BARAKALDO: UNA COMUNIDAD RENOVADA
Cumplimos el trimestre primero. Tal como indiqué en otro escrito “éramos doce”. Ya en aquel momento nos habían dejado los inefables Athanasse y Gildas (hoy ya sacerdotes). Poco después llegaron Ever y Wilmer, con lo que la mayoría navarra (de siempre mayoritaria) ha quedado equilibrada (en número que no en edad) con la hondureña.
Han pasado tres meses y la situación ha cambiado. El P. José Mwani, trabajando en su tesis, está destinado en San Sebastián y el P. Binoy Puthussery, defendida su tesis en Vitoria con garbo swahili y un “cum laude”, acaba de despegar para la India (su Provincia de origen). Nos queda, de momento, el P. Jakub Kasprzyk (a punto de defender su tesis doctoral en la Universidad de Deusto). En el horizonte posnavideño se otea la llegada de Gyldas para finalizar su tesina teológica en Deusto.
Por las referencias anteriores, podemos deducir algunos de los “trabajos” de la comunidad: los Estudiantes (tanto del SIEV como de Teología) con sus estudios y colaborando en algunos de los ministerios de la Comunidad; los “jubilados”, con una mano en Algorta y otra en sus años (que no son pocos); el resto, con las Parroquias y Colegio. Entre quienes pueden, se atiende las Hijas de la Caridad, Sociedad san Vicente de Paúl y AMM-AIC. Dejo al margen otras “devociones” a las que echamos una mano: la Unidad Pastoral (bajo mínimos), Catecumenales, La Salle de Sestao, Comunidad Polaca de Bilbao, Centros regionales de Barakaldo, Estudios, etc…
Con todo ello, hemos iniciado el “curso” (es un condicionante por ser casa-estudiantado) con suma normalidad: Proyecto Comunitario (y del Estudiantado), Cuentas y Presupuestos, reuniones comunitarias mensuales, asistencia a reuniones provinciales, puesta en marcha de las Parroquias y Colegio, distribución de responsabilidades, inicio de diversos servicios de voluntariado, visitas a los médicos, etc… Quiero suponer que como cualquier otra comunidad de la Provincia. Con ellas (las que permanecen) seguimos.
Mitxel Olabuenaga, C.M.


San Vicente de Paúl (de ahí el nombre de “misioneros paúles”), a pesar de las comprensibles limitaciones propias del tiempo en el que le tocó vivir (siglo XVII), tuvo un gran aprecio por la comunicación: llegó a escribir más de treinta mil cartas (alguna llegó a su destinatario varios meses después de su muerte). 


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