San Vicente de Paúl y la castidad

I.- Introducción

La vocación de san Vicente se desarrolla a principios del siglo XVII, en el que la libertad de costumbres no era problema ni siquiera para la gente de Iglesia. No nos ha dejado ningún diario íntimo, en el que conste el estado de sus sentimientos, de sus tentaciones, pero admiramos el perfecto equilibrio al que logró llegar. Teniendo que frecuentar el mundo de los grandes y de la corte, los respeta sin dejarse impresionar; conoce las comidillas de las familias de los grandes, tan difícil resulta mantener en secreto las relaciones sospechosas y bastardas. Pero, al mismo tiempo, es testigo de la extraordinaria floración de santidad que brota en la primavera de aquel siglo: el desarrollo en Francia de los Carmelos bajo la influencia de la señora Acarie, el despliegue de las Visitaciones con la señora de Chantal. También su virtud (de él), a imagen de su amigo el señor obispo de Ginebra, está hecha de equilibrio: ni mojigatería, ni candidez imprudente.

Tiene un ascendiente extraordinario sobre las mujeres. Tuvo la ocasión de frecuentar aquella mujer admirable como fue la señora de Gondi: efectivamente, debió de estar adornada de muchas virtudes, para que él se atreviese a compararla con la santísima Virgen (cfr. DC, 958). Ciertamente había tenido, cuando su cautividad, el episodio de aquella mujer mora, que se extasiaba al oírlo cantar unos cantos o hablar de su fe, mas nosotros sabemos bien poco de todo eso.

En casa de los Gondi, el señor Vicente experimenta su influencia. Percibe que la señora de Gondi depende demasiado de él. Va a poner sus distancias y a desaparecer. Esta cura de ausencia de su director hará el mayor bien a la señora de Gondi, y permite al señor Vicente descubrir su camino. E„s la señora de Gondi, la que, con su intuición, va a lanzar al señor Vicente hacia lo que va a ser su vocación: la Misión. También des-pués de la muerte de ella el señor Vicente hablará siempre de la señora con agradecimiento, como nuestra fundadora (según los varios significados de esta palabra).

Después de la señora de Gondi, Luisa de Marillac se pone bajo la dirección del señor Vicente. Confiándole poco a poco unas responsabilidades, va a hacer de una persona titubeante, escrupulosa, una persona decidida y activa.

Por medio de esos dos casos, el señor Vicente va a vislumbrar la función extraor­dinaria de las mujeres en la transformación de la sociedad. Con ellas, va a buscar soluciones a los problemas sociales, a los que son más sensibles que los hombres. La creación de las Damas de la Caridad, después las Hijas de la Caridad, es una intui­ción de su genio, pero, al mismo tiempo, la respuesta práctica y generosa de las mis­mas mujeres, a las necesidades de su tiempo, que ellas han sentido en lo más pro­fundo de sus corazones.

La influencia del señor Vicente en las mujeres estaba dotada de una extrema pru­dencia. No se permitía ninguna familiaridad en relación con ellas, y manifestaba la más grande reserva en su modo de ser y de actuar. Se había impuesto como norma no hablar mano a mano, a solas con una mujer sin la presencia de un tercero, o cuan­do menos, sin dejar la puerta del recibidor abierta. En esta materia, cualquier habla­duría, aunque sea sin fundamento, deja huellas en los espíritus; estaba persuadido de que nunca había que dar lugar a la malignidad pública motivos para murmurar. Citaba como ejemplo a nuestro Señor, que permitió que lo acusaran de varios vicios: seductor, borracho, endemoniado. Pero, a pesar de que entre sus discípulos hubo mujeres, jamás sospecharon de que fuera ligero, cuanto menos de que fuera vicioso en su conducta.

El señor Vicente recomienda a sus cohermanos que no den jamás lugar a la male­dicencia o calumnia en su conducta. Toda insinuación maligna sobre este asunto, incluso aunque fuera sin fundamento, será extremadamente perjudicial al ministerio del sacerdote y le hace perder la confianza de los fieles. El señor Vicente conoce el estado digno de lástima del clero en ciertas diócesis. Cuenta a este propósito de un obispo pesimista, que cree que hay en su diócesis más de 10.000 sacerdotes borra­chos o concubinarios, lo cual, aún exagerándolo, parece mucho. Ciertamente, Alano de Solminihac le escribe que, a la muerte de su vecino, el obispo de Rodez, los sacerdotes de la ciudad episcopal se difundieron por las tabernas, colgando sus sota­nas en las ventanas, bebiendo a la salud del difunto, y volviendo de nuevo con sus concubinas (III, 269).

El señor Vicente recomienda a sus sacerdotes los medios clásicos: una gran reser­va en el ministerio acerca de las mujeres, la mortificación de los sentidos en el beber y en el comer, la oración y la devoción a la santísima Virgen. A las Hijas de la Cari­dad, en sus relaciones infracomunitarias, les recomienda que sólo tengan afecciones sobrenaturales, orientadas al amor de Dios y al servicio de los pobres.

La reserva y la prudencia del señor Vicente, con todo, no excluyen la expresión de sentimientos humanos por lo que toca a las personas con quienes uno se cartea. Con bastante frecuencia usa, por lo que toca a tal o cual cohermano, la expresión:

«Le abrazo, le quiero más que a mí mismo» (III, 26, 35); y a otro: «Hablo al buen Fonteneil como al corazón de mi corazón» (I, 311). Llega hasta a escribir: «El padre Delville a quien quiero más que a mí mismo un millón de veces» (III, 228). A Luisa de Marillac, que firma: «Su pequeña hija y servidora» (III, 238) o también: «Su muy obligada hija», le responde: «Mi corazón ya no es mi corazón, sino el suyo en el de nuestro Señor, que deseo sea el objeto de nuestro único amor» (I, 225-226); o también: «Sólo la muerte es la que me impedirá ser, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde servidor» (I, 423-424). Esto no impide cierta guasa: “Prepárese a una buena reprensión» (I, 213), quiere decir que le tiene que hacer unas observaciones; o también: «Procure conservarse bien a pesar de su catarro y no haga tanto esta vez» (I, 253); o bien: «Le ruego esté siempre alegre, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad, que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza» (I, 499).

Por lo que respecta a la Madre de Chantal, le manifiesta un respeto y un afecto del todo filial. Le escribe sobre sus cohermanos de Annecy: «Nuestra digna Madre, que es tan madre mía como si fuera la única, a quien honro y amo con más ternura que jamás hijo alguno tuvo para con su madre después de nuestro Señor. Con este espíritu filial, mi querida Madre, le doy las gracias por todos sus favores maternales que les concede a sus queridos hijos misioneros suyos» (II, 72 ss.).

Así pues, san Vicente ha sabido, en la dirección y los consejos que ha dado, guardarse de una austeridad jansenista, y de extravagancias ridículas, como aquéllas en las que caerá cincuenta arios más tarde Fénelon en sus relaciones espirituales con la señora Guyon.

Nos señala un camino de sabiduría, en el que haremos bien inspirarnos sin dejar-nos impresionar por la evolución de las costumbres. Tiene en las mujeres una confianza llena de imaginación, pero su reserva es tal que él no se impone, deja obrar a la gracia y hacer por medio de ellas cosas grandes. Está totalmente entregado a la Misión y al servicio de los pobres: ése es su único amor, todo lo demás queda subordinado. ¡Ojalá pueda ser así en nosotros!

II.- San Vicente y la Castidad

A primera vista, san Vicente parece negativo, cuando se refiere a la virtud y al voto de castidad. Fácilmente se puede comprender esto: sus misioneros se exponían a peligros; enviaba a sus Hijas por las calles o por el campo de batalla. No hay ejemplo de eso», dirá el Procurador General a Santa Luisa (IV, 10).

Si Pedro Coste registra las llamadas a la prudencia (de san Vicente), guarda de los sentidos (XI, 127,682); desconfianza ante el otro sexo (VI, 126; VIII, 206, 219; IX, 96); sobriedad (XI, 92, 127, 683); evitar la ociosidad (XI, 648); como otras tantas barreras o guías, la oración (IV, 551; XI, 127); la humildad (IX, 951-952; XI, 94), nos invita a ver más lejos y a descubrir en san Vicente tres elementos dinamizantes: Una castidad vivida en Jesucristo. Una castidad vivida para el ágape. Una castidad vivida con la Virgen.

2.1.- Una castidad vivida en Jesucristo

En la conferencia del 12 de diciembre de 1659, acerca de «la Castidad», san Vicente empieza por la lectura del capítulo IV de las Reglas Comunes de los misioneros, que presenta de entrada a Cristo casto:

«El Salvador del mundo ha demostrado muy bien hasta qué extremo llegaba su amor a la castidad y cómo deseaba inculcarla en el corazón de los hombres, ya que quiso pasar por encima del orden que había establecido en la naturaleza, para nacer, por obra del Espíritu Santo, de una Virgen inmaculada. Y sintió tan grande horror del vicio contrario que, aun­que permitió que le imputasen falsamente los crímenes más enormes, para verse lleno de oprobios, por el deseo que de ellos tenía, sin embargo, no se lee que nadie, ni siquiera sus mayores enemigos, le censurase nunca ni lanzase siquiera la sospecha de este vicio; por tanto, es muy conveniente que la Congregación tenga un deseo singularísimo y ardentísi­mo de esta virtud y que en todo tiempo y lugar haga profesión especial de practicarla con toda perfección. Y es preciso que tengamos en ello tanto más interés, cuanto que nuestras ocupaciones en la Misión nos obligan más estrechamente a tratar casi continuamente con los seglares de uno y de otro sexo. Por eso, cada uno pondrá por su parte todo el cuidado, la diligencia y precaución posibles para conservar enteramente esta castidad, tanto en lo que se refiere al cuerpo, como en lo que atañe al alma» (XI, 677-678).

«Nuestra Regla indica como primer motivo la gran distancia que nuestro Señor quiso que hubiera entre él y todo lo que es contrario a la castidad, hasta el punto de que, al tener que hacerse hombre, no quiso que fuera por la vía ordinaria, sino de una forma extraordinaria, por medio del Espíritu Santo. Su madre siguió siendo virgen y fue siempre casta, y fue el Espíritu Santo el que obró esta gran maravilla.

Un segundo motivo, no menos importante, mencionado igualmente en nuestra Regla, es que nuestro Señor, tanto durante los treinta arios que vivió familiarmente con su padre y su madre, trabajando en su taller (lo que dio motivo para que se dijera: «Nonne hic est faber et fabri filius?»), como después de haberlos dejado para predicar su evangelio, con tanto éxito, que todo el mundo lo seguía, hombres y mujeres, aunque trataba con los unos y con las otras, a pesar de que sus enemigos lo calumniaban y le dirigían mil reproches y mil acusaciones, llamándole impostor, borracho, endemoniado, etc., nunca jamás permi­tió que lo acusaran de algo en contra de la castidad» (XI, 679-680).

A las Hijas de la Caridad, san Vicente les recuerda que Cristo es su divino esposo.

2.2.- «Nuestro Señor por esposo»

«Fijaos bien, hijas mías. Al entrar en la Compañía, escogisteis a nuestro Señor por esposo y él os ha recibido como esposas, o mejor dicho, os prometisteis con él; luego, al cabo de cuatro años, poco más o menos, os entregasteis a él por completo, por medio de los votos, de forma que sois sus esposas y él es vuestro esposo. Y como el matrimonio no es sino una donación que la mujer hace de sí misma a su marido, también el matrimonio espiri­tual que habéis contraído con nuestro Señor no es más que la entrega que le habéis hecho de vosotras mismas» (IX, 784-785).

2.3.- «Es un fuego que hace arder»

«¡Salvador mío! Quien pudiera ver el amor que tienes a las almas buenas sería imposible que no se viera arrastrado por amor a un esposo que quiere con tanto cariño a sus esposas. Es un fuego que hace arder a todos cuantos se le acercan como es debido» (IX, 1145).

2.4.- Una castidad para el ágape

San Vicente desconfía del amor captativo (eros) y elige para él y los suyos el amor de Dios (Ágape): «La caridad es ir a Dios».

«Pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar a mi prójimo, como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo. Ésa es mi obligación» (XI, 553-554).

Toda castidad está concebida en función del otro y de los demás. Ella libera y fecunda el alma.

a) Una castidad liberadora

La adhesión a Cristo postula una liberación de todos los apegos humanos. San Vicente lo explica a sus hijas, a propósito de la «indiferencia».

«Esto es lo que dice vuestra Regla, que lleva el título de» indiferencia»: «No tendrán apego a cosa alguna y, particularmente, a los lugares, empleos o personas, ni aun a sus mismos parientes y confesores; estarán siempre dispuestas a dejarlo todo de buena gana, cuando se les ordene, acordándose de que nuestro Señor dice que no somos dignos de él si no nos renunciamos a nosotros mismos y si no dejamos a nuestro padre, madre, hermanos y hermanas para seguirlo».

Esto es lo que dice la Regla, que es tan importante para las Hijas de la Caridad, que no sé de ninguna casa religiosa que tenga tanta necesidad como vosotras de practicar lo que con-tiene; y esto es más necesario todavía para personas de vuestro sexo. El despego de los parientes, de los lugares y, en general, de todas las cosas, os es tan necesario, que sin él no podéis cumplir con el deber de vuestra vocación» (IX, 773-774).

«El apego, hijas mías, no es más que el afecto desordenado a alguna cosa que no es Dios; pues, propiamente hablando, apego quiere decir un afecto continuo del corazón hacia alguna criatura, que hace que le neguemos a Dios el amor que le debemos, y que apartemos de él lo que le habíamos prometido voluntariamente. ¿No somos realmente unos desgraciados al dar nuestro afecto a una criatura, después de habernos dado a Dios? Al entrar en la Compañía, él les concedió al mismo tiempo la gracia de separaros del mundo, de esa masa corrompida. ¿Para qué? Para que fueran sus esposas y para poneros en una Compañía que cuida con tanto cariño. Después de esto, ¿no os parece una gran infidelidad apegarnos a alguna cosa que ni siquiera vale la pena que la miremos?» (IX, 775).

«Hemos dicho que el apego es un afecto a alguna criatura que no se ama por amor de Dios, sino por algún otro motivo. Pues bien, no debemos amar nunca nada a no ser por amor de Dios; si sentimos ese amor, tiene que ser por amor de Dios, pues no es lícito amar ninguna cosa más que a Dios, o por Dios. Si una Hermana quiere a otra Hermana, es preciso que sea por causa de su virtud y por las gracias de Dios que hay en ella. De la misma forma, si un padre ama a sus hijos, si les procura algún bien, es menester que lo haga por amor de Dios, que se los ha dado y que quiere que los ame. Pero que yo quiera más a ésta porque es mi paisana, o a aquélla porque sigue mis inclinaciones, ¡qué apego tan dañino! Es un apego peligroso que tenéis que evitar, bien sea en la actualidad, bien en los que pudieran presentarse, a fin de no amar jamás ninguna cosa más que a Dios o por amor de Dios.

Mis queridas Hermanas, ¡qué hermoso es esto: no tener afecto más que a Dios, ser libres y desprendidas de las criaturas! Hijas mías, si nuestro Señor os concede la gracia de adquirir esta costumbre, el cielo os mirará complacido. ¡Cuánto agradaréis a Dios, que se complace en ver a un alma que no ama otra cosa más que a él. ¿Cómo no va mirar a una Compañía, que ha hecho él mismo, viéndola toda llena del deseo de hacerse agradable a los ojos de su divina Majestad, que se desprende de todo por amor suyo? Esto hace que se complazca en derramar sus gracias sobre todas las que se encuentran en ese estado y que ponga en ellas toda su complacencia» (IX, 776-777).

b) Una castidad fecunda

«Pero nuestra entrega en función del amor de Dios a nosotros y que nosotros le debemos manifestar, es inseparable de un verdadero afecto a los pobres. De esta forma, las Hijas de la Caridad encargadas de los Niños expósitos pueden legítimamente sentir «gusto y afecto». ¡Son madres!

«Será una grandísima ayuda para conseguir vuestra salvación esa caridad ejercida con esas pobres criaturitas, a las que les dais la vida, o mejor dicho, les conserváis la que Dios les ha dado por el cuidado que de ellos tenéis. ¡Hijas mías, qué felicidad! Reconoceos muy indignas de esta gracia, y procurad haceros dignas de ella, por temor de que Dios no os la quite para dársela a otras, que harían mejor uso de ella y estarían más agradecidas a su bondad.

Además del mérito y de la recompensa que Dios da por servir a esos niños, motivos suficientemente poderosos para servirlos con cuidado y diligencia, está algunas veces la satis-facción que se siente, y yo estoy convencido que sentís muchas veces gran cariño para con ellos. Hijas mías, nunca os lo diré demasiado, estad seguras de que nunca lo ofenderéis amándolos mucho; son sus hijos y el motivo que os ha hecho poneros a su servicio es su amor. No sería lo mismo, si fuerais ustedes madres en el mundo, ya que muchas veces el amor natural de las madres a sus hijos es ocasión de pecado; además, ellas tienen no pocas penas y sufren mucho con este motivo. Pero ustedes, hijas mías, seréis madres razonables, si veláis por las necesidades de esas criaturas, las instruís en el conocimiento de Dios y las corregís con justicia, acompañada de mansedumbre. Así es como seréis verdaderas y buenas madres. Y ¿qué es lo que sucederá, hijas mías? Esos niños se acostumbrarán de tal forma a la virtud, que fácilmente se inclinarán al bien y darán a conocer el poder de Dios que produce buenos frutos de árboles malos» (IX, 142-143).

2.4.- «No hay que dejar de reconciliar a las almas con Dios»

El sacerdote de la Misión, obligado a predicar la castidad y de inculcarla al pueblo, debe tener una gran castidad (XI, 682). Pero debe saber arriesgarse; testi­go quien, tentado por el ministerio del confesonario, no debe sacrificar la misión a la dificultad:

«El candor con que me expone usted todas sus preocupaciones es una gracia de Dios, y yo le deseo además una nueva, la de la paciencia. No durará mucho ese abatimiento de espí­ritu; se trata de un nubarrón que pronto pasa. El hombre es como el tiempo, que nunca está lo mismo, y quiero creer que después de haberme escrito su carta, ya habrá sentido usted algún alivio. Si esos pensamientos proceden del espíritu maligno, a usted no le gustaría aceptar lo que él pretende, que es cansarle del servicio de Dios y privar a las almas de los auxilios que reciben de su presencia en ese sitio; y si esas preocupaciones vienen de Dios, es usted demasiado suyo para rechazar lo que él le presente y demasiado experimentado en los movimientos de su gracia, para no darse cuenta de que su voluntad se encuentra en las tribulaciones. Los santos se han visto probados de diferentes maneras y ha sido con su paciencia en medio de las dificultades y con su perseverancia en las santas empresas como han logrado salir victoriosos. Lo sabe usted muy bien, padre, y yo sé también que no quie­re ir a Dios por otro camino distinto del que él le traza.

Si el ejercicio del tribunal de la confesión le causa en parte esas tribulaciones, no por ello hay que dejar de seguir reconciliando a las almas con Dios; la de usted no encontrará, dejan­do el confesonario, ese descanso que busca, ya que la paz sólo se encuentra en el cumpli­miento de la voluntad de Dios, que conoce usted por medio de la obediencia» (V, 581-582).

Otro ejemplo: unas Hermanas destinadas a Calais, para asistir a los soldados heri­dos, mueren en su trabajo. El riesgo está en destinar a otras cuatro. ¡Su cosecha será grande…a pesar de las dificultades!

2.5.- «Ofrecerse para ir a exponer su vida»

«Una de ellas, de unos cincuenta años, vino a verme el viernes pasado al hospital, donde yo estaba, para decirme que había sabido que habían muerto dos Hermanas en Calais, y que venía a ofrecerse para ser enviada en su lugar, si me parecía bien. Le dije: «Hermana, pensaré en ello». Y ayer vino a saber la respuesta que iba a darle. Fijaos, hermanos míos, qué gran celo demuestran esas pobres Hermanas, al ofrecerse de ese modo. ¡Ofrecerse para ir a exponer su vida como víctimas, por amor a Jesucristo y por el bien del prójimo! ¿Verdad que es admirable?» (XI, 353-354).

III. Una castidad vivida con la santísima Virgen

Naturalmente, María es para san Vicente un modelo de castidad perfecta:

«¡Bendito sea Dios, hijas mías! Os digo esto para animaros ala práctica de esta virtud, y para daros a conocer que, si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la santísima Virgen. Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo. Esta modestia, mis queridísimas Hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres. Hijas mías, ¡qué peligroso es esto! Desconfiad siempre de vosotras mismas, y seguramente adquiriréis esta modestia tan necesaria» (IX, 97).

3.1.- «Bajo el estandarte de tu protección»

Ella es, pues, para todas las obras de ustedes, la patrona obligada, especialmente, de la Compañía de las Hijas de la Caridad:

«Ruego a nuestro Señor que os bendiga y os llene de su espíritu, para que en adelante viváis de ese mismo espíritu, humildes y obedientes como él. Así es, mis queridas Hermanas, como podréis vivir de su vida. ¡Oh Salvador! Te pido que estas Hermanas no vivan más que de tu vida por la imitación de tus virtudes. Hijas mías, para obtener esta gracia recurramos a la madre de misericordia, la santísima Virgen, vuestra gran patrona. Decid-le: «Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que permites que te llamemos Madre nuestra, y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular» (IX, 1147-1148).

Para él, la Inmaculada Concepción establece en María la creación restaurada, vacía de sí misma, llena de Dios, símbolo del trabajo espiritual que cada uno debe desempeñar (por ejemplo, en el momento de la comunión).

3.2.- «La purísima e inmaculada Virgen María»

«Previó, pues, que, como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que la tomase de una mujer digna de recibirlo, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante sus ojos a todas las mujeres que habría en el mundo, y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada Virgen María. Por eso, se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó con todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de pre-ver nosotros el día y la disposición requerida para recibirlo! ¡Cómo hemos de adornar cuidadosamente nuestra alma de las virtudes requeridas por este tan alto misterio y que podemos adquirir por la devoción! El Espíritu Santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella, y quiso escoger la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo» (X, 43).

3.3.- «Una de las causas principales de su castidad»

La devoción de la Virgen y la virtud de la castidad están naturalmente unidas. Así fue en el caso de un cohermano célebre, el P. Pillé.

«Habría que oírlo a él mismo hablar de ella; sus palabras eran capaces de inspirar esta devoción a los demás, especialmente, cuando hablaba de su Inmaculada Concepción, del gran poder que tiene ante su Hijo y de los grandes milagros que ha hecho en favor de muchas personas. Pero lo principal era que imitaba sus virtudes y exhortaba a los demás a hacer lo mismo. Creo que esta devoción ha sido una de las causas principales de su castidad, de la que ya hemos hablado, y que la Virgen le concedía todo lo que le pedía» (II, 284-285).

IV.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios quedará sin recibir mucho más al presente y, en el tiempo venidero, vida eterna (Lc 18, 29-30). «La castidad es una actitud, que tiene su fuente en una visión de fe y se manifiesta como una expresión del amor». Ese mucho más prometido por el Señor desde ahora:

  • ¿En qué signos lo reconocemos?
  • ¿Estamos persuadidos de que todo lo que vivimos cada día en el amor viene de Dios?
  • ¿Qué medios empleamos para ser cada vez más conscientes de eso?
  • ¿Cada vez más imbuidos de eso?

2. Quien ama a su hermano permanece en la luz, y no tropieza (Jn 2, 10). «Las personas que aman a Dios están especialmente capacitadas para amar al hom­bre, para darse a él de forma desinteresada y sin límites» (Juan Pablo II). La experiencia nos demuestra que amar en verdad no es fácil:

  • ¿Cómo asu­mimos nuestras riquezas, nuestros límites y las tensiones que de ello derivan?
  • ¿Qué es lo que hacemos personal y comunitariamente para movernos a amarnos más?
  • ¿A amar mejor?
  • ¿Qué caminos se han de abrir, más allá de nuestras familias y desde nuestras comunidades?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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