VISITA DEL ANGEL DE ARALAR ~ 16/04/2026
En el corazón del tiempo pascual, cuando la luz de la Resurrección se abre paso con renovada fuerza en la vida de la Iglesia, hemos recibido en nuestra comunidad un signo antiguo y siempre nuevo: la visita del Ángel de Aralar. Como bien recoge el canto que brota espontáneo en labios del pueblo creyente: “por pascua nos llega el Ángel Miguel; se alegra la tierra, los hombres también”. Y así fue: una alegría serena, honda, compartida, que envolvió la llegada de la venerada efigie a nuestra Iglesia de la Milagrosa el pasado 16 de abril, a las siete de la tarde.
Desde antes de la hora señalada, un número abundante de fieles aguardaba con expectación. No era solo una espera externa, sino una disposición interior: corazones abiertos, memoria viva de una tradición que atraviesa generaciones, y fe que reconoce en los signos sencillos la cercanía de Dios. Cuando la imagen de San Miguel hizo su entrada, el canto brotó como respuesta natural, elevando el alma de la asamblea en una acogida gozosa y reverente.
La celebración de la liturgia de la Palabra, sencilla pero profundamente significativa, nos ayudó a centrar la mirada. Acompañados por nuestro organista, fuimos entrando en el misterio que el Arcángel nos recuerda y proclama: su misión como mensajero de Dios, portador de la gran noticia de Cristo Resucitado. En el resplandor del misterio pascual, contemplamos cómo en Jesús han quedado unidos para siempre la tierra y el cielo, la cruz y la gloria. Y es precisamente San Miguel quien, al portar sobre su cabeza la cruz de Cristo, nos lo muestra con elocuencia silenciosa.
El triunfo de Miguel sobre el Dragón no es solo una escena del pasado ni un símbolo distante; es la expresión viva de los anhelos más profundos del corazón humano, que buscan la victoria del bien, de la verdad y de la vida. Es, al mismo tiempo, reflejo de la realidad inaudita que ha acontecido en Cristo. En su nombre —¿Quién como Dios? — se condensa la intuición más honda de la fe de nuestro pueblo, una proclamación que es al mismo tiempo pregunta y certeza, desafío y alabanza.
Tras la Palabra, nos acercamos a la adoración del Lignum Crucis que porta la imagen. Fue un momento de especial recogimiento, en el que cada fiel pudo expresar, en silencio o en gesto, su fe y su súplica. Los cantos, en castellano y en euskera, se sucedieron abundantemente, como un tejido de voces que unía generaciones y sensibilidades. Entre ellos, resonó con fuerza y ternura el clamor: “¡Mikel, Mikel, gorde, gorde Euskal Herria!”, una invocación que nace del amor a la tierra y de la confianza en la protección divina.
La celebración fue llegando a su término, pero no así la experiencia vivida, que permanece como semilla. Nos despedimos del Ángel con el compromiso de devolverle la visita en su santuario, en la cumbre de Aralar, lugar donde cielo y tierra parecen tocarse en un abrazo de fe. Y, como quien no quiere cerrar sino prolongar el encuentro, cantamos: “Adiós, Miguel Arcángel, ministro general, sea siempre tu trono la cumbre de Aralar”.
Así, entre canto y oración, entre memoria y esperanza, el paso del Ángel de Aralar por nuestra comunidad se convirtió en una verdadera gracia pascual: un recordatorio de que la victoria de Cristo sigue iluminando nuestra historia y de que, en medio de ella, no dejamos de preguntarnos —con fe renovada—: ¿Quién como Dios?
Luis Miguel Medina, C.M.








San Vicente de Paúl (de ahí el nombre de “misioneros paúles”), a pesar de las comprensibles limitaciones propias del tiempo en el que le tocó vivir (siglo XVII), tuvo un gran aprecio por la comunicación: llegó a escribir más de treinta mil cartas (alguna llegó a su destinatario varios meses después de su muerte). 


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