Textos para la Historia de la CM en España (9 de noviembre)

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Carta del Rmo. P. Jacquier a la comunidad de la casa de Barcelona. Antes que la observancia exterior y que todo se ha de guardar la caridad fraterna.

París, 9 de noviembre de 1762.

Señores y Hermanos carísimos.

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con vosotros.

Cuanto más admiramos y fuimos penetrados del más vivo dolor por la infelicidad de vuestra casa que nos obli­gó a enviaras la visita, tanto más tenemos el plausible mo­tivo de bendecir mil veces al Señor, viendo las abundantes bendiciones que se ha dignado derramar sobre el celo del comisionado a este fin.

Nos llenamos de la más tierna consolación, cuando su- pintos el agradable, cortés, atractivo recibimiento que le hicisteis, de que él mismo no se puede bastantemente com­placer, y la docilidad con que recibisteis sus avisos, la buena voluntad sumisión que manifestasteis en adoptar todos los medios y medidas que juzgasteis necesarios para con­servar entre vosotros la paz, el buen orden y aquella exac­ta regularidad que estuvo siempre un vigor en vuestra casa. Ya no me queda más, después de haberos contestado mi alegría, que rogar con la mayor viveza al Padre de las Misericordias y Dios de toda consolación, que es el autor de tan grande bien, que se digne mantenerle y perfeccio­narle en vosotros por medio de su divina gracia. Lo que le pido, sobre toda otra cosa, es que se complazca conservar inviolablemente entre vosotros la paz, la unión y la cari­dad. Os podría decir a este propósito con el Apóstol, que así como os llevo a todos en mi corazón, así nada deseo tanto como veros a todos reunidos en el de Jesucristo que es el manantial de la unión: Testis est mihi Deus, quomodo cupiam vos ornes in visceribus Christi. Este Sagrado Co­razón es, como sabéis, un Corazón lleno de dulzura y de aquella caridad que no se irrita, ni se ofende de nada, que jamás se encoleriza, que no juzga siniestramente a nadie, todo lo sufre, todo lo sobrelleva, y finalmente se hace to­do a todos para ganarlos a todos. Estas son las santas dis­posiciones que El grabará profundamente en el vuestro, si vosotros sois cuidadosos de vivir firmemente reunidos en el suyo, Entonces se verá reinar entre vosotros esta preciosa paz que es la gloria y felicidad de las comuni­dades.

Hallándose cada uno animado del espíritu de Jesucristo, se hará obligación de contribuir a la caridad, haciendo gustoso todos los sacrificios que ella pide y exige y cor­tando con el mayor cuidado, así en sus palabras como en su conducta, todo lo que podría, aun en lo más mínimo, turbarla, y de este modo Dios será glorificado y edificado el prójimo; y vosotros mismos experimentaréis que nada hay más dulce y de mayor consolación, corno lo significa el Profeta Rey de los hermanos de una misma familia, que el vivir en la unión de un mismo espíritu y de un mismo corazón: Quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unen. Sabemos que, gracias a Dios, habéis siempre ma­nifestado un grande celo para la observancia exterior; pero no ignoráis, que la primera de todas las reglas, la que en­cierra eminentemente todas las otras, que es como el alma y la perfección de ellas y sin la cual ellas a nadie pueden llevar al cielo, es la ley de la caridad. Inútilmente os ha­ríais mártires de la regularidad, si con esto no reinaba entre vosotros la caridad; si se observaba que dabais entrada en vuestros corazones a prevenciones, que es decir, adelantarse uno a ofender a otro de palabra u obra, a enajenamientos y retiro el uno del otro, a antipatías, a odios, a amarguras, al resentimiento, a la venganza, a lamentos y quejas, a murmuraciones, a calumnias y detracciones; si se os viese seguir las impresiones de un celo amargo y ar­diente que nada quiere sufrir, ni sobrellevar, que no se ocupa a otro que a criticar, a censurar, a difamar y conde­nar la conducta de los demás, y que no respeta ni aun a aquellos que quiere Dios sean respetados como sus lugar­tenientes y de los cuales dijo por esto: Diis non detrahes, parece que convendría concluir con San Pablo que no ten­drían sino las engañosas apariencias de la piedad, sin po­seerla realmente: Habentes speciem pietatis, virtutem au­tem ejes abnegantes, y seríais como los sepulcros blanquea­dos que sólo son bellos por afuera, mas por dentro son lle­nos de huesos y de corrupción. Entonces habríais de con­fesar con el mismo Apóstol, que todas las buenas obras y todos los sacrificios que por otra parte podríais hacer, no os podrían servir de nada para la salvacix5n: Etsi tradidero corpus meum ita ut ardeam, charitate autem non habuero, nihil mihi prodest. ¡Ah no quiera Dios, señores, y mis hermanos carísimos, que hayáis de oír jamás semejantes baldones! Las santas disposiciones que habéis manifestado en el curso de la visita, me dan esta confianza, que la ca­ridad continuará a reglar, animar, santificar y consagrar todos vuestros sentimientos, todas vuestras palabras, to­das vuestras acciones y toda vuestra conducta, que no ha­brá entre vosotros sino un corazón y una alma, como en­tre los primeros cristianos, y que así os hallaréis en estado de continuar a derramar ¡sir todas partes el buen olor de Jesucristo.

Estas son las súplicas que hago por vosotros con toda la extensión de mi corazón, renovándoos la seguridad de un tiernísimo afecto con que tengo la honra de ser en el amor de Nuestro Señor, señores y hermanos carísimos, vuestro humilde y obediente servidor.

JACQUIER

Indigno Sacerdote de la Congregación de la Misión.

  1. D. Esta carta, escrita en el Libro de las Circulares, se leerá algunas veces al año en lugar de las ordenanzas de las visitas.

—BPUB. Mss. Sig. 14-5-28, págs. 357-362.

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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