San Vicente de Paúl y la experiencia

I.- Introducción

Cuando la realidad cotidiana no responde a lo que se espera, a veces nos está permitido soñar, y los descubrimientos de mundos nuevos a fines del siglo XV al XVI abrieron a los hombres de aquel tiempo, las puertas del ensueño. Así, Tomás Moro en su «Utopía» y Tomás Campanella en su «Ciudad del Sol» imaginan un mundo perfecto, según el ideal de ellos. A finales del siglo XVI, los jesuitas intentaron, en tierras de los Indios Guaraníes, levantar una ciudad perfecta, que sólo en el cielo adquirirá su realización perfecta y lo lograron durante casi dos siglos.

Al lado de esos idealistas, el señor Vicente, parece de un realismo a ras de tierra. Ha quedado marcado por la dura experiencia de su infancia campesina, pues en ella el pan sólo se gana «con la fuerza de los brazos y el sudor de la frente». En las tierras arenosas y pantanosas de sus ‘andas natales, adonde llevaba el ganado, aprendió a no adelantar un paso, sino cuando el precedente estaba bien seguro. Toda su vida estará señalada por esa referencia constante a la experiencia. Y cuando es preciso andar por un terreno nuevo, empieza poco a poco: primero se hace un ensayo, y si tiene éxito, se amplía la experiencia a una realización más amplia. Por ejemplo, los retiros de los Ordenandos, que empezaron modestamente, evolucionan hasta llegar a una organización de seminarios propiamente dichos. O también, las Reglas Comunes que propone a los Sacerdotes de la Misión fueron —lo dice al presentarlas— ensayadas poco a poco y experimentadas durante treinta y tres años a lo largo de la vida diaria.

Para él, la «experiencia humana» deducida de la lectura de los acontecimientos cotidianos de la existencia no permanece en el claro oscuro de las realidades humanas, se ilumina con una luz procedente de más allá.

Joven estudiante, después joven sacerdote, el señor Vicente pisaba sobre la experiencia humana que adquiría. Se servía de los acontecimientos para lanzarse poco a poco hacia unas ambiciones «que su temeridad no le permitía nombrar»; como el que practica la escalada, se sirve de todos los recursos que le ofrece la pared rocosa para encaramarse hasta la cima.

Pero, de repente, él tan atento a lo real, encuentra al mismo Jesucristo, no ya en la cima de una ascensión mística, ni en una serena meditación sobre la grandeza del Verbo Encarnado, sino en el pobre, en el niño abandonado, en el enfermo, el galeo­te. Ha visto a esa gente en su miseria y no la puede olvidar. Porque a través de los pequeños acontecimientos de esos encuentros, ha tropezado con el Acontecimiento central, alrededor del cual bascula toda la historia humana: Jesús traicionado, tortu­rado, condenado a muerte, pero también resucitado y vivo: acaba de encontrarlo, de tener experiencia de ello.

También en el fulgor de luz de ese encuentro, toda su vida va a bascular, al ser­vicio de los pobres. Como Pascal, su contemporáneo, Vicente ve desde entonces «al Hijo de Dios en agonía hasta el fin del mundo», pero no está preparado «para dor­mirse durante todo ese tiempo».

Todos los acontecimientos que marcarán a continuación su experiencia serán leídos e interpretados en función de este Acontecimiento central, que da sentido a toda su vida.

¿Encuentran las Hermanas los pobres repulsivos y salvajes? «Dad vuelta a la medalla y veréis en ellos al Hijo de Dios en su pasión».

¿Le gusta a un obispo meterse en pleitos? «Recuerde, monseñor, que el Hijo de Dios que quiso meterse en pleito y sin embargo lo perdió».

¿Otro quiere usar de rayos canónicos contra unos religiosos recalcitran­tes?…»Eso es lo que hizo Dios contra su pueblo y ¿qué consiguió? Por fin, tuvo que enviar a su propio Hijo, que sufrió y murió».

¿Hay compañeros que están enfermos? «Son más útiles para los trabajos de la Compañía, porque participan más de cerca, en lo vivido por nuestro Señor, que ha hecho más bien sufriendo que obrando».

He ahí a dónde le ha conducido la experiencia al señor Vicente, «interpretar todos los acontecimientos» a la luz de ese acontecimiento central, el encuentro de Jesu­cristo, que ha alcanzado de un aletazo las cimas de lo alto de las que todas las cosas toman el valor de eternidad.

II.- San Vicente y la experiencia

La vida es el libro de cabecera de san Vicente. Habituado a la observación desde su primera juventud, se revela pronto como un hombre de experiencia (1). Poco a poco su alma de sacerdote se modela en el curso de los acontecimientos; por los arios 1613-1616, enriquecido con una serie de experiencias, se vuelve resueltamente a los pobres y a Dios (2). Su conocimiento de fe se convierte en una experiencia, una vida a imitación de Jesús, un corazón al estilo del de Jesús (3). Esta experiencia de amor, lejos de separarlo de los pobres, lo impulsa a él y a los suyos, a «abrazar los corazo­nes de los hombres», y a encontrar a Dios en ellos (4).

2.1.- El hombre de experiencia

«Por la palabra se conoce lo que hay en el corazón. Lo digo por experiencia, pues no sé de mejor medio para edificar al prójimo que tener cuidado con nuestras palabras» (IX, 680).

«Aunque todos los sacerdotes estén obligados a ser sabios, nosotros estamos especial­mente obligados a ello… aún cuando demuestre la experiencia que los que obtienen más éxito son los que hablan con más familiaridad y sencillez popular» (XI, 50).

«La experiencia nos enseña que los predicadores que predican según las luces de la fe, impresionan más a las almas que los que llenan sus discursos de razonamientos humanos y de motivos filosóficos» (XI, 724).

Todas esas apelaciones a la experiencia coinciden con su mentalidad campesina. San Vicente encontró en sus orígenes rurales una facultad de observación inigualable:

2.2.- Dios es una fuente de experiencia.

«Dios nos concede sus gracias según las necesidades que de ellas tenemos. Dios es una fuente de la que cada uno saca el agua según sus necesidades Como una persona que necesita seis cubos de agua, saca seis; si necesita tres, tres; un pájaro que sólo necesita un sorbo, no hace más que sorber; un peregrino en el hueco de su mano saca para saciar su sed: lo mismo pasa con nosotros cuando acudimos a Dios» (XI, 37).

2.3.- ¿A quién no le gustaría más ser arroyo, que ciénaga?

«También Dios da al principio satisfacciones, pero luego nos va poniendo en los aprietos y tormenta de las tentaciones y pruebas. Una persona que ha oído hablar de las cosas del mar decía que, cuando se ven marchar en orden una gran cantidad de delfines, saltar sobre las aguas, y ver cómo se posan en el mástil una multitud de pajarillos, se siente gozo; pero luego, cuando falta el agua, el pan y los víveres, todo son fatigas y preocupaciones. El agua de la ciénaga, por estar siempre en reposo, está corrompida, cenagosa y maloliente; por el contrario, los arroyos y las fuentes, que corren con agilidad por entre las piedras y las rocas, son aguas mansas y hermosas. ¿A quién no le gustaría más ser arroyo que cié­naga, aunque sea a costa de tropezar con las piedras?» (XI, 68).

«He visto por experiencia, que los del norte están mucho menos sujetos a dejarse llevar por la pasión, por los movimientos de cólera, y que los del sur y los de estos países más cálidos lo están más» (XI, 129).

III. La experiencia interior

El camino seguido por san Vicente nos es bien conocido. En cuanto llega a París, en 1608, experimenta la injusticia por la que los pobres están a menudo abrumados.

«Hay una persona en la Compañía que, habiendo sido acusada de robar a un compañero, y habiendo sido tratado de ladrón en toda la casa, aunque no era verdad, no quiso sin embargo justificarse, sino que pensó dentro de sí al verse falsamente acusado: «¿Te justificarás tú? Ahí tienes una cosa de la que te acusan, a pesar de no ser cierta. ¡No!, se dijo elevándose hasta Dios, es preciso que lo sufra con paciencia». Y así lo hizo. ¿Qué pasó después? Esto es lo que sucedió: al cabo de seis meses, encontrándose el ladrón a cien leguas de allí, reconoció su falta y escribió para pedir perdón. Mirad, Dios quiere a veces probar a las personas, y para ello permite que sucedan estas cosas» (XI, 230).

Hacia 1611, el señor Vicente se encuentra con un teólogo o doctor entregado a la ociosidad y a las dudas. Quiere curarse de eso. Al final de los argumentos y los consejos, toma una decisión capital: ofrecerse a Dios para tomar sobre sí aquella tentación. Experiencia limpiadora: su fe se forja en el horno del sufrimiento.

3.1.- Entregarse durante toda su vida.

«Finalmente, pasaron tres o cuatro arios en aquella dura prueba, y el señor Vicente siempre gimiendo ante Dios bajo la pesadumbre muy lastimosa de aquellas tentaciones. Sin embargo, tratando de fortalecerse cada vez más contra el demonio, y de confundirlo, decidió un día tomar una resolución firme e inviolable de honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue: entregarse toda su vida por su amor al servicio de los pobres. En cuanto formó dicha resolución en su alma, por un efecto maravilloso de la gracia, todas las sugestiones del maligno espíritu se disiparon y se desvanecieron. Su corazón, que había vivido tanto tiempo bajo la opresión, se encontró sumido en una dulce libertad, y su alma quedó saturada de una luz tan abundante que, en varias ocasiones, confesó que le parecía ver las verdades de la fe con una luz muy especial».

En adelante, san Vicente hace algo más que mirar, él ve. Para él todo cuenta y nada es pequeño. Aprende a conocer los seres y las cosas desde el interior. Sus feligreses de Clichy se aprovechan de esta experiencia:

3.2.- Yo he sido párroco de una aldea.

«Yo he sido párroco de una aldea (¡pobre párroco!). Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!»» (IX, 580).

IV. La experiencia de Dios

A partir de 1617, lo sabemos bien, su experiencia espiritual se afina. Para dar a Dios a los pobres, sabe que debe esforzarse en poseerla de todas las maneras:

4.1.- Es necesaria la vida interior.

«Así pues, se dice que hay que buscar el reino de Dios. Eso de buscarlo no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas; quiere decir que hemos de obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesantemen­te por el reino de Dios, sin quedamos en una situación cómoda y parados, prestar atención a su interior para arreglarlo bien, pero no a su exterior para dedicamos a él. Buscad, bus­cad, esto dice, preocupación, esto dice, acción. Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; buscadlo en vuestra alma, como en su morada predilecta; es en el fondo donde sus ser­vidores, que procuran practicar todas las virtudes, las establecen. Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo» (XI, 429). En 1640, san Vicente escribe al P. Lamberto aux Couteaux, superior de Richelieu.

4.2.- Hacer que reine Dios plenamente en nosotros.

Es necesario que nos esforcemos por hacer que reine Dios plenamente en nosotros, y luego en los demás. Mi desgracia es que me preocupo de hacer que reine en los otros más que en mí mismo. ¡Cuánta ceguera y cómo le pido a Dios con lágrimas en los ojos que no me imite en esto!» (II, 82-83).

4.3.- A medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más.

«Hermanos míos, hemos de trabajar en la estima de Dios y procurar concebir una aprecio de él muy grande. ¡Oh, hermanos míos! Si tuviésemos una vista tan sutil que penetráse­mos un poco en lo infinito de su esencia, ¡oh, Dios mío, oh hermanos míos, qué senti­mientos tan altos sacaríamos! Diríamos como san Pablo, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el espíritu comprendió nada semejante. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable. Pues bien, el conocimiento que de él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacemos anonadar en su presencia y hacemos hablar de su suprema majestad con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apre­ciando, lo amaremos más; y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cum­plir siempre su santa voluntad» (XI, 412).

Para san Vicente, experimentar a Dios, es ponerse en plena disposición de con­formarnos con su voluntad. Las Hijas de la Caridad y los Misioneros reciben la misma consigna.

4.4.- Empezar su paraíso desde este mundo.

«Pues bien, fijaos, hijas mías, cumplir la voluntad de Dios es empezar el paraíso desde este mundo. Enséñenme una persona, enseñadme una Hermana que cumpla, durante toda su vida, la voluntad de Dios; empieza a hacer ya en la tierra lo que hacen los bienaventurados en el cielo; empieza su paraíso ya en este mundo, ya que no tiene más voluntad que la de Dios; y esto es participar de la dicha de los bienaventurados» (IX, 579).

4.5.- Hacer con seguridad la voluntad de Dios.

«¡Ay, padre! ¡Qué hermoso ornamento es para un misionero la santa indiferencia, ya que lo hace tan agradable a Dios que éste lo preferirá siempre a todos los demás obreros en los que no vea disposición de indiferencia para cumplir sus designios! Si alguna vez nos des-pojamos totalmente de nuestra propia voluntad, estaremos entonces en situación de hacer con seguridad la voluntad de Dios, en la que los ángeles encuentran toda su felicidad y los hombres toda su dicha» (IV, 324).

Su oración lo tiene anclado enteramente en Dios. Cuando exige que, en la oración, «los afectos» tengan la primacía sobre los razonamientos, se le siente en estado de oración, en unión con Dios. Han hecho notar, por otra parte, que la experiencia humana le permite dar cuenta de la experiencia de Dios.

4.6.- Cuando el alma se inflama.

«Cuando el alma, en la oración, se inflama inmediatamente, ¿qué necesidad hay de razones? Por ejemplo, cuando una persona necesita luz en el sitio donde está, ¿qué es lo que hace? Toma el eslabón y hace fuego, luego acerca la mecha y enciende una vela. Cuando ha hecho esto, se queda tranquila; ya no le da más al eslabón ni va a buscar a nadie para que le dé fuego, porque ya tiene, ya no necesita nada, ya lo hizo, ya tiene la luz suficiente para iluminar. Así también, cuando un alma, tras haber entrado en la oración y considerado una razón, si esa razón le basta para inflamar su voluntad en el deseo de la virtud o en la huida del vicio, y es suficiente para hacerle ver la belleza de aquélla o la falsedad de éste, ¿qué necesidad tiene entonces esa persona de ir a buscar razones en otra parte? Todo esto serviría únicamente para intranquilizarla y producirle dolores de cabeza y de estómago» (XI, 163).

Sin embargo, san Vicente quiere mantenerse siempre «en un justo medio» (XI, 135). Estar en Dios supone una posesión tranquila. No sirve para nada calentarse la mente.

«¿Pues qué? ¿hay inconveniente en amar a Dios? ¿Se le puede amar demasiado? ¿puede haber excesos en una cosa tan santa y tan divina? ¿Podremos alguna vez amar bastante a Dios, que es infinitamente amable? Es cierto que nunca amaremos bastante a Dios y que nunca nos excederemos en su amor, si atendemos a lo que Dios merece de nosotros. ¡Oh Dios Salvador! ¿quién pudiera subir a ese amor extraño que nos tienes, hasta derramar por nosotros, miserables, toda tu sangre, de la que una sola gota tiene un precio infinito? ¡Oh Salvador! No, padres, es imposible; aunque hagamos todo lo que podamos, nunca amaremos a Dios como es debido; es imposible, Dios es infinitamente amable. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que, aunque Dios nos manda amarlo con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere que esto llegue a perjudicar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos; no, Dios no nos pide que nos matemos por esto» (XI, 133). «Hermanos míos, las virtudes consisten siempre en el justo medio; todas ellas tienen dos extremos viciosos; cuando uno se separa de un extremo, corre el peligro de caer en el vicio contrario; hay que caminar debidamente por el centro, para que nuestras acciones sean dignas de alabanza. Por ejemplo, la caridad de la que hablamos tiene dos extremos que son malos: amar muy poco o nada en absoluto, y amar con demasiado celo y con ansia. No preocuparse nunca de amar, no hacer ningún acto de amor o muy raras veces, es negligencia y pereza en contra de la caridad, que nunca está ociosa; pero también hacer actos hasta quemarse la sangre y romperse la cabeza es excederse en esta materia y caer en el otro extremo vicioso. La virtud está en el medio; los extremos no sirven para nada» (XI, 135).

V.- La experiencia de Dios por el amor a los pobres

San Vicente, cuanto más vive de Dios, más se da a los pobres. Los misioneros y las Hijas de la Caridad son invitados a hacer lo mismo y a encontrar, en el servicio de la evangelización, el camino del amor de Dios.

5.1.- Él lo puede todo.

«A un misionero, a un verdadero misionero, un hombre de Dios, hombre que tiene el espí­ritu de Dios, todo le tiene que parecer bien e indiferente; lo abraza todo, lo puede todo; con mayor razón ha de hacerlo una compañía; una congregación lo puede todo, cuando está animada y llevada por el espíritu de Dios» (XI, 122).

5.2.- Su corazón recibe nueva fuerza.

«Los filósofos dicen que, entre los secretos de la naturaleza, hay una fuente que ellos lla­man la fuente de Juvencia, en donde los viejos beben del agua rejuvenecedora. Sea lo que fuere de esto, sabemos que hay fuentes, cuyas aguas son muy saludables para la salud. Pero la oración remoza al alma mucho más realmente que lo que, según los filósofos, reju­venecía a los cuerpos la fuente de Juvencia. Allí es donde nuestra alma, debilitada por las malas costumbres, se torna vigorosa; allí es donde recobra la vista después de haber caído antes en la ceguera; sus oídos anteriormente sordos a la voz de Dios, se abren a las bue­nas inspiraciones, y su corazón recibe una nueva fuerza y se siente animado de un entu­siasmo que aún no había sentido. ¿De dónde viene que una pobre mujer aldeana que viene a vosotras con toda su tosquedad, ignorando las letras y los misterios, cambie al poco tiempo y se haga modesta, recogida, llena de amor de Dios? ¿Quién ha hecho esto sino la oración? Es una fuente de Juvencia en donde se ha rejuvenecido; allí es donde ha encon­trado las gracias que se advierten en ella y que la hacen tal como la veis» (IX, 382-383).

5.3.- La caridad no puede permanecer ociosa.

«Pues bien, si es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con él a todas las naciones, si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino!… Miremos al Hijo de Dios: ¡Qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor! Jesús mío, dimos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma del pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. Y ¿para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos ésos que podríamos asistir? La caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás» (XI, 554, 555).

5.4.- Hacerlo con caridad, hacerlo con Dios.

«He aquí, pues, mis queridas hijas, unas cuantas razones muy poderosas para incitaros a estimar vuestra vocación y a aceptarla con agrado, puesto que así lo quiere Dios y así son socorridos los prójimos; y todo ello sin miedo alguno, puesto que Dios mismo cuida de vosotras.

Un medio para hacerlo como Dios quiere, es hacerlo con caridad, con caridad, hijas mías. ¡La caridad hará excelente vuestro servicio! Pero, ¿sabéis lo que es hacerlo con caridad? Es hacerlo en Dios, porque Dios es caridad, es hacerlo puramente por Dios» (IX, 238).

«Hacerlo purísimamente por Dios». Amor de Dios y amor de los pobres son, para san Vicente, inseparables. Experiencia de Dios y experiencia de los pobres también. Así se realiza perfectamente la experiencia espiritual de san Vicente.

«Bienaventurados los que dedican todos los momentos de su vida al servicio de Dios»

«¿Qué cosa es nuestra vida, que pasa tan aprisa? Yo ya he cumplido los 76 años; sin embargo, todo ese tiempo me parece ahora como si hubiera sido un sueño; todos esos arios han pasado ya. ¡Ay, padres! ¡Qué felices son aquéllos que emplean todos los momentos de su vida en el servicio de Dios y se ofrecen a él de la mejor manera que pueden! ¿Qué consuelo os imagináis que recibirán al final de su vida? ¡Quiera Dios, padres y hermanos míos, concedernos a todos esa misma disposición!» (Xl, 253, 254).

VI.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Una vez enriquecido en una experiencia humana, san Vicente afronta con lucidez las diversas y difíciles situaciones que jalonan su existencia.

  • ¿Ricos en experiencia humana y apostólica, sabemos usar de ella en nuestra forma de observar el mundo y los pobres?
  • ¿Cómo vivimos las situaciones con las que nos enfrentamos?
  • ¿De qué criterios usamos?

2. El que se deja penetrar de la experiencia, siente las cosas del interior.

  • ¿Cuáles son nuestras convicciones referentes a nuestra vida de relación con Dios y con los demás?
  • ¿Podemos concretarlas?
  • ¿Qué experiencia del Señor estamos dispuestos a comunicar?
  • ¿Por qué caminos nos hemos decidido a hacerlo? intercambios tradicionales, intercam­bios espontáneos.

3. «El que de vosotros quiere levantar una torre, no empieza por sentarse…» Antes de elaborar un proyecto misionero que tiene que orientar las deci­siones:

  • ¿Qué lugar ocupan en el tiempo, los análisis de las situaciones, las necesidades de los pobres, las posibilidades de las personas y las orientaciones de la Iglesia?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.