Honduras – Nuevo Tulián – Testimonio de Diana Euceda

Mi nombre es Diana Euceda y tengo 25 años. Vivo en la comunidad de Nuevo Tulián, en el municipio de Omoa, Cortés. Actualmente soy estudiante de la carrera de medicina, próxima a entrar al Internado Rotatorio. Debido a la pandemia mis estudios están en pausa, confiando en Dios, que la universidad nos reintegrará cuando las condiciones sean las adecuadas. 

Soy una joven verdaderamente feliz por lo que hace. De mi familia aprendí a luchar con valor, contra cualquier adversidad y a tener la sensibilidad de trabajar por las causas justas de nuestra sociedad. Desde pequeña logré comprender que Dios ha puesto en mi caminoseñales grandes de su amor, y de la misma forma, descubrí mi propósito en la vida, por medio de la oración y el servicio a los demás, dos cosas importantes que dentro de nuestra iglesia he vivido. 

A lo largo de mi vida he aprendido a hacer un poquito de varias cosas, siempre me han gustado las artes y por ello le dedico cierto tiempo a cultivar algunas de ellas, pues siendo Dios el artista por excelencia, ha dejado en nuestras manos,la capacidad de expresar la belleza de la vida en todas sus formas, y por ello creo indudablemente, que hacer arte es hacer vida. Y de esta manera llevo mi mensaje de esperanza y amor a los demás, valiéndome de todas las herramientas a mi alcance, para tocar los corazones.

También existe el arte de preservar la vida, que lo he aprendido mediante la carrera medicina, he vivido múltiples momentos que han marcado mi paso por los hospitales. Estar de cerca o incluso tener en mis manos a alguien, en el momento de su nacimiento o en el de su partida terrenal, son momentos especialmente trascendentales. La vida y la muerte, dos realidades tan humanas, que me hacen siempre reubicar mi horizonte. Por esta razón, aprender a sanar la enfermedad de mis pacientes, es algo que he tomado con mucho compromiso, y tengo claro que soy yo quien pone sus dones al servicio, pero es Dios quien actúa y hace el milagro. 

Y sí, he presenciadoverdaderos milagros, de esos que hacen levantar a un enfermo del confinamiento de su cama, y he visto verdaderos actos de amor, personas que aún sin conocerse se han tendido la mano en los momentos más difíciles y cuando todo parece perdido. Y aunque a veces algunas batallas no tienen buen término, confío en que Dios siempre tiene preparado algo mejor para sus hijos, luego de ser cumplida su voluntad. 

En estos momentos, estamos cruzando por una dura batalla como país, recuerdo hace 22 años, cuando aún era una pequeña niña, el paso del huracán Mitch, en ese entonces comprendía desde mi inocencia que las cosas no estaban bien para muchos de mis compatriotas. 

Hoy la historia se repitey esta vez con doble dosis de angustia. El huracán Eta y el huracán Iota, han dejado a nuestro pueblo inundado de tristeza y tragedia, ha dejado entre el lodo los sueños de muchos, y en el peor de los casos, la vida de muchos. Como si no fuera fácil ya tener que luchar contra una pandemia con un sistema de salud casi colapsado, y en medio de una crisis social que se remonta a muchos años, los hondureños hemos tenido que aprender a vencer las mil y una dificultades que se nos atraviesen. 

He logrado prestar algunos servicios de voluntariado luego de los huracanes, visitamos junto a mi familia, dos albergues de una de las zonas más afectadas por las inundaciones, llevamos alimento preparado, pudimos compartir un momento con todas las personas allí resguardadas, supimos que era un granito de arena en una playa inmensa, pero confiando en Dios que la buena voluntad de más compatriotas se sumarían a la causa. Visitamos algunas familias damnificadas dentro de nuestra comunidad, recaudamos todo lo que pudimos entre las personas de la iglesia y dimos nuestro pequeño aporte. Personalmente visité uno de los albergues más grandes de la ciudad, brindé atención médica a niños y adultos, identificando las emergencias y dándoles pronta solución. Lo difícil fue el no poder dar solución a los demás padecimientos, que si bien es cierto no eran emergencias que pusieran la vida en peligro de momento, pero que de igual forma se les debería dar tratamiento, pues eventualmente, si podría suponer un riesgo para la vida. La realidad es alarmante, y aunque todo el país se está organizando para llevar ayudas a los damnificados, sabemos que esta crisis estará por un largo tiempo, y que las ayudas no serán suficientes. Los problemas de salud que viene junto a las catástrofes naturales son muchos, y aunado a la actual pandemia, la situación no podría ser más desoladora. 

Sin embargo, son muchos los corazones que se están uniendo a nivel nacional e internacional, confiamos en que cada día sean más, y que el latir de uno tan solo de ellos, se multiplique y llegue a miles. Que nuestra fuerza como hermanos e hijos de una misma tierra y de un mismo Dios, nos haga hacernos más valientes y dispuestos para trabajar y reconstruir lo que se ha destruido.

Toda ayuda, por pequeña que sea, será de bendición para alguien más. Si puedes ayudar no dudes en hacerlo. La vida siempre te lo agradecerá.  

Porque nacimos para dar lo mejor de nosotros mismos, al mundo entero.

Diana Euceda

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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