser la virtud de la Comunidad y de la Compañía.»Es la humildad de corporación»; sobre esto san Vicente insiste mucho, tanto que sus audaces fundaciones estaban por entonces en plena expansión y sometidas de hecho tanto a la admiración como a la crítica.

3.4.- Ponerse a llorar, cuando se nos aplaude

«El Padre Vicente dijo que, si algo teníamos que pedir para la Compañía, era la obediencia y la humildad; que era preferible ponerse a llorar, cuando se nos aplaude, ya que nuestro Señor ha dicho: «Vae vobis, cum benedixerint vobis homines» (Lc 6, 26); que había que esco­ger siempre la última fila, en nuestro caso particular, con la convicción que hemos de tener de ser el menor de todos; y lo que un particular pensaba de sí mismo, tenía que aplicarlo a la Compañía, creyendo que es la más pequeña en la Iglesia de Dios, la peor y que, si ella no tenía estos sentimientos, Dios le retiraría sus gracias; que sería un loco si se imaginase que era ella la Compañía que había profetizado san Vicente Ferrer, que en los últimos tiempos aparecería una Compañía de sacerdotes que sería de gran provecho a la Iglesia de Dios.

Dijo que había que amar el desprecio y la confusión por no tener éxito en las predicacio­nes, en los cargos; que había que huir como del fuego, cuando viésemos que tienen para con nosotros sentimientos de honor y de respeto; para ello, mandó que quitaran el paño mortuorio de terciopelo que estaba sobre el cuerpo de nuestro hermano Le Boeuf, dicien­do que esto era una representación del fasto del mundo» (XI, 39).

3.5.- Mirad, Hijas mías, cuántos motivos tenéis para humillaros

«Mirad, hijas mías, cuántos motivos tenéis para humillaros. ¡Cómo! ¡Que se tenga tal apre­cio de unas pobres y miserables criaturas, que las pidan de tantos sitios! ¿No es esto un motivo de confusión, cuando se piensa en lo imperfecto que es uno? Os digo esto para haceros ver la obligación que tenéis de ser agradecidas a las gracias que Dios concede a la Compañía, que goza de tan buena fama que, en un solo día, han venido a pediros de tres lugares» (IX, 805).

IV. La humildad es la virtud de Jesucristo

Virtud del equilibrio, virtud del servicio, la humildad para san Vicente es pues la gran virtud de Jesucristo. Así dice: «La humildad es una virtud tan amplia, tan difícil y tan necesaria que nunca pensaremos bastante en ella; es la virtud de Jesucristo». (XI, 745).

4.1.- Ese admirable original de la humildad

«Padres, si consideramos atentamente ese hermoso cuadro que tenemos ante los ojos, ese admirable original de la humildad, nuestro señor Jesucristo, ¿podríamos acaso dar entrada en nuestras almas a alguna buena opinión de nosotros mismos, viéndonos tan alejados de su prodigioso espíritu de humildad? ¿Seríamos tan temerarios que nos prefiriésemos a los demás, viendo que él fue pospuesto a un asesino? ¿Tendríamos acaso miedo de que nos reconocieran como miserables, al ver al inocente tratado como un malhechor, muriendo entre dos criminales como el más culpable? Pidámosle a Dios, padres, que nos preserve de semejante ceguera; pidámosle la gracia de tender siempre a nuestro rebajamiento; con­fesemos delante de él y delante de los hombres, que por nosotros mismos no somos más que pecado, ignorancia y malicia; deseemos que así lo crean todos, que así lo digan todos y que todos nos desprecien. En fin, no perdamos ninguna ocasión de rebajarnos por medio de esta santa virtud» (XI, 274).

4.2.- “Aprended de mí que soy humilde”

«Se trata, pues, hermanos míos, de la santa humildad, tan estimada y tan recomendada por nuestro Señor, y que hemos de abrazar precisamente por recomendación y por consejo suyo. Si mandase hablar a alguno de la Compañía, cualquiera que fuese, nos diría un montón de motivos y de razones para ello; también yo os podría decir algunos; pero para honrar lo que nuestro Señor dijo de esta virtud y sus sentimientos sobre ella, solamente diremos que él mismo nos la recomendó: «Aprended de mí, que soy humilde». Si fuera un apóstol, si fuera san Pedro o san Pablo el que nos diera esta lección, si fueran los profetas o algún santo, se podrían decir que eran alumnos como nosotros; si fueran filósofos… ¡Ay! Ellos no han conocido esta virtud, y Aristóteles nada dice de ella, a pesar de que habló tan bien de las demás virtudes morales.

Solamente nuestro Señor es el que ha dicho y ha podido decir. «Discite a me, quia mitis sum et humilis corde». ¡Oh, qué palabras! Aprended de mí, no de otro, no de un hombre, sino de un Dios; aprended de mí… ¿Qué quieres, Señor, que aprendamos? Que soy humilde. ¡Oh Salvador, qué palabra! ¡Que eres humilde! Sí, yo lo soy, no sólo en lo exterior, por ostentación o jactancia, sino humilde de corazón: no por una humillación ligera o pasajera, sino con un corazón verdaderamente humillado ante mi Padre eterno, con un corazón siempre humillado ante los hombres y por los hombres pecadores, buscando siempre las cosas viles y rastreras, y abrazándolas siempre cordial, activa y pasivamente. Aprended de mí cuán humilde soy, y aprended a serlo también vosotros» (XI, 483).

4.3.- Una máxima infalible de Jesucristo

«Por ese medio alcanzaremos nuestro mayor éxito: por la humildad que nos hace desear la confusión de nosotros mismos. Pues, creedme, Padres y Hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien» (XI, 207).

4.4.- La oración que te dirijo de todo corazón

«Señor, aquí estamos postrados a tus pies; te presentamos esta buena voluntad y no queremos que se nos estime. Tú diste a la santísima Virgen gran abundancia de humildad; por ella te pedimos que a nosotros nos concedas alguna parte. Tú fuiste tan humilde que quisiste ser tenido por pecador y ser clavado en una cruz. Tú no sólo quisiste ser humilde durante tu vida, sino también después de muerto, para que te siguiesen tus hijos. Por tanto, te pedimos, Señor y Salvador nuestro, la gracia de trabajar por la adquisición de esta virtud, tal como tú lo quieres de nosotros.

Santísima Virgen, que quisiste compartir tan bien esta santa humildad, ayúdanos, alcánzanos de tu querido Hijo esta virtud para toda la Compañía, para todas nuestras queridas Hermanas que están lejos de aquí. Es la oración que te dirijo con todo el corazón» (IX, 610).

4.5.- La humildad, sí, la humildad

«Pongámonos en manos de Dios con todos nuestros ánimos; trabajemos sólidamente por conseguir la virtud, y especialmente la humildad, sí, la humildad; pidámosle insistentemente a Dios que quiera dar esta virtud a esta pequeña Compañía de la Misión. La humildad, sí, la humildad. Lo repito, la humildad» (XI, 272).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. «La verdad y la humildad se avienen muy bien las dos juntas» (I, 200).

  • ¿Qué significa la humildad, hoy en día?
  • ¿En qué y por qué, al repasar los acontecimientos de mi vida, puedo decir que he sido, o no, humilde?
  • Cuando otros me revelan una imagen acerca de mí, diferente de la que yo me hago, ¿cuáles son mis reacciones y por qué?

2. «Es la humildad la que conserva la caridad» (IX, 1072).

  • En mis relaciones, ¿no acontece que humille a otras personas al tratar de resaltar mi saber, mis competencias, mis éxitos, al adoptar actitudes desprecia­tivas por las que se sienten juzgados?
  • Ante personas en necesidad ¿estoy atento para no añadir una humillación más a la de pedir, de dependencia, de ser asistido, con mi manera de acoger, de escu­char, de dialogar ?
  • Mi atención al otro ¿es suficientemente cuidadosa para permitirme discernir las formas que hoy toma la humillación y los sufrimientos que provoca?

3. «Cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena» (XI, 207).

  • En mi vida, ¿por qué renuncias he pasado, por qué renuncias tengo que pasar todavía para llegar a ser, siguiendo a Cristo, servidor del Evangelio y de los hermanos?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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