San Vicente de Paúl y las Virtudes: la mansedumbre

I.- Introducción

«Moisés era un hombre muy manso, el más manso que haya habido nunca en la tie­rra», dice el Libro de los Números (12, 3). Y a pesar de eso, fue, junto con Abrahán, el fundador de Israel, que con su energía, de un montón de refugiados, formó el pueblo de Dios. Pero después de su muerte, parece que sus ejemplos de mansedumbre habían sido relegados al cielo de un ideal inaccesible en el común de los mortales.

Únicamente el Hijo de Dios se atreverá a asumir ese ejemplo de mansedumbre, del cual Él hace una enseñanza y quiere ser imitado: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Mas los hombres son unos alumnos muy malos: el orgullo, la agresividad y la vio­lencia son el lote diario de los individuos y de las sociedades. Harán falta siglos de enseñanza del evangelio y ejemplos más brillantes que el del sol de mediodía para repetir una y otra vez a los hombres: «Bienaventurados los mansos, porque ellos pose­erán la tierra» (Mt 5, 4).

La historia ha conservado imágenes espectaculares: un san Ambrosio prohibiendo al emperador Teodosio la entrada en la iglesia de Milán mientras no hiciera peniten­cia de los asesinatos de Tesalónica; un san León deteniendo a Atila a las puertas de Roma; un san Francisco de Asís, cuya mansedumbre convirtió al lobo de Gubbio antes de imponerse al sultán de Egipto. Pero esos ejemplos brillan como cometas fugitivos en la noche de la historia.

La Iglesia se ha esforzado, en el curso de la historia, en disciplinar la brutalidad de los hombres. Después del concilio de Toulouse, en el siglo X, había logrado, con más o menos suerte, imponer a los caballeros luchadores la «Tregua de Dios». Pero más tarde, un escándalo mayúsculo se prodigó en nombre del Evangelio: los cristia­nos se mataron unos a otros con furor.

En tiempos de la juventud de san Vicente ya no es una guerra religiosa, es una agresividad la que perdura, y que está al acecho de peleas sin cuento: los duelos serán un azote que a la severidad de las leyes le costará mucho extirpar (17 muertos en una semana en San Sulpicio) (V, 584, nota).

San Francisco de Sales, en una diócesis notable por las luchas religiosas, se gana los corazones con su mansedumbre evangélica. Todo el Chablais vuelve a la Iglesia; el rigor ginebrino, a pesar de todo, resistirá a su encanto. Le gustaba decir: «Se cogen más moscas con una cucharada de miel que con cien barriles de vinagre».

Su ejemplo influirá profundamente en san Vicente, quien a pesar de su carácter atrabiliario sabrá dominarse profundamente y transformar su carácter.

Una circunstancia pintoresca pone de relieve, con humor, la mansedumbre a la que había llegado san Vicente. Una madre, furiosa porque su hijo no había obtenido un beneficio codicia-do por él, monta una escena en el recibidor de San Lázaro y le lanza un taburete a la cabeza: «Vea usted, hermano, hasta qué extremo puede llegar el amor mateRmal».

Escribiendo al vicario general de Bayona, el Sr. Abelly, muy inclinado a usar penas contra los religiosos recalcitrantes, san Vicente le invita a usar de la mansedumbre, haciéndole ver la contrariedad del mismo Dios, si no usaba de la mansedumbre: «En otro tiempo Dios armó la tierra y el cielo contra el hombre. ¡Ay! y ¿qué es lo que consiguió? ¿No fue menester que al final se rebajase y se humillase ante el hombre para hacerle aceptar el dulce yugo de su dirección y su reinado?» (II, 10).

San Vicente había dejado tal impresión de mansedumbre durante su vida que, cuando se le practicó la autopsia a su cadáver, después de muerto, y descubrieron en su bazo una especie de «hueso parecido a una ficha de marfil», se discutió con toda seriedad sobre aquella anomalía y los panegiristas concluyeron, sin dudar, que era el producto de la concreción de los humores hipocondríacos de nuestro santo como consecuencia de los esfuerzos que había realizado para dominar su carácter”. (Coste, «El gran santo del gran siglo…», t.III, p. 279-280, ed. CEME, 1992. Cita a Collet, t. II, p. 46).

La mansedumbre del buen Sr. Vicente influyó sobre su siglo y muchas almas se transformaron gracias a ella. Quería que esta virtud distinguiera a sus comunidades, para que llegaran a ser, en expresión suya, unos pequeños paraísos. Deseaba que caracterizara su acción: solamente con una mansedumbre infinita puede uno acercarse a las heridas de los cuerpos y de las almas, y así curarlas, únicamente la mansedumbre puede infundir confianza a las personas más prevenidas y devolver la esperanza a quienes ha abandonado toda esperanza humana.

La mansedumbre ¿sería, en nuestro siglo, una virtud pasada de moda, igual que las tocas y los miriñaques de nuestras tatarabuelas? Pudiera ser que sí, pues actualmente se afirma con la palabra, con el dinero y con todo lo que él procura, por el poder, por la violencia. ¿Qué viene entonces a hacer aquí la mansedumbre? Viene a ser como una niña extraviada en un bosque infestado de fieras, y que trataría de cantar para darse ánimos Pero el futuro no es de las fieras; de otro modo había que perder la esperanza en el hombre; ¡es de esa endeble criatura!

Sin querer hablar de la guerra o del terrorismo, formas extremas de la violencia, convengamos en: que nuestros hospitales y nuestras clínicas Psiquiátricas están saturadas de personas que la vida moderna ha destrozado; que los matrimonios, uno de cada cuatro, terminan en divorcios, cuyos interesados quedan desgarrados y, más aún, sus hijos; que las mujeres solitarias y las personas mayores viven con miedo: miedo a la soledad y a la noche, cómplices de las agresiones; que, cada año, la carretera nos es más mortífera que las guerras en curso, sean las que sean: Líbano, El Salvador, Camboya, Afganistán.

Ya es tiempo de que acallemos nuestras voces discordantes, nuestras querellas por precedencias, nuestras disputas políticas, nuestros rencores y nuestras sospechas para escuchar la vocecita de la mansedumbre.

Ya el profeta Isaías describiendo, por adelantado, al Maestro de toda mansedum­bre, decía de Él: «No voceará, ni alzará el tono, y no hará oír por las calles su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará» (Is, 42, 2-3).

La mansedumbre, que nos viene de Él, se nos propone a todos: ella es la que sabe curar nuestras heridas, serenar nuestras disputas, calmar nuestros rencores y nuestros temores; es ella la que restaurará entre los hombres ese mínimo de convivencia sin la cual es imposible la civilización: sólo ella conoce las trochas que nos harán salir de la jungla.

II.- San Vicente y la mansedumbre

En 1659, continuando la explicación de las Reglas Comunes a sus cohermanos, san Vicente comenta el capítulo II que trata de las Máximas evangélicas. Presenta entonces cinco virtudes fundamentales como «las que son más propias del misionero; ¿cuáles son? Siempre he creído y pensado que eran la sencillez, la humildad, la man­sedumbre, la mortificación y el celo» (XI, 586).

El 28 de marzo de 1659, comenta el articulo 6 de las Reglas Comunes sobre la mansedumbre: haciendo participar en la gran mansedumbre del Señor,(XI, 475). Es la virtud del equilibrio personal; Permitiendo ganar los corazones, (XI, 474). Tiene el valor de una virtud pastoral; se practica en casa por varios,(XI, 478). Se revela de esa forma como una virtud comunitaria.

2.1.- La mansedumbre, virtud de equilibrio personal

San Vicente posee el arte de la descripción: lleva la vista al acecho y la pluma ágil. He aquí cómo presenta a la mansedumbre y sus ventajas primordiales:

«La mansedumbre, hermanos míos, tiene varios actos, que se reducen a tres principales. El primer acto tiene dos oficios. El primero consiste en reprimir los movimientos de la cóle­ra, las chispas de ese fuego que suben hasta el rostro, que perturban el alma y que hacen que uno no sea ya lo que era. Un rostro sereno cambia de color y se pone negro o gris o inflamado por completo. ¿Qué hace entonces la mansedumbre? Es propio de esta virtud detener todo esto e impedir que nos dejemos arrastrar a esos malos efectos. El que la posee no deja, sin embargo, de sentir esos movimientos, pero se mantiene firme para no dejarse llevar de ellos; quizá se note alguna contracción en su rostro, pero pronto se tranquiliza. No hemos de extrañarnos que nos ataque esta pasión; los movimientos de la naturaleza son anteriores a los de la gracia, pero éstos los superan. Por tanto, no hay que extrañarse del ataque, sino pedir gracia para vencer, seguros de que, aunque experimentemos sentimientos contrarios a la mansedumbre, ella tiene la propiedad de reprimirlos. Éste es el primer acto, que es maravillosamente bello, y tan hermoso que impide que salga a flote la fealdad del vicio; es una especie de resorte en los espíritus y en las almas, que no sólo templa el ardor de la cólera, sino que apaga sus más mínimos sentimientos» (XI, 475).

2.2.- Las personas apacibles, caminan sin ruido

«No hay personas más constantes y más firmes en el bien que los que son mansos y apacibles; por el contrario, los que se dejan llevar por la cólera y de las pasiones del apetito irascible, son ordinariamente muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos. Son como los torrentes que sólo tienen fuerza e impetuosidad en las riadas, pero se secan apenas ha pasado el temporal; mientras que los ríos, que representan a las personas apacibles, caminan sin ruido, con tranquilidad, sin secarse jamás» (XI, 752).

2.3.- Hay que decir que no es ya lo que era

«Vemos a veces a personas que parecen estar dotadas de una gran mansedumbre, pero no es más que un efecto de su carácter moderado; pero no tienen la mansedumbre cristiana, que consiste propiamente en reprimir y apagar los brotes del vicio contrario. Uno no es casto por el hecho de no experimentar movimientos deshonestos, sino porque los resiste cuando los siente. Tenemos aquí un ejemplo de verdadera mansedumbre; lo digo, porque no está presente esa persona, y porque todos podéis claros cuenta de su carácter seco y árido; es el Padre… Seguro que no conocéis a dos personas tan duras y avinagradas como él y como yo; sin embargo, vemos cómo ese hombre se vence hasta el punto de que hay que decir que no es ya lo que era. ¿A qué se debe? A la virtud de la mansedumbre, en la que él se esfuerza, mientras yo, miserable de mí, sigo tan seco como un espino. Os pido, hermanos míos, que no os fijéis en los malos ejemplos que os doy, sino caminad, dignamente, como dice el Apóstol, y con toda mansedumbre y jovialidad en el estado al que os ha llamado Dios» (XI, 751-752).

San Vicente acaba de referirse a su propio comportamiento y al de un sacerdote de la Misión. De tal modo quiere insistir en los beneficios personales de esta virtud, que multiplica los ejemplos:

2.4.- Siguió adelante…sin decir una sola palabra.

«He oído contar de un canciller de Francia que un día, al salir del consejo, cuando iba a subir a la mula (entonces todavía no se usaban las carrozas), un hombre que había perdido su proceso, le dijo: «Juez malvado, tú me has quitado mis bienes; Dios te castigará; apelo a su juicio». La historia dice que aquel señor siguió adelante sin volver la cabeza y sin decir una sola palabra. Si fue la virtud cristiana la que le hizo tragarse aquella injuria, ¡qué ejemplo para nosotros! Y si no hubiera sido por esa virtud, sino por un principio moral por lo que soportó esa indignidad, ¡qué confusión hemos de sentir cuando nos irritamos por cualquier tontería!

Fue al señor Canciller de Sillery al que le aconteció esto; apreciaba en sumo grado la mansedumbre desde que, en cierta ocasión, siendo consejero del parlamento, vio a dos compañeros suyos insultarse y llenarse de injurias; habiéndose dado cuenta de que tenían sus rostros contraídos, pálidos y enfurecidos, se hizo esta reflexión: «¡ Vaya! A ésos que tenían rostros de hombres, los veo ahora convertidos en bestias, con la boca abierta y llena de espuma y tratándose como animales». Esto se le grabó tanto en el alma que, juzgando de la enormidad del vicio por la fealdad de sus señales, se propuso trabajar sin cesar en la paciencia y la mansedumbre» (XI, 479).

2.5.- No se enfadó con ellos

«Nuestro bienaventurado Padre, el obispo de Ginebra, nos ha dado un gran ejemplo de esta virtud. Una tarde, una persona de gran condición vino a verle y se quedó con él hasta muy entrada la noche. Sus criados se olvidaron de llevar velas, como deberían haberlo hecho. ¿Qué creéis que les dijo? No les reprochó su falta y no se enfadó con ellos, sino que se contentó con decirles: «Hijos míos, un cabo de vela nos hubiera sido muy necesa­rio»» (IX, 159).

2.6.- Amigo, dijo a Judas que lo iba a entregar

«Hermanos míos, si el Hijo de Dios se mostraba tan bondadoso en su trato con los demás, su mansedumbre brilló todavía más en su pasión, hasta el punto de que no se le escapó nin­guna palabra hiriente contra los deicidas que lo cubrían de injurias y de bofetones, y se reían de sus dolores.

A Judas, que lo iba a entregar a sus enemigos, lo llamó amigo. ¡Vaya amigo! Lo veía venir a cien pasos, a veinte pasos; más aún, había visto a aquel traidor desde su nacimiento; y sale a su encuentro con aquella palabra tan cariñosa: «Amigo». Y siguió tratando lo mismo a los demás. «¿A quién buscáis?», les dijo. «Aquí estoy». Meditemos todo esto, hermanos míos, y encontraremos actos prodigiosos de mansedumbre que superan el entendimiento humano; consideremos cómo conservó esta misma mansedumbre en todas las ocasiones.

Y ¿qué es lo que dijo en la cruz? Cinco palabras de las que ni una sola demuestra la menor impaciencia. Es verdad que dijo: «Elí, Elí, Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has abandonado?»; pero esto no es una queja, sino una expresión de la naturaleza que sufre, que padece hasta el extremo sin consuelo alguno, mientras que la parte superior de su alma lo acepta todo mansamente; si no, con el poder que tenía de destruir a todos aque­llos canallas y de hacerlos perecer para librarse de sus manos, lo habría hecho, pero no lo hizo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué ejemplo para nosotros que nos ocupamos en imitarte» (XI, 480-481).

III. La mansedumbre, virtud pastoral

Como a las cinco virtudes fundamentales, san Vicente propone una finalidad pas­toral a la mansedumbre. Hace de ella, en verdad, un medio privilegiado de evangeli­zación. Eso se nota especialmente por lo que toca a las Hermanas, ya que la manse­dumbre «agrada al prójimo»; a fortiori, para los cohermanos, puesto que los hará apreciar por todos.

3.1.- Se necesita un aspecto y un rostro agradable

«El segundo acto de la mansedumbre consiste en tener mucha afabilidad, cordialidad y serenidad de rostro con las personas que se nos acerquen, de forma que sientan consuelo de estar con nosotros. De ahí, proviene que algunos con sus modales sonrientes y llenos de amabilidad contenten a todo el mundo, ya que Dios les ha concedido esa gracia de darles una acogida cordial, dulce y amable, por la que dan la impresión de ofreceros su corazón y pediros el vuestro; mientras que otros, como yo, hosco de mí, siempre se presentan de mal talante y con cara de pocos amigos; esto va contra la mansedumbre. Así pues, hermanos míos, convendrá que un misionero imite a los primeros, de forma que pueda ofrecer consuelo y confianza a todos los que se le acerquen. Podéis ver por propia experiencia cómo esta actitud conquista y atrae a los corazones; por el contrario, se puede observar en las personas que ocupan algún cargo elevado que, cuando son demasiado serias y frías, todos las temen y huyen de ellas. Y como nosotros tenemos que trabajar con los pobres del campo, con los señores ordenandos, con los ejercitantes y con toda clase de personas, no es posible que podamos producir buenos frutos, si somos como esas tierras resecas que sólo tienen cardos. Se necesita un aspecto y un rostro agradable, para que nadie se asuste de nosotros.

Hace tres o cuatro días me consoló mucho la alegría de una persona que había estado aquí algunos días; me dijo que había notado entre nosotros un ambiente cordial, una apertura de corazón y una sencillez encantadora (ésas son sus palabras), que le habían dejado muy impresionado.

Bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deben preocuparse de esto, son los que hacen lo que nosotros hacemos: misiones, seminarios y todo lo demás, donde se trata de insinuarse en las almas para conquistarlas; y esto no se puede hacer más que con unos modales afables y cordiales» (XI, 477-478).

3.2.- Cuando mostré aflicción por sus desgracias

«Los mismos condenados a galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio; cuando en alguna ocasión les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando alabé su resignación, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando les dije que eran felices de poder tener su purgatorio en este mundo, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación. Le ruego, Padre, que me ayude a dar gracias a Dios y a pedirle que quiera poner a todos los misioneros en esa práctica de tratar con mansedumbre, con humildad y caridad al prójimo» (IV, 54-55).

3.3.- Por el camino de la mansedumbre y de la persuasión

«Soy de su parecer, y por eso siempre he albergado dudas, porque (el Hno. Felipe) tiene una naturaleza perezosa y se ve tentado por el demonio de la holgazanería; ya puede acordarse de que se lo he dicho. Le suplico que le ayude a resistirlo, y esto por el camino de la mansedumbre y de la persuasión, y no por la fuerza, como solemos hacer. Los espíritus enfermos tienen que ser tratados con más delicadeza y caridad que los cuerpos» (I, 365-366).

3.4.- El misionero necesita mucha paciencia con los de fuera

«La tercera máxima es la mansedumbre, que se refiere a lo interior y a lo exterior, a lo de dentro y fuera de la casa; mansedumbre entre nosotros, mansedumbre y paciencia con el prójimo. Porque, fijaos, hermanos míos, me parece que ya lo ha dicho alguien en la predi­cación, el misionero necesita mucha paciencia con los de fuera: son pobres gentes que vie­nen a confesarse, toscos, ignorantes, tan cerrados y, por así decirlo, tan animales, que no saben cuántos dioses hay ni cuántas personas en Dios; aunque se lo digan cincuenta veces, al final seguirán siendo tan ignorantes como al principio. Si uno no tiene mansedumbre para aguantar su rusticidad, ¿qué podrá hacer? Nada; al contrario, asustará a esas pobres gentes que, al ver nuestra impaciencia, se disgustarán y no querrán volver a aprender las cosas necesarias para la salvación. Por tanto, mansedumbre» (XI, 588-589).

San Vicente desea que los misioneros se dediquen más bien a convencer que a vencer. Se distancia de su época violenta, y en este sentido, aparece como un precur­sor del respeto mutuo y del verdadero diálogo.

3.-5.- La amargura no sirve nunca más que para amargar

«Alabo a Dios, porque el final de la misión de Vernon haya sido más de su agrado que el comienzo, y le ruego que le conceda la gracia de mantenerse en el espíritu de mansedum­bre y humildad que nuestro Señor le ha dado. La amargura no sirve nunca más que para amargar las cosas. San Vicente Ferrer dice que no es posible obtener provecho de la pre­dicación, si no se predica con entrañas de compasión. ¡Ay! ¡Dios bueno! ¡y qué buen medio es ése para vencer a los espíritus que nos pinta usted! Si combatimos al demonio con espí­ritu de orgullo y de suficiencia, no lo venceremos jamás, porque tiene más orgullo y sufi­ciencia que nosotros; pero si actuamos contra él con humildad, lo venceremos, porque él carece de esas armas, y no podrá defenderse» (I, 528-529).

3.6.- Ganar a los pobres con mansedumbre y bondad

«Tengo buenas noticias de las demás casas de la Compañía, en todas las cuales se trabaja con fruto y satisfacción, gracias a Dios. Algunos, como el Padre, lleva ya en el campo hasta nueve meses seguidos, trabajando en las misiones casi sin cesar; es algo maravilloso ver las fuerzas que Dios le da y los bienes que hace, que son extraordinarios, como me lo dicen de todas partes. Me han hablado de ello los señores vicarios generales; otros me lo han escrito, incluso los religiosos que están cerca de los sitios en que trabaja. Se atribuye todo este éxito al cuidado que él pone en ganarse a los pobres con su mansedumbre y su bondad. Esto me ha movido a recomendarlo más que nunca a toda la Compañía que se entregue cada vez más a la práctica de estas virtudes. Si Dios derramó alguna bendición sobre nuestras primeras misiones, se notó que era por haber tratado con afabilidad, con humildad y con sinceridad con toda clase de personas» (IV, 54).

3.7.-Dios bendecirá sus trabajos

«No se le cree a un hombre, porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos. El diablo es muy sabio, pero no creemos en nada de cuanto él nos dice, por­que no lo estimamos. Fue preciso que nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en él. Hagamos lo que hagamos nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros. El padre Lamberto y el padre Soufliers, por haber obrado de ese modo, han sido tenidos por santos en todas par­tes, y nuestro Señor ha hecho cosas grandes por medio de ellos. Si obran ustedes así, Dios bendecirá sus trabajos; si no, no harán más que ruido y fanfarrias, pero poco fruto» (I, 320)

IV.- La mansedumbre, virtud comunitaria

La vida fraterna requiere siempre el respeto y la mansedumbre. Desde 1646, san Vicente explica esa cuestión a las Hijas de la Caridad:

4.1.- Sin mansedumbre, no hay caridad

«El primer punto ha sido sobre las razones por las que las Hijas de la Caridad tienen que esforzar en adquirir estas virtudes del respeto y de la mansedumbre. Sobre ello se ha dicho que:

1º. Esto agrada a Dios y al prójimo; 2º. Es imitar a nuestro Señor Jesucristo, que durante toda su vida estuvo lleno de mansedumbre; 3º. No podríamos ser verdaderas Hijas de la Caridad, si no tuviésemos esas dos virtudes, ya que sin respeto no se tiene mansedumbre, y sin mansedumbre no se tiene caridad; 4º. No basta con tener caridad con los extraños, sino que principalmente hemos de tenerla con nuestras Hermanas; si les faltamos al respeto y no somos mansas con ellas, es señal de que no las amamos y que, por consiguiente, no somos Hijas de la Caridad más que en apariencia, indignas de llevar su nombre y su hábito; 5º. Si no tuviésemos respeto ni mansedumbre, sería de muy mal ejemplo para nuestras Hermanas nuevas y podría apartar a todas las jóvenes que tuviesen deseos de ser de nuestra Compañía» (IX, 247-248).

Los sacerdotes de la Misión de igual modo son invitados a vivir la mansedumbre entre ellos como los apóstoles, y los responsables pueden hacer de ella un medio de animación y de acompañamiento.

4.2.- Está usted allí como en un teatro

«Espero un gran fruto de la bondad de nuestro Señor, si la unión, la cordialidad y el apoyo mutuo reinan entre ustedes dos. En nombre de Dios, señor, que sea éste su mayor ejercicio: y como es usted el de más edad, el segundo de la Compañía y el superior, sopórtelo todo, repito, todo, del buen señor Lucas; repito una vez más: todo, de forma que, cediendo de su superioridad se una usted a él en caridad. Ése fue el medio con que nuestro Señor se ganó y dirigió a los apóstoles, y el único con que logrará algo con el señor Lucas. Así pues, tolere su humor; no le contradiga jamás de momento; pero adviértale cordial y humildemente después. Sobre todo, que no se manifieste ninguna escisión entre los dos. Está usted allí como en un teatro, en el que un acto de malhumor es capaz de echarlo todo a per-der. Espero que obre convenientemente y que Dios se servirá de ese millón de actos de virtud que usted practicará de esta forma, como de base y fundamento para el bien que habrá que hacer en ese país» (I, 174).

4.3.- Danos esa mansedumbre

«Creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas; pues, como la cólera es una pasión que ciega la razón, la virtud contraria tiene que ser la que da el discernimiento ¡Amable Salvador nuestro! Concédenos esa mansedumbre. Hay algunos en la casa que así la practican, por tu misericordia; concédeles a todos esa misma gracia, y a mí la de imitarlos en esa suavidad» (XI, 478-479).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Para ser manso, san Vicente tuvo que desprenderse de su «humor negro».

  • La violencia no está solamente en los demás, está en mí. No es necesariamente violencia física; se manifiesta también en la manera de ser, de pensar, de obrar, de defender las ideas que rechaza opiniones diferentes, a través de una forma de servir, que hace a los pobres muy dependientes.
  • ¿Cuál es la violencia que descubro en mí? ¿cómo se manifiesta?: ¿en mi vida? ¿en mis relaciones?

2. La mansedumbre: ¿una fuerza o una debilidad?

  • Una fuerza de amor, que es benevolencia, ternura, dominio de sí mismo, aten­ción al otro, aceptación de diferencias.
  • Una debilidad que es despreocupación, abdicación, centrarse en sí mismo, miedo, huida de complicaciones, búsqueda de tranquilidad…
  • ¿Cómo vivo la mansedumbre?: en mis relaciones, con los pobres, con los compañeros de trabajo, en mi comunidad.

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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