San Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo

Presentación del tema

Antes de que san Vicente se consagrara a la evangelización de los pobres, fueron sobre todo los pobres, quienes, paradójicamente, le evangelizaron a él.

Detrás de las brillantes fachadas de la corte, la realidad del universo del siglo XVII es un mundo de gente humilde, que vive en los límites de la inseguridad y que cae en la miseria al suscitarse una guerra, una epidemia, una cosecha deficitaria.

Ése es el mundo en donde ha nacido san Vicente. Ése es el mundo con el que se ha encontrado en los momentos decisivos de su vida para cerrarle el paso al camino de los honores y del éxito humano. Ése es el mundo que se le ha impuesto y que ocupa todo su horizonte.

Incluso cuando el Sr. Vicente va a ver a los «Grandes», cuando mantiene relacio­nes con ellos, cuando les habla con respeto, él es siempre el portavoz, el abogado, el apoderado que viene a recuperar las credenciales que Dios ha entregado a los pobres sobre la fortuna de los ricos.

La verdadera historia del «Gran Siglo» no es la de las guerras, de los tratados, de los matrimonios principescos, de las fiestas cortesanas o de los cotilleos escandalosos del Louvre, de Versalles o de otras partes. Es la que ha intentado escribir san Vicen­te tratando, detrás de su amigo san Francisco de Sales, de fundar, en el sitio de un mundo del orgullo y de la violencia, otra sociedad basada en la fraternidad, el amor y la justicia, invitando a unos, al servicio de otros.

Pues bien, es el pobre el que revela a san Vicente esta vocación: es el pobre el que revela, en cierto modo, al Sr. Vicente a sí mismo, y es en la casa del pobre donde él encuentra la llave de un mundo nuevo.

El pobre ha revelado a san Vicente a sí mismo: en el roce con la miseria, el Sr. Vicente se acuerda de lo que él fue, de sus modestos orígenes, y los evoca tanto para sacar de ellos una convicción, como para clarificar en ellos su mirada.

El pobre ha revelado a san Vicente la extensión de la miseria de su tiempo hacien­do surgir delante de sus ojos observadores todos los supervivientes del ejército de la desgracia, tales como nos los muestra todavía, como una pesadilla, la colección de los «gueux» (mendigos) dibujada por Callot, su contemporáneo.

San Vicente y los pobres de su tiempo

I. Los «Humildes orígenes» de san Vicente

Al nacer en Pouy, Vicente de Paúl pudo encontrar la pobreza y los pobres. Reco­nocer la pobreza fue, ante todo para él, reconocer y asumir sus orígenes. Esto no suce­dió de inmediato, y al atardecer de la vida, en una charla acerca de la obediencia, le viene a la mente su actuación ante la presencia de su padre:

«Recordaba hace unos momentos que, cuando era un muchacho, cuando mi padre me lle­vaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un pocp cojo, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como padre» (XI, 693)

Si, siendo joven, se avergonzó de su origen pobre y campesino, la llamada de los pobres lo conducirá a asumir poco a poco su condición, en medio de un gran sentimiento de humildad, y no sin humor alguna vez. El 14 de enero de 1640, res­ponde a Luis Abelly, vicario general de Bayona, que le pedía unos consejos. Muy humilde, le recuerda que es hijo de un pobre labrador; pero no debe ya más acom­plejarse por eso… si le juzgamos por los consejos vigorosos y autorizados, que le da al vicario general:

«¡Ay, señor! ¡Cómo confunde usted al hijo de un pobre labrador, que ha guardado ovejas y puercos, que todavía permanece en la ignorancia y en el vicio, cuando le pide sus con­sejos! Sin embargo, obedeceré…

Le diré, pues, en primer lugar, por lo que se refiere a los religiosos en general, que creo que se debería tratar con ellos, como trató nuestro Señor con los de su tiempo, esto es, enseñándoles primero con su ejemplo la manera como tenían que vivir; porque un sacer­dote tiene que ser más perfecto que un religioso en cuanto tal, y mucho más un obispo. En otro tiempo Dios mismo armó la tierra y el cielo en contra del hombre. ¡Ay! ¿y qué es lo que consiguió? ¿No fue menester que al final se rebajase y se humillase ante el hombre para hacerle aceptar el dulce yugo de su dirección y de su reinado? Y lo que Dios no pudo conseguir con todo su poder, ¿cómo lo hará un prelado con el suyo?» (II, 9-10).

Más adelante, lejos de excusarse por eso, parece haber asumido enteramente sus «humildes orígenes», puesto que habla, por experiencia, que existen valores y virtu­des campesinas que él presenta como modelo y referencia:

«A ésos es a los que Dios quita la penetración de las verdades cristianas: a los sabios y entendidos del mundo. ¿A quiénes se la da entonces? Al pueblo sencillo, a las buenas gen­tes. Podemos comprobar esto en la diferencia que se advierte en la fe de los campesinos y la nuestra. Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los pobres» (XI, 462).

«Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas campesinas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años. Además nuestro tra­bajo durante largos años ha sido entre los aldeanos, hasta el punto de que nadie los conoce mejor que los sacerdotes de la Misión. No hay nada que valga tanto como las personas que verdaderamente tienen el espíritu de los aldeanos…» (IX, 92).

II. El encuentro de los pobres

Si los pobres han revelado de esta forma a san Vicente a sí mismo, llevándolo a aceptar sus «humildes orígenes», fundamentalmente se debe porque él realmente los ha encontrado. Vio la miseria de su tiempo y no parece que escapó de su mirada nada que fuera parecido a ella. Él encontró y vio a lo pobres en la situación real y concreta que era la de ellos. Los textos de san Vicente que describen esta situación no son el fruto de su imaginación o de una mirada superficial, sino el resultado de observaciones largas y serias, de investigaciones precisas, de informaciones minuciosas. Antes de hablar «del pobre», vio a los pobres en situación.

Y es totalmente cierto que, hablando de los forzados que va a ver en los muelles de Marsella y de Burdeos, dentro de los barrios parisinos, puede afirmar: «Los he visto».

«Hermanas mías, ¡qué dicha servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tienen piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes tratadas como bestias;…» (IX, 749).

El 16 de agosto de 1652, escribe al Papa Inocencio X para solicitar su intervención en favor de la paz. El realismo sobrecogedor del cuadro que esboza, demuestra hasta qué punto habían visto y constatado sus ojos «el estado lamentable» de Francia, consecuencia de las guerras. Pero no pudo describir tal situación sin haberla antes mirado detenida y largamente, después de haber sido informado in situ, después de haber investigado minuciosa y seriamente. El que habla de esa forma es un hombre que se ha empeñado en ver la realidad.

«¿Me atreveré… a exponerle la situación lamentable y realmente digna de lástima de nuestra Francia? La casa real dividia por las disensiones, las ciudades y las provincias asoladas por las guerras civiles, los pueblos divididos en facciones, las aldeas, las villas, los más pequeños rincones destruidos, arruinados e incendiados, los trabajadores sin poder recoger lo que sembraron y sin poder sembrar nada para los años siguientes. Los soldados se entregan impunemente a toda clase de desmanes. Los pueblos por su parte, no sólo se ven expuestos a las rapiñas y a los actos de bandolerismos, sino incluso a los asesinatos y a toda clase de torturas. Los habitantes del campo que no han sido matados por la espada tienen que morir casi todos de hambre. Los sacerdotes, a quienes los soldados no tratan con mayor miramiento que a los demás, se ven tratados inhumana y cruelmente, torturados y asesinados. Las vírgenes son deshonradas; las mismas religiosas expuestas al libertinaje y al furor; los templos profanados, saqueados o destruidos. Los que quedan en pie se han visto de ordinario abandonados de sus pastores, de foma que los pueblos están casi privados de sacramentos, de misas y de todo socorro espiritual… Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y comprobarlas con los propios ojos» (IV, 427).

Es también este mismo realismo el que hallamos en san Vicente, cuando describe la situación de los niños abandonados. La precisión de los detalles que da demuestra, una vez más, con qué cuidado ha mirado esta situación y se ha informado. Ve real­mente a los pobres tales como son, no los imagina:

  1. Que nos habían informado de que esos niños estaban mal atendidos: ¡una nodriza para cuatro o cinco niños!
  2. Que se les vendía a los mendigos a ocho sueldos la pieza; les rompían los bra­zos y las piernas para mover la piedad de la gente y que les diesen limosna, y los hací­an morir de hambre.
  3. Que algunas mujeres que carecían de hijos, por no dárselos a sus maridos o los miserables que las mantenían, los tomaban y los consideraban como propios; efec­tivamente, desde hace dos años hemos encontrado a tres o cuatro de esa clase.
  4. Que les daban píldoras de láudano, que son un veneno, para hacerlos dormir; y es cierto que se ha hecho así.
  5. Que desde hacía cincuenta años, ninguno de ellos ha logrado sobrevivir, a no ser algunos de los adoptados como hijos supuestos,
  6. Y finalmente, para colmo de males, que muchos de ellos morían sin ser bau­tizados» (X, 941).

La carta que san Vicente escribe al Hermano Juan Parré, responsable de los socorros fronterizos nos da una idea bastante precisa de la seriedad y el realismo de su mirada sobré la situación de los pobres. Pide a Juan Parré que efectúe una ver­dadera investigación «sobre el terreno»: «Hay que ver a los pobres en sus casas». Cada región, cada aldea, hacer la lista de los pobres, conocer directamente a los más necesitados»… realismo que se extiende hasta la elección del tejido, hasta el precio de las mantas:

«…que se informe cuidadosamente en cada cantón y en cada aldea por donde usted pase de cuántos son los pobres que tendrían necesidad de pedir ropa el invierno que viene, o toda o parte de la misma, a fin de que pueda calcularse el gasto que habrá que hacer y puedan ir preparándose los trajes con tiempo suficiente. Se cree que será mejor comprar tiritaña en vez de sarga. Así pues, convendrá que escriba usted los nombres de esas pobres gentes, a fin de que, cuando llegue la hora de hacer la distribución, se les pueda dar esa limosna, y no para otras personas que quizá puedan prescindir de ella. Pues bien, para distinguirlos bien, habría que verlos en sus casas, para conocer de cerca a los más necesitados y a los que no lo son tanto. Pero como es imposible que pueda hacer usted solo tantas visitas, puede usted utilizar algunas personas piadosas y prudentes, que acudan personalmente a los pobres, y que le informen sinceramente de la situación de cada uno. Pero es preciso que estos informes se hagan sin que los pobres sepan para qué son, pues de lo contrario los que tienen ya alguna ropa, la ocultarán para hacer ver que están desnudos.

Desean saber también en qué ciudad de Picardía se hacen o se venden ciertas colchas de hilo o de lana, como las que antes se distribuyeron entre los pobres enfermos, que costa­ban baratas, y cuánto cuestan ahora» (VI, 348-349).

III. El misterio del pobre

San Vicente ha encontrado los pobres y su miseria y los textos nos hacen descu­brir el realismo y la seriedad de su mirada. Los ha visto tal cual son. Se ha entregado a su servicio, se ha situado en medio de ellos. Solamente después de haberlos «encon­trado» y «visto» se ha sentido interpelado por Jesucristo. En los pobres, descubre a Jesucristo pobre y humillado. A partir de ese encuentro con los pobres, san Vicente profundizará en el «misterio del pobre»: en esos pobres, despreciables a los ojos del mundo, contempla los representantes de Jesucristo.

«No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exte­rior, ni según la expresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; él casi ni tenía el aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me.¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mun­dano, nos parecerán despreciables» (XI, 725).

Con toda lógica podrá afirmar a continuación que servir a los pobres es servir a Jesucristo, que estar en medio de ellos, es encontrar a Dios. Es necesario, por tanto, darle gracias porque los pobres, nuestros maestros, nos permiten servir a Jesucristo y encontrar a Dios. Estar al servicio de tales maestros es un título de gloria.

«…Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Ser­vís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, por­que nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; ser­vid a los niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto!» (IX, 240)

«Mirando» a los pobres de su tiempo, san Vicente interpreta la parábola del Juicio final (Mt 25) (Cf XI, 393)

Y llega hasta el final de su lógica. Jesucristo pobre y humillado es representa­do por los pobres, servir a los pobres es servir a Jesucristo. Abandonar un ejerci­cio espiritual, incluso la misa, para servir a los pobres es «abandonar a Dios por Dios».

«Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa misa por el servicio de los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas» (IX,24).

Hoy y la Misión…

Cuestiones para los intercambios.

1. Después de haber tenido vergüenza, san Vicente parece haber asumido sus «humildes orígenes» en su vida apostólica.

  • Nuestros orígenes familiares, cualesquiera que sean, nuestra formación, tiene una incidencia sobre nuestros compromisos y nuestras actuaciones actuales. ¿Somos conscientes de ello? ¿Hablamos entre nosotros como san Vicente lo hacía? ¿Cómo los asumimos nosotros?

(Evocar este problema a partir de un hecho concreto; por ejemplo, nuestra acti­tud espontánea ante una huelga… tal emisión de televisión…etc.).

2. Hemos hecho notar la fórmula de san Vicente a propósito de los galeotes. «Los he visto»; y sabemos cómo esa mirada escudriñó la «realidad concreta» del pobre.

  • A propósito de los pobres que hallamos, ¿podemos decir sinceramente: «Los he visto yo»?
  • ¿Qué medios empleamos, personalmente y en Comunidad, para Ver y Anali­zar con seriedad la situación concreta de los pobres? (El abbé Guérin, capellán nacional de la J.O.C., se hizo célebre por sus «carnets de encuentros», llamados actualmente «carnets de militante» o «carnets del capellán»…).

3. San Vicente afirma: «Cuando dejen la oración y la santa misa por el servicio de los pobres, no pierden nada en ese acto, porque es lo mismo ir a Dios que ser­vir a los pobres». Lo cual demuestra hasta qué punto él realiza la unión en su vida (vida espiritual y vida apostólica, fe y compromiso).

  • Sin concesiones ni generalidades demasiado fáciles, nuestra experiencia ¿nos permite actualmente expresar con tanto realismo la misma convicción?
  • Estudiemos con seriedad las relaciones entre nuestra vida apostólica, nuestros compromisos, nuestro trabajo y nuestra fe, nuestra oración…

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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