Espíritu propio

Introducción

Las Constituciones de la CM (=C.) de 1984 hablan muy claramente de esta materia en los artí­culos 4 al 8. Esquemáticamente, el espíritu de la se describe de este modo:

ESPIRITU VICENCIANO ES EL ESPÍRITU DE CRISTO ENVIADO ­A PREDICAR LA BUENA NOTICIA A LOS POBRES (c.5), COMO SE PRUEBA EN LAS MÁXIMAS EVANGÉLICAS EXPLICADAS EN LAS REGLAS COMUNES (= RC CM) (C.4), CONCRETADAS PARTICULARMENTE EN: AMOR Y REVERENCIA HACIA EL PADRE, AMOR COMPASIVO Y EFECTIVO HACIA EL POBRE, DOCILIDAD A LA PROVIDENCIA (C.6), SENCILLEZ, HUMILDAD, MANSEDUMBRE, MORTIFICACIÓN, CELO POR LAS ALMAS (C.7). “JESUCRISTO ES LA REGLA DE LA MISIÓN” Y EL CENTRO DE SU VIDA Y ACTIVIDAD (C.5).

Esta formulación contemporánea del espíritu vicenciano, realizada por los representantes de la Congregación de la Misión de todo el mundo, refleja certeramente la herencia que s. Vicente de­jó a su Compañía. Siguiendo esta guía, este trabajo analizará el espíritu vicenciano en tres fases: 1: El seguimiento de Cristo que se define a sí mismo como «el Evangelizador de los Pobres» ; 2. El desarrollo de una “relación filial con el Padre y de caridad con el prójimo»; 3. El desarrollo de las «facultades del alma de toda la Congregación».

Bajo estos títulos, el autor tratará de descu­brir las raíces evangélicas de la espiritualidad de s. Vicente y de describir brevemente algunas for­mas contemporáneas de actualizarla. Desde el comienzo, deberíamos recalcar, para que no se pierda entre los detalles, que el espíritu de s.Vicente y de su Compañía, es profundamente mi­sionero y profundamente evangélico. San Vicente se apoya fuertemente en ejemplos concretos y en «máximas» de los evangelios confiando que «la enseñanza de Cristo nunca fallará”; el Cristo que él encuentra en el Nuevo Testamento es un misionero, enviado Padre a predicar la buena nueva a los po­bres.

I.- Siguiendo a Cristo que “se describe a sí mismo evangelizador de los pobres”

Para Vicente de Paúl, solamente hay una fuer­za impuIsora: la persona de Jesucristo. “Jesucristo es la ­Regla de la Misión»” y el centro de su vida y de toda su actividad, les dice a los miembros de la Congregación. «Recuerde, padre, -escribe al P. Portail, uno de los primeros miembros de la Congregación- que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y que deberíamos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida debería estar escondida en Jesucristo y llena de Jesucristo; y que para morir como Jesucristo es necesario vivir como Jesucristo».

Vicente advierte a sus seguidores que ellos en­contrarán la verdadera libertad solamente cuan­do lleguen a estar muertos en Jesucristo.

Pero el espíritu vicenciano refleja el espíritu de un Cristo particular. Entre las características más im­portantes, según s. Vicente, están las siguientes

1.- Él trae la buena nueva a los pobres

Vicente de Paúl vuelve una y otra vez sobre este tema. En su quizás más famosa conferen­cia, la del 6 de diciembre de 1658, sobre «El Fin de la Congregación», afirma: «… dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, de­cirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Oh, qué grande es esto!… evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios». En otra conferencia, dice; «En su pasión, apenas tiene la apariencia de ser huma­no. A los ojos de los gentiles pasa por loco. Para los judíos fue una piedra de escándalo. Pero con todo esto, se describe a sí mismo como el Evan­gelizador de los Pobres: ‘Me ha enviado a predi­car la buena noticia a los pobres».

Vicente hace una elección claramente explí­cita. La visión que él ofrece no es la de Cristo como maestro, ni como curador, ni como «per­fecto adorador del Padre» (visión de Bérulle), ni como «perfecta imagen de la divinidad» (la visión de Francisco de Sales), sino como El Evangeli­zador de los pobres. Los discípulos de Vicente están llamados a entrar en el seguimiento de Cristo en los mismos términos con que, en el evangelio de Lucas, Jesús abre su ministerio pú­blico: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ha ungido. Me ha enviado a ofrecer noticias alegres a los pobres, a proclamar libertad para los cautivos, recuperación de la visión para los cie­gos y suelta para los prisioneros, a anunciar un año de gracia del Señor».

Es éste un tema específico de Lucas, hasta el punto de que el evangelio de san Lucas es lla­mado a veces «Evangelio de los Pobres». Lucas traslada deliberadamente y relata la escena de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret de mo­do que tenga lugar al comienzo del ministerio pú­blico. El resultado es una nueva composición que Lucas hace programática para el resto de su na­rración de este ministerio, con Jesús aplicándo­se a sí mismo las palabras de Is. 61,1-2. Lucas reitera este tema y lo desarrolla más adelante en 7, 21-2210. En la perspectiva de Lucas, una nue­va edad está amaneciendo. Jesús anuncia la bue­na noticia del reino a todos, pero especialmente a los pobres, los débiles, los humildes, los mar­ginados del mundo:

  • dichosos sois los pobres (6,20)
  • a los pobres se les predica la buena noticia (7, 22)
  • cuando celebres un banquete, invita al po­bre (14, 13)
  • ve por las calles y trae a los pobres (14, 21) * un mendigo llamado Lázaro yacía a la puer­ta… este pobre (16, 20-22)
  • vende todo lo que tienes, dalo a los pobres (18, 22)
  • Señor, doy la mitad de mis bienes a los po­bres 119, 8)
  • esta pobre viuda dio otros (21, 3)

La espiritualidad de san Vicente fluye de su contemplación de este Cristo, La fuerza conduc­tora que engendra tanto la increíble actividad como la suave contemplación de Vicente de Paúl es su visión del Evangelizador de los Pobres. A sus seguidores los anima él a contemplar a este Cristo una y otra vez. “¡Oh, qué felices serán los que puedan repetir en la hora de su muerte aquellas palabras de Nuestro Señor ‘Me envió a predicar la buena noticia a los pobres!”.

2. Comparte su vida con muchos otros y los une a su ministerio

San Vicente establece comunidades, siguiendo el ejemplo de Cristo «que juntó a sus apóstoles y discípulos” por causa de de la misión apostólica. Haciendo frente a las necesidades presentes, funda con notable creatividad la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad. Organiza las Cofradías y las Damas de la Caridad. Reúne a hombres y mujeres ricos y pobres, ignorantes e ilustrados. Todo al servicio de los pobres.

Reconoce que las mujeres juegan un papel muy prominente en el ministerio de Jesús. A él le sucede lo mismo en su vida: Margarita Naseau, ­Luisa de Marillac, Francisca de Chantal y la señora de Gondi son algunas de las más prominentes. También éste es uno de los temas distintivos de Lc. ÉI, más que ningún otro evangelista resalta la formación de una «comunidad de discípulos, e indica la importancia que las mujeres tienen en ­su vida y ministerio:

  • María, Isabel y Ana, en las narra­ciones de la infancia
  • la pecadora (7, 36-50)
  • las mujeres que lo acompañan
  • la viuda de Naim (7, 11-17)
  • la mujer que alaba a su Madre
  • Marta y María (10, 38-42)
  • las mujeres en el camino del Calvario
  • las mujeres que le siguen hasta el final
  • las testigos de su resurrección ~­

3.- Él tiene una visión universal

Jesús deseaba que el evangelio se predicara “hasta los confines del orbe» (Act. 1,8; cf. Lc 24). Vicente, poco a poco, se convenció de este aspecto de la mente de Cristo. «Nuestra vocación, pues, es ir, no a una parroquia, ni siquiera a unadiócesis, sino a todo el mundo. ¿Para hacer qué? Para inflamar los corazones de hom­bres y mujeres, para hacer lo que hizo el Hijo de Dios. Él vino a traer fuego a la tierra, a inflamar­la en su amor” (XI, 553).

Empezando en 1648 con la misión de Madagascar, comienza a enviar miembros de la Congregación a diversas partes del mundo. «Mirad el precioso campo que Dios nos abre en Madagascar, en las Hébridas y en otros lugares. Pidámosle que inflame nuestros corazones con el deseo de servirle. Démonos a él para que haga lo que quiera con nosotros” (XI, 762s). Antes de acabar su vida, Vicente pudo ver misioneros en Italia, Polonia, ­Túnez e Irlanda. Y hasta soñó con enviarlos (e ir él mismo) a las Indias

A pesar de que el trabajo de las misiones ad gentes ocasionó grandes dificultades y numerosas muertes, ­Vicente permaneció completamente convencido de su importancia y, a pesar de la oposición, lo defendió como el diseño de Cristo. “Algunos miembros de la Compañía podrán decir tal vez que Madagascar debe ser abandona­­da; la carne y la sangre hablarán ese lenguaje y dirán que no sedeben mandar allá más hombres, pero estoyseguro de que el Espíritu habla de otra manera… ¡Vaya Compañía la de la Misión, que, si mueren cinco o seis, se decide a abandonar el trabajo del Señor!» (XI, 296ss; cf. También XI, 122s.281).

Una vez más, Vicente incorpora a su ideal un importante tema lucano: la universalidad de la mentalidad de Cristo. En el evangelio de Lc Cristo no ha venido sólo para los suyos, sino para to­dos los pueblos:

  • Jesús es la luz que ilumina a los gentiles
  • toda la humanidad verá la salvación de nues­tro Dios
  • hay más fe entre los gentiles que en Isra­el
  • sal por los caminos y las veredas y fuérzalos a entrar
  • en su nombre se predicará la conversión a todas las naciones

4. Él vive en la persona de los pobres

El Cristo de san Vicente, pese a seguir siendo «Señor» e «Hijo de Dios», vive en la persona de los pobres. Continúa sufriendo en ellos (IX, 1194).

El 13 de febrero de 1646, dice a las Hijas de la Caridad: «Al servir a los pobres, servís a Jesu­cristo. ¡Oh, hijas mías, qué gran verdad! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Esto es tan cierto como que estamos aquí» (IX, 240; cf. IX, 747s). Frecuentemente cita Mt 25,31-46 pa­ra subrayar la identificación de Jesús con los po­bres (cf. IX, 240.302.414.916; X, 931.933.950; XI, 393.404). «Esto es lo que os obliga a servirlos con respeto y devoción como a vuestros amos: que ellos representan para vosotras la persona de Nuestro Señor, que dijo. Lo que hagáis a uno de estos, el menor de mis hermanos, lo considera­ré como hecho a mí mismo» (IX, 916; cf. también IX, 1194; X, 950)

Debido a esta identificación con Cristo, los po­bres son nuestros «amos y señores,, (cf. IX, 125 916) Al esbozar las reglas para las Hijas de la Caridad, escribe que deberán “amarse profun­damente como hermanas a quienes Él ha unido con el lazo de su amor, y que deben amar a los pobres como si fueran sus amos, pues Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor (X, 680). Este mismo tema se lo repite a los sacer­dotes y hermanos de la Misión: «Vayamos, pues, a ellos, hermanos míos, y trabajemos con amor renovado en el servicio a los pobres y aún a los más pobres y abandonados, reconociendo ante Dios que ellos son nuestros amos y señores, y que nosotros somos indignos de rendirles nuestros humildes servicios» (XI, 273). El Cristo de Vicen­te, su «Señor y Maestro» ha de encontrarse por ello entre los enfermos, los presos, los galeotes, los niños abandonados y los desgarrados por las guerras de religión de su tiempo (IX, 1194).

Esta identificación con el prójimo sufriente es un tema destacado en Lucas: Act 9,4; 22,7; 26,14 «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»). Tam­bién está relacionado con el tema paulino del Cuerpo de Cristo (Rm 12,5; 1 Cor 10,17; Col 1,18; Ef 4,4; 5.231, y con el tema joánico sobre la uni­dad del amor de Dios y del prójimo (Jn 13,34s; Un 2,7s; 3,11.16.18.23s; 5,1-2; 2Jn 5-6).

II. El desarrollo de una “relación filial con el Padre y del amor al prójimo”

San Vicente escribe con precisión en una de sus cartas: la psicología de Jesús está reflejada en dos direcciones que lo abarcan todo: «su re­lación filial con el Padre y su amor al prójimo» (VI, 370).

1. Amor y reverencia al Padre y docilidad a su Pro­videncia

«Démonos a Dios», dice repetidamente san Vicente a sus sacerdotes vicencianos y a las Hi­jas de la Caridad. Tiene una gran confianza en Dios como Padre, en cuyas manos puede po­nerse junto con sus obras. El diario escrito por Juan Gicquel cuenta cómo Vicente dijo a los PP. Alméras, Berthe y Gicquel el 7 de junio de 1660, a sólo cuatro meses de su muerte: «Ser consu­mido por Dios, no tener bienes ni poder, si no es para consumirlos por Dios, esto es lo que Nues­tro Salvador mismo hizo, consumirse por el amor de su Padre» (X, 222).

San Vicente deseaba que el amor de Dios lo abrasara todo. A Pedro Escart le escribe: «Yo deseo intensamente que empecemos a despojamos completamente de todo afecto que no sea Dios, que estemos apegados a las cosas únicamente por Dios y según Dios, y que busquemos y es­tablezcamos su reino primero de todo en noso­tros y después en los demás. Esto es lo que rue­go a usted le pida que me dé… “ (II,89).

Puesto que Dios nos ama profundamente co­mo Padre, ejerce su continua Providencia sobre nuestras vidas. Muchas de las conferencias y es­critos de san Vicente hablan de la Providencia de Dios (implícita, y a veces, explícitamente, como Padre: cf. II, 398; III, 170; V, 374; VIII, 140); en otras muchas habla de la Providencia de Cristo para sus seguidores. En una carta a Bernardo Co­doing enfatiza la primera: «Lo demás vendrá a su tiempo. La gracia tiene sus momentos. Abando­némonos a la providencia de Dios y sea cuidadoso de no adelantarse a ella. Si le place a Dios darme algún consuelo en mi vocación es éste: que pien­so, me parece, que hemos tratado de seguir su providencia en todas las cosas” (II, 381). Lo mis­mo leescribe a Luisa de Marlllac: «¡Dios mío, hija mía, qué grandes tesoros hay escondidos en

la divina providencia y qué maravillosamente es honrado Nuestro Señor por los que la siguen y no dan coces contra ella» (I,131; cf. III, 177).

Hablando de la providencia del mismo Jesús para con sus seguidores, san Vicente dice a Juan Martín en 1647: «De este modo, padre, pidamos a Nuestro Señor que todo sea hecho según su pro­videncia; que nuestras voluntades se sometan a la suya de tal manera que entre Él y nosotros ha­ya solamente la unión que nos permita gozar de su amor singular en el tiempo y en la eternidad” (III, 177). En otra carta al fogoso Bernardo Co­doing, en 1644, le escribe: «El consuelo que meconcede nuestro Señor es el pensar que, por gracia de Dios, hemos tratado siempre de seguir y de no adelantarnos a la providencia, que bien sabe llevarlo todo al fin que Dios ha dete­rminado para ello» (II,383). Tres meses más tarde añade: «Y pregunta usted: ¿que vamos a hacer?. Haremos lo que quiere Nuestro Señor, que es mantenernos siempre pendientes de su providencia…” (II, 395).

La enseñanza de san Vicente sobre la providencia se basa en dos piedras angulares: 1. profunda confianza en Dios como Padre amoroso; 2. “indiferencia”, que es «querer sólo lo que quiere” (V, 385).

Se puede argumentar que este enfoque de la ­providencia es también un énfasis lucano. El espíritu del Padre y de Jesús está presente desde el principio en Lucas, guiando el curso de la historia. Él unge a Jesús con el poder de lo alto y dirige su ministerio y el de los apóstoles.

  • El espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará (1, 35)
  • recibido el bautismo, el Espíritu Santo descendió sobre él (3, 22)
  • Jesús, lleno del Espíritu Santo, fue Ilevado por el Espíritu al desierto (4, 1)
  • Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu Santo (4, 14)
  • el Espíritu del Señor está sobre mí (4,18)
  • Jesús exultó en el Espíritu Santo (10, 21)
  • vuestro Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida (11, 13)
  • quien blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado (12, 10)
  • el Espíritu Santo os enseñará en ese momento lo que debáis decir (12, 12).

Hoy está en revisión la idea de la providencia­, para articular una teología que, reconociendo varios niveles de causalidad, dé razón tanto de lo ­­racional como de lo irracional en la existencia humana, y pueda encontrar un sentido donde experimentamos caos, desorden, violencia. Una teología de la Providencia es una teología del sentido. Trata de salvar el abismo entre las polaridades de la experiencia humana: propósito/caos, salud/enfermedad, vida/muerte, gracia/pecado, amor/desamor, plan/confusión, paz/violencia. Los ministros de la providencia son hoy los hom­bres y mujeres que dan sentido y pueden hablar desentido. Docilidad a la providencia es una actitud de confianza reverente ante el misterio de Dios, tal como se revela en Cristo, en quien vida, muerte y resurrección están armonizados. La providencia está, al final, basada en la fe profunda y la confianza en un Dios personal cuya sabidu­ría guía todas las cosas. Una de las señales cru­ciales de esta fe es la oración confiada, como se verá más adelante. La confianza en la providencia también se manifiesta en la capacidad de ver más allá de los hechos particulares, la esencia más amplia, esperando con paciencia y perseverancia. Pero la providencia también es honrada, como lo indica san Vicente (V, 374: «Esperemos con paciencia, pero actuemos; y, por decirlo, apresurémonos despacio»), al usar medios que Dios nos depara para obtener nuestros fines. Si alguno tuviera la tentación de interpretar la enseñanza de san Vicente sobre la paciencia como una actitud pasiva, debería recordar las palabras del Fundador a Edmundo Jolly: “Ud es uno de los pocos hombres que honra grandemente a la providencia de Dios al procu­rse los remedios contra los males previsibles. Le doy gracias a Dios en mi humildad por esto y ruego a Nuestro Señor que continúe iluminándole cada vez más para que esa luz se irradie a través de la Compañía» (VII,

2.- De pie ante el Padre en oración

San Vicente llama a sus seguidores a revestirse del espíritu de este Cristo que confía profundamente en el Padre y está constantemente ante El en oración. La oración será la fuente de la eficacia en todo lo que se haga: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo» (XI, 778). En medio de su actividad misionera, Jesús está siempre en contacto con el Padre. Jesús reconoce que el Padre es el autor de todo el bien que él hace (XI, 410) y constantemente busca su voluntad.

A esta luz, san Vicente dice a las Hijas de la Caridad: «… Nuestro Señor fue, sobre todo, un hombre de oración» (IX, 380). En las RC M X, , dice a los misioneros: «Aunque no podemos imitar del todo a Cristo, quien, además de orar de día, pasaba la noche en oración a Dios, le imita­remos, según lo permita nuestra debilidad”.

Vicente está absolutamente convencido de la importancia de la unión entre la acción y la contemplación que ve en Cristo. Decía a sus segui­dores que la estabilidad en la vocación y la con­tinua vitalidad de sus obras depende de la oración: «Dadme un hombre de oración y podrá hacerlo todo. Podrá decir con el Apóstol: Todo lo puedo en aquél que me conforta. La Congregación per­durará mientras sea fiel a la práctica de la oración, que es como una barrera inexpugnable que de­fiende a los misioneros de todo ataque» (XI, 778; cf. también II, 492; IX, 381). Repetidamente alude al tema lucano de que Jesús ora una y otra vez, mañana, noche y en todas las ocasiones im­portantes de su ministerio:

  • en el Bautismo (3, 21)
  • se retira a la soledad a orar (5, 16) al elegir a los Doce (6, 12)
  • antes de la confesión de Pedro (9, 18) antes de la transfiguración (9, 29)
  • les manda orar por más trabajadores para la cosecha (10, 2)
  • enseña a los discípulos a orar (11, 1)
  • ora en la última cena para fortalecer la fe de Pedro (22, 32)
  • ora en la agonía en el huerto (22, 41-47) ora en la cruz (23, 46)

En este sentido el evangelio de Lucas es lla­mado el “Evangelio de la Oración” y el otro libro de Lucas, los Hechos de los Apóstoles, continúa este tema.

El espíritu vicenciano comprende, según las Constituciones y siguiendo el ejemplo del mis­mo san Vicente, «ser contemplativos en la ac­ción y apóstoles en la oración» (C 42). Para san Vicente, éste es el único camino efectivo de apos­tolado: «Démonos completamente a la práctica de la oración, porque todo lo bueno nos viene de ella. Si perseveramos en nuestra vocación es gra­cias a la oración; si trabajamos con éxito, es gra­cias a la oración; si no pecamos, es gracias a la oración; si perseveramos en la caridad, si nos sal­vamos, todo es gracias a Dios y gracias a la ora­ción» (XI, 285s)

Las Constituciones de 1984 recomendaban varios medios para adelantar en el espíritu de ora­ción, dos de los cuales eran fuertemente desta­cados por san Vicente: la eucaristía diaria y la ho­ra de oración personal diarias.

3. La predicación de palabra y de obras

El amor de los que viven el espíritu vicenciano ha de ser tanto «afectivo como efectivo» (IX, 432.534.540; XI, 733). Tienen que servir a los po­bres «espiritual y corporalmente» (IX, 73.535; XI, 253.273).

San Vicente ve la evangelización como algo abarcador. Esto se ve claramente en los regla­mentos que dio a los varios grupos que fundó: la Congregación de la Misión, las Hijas de la Cari­dad, las Cofradías y las Damas de la Caridad.

Jesús viene «… a proclamar la libertad a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y libertar a los oprimidos, anunciar el año de salvación del Señor» (Lc 4,18). Viene a «salvar a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21; cf. Lc 1, 77). Ambos as­pectos de la misión de Cristo se enraízan en el corazón del ministerio de san Vicente.

La misión fue el trabajo fundamental del gru­po de sacerdotes y hermanos fundados por san Vicente. Apuntaba a la conversión y culminaba en el sacramento de la penitencia, principalmente en la confesión general (I, 122s.5501. Pre­sentaba este trabajo a los miembros de su Con­gregación como la vocación del Hijo de Dios.

AI atardecer de su vida, san Vicente recorda­ba con afecto el suceso que inspiró la fundación de la Congregación de la Misión: «Era el mes de enero de 1677, cuando sucedió esto; y el día de la conversión de san Pablo, que es el 25, esta se­ñora me pidió que tuviera un sermón en la igle­sia de Folleville para exhortar a sus habitantes a la confesión general. Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad, y luego les enseñé la ma­nera de hacerlo debidamente. Y Dios tuvo tanto aprecio de la confianza y de la buena fe de aque­lla señora… que bendijo mis palabras y toda aque­lla buena gente se vieron tan tocados de Dios, que acudieron a hacer su confesión general… Aquél fue el primer sermón de la Misión » (XI, 700).

En sus conferencias y cartas, con frecuencia se imagina un Cristo que tiende sus manos al pecador, con una esperanza confiada en su per­dón y enmienda. «¡Oh Salvador! ¡qué dicho­sos eran los que tenían la gracia de acercarse a ti! ¡Qué rostro! ¡Qué mansedumbre, qué cordialidad les demostrabas a todos, para atraer­los! ¡Qué confianza inspirabas a todos los que acudían a tu lado! ¡Oh, qué señales de amor!» (XI, 478). Frecuentemente se centra en el cora­zón de Jesús: «Echemos una mirada al Hijo de Dios. ¡Oh, qué corazón tan caritativo! ¡Qué lla­ma de amor!» (XI, 555) Por este amor tierno es

por lo que la Palabra se hace carne: «¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios!… Ese cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres priva­dos de su gloria y se sintió afectado por su des­gracia» (XI, 560).

En el evangelio de Lucas, a veces llamado «Evangelio de la Misericordia », el tierno am­or de Jesús por los pecadores es otro de los tema distintivos

  • la pecadora (7, 36-50)
  • la oveja perdida (15, 1-7)
  • la moneda perdida (15, 8-10)
  • el hijo pródigo (15, 11-32)
  • el fariseo y el publicano (18, 9-14)
  • Zaqueo (19, 1-10)
  • el buen ladrón (23, 39-43).

Pero en la mente de san Vicente, la liberación que Jesús ofrece a los pobres es una liberación integral. Por eso, envía a las Hijas de la Caridad a servir a los pobres «espiritual y corporalmente” 73.535; XI, 253.273). Organiza a las Cofradía de las Damas de la Caridad para trabajar por estos mismos fines. A los miembros de la Congregación de la Misión les pone sobre aviso de que no deben ­pensar en su misión en términos exclusivamente espirituales: «De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos; para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra» (XI, 393). Deben incluir en sus afanes a los enfermos, los huérfanos, los Iocos y ­hasta los más abandonados” (XI, 273).

Estas dos dimensiones de la misión de Jesús confluyen con frecuencia en los escritos de San Vicente; él ve la evangelización y la promoción del hombre como mutuamente complementarios: «En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a Nuestro Señor: -¿Qué es lo que has venidoa hacer a la tierra?. -A asistir a los pobres. -¿A algo más? -A asistir a los pobres… ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre?» (XI, 33s).

Hoy, la unión entre la evangelización y promoción humana, parte tan natural del espíritu de San Vicente, es uno de los pivotes de la doctrina social de la Iglesia.

III.- Cultivando las “facultades del alma de toda la Congregación”

San Vicente proclama que la Congregación, al seguir a Cristo, se tiene que caracterizar por sus cinco virtudes misioneras: sencillez, humil­dad, mansedumbre, mortificación y celo.

En su importante conferencia del 22 de agosto de 1659, san Vicente se concentra en estas virtudes, que fluyen de las máximas evangélicas “cuyo autor es Nuestro Señor Jesucris­to… Él las ha observado» (X1, 584). Dice a los miembros de la C.M. que estas cinco virtudes tienen que ser “las facultades del alma de la Congregación” (X1, 591; RC CM II, 14). En sus confe­rencias a las Hijas de la Caridad se centra igual­mente en la sencillez y la humildad como complementos de la caridad. Estas virtudes misione­ras son tan importantes que se les podría dedi­car un capítulo a cada una de ellas Ahora sólo hablaremos brevemente de ellas tal como san Vicente las veía en Cristo.

1.- Sencillez

El espíritu de Cristo (IV, 450) es un espíritu de sencillez que consiste en hablar la verdad (XII, CM II, 4), diciendo las cosas tal como son sin ocultar ni disimular nada (I, 309; V, 440) y refiriéndolo todo a Dios solo (XII, 463; RC CM II, 4). San Vicente está tan convencido de su importancia que la llama «mi evangelio» (IX, 546), “mi virtud más amada» (I, 310). «¿Sabéis dónde habita nuestro Señor? -pregunta- “Entre los sencillos” (­X, 726).

Vicente subraya aquí un tema básico del Nue­vo Testamento: la dedicación de Jesús a la ver­dad. El Evangelio de Juan enfatiza este rasgo de

  • Jesús es la verdad (4, 6)
  • los que andan en la verdad vienen a la luz (3,21)
  • la verdad os hará libres (8, 32)
  • Jesús da testimonio de la verdad (18, 37)
  • todo el que es de la verdad escucha su voz (18, 37)

Además de estos y otros textos joánicos (cf. Jn 1, 17; 4, 24; 5, 33; 14, 6; 16, 13; 17, 17), el Nuevo Testamento acentúa la dedicación a la ver­dad como imperativo moral basado en un dicho del Señor que aparece en contextos diferentes: «Decid sí, cuando sea sí y no cuando sea no (Mt 5, 37; cf Sant 5, 12; 2Cor 1, 17-20).

Hoy, como en tiempo de san Vicente, la sen­cillez significa hablar la verdad y es tanto una importante cualidad como una difícil disciplina, sobre todo cuando está en juego la propia con­veniencia y la verdad es comprometedora. Tal sinceridad o sencillez continúa siendo muy atrac­tiva al hombre moderno. Sencillez también signi­fica dar testimonio de la verdad, o la autenticidad personal que hace la vida coherente con las pa­labras. Hoy somos igualmente conscientes de que esto conlleva buscar la verdad como inves­tigadores más que poseerla como «propietarios». Como en tiempos de san Vicente, la sencillez comprende la pureza de intención y practicar la verdad a través de las obras de justicia y cari­dad, el llevar un estilo de vida sencillo y el uso de un lenguaje transparente, especialmente en la predicación. En la Iglesia contemporánea se pone mucho énfasis especialmente en progra­mas de formación, en integración (un equilibrio de los distintos valores vitales) que es otra forma de sencillez, o de integridad o de unicidad.

2. Humildad

La humildad, la virtud de Cristo (XI, 745), que él nos enseña «de palabra y con los ejemplos» (RC CM 7), conlleva el reconocimiento de que to­do bien nos viene de Dios (I, 235; VII, 90s). Im­plica la confesión de nuestra pequeñez y pecados (RC CM 7), junto con una exuberante confianza en Dios (111,256; V, 152). Vicente urge a la Com­pañía, sobre todo, a meditar en «este admirable modelo de humildad, Nuestro Señor Jesucristo» (XI, 274). Se maravillaba de cómo el Hijo de Dios ase vació de sí mismo» (XI, 411; cf. Fi 12, 71.

Aunque los otros evangelistas y Pablo desta­can la humildad (cf. Mt 20, 28; Mc 9, 35; Jn 13, 12-15; Fil 2, 5-12), éste es también un tema es­pecíficamente lucano, conectado con la llegada de la salvación a los pobres. Empezando por las na­rraciones de la infancia, Lc presenta la venida de Jesús a los humildes. Dios «miró a su sierva en su pequeñez» (1, 48); «destronó a los poderosos de sus tronos y levantó a los pobres en su lugar» (1, 52); porque todo el que se exalta, será humi­llado y el que se humilla será exaltado (11, 14; cf. también 18, 14). Jesús recuerda a sus discípulos que el que es de veras importante se hace pe­queño (22 ,26) y que Él está en medio de ellos «como el que sirve» (22, 27). También es Lc el que desarrolla, pone más énfasis en el desarrollo del tema de la exaltación a través de la humilla­ción (cf. 9, 22; 12, 50; 24, 7.26.46). En el libro de los Hechos, repite que ésta es la clave para en­tender las Escrituras (Act 8, 26-40).

Hoy, como en los días de san Vicente, la hu­mildad comprende el reconocimiento de que somos criaturas y redimidos, uno y otro signos del amor de Dios. Se manifiesta en la gratitud por los dones y en verlo todo como venido de la gracia. La humildad se hace concreta en el desarrollo de una «actitud de siervos», en la voluntad de em­prender tareas, incluso meramente manuales, al servicio del pobre. También se manifiesta en el de­seo de ser evangelizados por los pobres «nues­tros amos y señores», como dice san Vicente.

3. Mansedumbre

El mismo Jesús nos dice que Él es manso, es­cribe san Vicente (RC CM II, 6). Para san Vicente esta virtud tiene la habilidad de controlar la ira (XI, 475), sea suprimiéndola (XI, 476), sea expresán­dola (XI, 476) de una manera controlada por el amor (XI, 476s). Combina la suavidad y la firmeza (XI, 477). San Vicente escribe a santa Luisa de Marillac, el 1 de noviembre de 1637: «Si la dulzura de su espíritu necesita un poquito de vinagre, pí­dale prestado un poco de su espíritu a Nuestro Se­ñor. ¡Oh, señorita, qué bien sabía Él buscar el agri­dulce cuando era menester!» (I, 408).

Normalmente es el evangelio de Mateo el que cita Vicente al hablar de la mansedumbre de Je­sús (Mt 11, 29; cf 5, 5; 21, 5). Pero, aunque Lc nunca usa la palabra «mansedumbre» como tal, el tema es tan característico del tercer evangelio que Dante presenta a Lucas como «el escriba de la mansedumbre de Cristo» (De Monarchia, I, 18). La misericordia de Jesús ILc 3, 36s1, su amor (15, 1 s), sus palabras afables (4, 221 y su alegría (10, 21) difuminan en el evangelio de Lucas el áspe­ro cuadro pintado por Mc

Hoy, como en el tiempo de san Vicente, la mansedumbre conlleva la habilidad de controlar la ira de una manera positiva. Puesto que la ira es una energía natural que surge espontánea­mente dentro de nosotros cuando percibimos al­go como malo, puede ser bien y mal usada. Por desgracia, hay muchos «iracundos» en las co­munidades. Pero el ejemplo de san Vicente nos enseña que la ira puede ser usada para bien. Su escándalo ante la situación de los pobres fue una fuerza poderosa que le incitó a establecer las Co­fradías y las Damas de la Caridad, los Paules y las Hijas de la Caridad.

También el ejemplo de Vicente muestra que uno puede crecer en amabilidad y acogida. Con­fiesa que su inclinación personal era sombría, pe­ro «me convertí al Señor y le pedí con ahínco que me concediese un espíritu de benignidad y ama­bilidad. Y, con la gracia de Nuestro Señor, pres­tando atención a la supresión de los impulsos tur­bulentos de mi naturaleza, me he curado en par­te de mi triste disposición» (ABELLY, III, 177s).

Hoy la mansedumbre, igual que en tiempos de san Vicente, involucra un crecimiento en la amabilidad y receptividad que le caracterizaron a él, y también la capacidad de aguantar las ofen­sas con valentía e indulgencia.

4. Mortificación

Jesús es modelo de mortificación. «No per­damos de vista la mortificación de Nuestro Señor, viendo que, para seguirle, estamos obligados a mortificarnos siguiendo su ejemplo» (XI, 524). Vi­cente define la mortificación como la sujeción de las pasiones a la razón (IX, 694). En sus confe­rencias tiene un lugar preferente. En ellas, la des­cribe como la negación de los sentidos externos (vista, oído, gusto, tacto y olfato: IX, 41, 696, 770 846, 873.968; XI, 574), de los sentidos internos (entendimiento, memoria y voluntad: IX, 770, 846 873), de las pasiones del alma (de las que, para él, las más importantes son amor-odio, esperanza-desesperanza: IX, 848). Para motivar a sus co­munidades a practicarla, cita con frecuencia dichos del Nuevo Testamento que la recomiendan (cf. IX 169, 697s. 967).

Una vez más, el lector se dará cuenta de que éste es un tema prominente en Lucas, cuyo primer libro es a veces llamado «Evangelio de la Renuncia Absoluta»:

  • los discípulos lo dejan todo para seguir a Je­sús (5, 11)
  • deben tomar la cruz y seguirle (9,23)
  • no se puede poner la mano en el arado y volver atrás (9,26)
  • deben venderlo todo y darlo en limosnas (12, 33)
  • deben odiar padre, madre, esposa, hijos hermanos, hermanas, incluso la propia vida (14, 62)
  • tienen que renunciar a todo (14, 33)
  • Jesús ha de sufrir mucho antes de establecer el reino de Dios (17, 25)
  • era necesario que fuera crucificado (24, 46)
  • Cristo ha de sufrir para entrar en su gloria ­(24, 26)
  • tiene que sufrir y resucitar (24, 46).

Hoy día la mortificación es mal entendida y, por ello, impopular, tal vez debido a algunas distorsiones de los escritores espirituales en s­u teoría y práctica. Pero es un valor evangélico muy importante. El «ascetismo funcional» contemporáneo enfatiza que la mortificación es una renuncia de algo bueno por algo mejor. Conlleva definir nuestros fines y canalizar nuestras limitadas ­energías hacia ellos. También es, como lo expresa K. Rahner: «practicar la muerte», que es nuestra última renunciación. En su práctica puede c­onllevar cosas como: responder prontamen­te a las necesidades de la comunidad, particularm­ente la aceptación de los destinos; ser fiel a los deberes de nuestro estado en la vida y dar­les preferencia cuando entran en conflicto con otras cosas más agradables; trabajar fuerte, levantarse pronto por la mañana para fortalecer la oración de la comunidad; ser parcos en obtener y aceptar bienes materiales; ser moderado en la comida y la bebida; usar con sentido crítico la televisión, la radio, el cine y otros medios de comuni­cación social; reprimir expresiones críticas y que causan división; ser moderados en pedir privilegios; buscar la compañía de los que nos son menos agradables tanto como la de los que nos atraen; dar generosamente de nuestro tiempo para tomar parte en los procesos modernos pa­ra tomar decisiones.

5.- Celo

El celo es el amor ardiente que llena el corazón de Jesús. «Pidamos a Dios este espíritu para toda la Compañía, este corazón, este corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, que nos dispone a ir como Él iría y como El habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a trabajar por la conversión de las na­ciones pobres» (XI, 190). El fuego del amor ha­bilita al misionero para ir a cualquier parte y hacer todas las cosas: «Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de Jesucristo» (XI, 123). «El amor de Cristo nos empuja» (2Cor 5, 14) se convierte en el lema de las Hijas de la Caridad.

El celo es la virtud de la acción misionera. «Si el amor de Dios es el fuego, el celo es su llama; si el amor es el sol, el celo son sus rayos» (XI, = 33). Su fin es «extender el reino de Dios». Es el amor en acción. «Amemos a Dios, herma­nos míos -clama Vicente a los misioneros- amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros bra­zos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor a Dios, de com­placencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo» (XI, 733).

El amor efectivo, encendido en el deseo de extender el reino de Dios, es naturalmente el meollo del Nuevo Testamento. Es también la virtud por la que Vicente de Paúl es mejor conocido y en servicio de la cual organizó a tantos hombres y m,ujeres. Se podrían citar muchos textos del Nuevo testamento (cf. Mt 25, 31-46; Rm 13,8; 1 Cor 13,13) que apuntan su importancia. Tal vez los más numerosos sean los del conjunto de textos de Juan (cf. Jn 3,16; 13,34s; 1Jn 2, 10; 3,16.18.23; 4,7s.11. 19-211 5, 1 s).

San Vicente contrapone el celo genuino a sus dos extremos: la pereza (o falta de fervor) y el entusiasmo indisciplinado (RC CM XII, 11). La pri­mera aparece escondida bajo la capa de preocu­pación por la propia salud; el otro, dice, enmas­cara con frecuencia el egoísmo o la ira y puede resultar en daño propio y de los demás. Acerca de este último tuvo que poner sobre aviso a Lui­sa de Marillac (1, 158), y a sus cohermanos Ber­nardo Codoing y Pedro Escart (II, 116).

Hoy el celo se presenta como «disponibili­dad», o voluntad de ir a donde sea para servicio del evangelio. Es un amor que es «inventivo has­ta el infinito» (XI, 65) y es, por ello, creativo, per­severante y fiel. Por ello, la persona de celo, so­bre todo en tiempos de cambio, se entrega a la formación continuada para adaptarse a nuevas obras o nuevas circunstancias o a la «modernidad» dentro de su vida (como «una segunda profe­sión» o «el retiro»). El celo, al ser contagioso y expansivo, se manifiesta también en un anhelo de trabajadores para la cosecha.

Los dos extremos de los que habló san Vicen­te también tienen ropajes contemporáneos. La «in­sensibilidad» aparece hoy con frecuencia como lo que los filósofos contemporáneos llaman ainaten­tividad» (Incapacidad para percibir o ser afectado por los clamorosos problemas del mundo moderno, tal como la disparidad creciente entre ricos y po­bres), uno de los grandes pecados modernos. El «entusiasmo indiscriminado» sigue apareciendo bajo la forma de trabajo excesivo y agotamiento.

Una palabra para terminar. El espíritu vicen­ciano aquí descrito, si ha de permanecer vivo y, por tanto, verdadero espíritu, debe, por una par­te, estar firmemente enraizado en la tradición vicenciana y, por otra, estar continuamente reno­vándose en cada época histórica. Las formas con­cretas en que este espíritu toma cuerpo pueden, y a veces deben, cambiar y variar significativa­mente de tiempo en tiempo. Por esta razón la Con­gregación debe, a través de una meditación llena fe sobre el evangelio y una atención creativa a las necesidades de los pobres y del clero, permane­cer en un estado continuo de renovación (C 2).

Robert P. Maloney, C.M.
“Diccionario de Espiritualidad Vicenciana”

 

Javier F. Chento

Laico vicenciano español. Dos veces graduado por la Universitat Oberta de Catalunya (en Secretariado de Dirección y en Contabilidad). Bilingüe español/inglés. Dirige y mantiene varias páginas Webs cristianas y vicencianas, entre ellas Somos Vicencianos. Es músico católico y ha publicado varios discos. Trabaja como informático, ofreciendo servicios de alojamiento, diseño y mantenimiento Web, así como asesoramiento, formación y soluciones informáticas, gestión documental y digitalización de textos, edición y maquetación de libros, revistas, flyers, etc. Twitter: @javierchento. Facebook: JavierChento

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