Y volvieron a su juventud, nunca perdida…

No nos lo podíamos creer: allí estábamos el pequeño “resto de Israel” después de 50 años de flotación y de floración a lo largo y a lo ancho de los mares, los cielos y las tierras… Algunos apenas habíamos vuelto a vernos, desde aquel 28 de Junio de 1964 en que nos ordenaron de sacerdotes de la Congregación de la Misión, en nuestro Seminario Mayor de Salamanca…

Éramos 13, sólo 13, de aquellos 20 jóvenes en flor que nos ordenamos; todavía, 13, como los 13 de la fama de Pizarro (servatis servandis), que cruzamos la línea de la aventura, de la lucha y de lo desconocido hacia el incierto oscuro de la ilusión y la esperanzan… No era mal presagio, en este caso, el número 13, sino signo de plenitud, de misión cumplida… Nos miramos a los ojos, a las facciones del rostro y éramos los mismos, con cincuenta años más a la espalda, pero todavía reconocibles. ¡Qué alegría! ¡Qué recuerdos..!

Aquí están sus nombres para los que quieran acompañarnos en el recuerdo y en la oración hasta el final de nuestro camino de fidelidad al carisma que nos dio nueva vida aquel 28 de Junio de 1964:

Agustín Palayilthayil, Manuel Garrido, José Mª Alfonso Loyola, Alfredo Palma, que no pudieron acudir a la cita de Salamanca. Y los que sí acudimos: Julián Soriano, Félix Villafranca, Enrique Rivas, Honorio López, Jesús Mª Santamaría, Jesús María Muneta, Joaquín Rosell, Ángel Pascual, Francisco Domingo Herrero…, que sí tuvimos el privilegio de reflotar nuestra juventud en la cuna que nos vio nacer…

Lo nuestro no fue una cita de amiguetes que se recuerdan con nostalgia: fue una auténtica peregrinación en busca de nuestras esencias. Todo estaba preparado y mimado con detalle: a lo largo de todo un año lo fuimos consensuando y animando. Justo es reconocer que si, en estas cosas no hay un jefe o animador o líder… que lo mueva y empuje, estas cosas terminan en frustración y desaliento. Tuvimos la suerte de tenerlo desde el principio, y justo es proclamarlo y agradecerlo públicamente: este roturador de caminos fue Enrique Rivas… Gracias, Enrique, una vez más en nombre de todos…

Iniciamos nuestra peregrinación con un retiro espiritual en Salamanca, 27 y 28 de Junio. Este retiro incluía recuerdos de nuestros tiempos de teología, comunicación de experiencias pastorales desde nuestras distintas plataformas o atalayas, retiro espiritual propiamente dicho, con acceso a la reconciliación sacramental… Y el 28, víspera de San Pedro, renovación de nuestra consagración sacerdotal del 28 de Junio de 1964, con una concelebración sencilla y emotiva de todos nosotros, en el mismo altar de nuestra consagración sacerdotal… Esta vez la iglesia estaba vacía y los palos también, pero un soplo nuevo, como en otro Pentecostés, llenaba el recinto entero y anunciaba vientos de vida renofvada…

El Presidente de la celebración, Julián Soriano, como el mayor de vocación del grupo, estuvo especialmente inspirado en ideas y en expresión poética. Merece la pena citar textualmente algunos de sus versos:

Aquí estamos, Señor, los que aquel día,
Fuimos ungidos con el Crisma Santo.
Aquí estamos, Señor, somos los mismos
Del veintiocho de Junio enamorados.

Caminos recorridos… Hoy traemos
Nuestra vida esculpida a tu presencia.
Cincuenta años cumplidos: oro viejo…
Con arrugas, heridas y cosechas.

Cabeza y corazón de misioneros
Mirando hacia el futuro nuevamente
Antorchas encendidas que hoy meditan
La palabra de Dios con San Vicente.

Después de la celebración no podía faltar una visita agradecida a los Hermanos mayores de la enfermería de Salamanca, que fueron, cada uno a su manera, mediaciones de nuestro sacerdocio desde el carisma vicenciano. Brillaba la alegría en sus rostros y en los nuestros: ¡cuánta vida concentrada y cuántos sueños revividos! Renacía la alegría y las ganas de vivir de nuevo…

La comida que siguió a la celebración no dejó nada que desear: estuvo preparada con mimo y con detalle. Y el mejor de los detalles fue que asistió la Comunidad en pleno de Salamanca, incluida la Comunidad de estudiantes y sus formadores. Y hubo brindis y recuerdos para el camino: un llavero con la imagen de San Vicente, que nos recuerda de dónde venimos y hacia dónde vamos…

Y el 29 de Junio volamos hacia Roma, donde peregrinamos por calles, Iglesias y Basílicas, la del Vaticano en primera instancia, hasta el día tres. Todo a pie, que es como se debe ver una ciudad única como Roma. Sólo a la vuelta a nuestra Residencia, hacia las tres de la tarde, rotos y con ampollas en nuestros pies, tomábamos un taxi, camino de la siesta obligada, ante el calor tórrido de la Roma mediterránea. Los paseos de la tarde, a partir de las 6.30, nos los tomábamos con otra filosofía: lugares escogidos, cercanos a nuestra residencia, en actitud contemplativa, hacia los centros de mayor interés turístico o arquitectónico… Y, hacia las 10.30 de la noche, fin de programa, que a las 11 se cerraba la Residencia. Tuvimos la fortuna de encontrar una de esas heladerías italianas clásicas cerca de casa. Era una tentación muy grande que no pudimos resistir: el último acto oficial del día consistía en saborear en grupo uno de esos helados italianos, conocidos en todo el mundo… Casi todos preferíamos los de tres sabores, que, al final, eran más económicos…

La Residencia donde nos quedamos pertenece al Instituto de Religiosas del Rosario, de fundación francesa, pero habitado mayoritariamente por Hermanas Colombianas, que nos trataron con mimo especial. Está enclavado prácticamente en el centro de la ciudad, no lejos del Coliseo, concretamente en la calle, “Via Sant ‘Ágata dei Goti, 10. 00184-Roma”.El precio es muy razonable para lo que son los precios en Roma; y admiten seglares, matrimonios y religiosos-religiosas… No dudo en recomendarlo para los que planeen visitas familiares a Roma.

La planificación de nuestra visita, mejor peregrinación, a Roma estaba tan planificada al detalle como los días que pasamos en Salamanca. La liturgia de cada día con los textos litúrgicos correspondientes, la rotación de los que presidiríamos las celebraciones, los lugares concretos de la celebración…, todo estaba señalado día a día… Salvo el día que celebramos la misa en el altar de las Apariciones de la Milagrosa a Alfonso Ratisbona, altar de “Sant’Andrea delle Fratte”, de los Padres Mínimos, la celebración diaria de la misa tenía lugar a las 8 de la mañana en la capilla de la residencia…

Roma se puede visitar de muchas maneras: como correcalles de turno, con mapas turísticos corrienes; como selectos buscadores de perlas preciosas arquitectónicas, con guías especializados; como críticos de la historia, con o sin ideas preconcebidas; como peregrinos de la fe, en busca de iconos y referentes que nos afiancen en esta herencia preciosa que nos transmitieron nuestros mayores… Nosotros, inquietos buscadores de verdad y de belleza, preferimos hacer de todas estas posibilidades una combinación armoniosa y exigente…

Todos nosotros habíamos estado ya en Roma y, sin embargo, al final, la impresión

que flotaba en el ambiente es que esta vez había sido diferente. Teníamos en nuestras manos una descripción detallada de los lugares más emblemáticos, desde nuestra perspectiva particular: podíamos elegir con pleno conocimiento de lo que buscábamos. Y elegimos bien, aconsejados por nuestro guía particular, experto en la historia del arte y buen conocedor de los lugares más significativos de esta ciudad única, desde tantas perspectivas históricas y significativas en la historia de la cristiandad…

Al final, más allá de las consideraciones críticas sobre el orgullo, banalidad y prepotencia de algunos papas que quisieron dejar la huella de su fuerza y de sus riquezas en esculturas marmoleas, se impone la grandeza y admiración de tantos hermanos nuestros en la fe que dieron su vida por Cristo y dejaron la impronta de su fidelidad a Cristo y a su Iglesia esculpida no solo en magnificas esculturas y monumentos, sino en el testimonio de sus vidas…

Nuestra peregrinación a Roma es una de las que dejan huella, que no se borra con el paso del tiempo ni con inclemencias pasajeras…

P. Félix Villafranca, CM

 

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