La Congregación de la Misión: vicencianos en la misión de la Iglesia de hoy

Vicencianos…

Los miembros de la Congregación de la Misión no son otra cosa que seguidores de Jesucristo, pues “Jesu­cristo es la Regla de la Misión” (XI 429). De entre los muchos modos de seguimiento de Cristo que han surgido a lo largo de la historia de la Iglesia, los que apelan a san Vicente de Paúl como su fundador tienen un modo pecu­liar y propio, no de invención humana (XI 326), pero sí vivido y encarnado por un hombre del siglo XVII que res­ponde al nombre de Vicente de Paúl. (Esta afirmación vale también para los miembros de todas las instituciones de inspiración vicenciana, pero aquí sólo hablamos de la Congregación de la Misión.)

El modo de seguimiento de Jesucristo de este hombre se define suficientemente y adecuadamente por la expre­sión “evangelizador de los pobres”. Ser vicenciano hoy significa tratar de reproducir en la propia vida la experien­cia evangélico-espiritual que vivió este hombre hace más de trescientos años.

No basta, pues, para ser vicenciano el pertenecer a la con­gregación fundada por él. Hace falta revivir, dentro de la congregación que él fundó, la experiencia espiritual de se­guimiento de Jesucristo que fue el motivo de la fundación. Si bien desde el punto de vista jurídico todos los miembros de la Congregación de la Misión son miembros por igual (Const. C.M.,52), no todos lo son por igual en cuanto a la apropiación vital del espíritu del fundador en la vida propia. Hay una diversidad de grados de participación en ese espíri­tu. Se es vicenciano, de hecho y “en espíritu y en verdad”, en la medida en que se es evangelizador de los pobres.

El primer paso para tratar de revivir la experiencia espi­ritual de san Vicente es conocer esa experiencia; conocerla teóricamente, saber en que consistió, no sea que uno aca­be, por confusión o por ignorancia, reviviendo en su pro­pia vida la experiencia de algún otro fundador (por poner un ejemplo, la experiencia de san Ignacio de Loyola) que, aparte las raíces evangélicas, tiene poco en común con el fundador propio. Por ello, ni la Congregación de la Misión en su conjunto, ni un miembro de ella en particular, puede pretender vivir el espíritu vicenciano sin tomarse la mo­lestia de tratar de conocer en qué consistió ese espíritu. Por suerte o por providencia, hoy tenemos medios abun­dantes y de fácil acceso para un adecuado conocimiento teórico del espíritu del fundador.

No basta, por supuesto, con conocerlo teóricamente, como quien intentara apropiarse las ideas de, por ejemplo, Platón. Pues la experiencia espiritual de san Vicente no es una teoría, ni filosófica ni teológica, sino una experiencia de vida, revivir esa experiencia es lo que le hace a uno vi­cenciano. Hay que conocer teóricamente el espíritu vicen­ciano, pero hay sobre todo que vivirlo, haciendo así vida y carne lo que se llama conocimiento en el lenguaje semítico propio de la Biblia.

Para tratar de vivir hoy la experiencia espiritual del fundador hay que empezar por donde empezó el fundador: por una conversión o renuncia a cualquier suerte de ego­centrismo. En su caso se trataba de un egocentrismo per­sonal y familiar: el sacerdocio considerado como un bien de y para la propia persona y la propia familia (I 88-89). En el caso de su seguidor puede tomar también la forma de egocentrismo sacerdotal, comunitario o familiar (el in­terés por la comunidad o por la familia antes que por el bien de los pobres o del reinado de Dios), o de egocen­trismo personal en cualquiera de sus formas, incluso en la forma de preocupación preferente por la salvación propia o por la propia santidad, cuando esa preocupación se ante­pone a las exigencias de la evangelización de los pobres.

No se trataba en el caso de san Vicente de una conver­sión o renuncia de corte meramente ascético que tuviera que ver ante todo con la santidad de la persona. Se trataba de una conversión o renuncia para dedicar su vida (y su sacerdocio) a seguir a Cristo en su trabajo de redención de los pobres. En este tema es importante aclarar un malen­tendido. Con frecuencia se dice que no fueron los pobres quienes le llevaron a dedicar su vida a seguir a Cristo, sino que fue Cristo quien le llevó a los pobres. Aunque esto sea cierto teológicamente, pues toda conversión es siempre una gracia en que la iniciativa parte de Dios, sicológica-mente no es así, ni lo fue en la vida de Vicente de Paúl.

Hay que insistir en esto, pues de otro modo el vicencia­no en potencia se creería con derecho a esperar que Cristo mismo le lleve hacia los pobres para reproducir en este se­gundo paso la experiencia del fundador. Pero el fundador mismo empezó por dedicarse a los pobres (Clichy, tierras de los Gondi, Folleville, Chátillon) y en el contacto con ellos y en la dedicación a ellos fue descubriendo poco a poco lo que Cristo quería que él hiciera con su vida y con su sacerdocio. El seguidor de san Vicente vivirá primero entre los pobres y empezará a dedicar su vida a ellos (ciertamente por iniciativa previa y oculta de Dios) con la humilde esperanza de que los pobres le revelen el verdade­ro rostro de Jesucristo y lo que éste pide de él.

Aunque la renuncia y conversión debe ser muy perso­nal e individualizada, el fruto de ella resultante, la dedica­ción plena de la propia vida a los pobres, se vivirá no co­mo una experiencia exclusivamente personal, sino comu­nitaria. Todas las instituciones de san Vicente, aun las más laicas, proponen una experiencia de seguimiento de Jesu­cristo para la evangelización de los pobres en comunidad y en equipo. Parafraseando lo que Tertuliano decía de los cristianos (unus christianus, nullus christianus), el que trabaja por su cuenta y riesgo y por propia iniciativa a fa­vor de los pobres será posiblemente un evangelizador de los pobres, pero no un evangelizador de espíritu vicencia­no: unus vincentianus, nullus vincentianus.

San Vicente proponía a los miembros de su congrega­ción como objeto central de su piedad la devoción a los misterios de la Trinidad y de la Encarnación (Reglas comu­nes, X 2). No los proponía sólo como objetos, aunque fue­ran centrales, de su piedad, sino ante todo como los princi­pios animadores de su vida comunitaria de evangelizadores. Comunitaria: pues en la vida de amor mutuo de la Santísima Trinidad deben los miembros de la Congregación de la Misión encontrar modelo e inspiración para su propia vida común (XI 549), vida que debe ser “in morem carorum amicorum” (R.C.,VILE 2). Esta última idea, que quiere su­gerir la radical fraternidad, igualdad y afecto que deben rei­nar en las comunidades de la Congregación de la Misión, como reina en la vida ad intra de la Trinidad, debe encon­trar hoy una manifestación añadida (que no era tan evidente en los tiempos del fundador) en la práctica de la correspon­sabilidad (Const. C.M. 24,2°;37,1-2;63;96;97,2 et passim). En cuanto a la vida ad extra, los miembros de la congrega­ción encontrarán en la encarnación del Verbo el modelo per­fecto de lo que significa encarnarse en el mundo de los po­bres para hacer posible que llegue a ellos la Buena Noticia.

Otros muchos elementos hay en la enseñanza y en la práctica del fundador necesarios para completar el perfil acabado de lo vicenciano y del vicenciano (oración, votos, regularidad de la vida común…). Todos ellos habría que añadirlos para diseñar un tal perfil de una manera cabal. Pe­ro serán sólo adornos si no se superponen y no se integran en los tres rasgos fundamentales que acabamos de señalar: conversión del egocentrismo; a los pobres/Cristo; en comunidad.

…en la misión de la Iglesia…

Los miembros de la Congregación de la Misión, pues son seguidores de Jesucristo, son miembros de la Iglesia Católica, y son en ella convocados también, como todos los demás fieles, a llevar a cabo su misión, que no es otra que la del mismo Cristo. Pero son llamados a hacerlo “de un modo peculiar” (Const. 10), pues dentro de lo que define la mi­sión general de la Iglesia, en continuidad con la misión de Jesucristo como “opción preferencial por los pobres”, a la Congregación de la Misión le corresponde, por iniciativa y llamada de Dios, una opción no preferencial, sino exclusi­va. En efecto, los miembros de la Congregación de la Mi­sión se distinguen (se distinguían en tiempos del fundador) porque se dedican “sólo a los pobres” (XI 387).

A todo sacerdote ha recordado siempre la Iglesia, y se lo recuerda hoy también, que “aunque se debe a todos, se le encomiendan de modo particular los pobres y los más débiles” (Presbyterorum ordinis, 6). Esto vale también, por supuesto, para los sacerdotes de la Congregación de la Misión. Pero con una pequeña modificación exigida por su “modo peculiar” de ser sacerdotes: a ellos se les enco­miendan sólo los pobres y los más débiles. La dedicación a los pobres deber ser el centro y el alma de su vida sacer­dotal, y los pobres el objeto único de su acción pastoral, de manera directa o indirecta (indirecta: formación del clero, atención a las hijas de la caridad…: XI 392). Al presbítero de la Congregación de la Misión pertenecen también las tres competencias del sacerdocio cristiano: el ministerio de culto (sacerdote), de régimen (rey), y de anuncio (profeta). Pero la competencia más propia de este presbítero, el presbítero vicenciano, es la tercera, la profético-evangeli­zadora. En ésa se debe especializar, ésa es la suya propia. Por ello no debería resultar escandaloso el que por espe­cializarse, como debe, en la tercera, sufran las otras dos en su vida pastoral una cierta atrofia. En tiempos de san Vi­cente había sacerdotes de su congregación que no sabían administrar el sacramento del bautismo (ministerio de culto-sacramentos), hecho que no sorprendía demasiado al mismo fundador (XI 576). Por otro lado, ninguno de ellos (con la excepción de los poquísimos que tenían ministerio parroquial) ejercía la potestad de régimen en sentido es­tricto sobre el pueblo fiel.

Todo ello se debía a que en la visión del fundador los miembros de su congregación debían ser, aunque fueran sacerdotes, ante todo misioneros-evangelizadores-profetas, que podían decir con todo derecho como san Pablo, a quien el fundador admiraba tanto: Wo me ha enviado el Señor a bautizar, sino a evangelizar” (1Cor 1,17). Lo que debería ser completado así: a evangelizar a los pobres. Y esto último significa “no solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer las cosas predi­chas y prefiguradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio” (XI 391).

Pero ni siquiera la denominación “sacerdotes-misioneros” o “sacerdotes-evangelizadores” definía con precisión, ni de­fine hoy, la figura del vicenciano. Una tal definición dejaría fuera a los hermanos coadjutores, que son vicencianos por el mismo título que sus hermanos sacerdotes. La denominación adecuada para definir con precisión a todo vicenciano, sacer­dote o no, es la de misioneros-para-los-pobres. Esto también lo pueden ser, lo deben ser, los hermanos.

Por testimonio escrito de Barcos, sobrino de Saint­Cyran y admirador de san Vicente, sabemos que a los sa­cerdotes de la congregación del señor Vicente les gustaba ser conocidos en su tiempo como “los sacerdotes de los pobres” ( “ils se nomment les Prestres des pauvres”; cursivas en el original: Defense de feu M. Vincent…, 1668, p.61). Si hoy se pudiera decir de ellos lo mismo, podría estar segura la Congregación de la Misión de que mantie­ne con todo rigor la fidelidad a su fundador; podría estar segura de que es plenamente vicenciana, cumpliendo así en el contexto general de la misión de la Iglesia la parte que le corresponde como propia.

…de hoy: Vicencianos para la nueva evangelización

A. Un nuevo celo

Como elemento motor para la nueva evangelización que necesita el mundo de hoy Juan Pablo II ha pedido un celo renovado. Aunque el celo es un fervor apostólico, una cualidad del alma celosa, no puede por su naturaleza mis­ma limitarse a ser una cualidad del alma, una especie de fervor puramente espiritual-sicológico, sino que se expre­sará hacia el mundo en actitudes concretas y en la acción.

En nuestro caso el celo renovado por la evangelización de los pobres deberá primero llevar al alma vicenciana a encarnarse, como Cristo, en el mundo de los desheredados. Esto no se puede hacer desde la lejanía física ni desde el cielo empíreo, sino caminando por los campos de Galilea o por las tierras de los Gondi. La cercanía debe ser personal, pues se fundamenta en una conversión personal hacia los pobres. Pero debe ser también comunitaria, pues comunita­ria es la misión vicenciana. Todo lo que aleja al vicenciano o a la comunidad vicenciana del contacto directo con los pobres pondrá trabas y obstáculos a lo que un verdadero celo exige para la nueva evangelización de los pobres.

Cercanía física personal y comunitaria; y, aún más im­portante, solidaridad. Pues el acercamiento físico a los po­bres, la “inserción” en su mundo o “encarnación” entre ellos debe brotar, como brotó en el modelo que es Cristo, de una convicción de que la salvación personal (la resu­rrección en el caso de Cristo) se la juega el evangelizador vicenciano en el trabajo por la salvación de los pobres. Se la juega y se la consigue (IX 241). Si la pobreza espiritual es siempre, y la material casi siempre, efecto y fruto del pecado personal o social, al evangelizador no le queda más camino que, como Cristo, “hacerse pecado” (2Cor 5,21; Rm 8,3) y solidarizarse con las víctimas del pecado propio o ajeno para ayudarles a liberarse de él.

Esta solidaridad exige y lleva consigo ante todo el co­nocimiento de los pobres en sentido bíblico, conocimiento práctico y de vida. Pero también exige un conocimiento teórico. A ello apuntan las constituciones de la Congrega­ción de la Misión cuando sugieren “atención… a las cau­sas de la desigual distribución de los bienes en el mundo” (12,2°), o sea, a las causas de la injusticia, así como de la desigualdad y pobreza que resultan de ella. Las causas más profundas de la injusticia serán siempre de tipo teológico, pues en la raíz misma de la injusticia y de la desigualdad se encontrará siempre el pecado, personal o estructural. Para el conocimiento de estas “causas” se suele proveer al sacerdote católico, también al vicenciano, de una forma­ción suficientemente adecuada.

Pero el pecado, personal o estructural, nunca es abstrac­to, sino “encarnado”; encarnado en circunstancias biográfi­cas personales o en circunstancias histórico-sociales. Un conocimiento de estas circunstancias o causas ayudará mu­cho al evangelizador para tratar de liberar de ellas a sus víctimas. Lo cual quiere decir: no le bastará al evangeliza­dor una formación de tipo teológico, por fundamental e im­prescindible que éste sea; necesitará, además, algún tipo de formación social, y ello “para cumplir mejor con la función profética de evangelizar “(Const. C.M., 12,2°).

Pues el alma vicenciana ha de saber (y ello por herencia que procede del fundador mismo, a la que hay que añadir la visión que tiene de este tema la Iglesia de hoy) que su tra­bajo de evangelizador debe buscar el desarrollo integral, como se dice hoy, del pobre, y no sólo, aunque éste sea el más importante, el desarrollo “espiritual”. Para esto segun­do, decíamos, se suele formar suficientemente al miembro de la Congregación de la Misión. Pero no para todo lo que exige hoy un desarrollo integral. No creemos ser injustos con la historia de la Congregación de la Misión si afirma­mos que en el conjunto de ella (excepto en los tiempos del fundador mismo) el trabajo por la redención espiritual ha sido “inflacionario” si se lo compara con lo que se ha hecho por la redención “material” de los pobres.

Para expresarlo en términos teológicos: la función sa­cerdotal-cultual ha predominado con mucho, en el con­junto de la historia de la Congregación de la Misión (sobre todo, naturalmente, en la vida diaria de sus presbíteros), sobre la función profética, que debería haber sido, por he­rencia del fundador, la privilegiada, pues en ella reside el carisma propio de los vicencianos dentro del conjunto de la misión de la Iglesia.

Todo esto que venimos diciendo se puede ilustrar con el caso de las misiones populares, que en tiempos del funda­dor y por enseñanza de él mismo (Reglas comunes, XI,10) ocupaban el lugar central en la actividad pastoral de su con­gregación. (Aunque no ha sido así en la historia posterior de muchas provincias. Las constituciones actuales, n.14, vuel­ven a recordar el lugar privilegiado que debe ocupar esta forma de evangelización de los pobres en el conjunto de las actividades apostólicas de la congregación).

En los tiempos del fundador las misiones populares, que en cuanto a los temas de predicación eran cierta­mente de contenido catequético-moral-‘espiritual’, in­cluían como dimensión importante, incluso como resul­tado final del proceso catequético-misionero, la funda­ción de una cofradía de caridad para la asistencia también espiritual, pero sobre todo material-corporal de los en­fermos pobres; y no sólo de los enfermos pobres, sino también, por ejemplo, de los niños y de los jóvenes po­bres, a quienes las cofradías proveían de una formación artesanal como medio para ganarse la vida y salir así de la pobreza extrema (X 629 et passim).

Este aspecto de evangelización-redención “material” fue desapareciendo con el paso del tiempo; no se sabe por qué ni cuándo, pero la mayor parte de las misiones que se han dado en la mayor parte de los países en la primera mitad del siglo XX, e incluso muchas de las que se han dado y se siguen dando en la segunda mitad, han perdido este elemento “material” prácticamente del todo.

No ha sucedido así, por gracia de Dios, en las misiones ad gentes, en las que la labor de evangelización “material” ha sido casi siempre intensa. Por gracia de Dios y por las circunstancias del caso. Pues muchas veces en las misiones populares en países cristianos no aparece tan claro que la población que las recibe, aunque tal vez sea espiritualmente pobre, sea a la vez pobre materialmente. Pero en los países no cristianos no existe el peligro de que los beneficiarios de la pastoral vicenciana no sean objeto propio de una misión verdaderamente vicenciana. Pues en esos países (con la po­sible excepción del Japón) pobreza espiritual y pobreza material van inseparablemente juntas. Por eso es de alabar el interés que muestran las constituciones, n.16, y otros do­cumentos posteriores de la Congregación de la Misión por ese aspecto que pertenece de lleno a la herencia vicenciana desde los tiempos del fundador (Madagascar…).

La Congregación de la Misión no debe esperar a que vengan a ella los pobres. Debe, por el contrario, ir como el Buen Pastor a su busca. Pero hoy los pobres se encuentran mayoritariamente no por lo general en los países cristianos (aunque sí en algunos casos) donde sí se encuentran mayo­ritariamente los miembros de la Congregación de la Mi­sión, sino en los no cristianos y en los ‘pueblos que se hallan en parecido estado de evangelización” (Const. 16). Un celo verdadero y renovado no podría dejar de mani­festarse también en un desplazamiento de bienes y de per­sonas vicencianas hacia esos países y esos pueblos.

B. Nuevos métodos

Además de un celo renovado Juan Pablo II indica que la nueva evangelización que el mundo necesita se deberá manifestar en métodos nuevos para hacer llegar el invaria­ble mensaje evangélico a los hombres de hoy. La novedad de los métodos viene exigida por la novedad de la situa­ción histórica del mundo contemporáneo.

Toda novedad de métodos en la pastoral vicenciana de hoy deberá tener en cuenta necesariamente el contenido fundamental del espíritu vicenciano: la evangelización es­piritual-material de los pobres en seguimiento de la misión y de la persona de Jesucristo. Esto es lo invariable; ése es el vino siempre viejo y siempre nuevo para el que habrá que diseñar odres adecuados.

El primer paso para la renovación de los métodos, y si no el primero ciertamente un paso imprescindible, es de ca­rácter negativo: el abandono de obras de apostolado que “en la actualidad han dejado de responder a la vocación de la congregación” (Estatutos C.M., 1). La formulación de este número es muy cuidadosa y tiene muy en cuenta el as­pecto histórico. Pues puede haber, y las hay, obras de la congregación que empezaron como obras netamente vicen­cianas que con el paso de los años acabaron por ser obras de evangelización, posiblemente, pero no de evangelización de estilo vicenciano. Tal, por ejemplo, la que empezó siendo una humilde escuela parroquial para niños de emigrados y acabó siendo una universidad de altos vuelos. O bien la pa­rroquia de suburbio para obreros proletarios que terminó por asistir religiosamente a los descendientes de esos pro­letarios convertidos hoy en confortable clase media. O el santuario mariano al que inicialmente acudían gentes senci­llas y periféricas, pero que hoy, en el centro de la ciudad, es el templo favorito de gentes devotas de la Virgen, muy bien vestidas y muy bien perfumadas.

Entre las características que dan las constituciones de la Congregación de la Misión, n. 12, para definir el carácter vicenciano de una obra de apostolado no se da ninguna de carácter histórico. O sea: con esas constituciones en la mano, no se puede alegar la historia de una obra, por larga y gloriosa que sea esa historia, para mantenerla como obra propia de la Congregación de la Misión. Si hoy no es ya de carácter vicenciano, o bien se transforma con “nuevos” métodos el carácter de la obra y se hace vicenciana de nuevo, o se la abandona. Mantenerla,tior razones de histo­ria cuando no hay posibilidad alguna de transformarla, o cuando no se sabe cómo hacerlo, supondría condenar a los destinados a ella a vivir una dedicáción apostólica que tal vez sea propia de la Iglesia en general, pero que está al margen de la vocación vicenciana y de la misión propia de la congregación que fundó san Vicente de Paúl.

El contenido del voto de estabilidad (n.39) obliga de lle­no y en primer lugar, por supuesto, al que ha hecho el voto. Pero sobre los superiores mayores recae (pues en sus manos está el poder de decisión última de transformación de obras y de destino de personas) la enorme responsabilidad de que sus hermanos encuentran en las obras a que son destinados las condiciones necesarias descritas en las constituciones para que puedan cumplir lo que se comprometieron a hacer cuando hicieron el voto de estabilidad.

Las constituciones de la Congregación de la Misión ofrecen muchas llamadas a la renovación de métodos en nuestros apostolados tradicionales: misiones populares (nn.2;14), formación del clero y de laicos (n.15, estatutos 2,5,6,7§3,8,9,12…). No es función de las constituciones, y por eso no lo hacen, el indicar los nuevos métodos necesaríos para responder adecuadamente a las exigencias de la nueva evangelización. El descubrir nuevos métodos se deja en manos de las provincias, de las comunidades lo­cales, y de cada uno de sus miembros (nn.22-23).

Sí aparece en las constituciones un método de evange­lización de los pobres que parece nuevo en la historia de la Congregación de la Misión. Nos referimos a lo que las constituciones definen como “cumplir las exigencias de la justicia social” (n.18), “acelerar la llegada de la justicia social”, “el fomento de la justicia” (Estatuto 9). Se inclu­ye esta idea en las constituciones porque sin duda piensan éstas que el trabajo por la justicia constituye también un “método” para “hacer efectivo el evangelio” y sus exigen­cias a favor de los pobres. Se trata en efecto de un método nuevo de evangelización si se mira a la historia de la Con­gregación de la Misión de, digamos, los dos o tres últimos siglos, pero que ya existía en la teoría y en la práctica del fundador mismo y en su enseñanza a los miembros de su congregación.

La Congregación de la Misión tiene, desde los tiempos del fundador, una larga historia de más de tres siglos en la que el trabajo de asistencia caritativa y el de promoción espiritual y social de los pobres ha sido muy apreciable. Pero no se puede decir del conjunto de esa historia (del conjunto, pues ha habido muy hermosas excepciones) que haya estado presente, en ella y en la conciencia de sus miembros, el trabajo por la justicia social como método de llevar a cabo la evangelización de los pobres. Por ello cali­ficamos de nuevo a este método tal como aparece en las constituciones de la Congregación de la Misión.

C. Nueva formación

Nos referimos en este apartado no a la formación hu­mana en general, ni siquiera a la formación en la fe o a la formación teológica, sino a la formación específicamente vicenciana, pues estamos tratando de definir el lugar que ocupa la misión vicenciana dentro de la misión general de la Iglesia.

El primer paso, imprescindible, sería un conocimiento adecuado de san Vicente mismo, de sus ideas y de su práctica. Ya hemos tratado arriba de este punto, y por ello no lo volveremos a elaborar aquí. Sólo quisiéramos añadir que es importante que en la formación de los jóvenes vi­cencianos al menos se eviten algunos errores de bulto que se han cometido en el no muy lejano pasado. En una pro­vincia de las más numerosas de la Congregación de la Mi­sión, allá por la década de los cincuenta, se adoctrinaba en el seminario interno a los jóvenes acerca del muy impor­tante tema de los votos extrayendo ideas y explicaciones de un manual escrito ¡por un autor franciscano! Hay hoy esparcidos por el mundo tal vez doscientos misioneros, o más, que tuvieron que sufrir una tal experiencia en un tiempo decisivo para su formación vicenciana. Ahora bien, apenas si hay un aspecto en el que la visión vicenciana se diferencie tanto de la franciscana, o de cualquier otra or­den religiosa, como en el aspecto de los votos.

El segundo elemento básico para una adecuada forma­ción vicenciana es un conocimiento teórico y práctico, so­bre todo este segundo y comenzando por él, del mundo de los pobres. También de esto se habló arriba. Sólo habría que añadir aquí que este elemento no puede faltar en ningún estadio de la formación vicenciana, ni siquiera en el primero, el tiempo del seminario interno.

El tercer elemento sería algún tipo de especialización pastoral-social. Este tercer elemento vale también, natu­ralmente, para los hermanos coadjutores, pues también ellos son misioneros (Const. 52 §1) de los pobres (cfr. Es­tatuto 40). Pero habría que tenerlo en cuenta de manera especial en la formación de los miembros sacerdotes, pues como la formación sacerdotal general es tan larga y tan compleja se acaba pensando que el sacerdote vicenciano está ya suficientemente formado cuando se ordena. Pero esto no es así. Por ello se exige hoy una formación perma­nente que dure toda la vida. La formación sacerdotal gene­ral suele proveer, en líneas generales, ya se dijo arriba, de una formación suficientemente adecuada para comenzar una vida de dedicación pastoral de tipo general. Pero para la pastoral de tipo vicenciano esa formación no es sufi­ciente. Le falta la especificación propia, que nos parece no puede dejar de ser una especificación de tipo social, dada la naturaleza secular-social de la vocación vicenciana y la naturaleza social de la pobreza.

La nueva formación en este tercer aspecto no puede dejar de ser práctica, como se ha observado repetidas ve­ces. La mejor manera de conocer a los pobres es trabajar entre ellos. Esto se ha hecho a lo largo de toda la historia de la Congregación de la Misión en mayor o menor grado, y se sigue haciendo aún. Lo que nos parece ha faltado en buena medida en esa historia ha sido una reflexión siste­mática sobre lo que se estaba haciendo, una profundiza­ción teológico-teórica que brotara de esa praxis y la hicie­ra a la vez más honda y más amplia.

No faltaba esa reflexión en tiempos del fundador. Ahí están para atestiguarlo los doce tomos de cartas y de con­ferencias, sobre todo estas últimas. Pero no creemos ser injustos del todo con la historia posterior de la Congrega­ción de la Misión si afirmamos que en el conjunto de ella la reflexión teológica ha sido más bien escasa. Véase, por ejemplo, la pobreza en contenidos teológicos de la mayor parte de las circulares de los superiores generales y de los documentos de las asambleas generales durante los siglos XVIII y XIX.

La actividad pastoral no puede limitarse a ser espontá­nea e irreflexiva, pues tiene que ver con realidades teolo­gales que la enmarcan, la justifican y le dan hondura. Sin esa reflexión la acción pastoral corre el riesgo de conver­tirse en mera acción social o en mero activismo. Para dar mayor sustancia y mayor alcance a su trabajo pastoral propio la Congregación de la Misión necesita, en suma, una teología, una reflexión teológica, como la tenía en tiempos del fundador.

No se quiere decir con esto que tiene que crearse por sí misma una teología, aunque no estaría nada mal que lo hi­ciera si fuera capaz de ello. Le bastaría con conocer y asi­milar, de entre las ideas teológicas existentes en este tiem­po, las que parecieren más adaptadas para iluminar lo es­pecífico de su misión. La doctrina social de la Iglesia po­dría ser una mina inagotable de ideas inspiradoras y de principios para una tal empresa. No se olvide que aunque encíclicas posteriores han ensanchado el campo original de la doctrina social (con temas tales como la paz interna­cional, la guerra justa, la defensa de la vida, etc.), ésta na­ció de una incuestionable opción radical por los pobres:

“Es urgente proveer al bien de las gentes de condición humilde, pues es la mayoría la que sufre una situación mi­serable ” (encíclica Rerum novarum, 1).

Se podría también pensar, en el campo estrictamente teológico, en teologías que nacen como reflexión teórico-práctica sobre la praxis de una opción similar por los pobres. Hay hoy teologías de ese estilo. Baste pensar como ejemplo en las ideas más seguras de los mejores teólogos de la libe­ración. En ellas podría hoy la Congregación de la Misión encontrar una base sólida para tratar de dar hondura teológi­ca a su acción pastoral específica en el mundo de hoy.

Jaime Corera, C.M.

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