San Vicente de Paúl y las Virtudes: la sencillez

I.- Introducción

En una conferencia a sus cohermanos, san Vicente constata con amargura, que «el mundo está empapado de doblez, el mundo está tan corrompido que no se ve más que artificio y disimulo por todas partes…» ( XI, 587)

Esa observación evidentemente podría aplicarse a todos los siglos y a todas las generaciones; con todo, san Vicente sabía de qué hablaba También él, por sus oríge­nes, por su juventud necesitada, sabía hasta dónde podía llegar la voluntad de ascen­der y de aparentar de sus compatriotas, ¡jóvenes lobos de Gascuña llegados a París para triunfar y no precisamente por los caminos más rectos! Aún cuando la Academia de los mentirosos, que tiene su sede en Moncrabeau, entre Nérac y Condom, no exis­tía todavía en tiempos de san Vicente, él es bien consciente de que, al sur del Garo­na, la verdad se viste de colores especiales que la hacen aparentar más ventajosa que natural. Así, a uno de los colaboradores en quien tiene toda su confianza, Fermin Get, le hace esta reflexión sorprendente y entristecida: «Si usted fuera gascón o norman­do, no me parecería extraño; pero que un picardo, me haya ocultado esto es algo que no puedo imaginarme». (V, 181).

¡El siglo estaba efectivamente lleno de esos artificios, de esas medias verdades y de situaciones falsas!

Así sucedia en materia política. Siempre lo hallamos más astuto y más embustero que uno mismo, y la célebre «Jornada de los Engaños» no hace más que ilustrar ese principio. Richelieu y Mazarino, los dos cardenales que se sucedieron en los negocios de Estado, pusieron por obra las teorías de Maquiavelo, la astucia y la fuerza, que no los principios evangélicos. Como siempre, las gentes de condición inferior fueron los que cubrieron los gastos de esa política: por medio de los impuestos que se triplicaron e inmediatamente los horrores de la guerra, de la que fueron las primeras víctimas.

En el plano literario: las novelas extravagantes falsean las mentes de los lectores y de las lectoras que, para estar al corriente, necesitarán una «Carte de Tendre» (Mapa de ese país imaginario). Las alusiones a la antigüedad, a su historia y a su mitología, inundan los escritos y los discursos; ¡Moliére se burlará de eso abundosamente! Esa manía penetra por todos los sitios: «pasa la verja», sube hasta el púlpito y promueve una elocuencia en «Caeli caelorum», que vuela «por encima de los tejados», por usar las mismas frases de san Vicente.

En materia de indumentaria y de aseo, todo se complica, al menos en la buena sociedad: se usa la puntilla en lugar de la gorguera, más adelante la chorrera y los puños. Se adopta la peluca, que llega hasta hacerse una verdadera pieza encaramada, además, los tacones bien altos, que aumentan la talla; ¡los perfumes cubren los olores fuertes! La vanidad sale ganando, pero mucho menos el sentido común.

En el dominio d las relaciones sociales, se despliega un muestrario de títulos: se atribuye uno fácilmente el título de «Monseigneur». La zalamería está de moda, a veces llega hasta el ridículo. Moliére, en el «Bourgeois gentilhomme», caricaturiza ese defecto. ¡Se llegará hasta a representar al rey Luis XIV vestido de emperador romano!

En el plano doctrinal estamos en tiempos de las discusiones sutiles acerca de la gracia, con las consecuencias del molinismo Después, el jansenismo llega a inflamar a los teólogos y muy pronto a los casuistas. «Toulouse está en llamas», dice a este propósito Alano de Solminihac, el obispo de Cahors. La condena de las Cinco Proposiciones extraídas del Augustinus entraña sabias distinciones entre el hecho y el derecho, permitiendo a los espíritus obstinados y ágiles eludir las condenas pontificias.

En oposición a esa actitud, san Vicente cita la fe de los sencillos, que «creen sin examinar cuidadosamente», y resume su pensamiento de forma lapidaria: «¿Dónde habita nuestro Señor? En los sencillos de corazón» (IX, 726). Cita el ejemplo de un campesino de Auvemia, y comprueba que es a personas como él a quienes se comunica Dios y revela sus secretos (IX, 359 y XI, 459).

A pesar de sus orígenes, o quizás precisamente por eso, san Vicente alcanzó muy pronto la sencillez. Habla con emoción de un ejemplo que ha tenido durante varios años ante sus ojos: «La pobre difunta esposa del General de las Galeras me preguntó más de cien veces qué era la sencillez, y era la persona más sencilla que jamás he conocido» (XI, 464). No pudo contener la risa, cuando una pobre, para moverlo a compasión, le dijo que había servido en casa de su señora madre.

Adopta para sí una conducta muy enérgica que no quiere consentir en ninguna clase de «fingimiento» (Cf. V, 440). A propósito de eso, corrige vivamente a un cohermano que habla bien de alguno con el fin de que los amigos de esa persona lo sepan: «¡Dios mío! ¿Qué está usted pensando? ¿Dónde está la sencillez de un misionero, que debe ir recto hacia Dios?» (IV, 451).

El Sr. Vicente quiso que la sencillez fuera la primera virtud de la Compañía de sacerdotes que él fundó, la primera que tendría que practicar y por la que se la reconocerá, porque, dijo: «La doblez es la peste del misionero» (XI, 587).

A esta Compañía que debe predicar el Evangelio, le recomienda que lo anuncie lisa y llanamente con una predicación sin afectación, según un método muy ordinario. Aconseja ese mismo «pequeño método» a los sacerdotes de la Conferencia de los Martes.

A los grupos laicos de las Cofradías de Caridad y a las Hijas de la Caridad les recomienda la sencillez entre las virtudes básicas, y les da, como ejemplo, a estas últimas la forma de actuar que se encuentra entre las «muchachas campesinas» (XI, 92).

Nuestro siglo, como el de san Vicente, está metido entre sutilezas, marrullerías, mentiras y orgullo. Pero como dice el sabio: «la hipocresía, como es un homenaje que el vicio rinde a la virtud», gusta de hablar de rectitud, de coherencia lógica, de con­ductas rectas; tiene sed, dice, de autenticidad. También se llevarán ropas cortadas con una sencillez afectada, que ¡hasta llevan falsos petachos! Será de buen tono la senci­llez de las residencias campestres y el amueblarlas con un falso rusticismo, con tal de que, sin embargo, se hallen en ellas toda la comodidad de la ciudad.

El lenguaje es complicado: ha llegado a ser, en expresión de un humorista, un «habla hexagonal». Pero, hasta cada grupo social ha pensado que debía, en lugar de hablar el francés de todo el mundo, forjar una jerga que deja perplejo a los no inicia­dos. Este esnobismo también «ha pasado la verja», como decía san Vicente, e invadi­do las iglesias y los diversos movimientos o grupos que gravitan alrededor del altar. El profano necesita un léxico para encontrarse dentro. ¡Hasta con una agradable sor­presa hemos podido leer y comprender, a primera vista, la carta de los obispos de Francia sobre los modos de vida, escrita en la lengua de todos los días!

Hoy como ayer la sencillez, aunque se le den otros nombres, seduce y conquista los corazones. También nos hace encontrar en nuestras vidas, bajo las máscaras y disfraces, la sencillez del niño que ve las cosas como son, porque las contempla con ojos nuevos.

Necesitamos volver a encontrar la frescura de la expresión y de la imagen para ofrecer a nuestros contemporáneos la limpidez del Evangelio, tal como la oyeron por primera vez, a orillas del lago de Galilea, los que escuchaban a Jesús.

II.- San Vicente y la sencillez

En 1617, en el Reglamento destinado a las señoras de las Cofradías, san Vicente precisa: «Se ejercitarán con esmero en la humildad, sencillez y caridad» (X, 584). En febrero de 1653, destaca las tres virtudes que caracterizan a las Hijas de la Caridad: «Dios quiere que se dediquen especialmente a la práctica de tres virtudes, la humil­dad, la caridad y la sencillez» (IX, 537) Finalmente, el mes de junio de 1656, reco­mienda su práctica a los Sacerdotes de la Misión (Cf. V, 597). Esas disposiciones apa­recen pues, como una constante del espíritu vicenciano.

San Vicente se dedica ante todo a vivir la sencillez. Ella le da el encanto a su per­sona y a su relación con los demás. Es para él a la vez un acercarse a Dios y un acer­carse a los Pobres. Al considerarla como «su evangelio» (Cf. IX, 546), llega a ser cier­tamente para él un espíritu, un estilo de vida.

2.1.- La sencillez nos aproximación a Dios

Dios es simple. Para san Vicente tender a la sencillez es ir a Dios.

«Dios es infinitamente simple, es la misma simplicidad; por tanto, donde hay simplicidad y sencillez, allí está Dios. Como dice el sabio, el que camina con sencillez, camina seguro; por el contrario, los que recurren a cautelas y artimañas están en un miedo continuo de que descubran su artificio y de que, al verse sorprendidos en su doblez, nadie quiera fiase de ellos» (XI, 740).

En consecuencia, Dios se revela a las almas sencillas. San Vicente incide con frecuencia sobre una frase-clave del Evangelio: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado esto a sabios y prudentes, y lo has revelado a pequeños» (Mt 11, 25).

2.2.- Dios se complace en un alma humilde

«Dios ha prometido comunicarse a los pequeños y a los humildes y manifestarles sus secretos. Así pues, ¿por qué no vamos a creer que lo que se dice es de Dios, si lo dicen los pequeños y lo dice también a unos pequeños? Sí, Hermanas mías, Dios se goza tanto en esto, que hasta se puede decir que su mayor contento es darse a conocer a los humildes. A Él no le gusta la pompa y el ornato exterior; se complace en el alma humilde, en el alma que es instruida por Él solo y que no hace caso de la ciencia de este mundo» (IX, 367).

2.3.- Lo sabe después de haber hecho oración

«Nosotros hacemos la repetición de la oración en nuestra casa. Pues bien, por la gracia de Dios, los Sacerdotes la hacen bien, y también los Clérigos, más o menos, según lo que Dios les concede; pero, nuestros pobres Hermanos, ¡oh! en ellos se realiza la promesa que Dios ha hecho de manifestarse a los pequeños y a los humildes, pues, muchas veces quedamos admirados ante las luces que Dios les da; y es evidente que todo es de Dios, ya que ellos no tienen ningún conocimiento. Unas veces es un pobre zapatero, otras un panadero, otras un carretero, y, sin embargo, os llena de admiración. Algunas veces hablamos entre nosotros de esto, con una gran confusión por no ser como vemos que ellos son. Nos decimos mutuamente: «Fíjese en ese pobre Hermano; ¿no ha observado usted los hermosos pensamientos que Dios le ha dado? ¿No es admirable? Porque lo que él dice, no lo dice por haberlo aprendido, o haberlo sabido antes; lo sabe después de haber hecho oración». ¡Qué bondad de Dios tan grande e incomprensible al poner sus delicias en comunicarse a los sencillos y a los ignorantes» (XI, 386).

Esta aproximación a Dios inspira a san Vicente una conducta propia para los sacerdotes y hermanos de la Misión, y lo menciona en el párrafo de las Reglas comunes: «Como nuestro Señor pide de nosotros la sencillez de la paloma, que consiste en decir las cosas con toda sencillez, como se las piensa, sin reflexiones inútiles, y en obrar buenamente, sin artificios ni complicaciones, mirando solamente a Dios, por eso cada uno se esforzará en hacer sus actos con este mismo espíritu de sencillez» (XI, 459-460).

Los mejores ejemplos que san Vicente puede ofrecer a sus sacerdotes son los mismos pobres, en compañía de los cuales Dios se complace.

« ¿A quiénes se la da entonces? (la penetración de las virtudes cristianas). Al pueblo sencillo, a las buenas gentes. Podemos comprobar esto en la diferencia que se advierte en la fe De los campesinos y la nuestra. Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva; ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. Lo ordinario es que sepan conservar la paz en medio de sus penas y calamidades. ¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos, Dios hace abundar en ellos las gra­cias que les niega a los ricos y sabios del mundo» (XI, 462).

El ejemplo del «labrador de Auvernia», contado por san Vicente a las Hijas de la Caridad, ilustra también la facilidad que tiene un alma sencilla de encontrarse con Dios.

«Hay algunas almas, pero almas santas y buenas, que sólo necesitan una palabra para dar­les profundos conocimientos de Dios. Tenemos un ejemplo de ello en nuestra propia casa: hablo de un pobre labrador de esas montañas de Auvernia, que durante toda su vida había trabajado con el arado y guardando cabras, y en este trabajo se había entregado a Dios de tal forma y hablaba de El tan dignamente, que no hay ningún prelado ni teólogo, ni cual­quier otra persona que yo conozca, que hubiese podido hablar de la misma forma; y no creo que jamás pueda oírse a nadie hablar tan bien. ¿Y dónde recibió esa instrucción? Se ins­truyó en algún sermón, al que había prestado toda su atención y que luego había meditado tranquilamente. Y Dios, que se complace en las almas sencillas y humildes, se había comu­nicado a él en abundancia» (IX, 359).

III.- La sencillez nos acerca a los pobres

Desde 1617, para san Vicente, los pobres son camino que lleva a Dios. Ya se trate de la misión, o del servicio, siempre es preciso acercarse a ellos con respeto, y pensar en Dios a quien ellos representan. Lo explica de esta forma a las Damas de la Caridad:

3.1.- Amar a Dios de corazón

«Los sentimientos más íntimos (de nuestro Señor) han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él, si no amamos lo que él amó? ¡No hay ninguna dife­rencia, señoras, entre amarlo de corazón a él y amar a los pobres de ese modo; servirlos bien a los pobres es servirlo bien a él, es honrarlo como es debido e imitarlo en nuestra conducta»(X, 954).

La sencillez es una de las formas privilegiadas para acercarse al pobre. San Vicente habla, sin emplear el término, describiendo cómo debe agradar al pobre el ser servido:

«Al entrar en casa del enfermo, lo saludarán amablemente; luego, acercándose a su cama con un rostro modestamente alegre, lo invitarán a comer, le mullirán la almohada, arre­glarán las mantas, le pondrán la mesita, la servilleta, el plato, la cuchara, limpiarán el vaso, templarán el potaje, pondrán la carne en el plato, le cortarán la carne en trocitos, lo animarán a comer, diciéndole algunas palabritas santamente alegres y de consuelo a fin de consolarlo un poco, le echarán de beber, le convidarán a que coma con apetito; finalmente, cuando haya acabado de comer, lavarán la vajilla, doblarán la servilleta y quitarán la mesita, le harán dar gracias al enfermo y se despedirán de él para ir a servir a otro» (X, 619).

Ya sabemos que esta sencillez es una de las virtudes de las Hijas de la Caridad solicitada por san Vicente; está ya desde la misma fundación de su Compañía, ya que, sin tal virtud, ésta última no existiría.

3.2. Ellas no lo hubieran hecho así

«En primer lugar, Dios tomó a unas mujeres pobres. Si hubiese tomado a unas mujeres ricas, ¿hubiesen hecho lo que éstas hacían? ¿Hubiesen servido a los enfermos en los ser-vicios más bajos y penosos? ¿Hubiesen ido a llevar un puchero, una cesta al mercado, comprar las provisiones? Y aunque por la gracia de Dios, haya ahora entre ustedes personas de muy buena condición, podemos creer que, en el comienzo, ellas no lo hubiesen hecho así» (IX, 292).

Con su sencillez natural, las primeras Hermanas son conscientes de ser verdaderamente «sirvientas de los pobres». El testimonio de Bárbara Angiboust es un ejemplo de lógica, llevada hasta el extremo:

3.3.- Si usted fuera pobre

«Una dama muy distinguida (la duquesa de Aiguillon), que en aquellos tiempos tenía más autoridad en el reino que ninguna otra ante las personas reales, sintió deseos de tener a su lado a una Hija de la Caridad, y me dijo: «Padre, quiero tanto a las Hijas de la Caridad, que me gustaría tener siempre a una a mi lado; le ruego que me mande alguna».- «Ya hablaré con la señorita Le Gras». Al estudiar a quién podríamos mandar para ello, recayó la suerte en nuestra Hermana. Le dije: «Hermana, hay una gran señora que desea tener una Hija de la Caridad con ella. Hemos pensado en enviarla a usted; ¿no le parece bien, hija mía?». Inmediatamente acudieron las lágrimas a sus ojos, sin que dijera nada para excusarse, ni que una pobre muchacha aldeana a quien no correspondía ocuparse en esta tarea, ni que carecía de dotes necesarias. No dijo nada de eso en aquella ocasión. Le dije: «Bien, hija mía, ofrezca esas lágrimas a nuestro Señor; él sabrá sacar de allí su gloria algún día».

Luego, como urgía mucho aquella persona, le señalé un día, para que acudiera a aquel lugar, en donde yo también me encontraba. Así lo hizo. Le dijeron a aquella señora que había llegado la Hija de la Caridad que había pedido. Ella la mandó buscar por medio de dos señoritas de compañía que, al saber por qué venía, le dijeron: «Sea usted bienvenida; la señora quiere verla». Yo le dije: «Vaya usted». Y ella las seguía, conteniendo sus lágrimas lo mejor que podía.

Al entrar en la corte de aquella señora, vio un gran número de carrozas, tantas como podríais ver en el Louvre. Aquello la sorprendió, y dijo a las señoritas: «Me he olvidado de decirle una cosa al padre ‘Vicente, les ruego que me permitan volver allá». Ellas le dijeron: «Vaya, Hermana; la esperaremos aquí. Ella volvió y me dijo: «Pero, Padre, ¿a dónde me envía? ¡Si eso es una corte!» Yo le dije: «Vaya, Hermana, encontrará allí a una persona que quiere mucho a los pobres». La pobre Hermana se volvió. La condujeron a aquella señora, que la abrazó y le mostró un gran afecto, esperando a decirle lo que quería de ella, cuando se hubieran retirado sus acompañantes. Y aunque aquella buena Hermana sabía muy bien que su residencia en aquel sitio era un medio de hacer mucho bien a los pobres, sin embar­go se mostraba llena de tristeza, no haciendo más que suspirar, y sin comer casi nada. Cuando vio aquello la señora de que hablamos, le preguntó: «Hija mía, ¿por qué no le gusta estar conmigo?» Y ella sin disimular el motivo de su pena, le contestó: «Señora, he salido de la casa de mis padres para servir a los pobres, y usted es una gran dama, rica y podero­sa. Si usted fuera pobre, señora, la serviría de buena gana». Y les decía a todos lo mismo: «Si la señora fuera pobre, me entregaría de corazón a su servicio; pero es rica». Finalmen­te aquella señora, al verla siempre afligida y triste, la devolvió al cabo de algunos días» (IX, 1163-1164).

Cuando san Vicente enumera a los sacerdotes de la Misión sus virtudes funda­mentales, se sitúa en una perspectiva netamente apostólica. La sencillez es para los pobres. Por ella, el verdadero misionero llega a los corazones.

«Y si miramos a nuestro prójimo, cómo hemos de asistirlo corporal y espiritualmente, ¡Dios mío!, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos y, sobre todo, no decir nunca una palabra de dos sentidos. ¡Qué lejos ha de estar todo eso de un misionero!

Dios ha querido, por lo visto, que en estos tiempos hubiese una Compañía que tuviese esta virtud, ya que el mundo está empapado de doblez. Es difícil ver hoy a un hombre que hable como piensa; el mundo está tan corrompido que no se ve más que artificio y disimulo por todas partes; esto ocurre incluso ¿me atreveré a decirlo? entre las rejas de los conventos. Pues bien, si hay una comunidad que ha de hacer profesión de sencillez es la nuestra; por­que, fijaos bien, hermanos míos, la doblez es la peste del misionero; la doblez le quita su espíritu; el veneno y la ponzoña de la Misión es no ser sincera y sencilla a los ojos de Dios y de los hombres. Hermanos míos, la virtud de la sencillez, de la simplicidad, ¡qué her­mosa virtud!» (XI, 586-587).

IV. La sencillez es un estilo de vida

Más que una actitud, la sencillez es sobre todo un espíritu, que supone todo un conjunto de cualidades o de virtudes. En ella, encontramos la humildad, la sinceridad, la rectitud, la verdad, la modestia, que le hacen a uno en cierto modo luminoso, lím­pido, espontáneo, natural y veraz. Es también la mansedumbre que atrae, la bondad que acoge, la delicadeza que previene. San Vicente deseó ese espíritu, ese estilo de vida, como reacción contra la tendencia de su época:

4.1.- Tener el espíritu de sencillez

«En las Conferencias de los Martes, compuesta de eclesiásticos externos, se han tenido algu­nas charlas sobre el espíritu de esa Compañía; casi todos decían que se notaba en ella esa sen­cillez. Es verdad. Los que vean su comportamiento, dirán que reina allí la sencillez, pues todos refieren sencillamente y delante de Dios lo que piensan sobre el asunto que se les propo­ne. Con mucha más razón nosotros, que somos la causa de esa Compañía, estamos obligados a tener esa virtud de la sencillez ¡Adiós la Misión, adiós su espíritu, si no tiene sencillez!

¿Os diré lo que me ha dicho un señor? Me decía: «Mire, Padre; cuando hablo, digo las cosas como son; si hay que callar alguna circunstancia, me la callo». ¿Qué es esto, sino la práctica de esta virtud de la sencillez? Ese señor es uno de los espíritus más hermosos que conozco en su estado; pertenece a la embajada de Venecia. «Si tengo que decir algo, me decía, hablo, si lo sé; si no, me callo». Y así es cómo habla un embajador de Venecia, que se ve obligado a negociar con los grandes. ¡La sencillez! ¡Qué virtud tan admirable! ¡Dios mío, concédenosla!» (XI, 587).

En una conferencia a sus Hijas, san Vicente alaba la bondad de Dios, porque Él se reserva unas mujeres pobres y sencillas (IX, 727). Por otra parte, alude de buena gana a las «muchachas campesinas» y a la primera «que indicó el camino a las demás»: Margarita Naseau.

4.2.- Todas debéis ser sencillas

«Os diré, pues, mis queridas Hijas, que el espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de finuras, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar, porque la sencillez les hace creer simplemente lo que se les dice. De esta forma, Hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Caridad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sencillas, si no sois obstinadas en vuestras opiniones, sino sumisas a las de los demás, cándidas en vuestras palabras, y si vuestros corazones no piensan en una cosa, mientras que vuestras bocas dicen otra. Mis queridas Hermanas, quiero creer esto de vosotras. ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios, hijas mías!» (XI, 92).

4.3.- De Dios es de quien tenéis recibido vuestro espíritu

«Como Dios se dirigió a una pobre joven aldeana, quiere que la Compañía esté formada por pobres jóvenes de aldea. Si hay algunas de ciudad, muy bien: tenéis que creer que Dios es el que las ha traído; pero, si pusiese entre vosotras a personas de elevada condición, deberíais tener miedo de que la Compañía se viniera abajo, si no tuviese el espíritu de las pobres aldeanas, pero podría suceder que Dios les diera este espíritu. Si viniesen señoritas o damas, habría que tener miedo y probarlas bien para ver si es el espíritu de Dios el que las quiere traer aquí. Bien, mis queridas Hermanas… de Dios es de quien tenéis recibido vuestro espíritu» (IX, 543).

4.4.- Si no se preocupa de lo que dirá el mundo

«Nuestra Hermana dice que se podrá reconocer que una Hermana ama a Dios, si hace todos sus actos por complacerlo, esto es, si no se preocupa de lo que dirá el mundo; porque siempre habrá algunas, Hijas mías, que criticarán lo que hacen los siervos de Dios; pero importa poco lo que diga el mundo de las almas santas, con tal que sus acciones sean agradables a su divina Majestad. ¿Qué creéis, Hijas mías, que hacéis cuando lleváis la comida por las calles? Alegráis a las personas buenas, que se dan cuenta de que vais a trabajar por Dios; alegráis a los pobres, que están esperando su alimento; pero sobre todo alegráis a Dios que os ve y conoce el deseo que tenéis de agradarlo al llevar a cabo su obra» (IX, 428).

4.5.- No tener miedo de decir la verdad

«Un día, (sor Dalmagne) al saber que algunas personas ricas se habían existido del tributo, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia, y que Dios las juzgaría por tales abusos. Y como yo le hiciese advertir que hablaba con mucho atrevi­miento, me contestó que, cuando se trataba de la gloria de Dios y del bien de los pobres, no había que tener miedo de decir la verdad» (IX, 188).

4.6.- Decir todo, pero no a todos

«Que las Hijas de la Caridad tienen que guardarse mucho del espíritu de doblez. Hay que decirlo todo a los superiores con sencillez; no hay nada que no se deba decir, aunque no es necesario decírselo a todos. ¿Sabéis, Hermanas mías, dónde habita nuestro Señor? En los sencillos de corazón» (IX, 726).

4.7.- Tener más discreción

«¿Qué es lo que tenemos que hacer, me diréis, para aparecer con el rostro sonriente, cuan­do el corazón está triste? Hijas mías, os lo digo, que vuestro corazón esté alegre o no, importa poco, con tal de que vuestro rostro esté alegre. Esto no es disimulo, porque la cari­dad que tenéis con vuestras hermanas está en la voluntad; si tenéis la voluntad de agradar­les, esto basta para que vuestro rostro pueda manifestar alegría. ¡Cuántas cosas se hacen en contra de los sentimientos que produce la repugnancia de la naturaleza! Así es como se adquieren las virtudes, hijas mías; si alguno hiciese aparecer los sentimientos irracionales que tiene, ¡a dónde iríamos a parar! ¡Hay que tener mucha más discreción!» (IX, 159).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. La sencillez es aproximación a Dios.

  • ¿Lleva mi experiencia espiritual el sello de la sencillez?
  • ¿Es amor sincero, escucha, respuesta fiel, manteniéndome ante Dios tal como soy, para dejar que su palabra me convierta?
  • ¿Es deseo de ponerme de acuerdo mi vida con el Evangelio que anuncio?
  • ¿Es mi oración diálogo con Dios o conmigo mismo, encerrado en mis hermosas ideas replegada en mi sequedad?
  • ¿Soy bastante sencillo ante los demás para compartir mi oración espontáneamente y sin miedo?

2. La sencillez en mi relación con los demás:

  • ¿Afirmo fácilmente de alguien que es sencillo o no? ¿Por qué?
  • Y yo, ¿cómo es mi sencillez, veraz, sin rodeos, sin cálculo en mis relaciones?
  • El deseo de aparentar, ¿no falsea a veces (lenguaje, apariencia que se trata de salvar…) mi relación con los demás?
  • ¿Soy siempre el mismo, quienes quieran que sean las personas y los grupos con quienes trato, las situaciones vividas?
  • ¿Qué soy capaz de aprender de los pobres? (partir de hechos de vida).

3. Sencillez – estilo de vida

  • Personalmente, ¿qué estilo de vida he escogido? ¿con qué criterios? ¿por qué?
  • ¿En familia, en grupo, en comunidad, tenemos un estilo de vida sencillo?
  • ¿Qué queremos, con eso, vivir y significar?
  • ¿Qué elecciones, qué rupturas lleva eso consigo?
  • ¿Qué relaciones permite eso con los demás?
  • Finalmente, ¿de qué manera planteamos actualmente la sencillez?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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