San Vicente de Paúl y Jesucristo: El Cristo de san Vicente

I.- Introducción

Asociado a la muerte de Dios, Jesucristo es un muerto que se porta bien. Hasta cobra: son incontables los artículos o los libros, incluso las películas que tratan de destacar aspectos diversos de su personalidad, o de proyectar sobre su nombre lo imaginario, los fantasmas de su autor. Quien ha sido instituido por su Padre como Juez de vivos y muertos no debería dejar indiferente a ninguno de nosotros. Todo hombre, lo quiera o no, tiene una relación personal con Él, y se sitúa en la existencia con relación a Él. Así, a cada uno de nosotros dirige esta pregunta que nos penetra hasta la médula, hasta la verdad del ser: «¿Quién decís que soy yo?» Esta cuestión nos obliga a concienciarnos de lo que somos nosotros mismos: es el astil de la balanza en la que será pesada nuestra vida.

Tampoco san Vicente se escapó a esa cuestión, pero es el único que sabe qué respuesta le dio. Con todo, tenemos para descifrarla el libro de toda su vida. El joven Vicente encontró a Jesucristo desde su llamada al sacerdocio y se comprometió, como muchos otros, a seguirlo, con la andadura de un digno sacerdote, según el espíritu de su tiempo, renunciando, por el servicio de Dios, a las ventajas del mundo, aunque no a todas.

Su teología de bachiller de Toulouse, quizás un poco corta a los ojos del Sr. de Bérulle, recibe durante algún tiempo las sublimes perspectivas de la Escuela Francesa: el Sr. de Bérulle le enseña, y él no se olvidará ya más de centrar toda su vida en Jesucristo. Pero el Jesucristo del Sr. de Bérulle terminó, hace mucho, sus vicisitudes terrestres: el Verbo encarnado ha llegado a ser el Gran Sacerdote, que oficia ante el altar del cielo, en presencia del Padre, lo cual, por otra parte, es teológicamente del todo exacto. El ordenamiento majestuoso de esta liturgia de lo invisible tenía su pálido reflejo en las ceremonias de las catedrales, pero, tendrá también su traducción profana en el desarrollo de los parques reales y los fastos de la liturgia mundana en la corte del Rey Sol.

El paseo del Sr. Vicente por las avenidas teológicas de la Escuela francesa no durará mucho: no se encontraba a gusto en ellas, él que deseará a sus misioneros correr tras las ovejas perdidas a través de landas y espesuras hasta el punto de morir de agotamiento junto a un seto. Él ha ido a otra escuela terriblemente más exigente, la de los pobres. Ellos le han enseñado que «el pobre pueblo muere de hambre», de hambre material, pero también de esa «mala hambre de la palabra de Dios», como le dirá al Sr. Olier hablando de la población de Gevaudan.

También Jesucristo es para él el enviado del Padre, el misionero del Padre para los pobres, y quien, al fmal de su vida terrenal, transmite a los suyos su misión para que la continúen: «Como mi Padre me ha enviado, yo os envío», para que la Buena Noti­cia siga siendo dirigida con preferencia a los pobres y sigan éstos en el centro de la Iglesia y del mundo. «Qué felicidad, señores, hacer lo que Jesucristo vino a hacer en la tierra: a anunciar la Buena Noticia a los pobres, sí, señores, a los pobres». Imitar a Jesucristo, seguir a Jesucristo, hacer de Él el centro de nuestra vida, esto es aseme­jarse a Él para hacer lo que Él hizo, para que su misión siga continuándose de gene­ración en generación.

Pero Jesucristo no es solamente, detrás de nosotros, quien nos envía: nos pide que vayamos más lejos que Él, hasta el fin del mundo a anunciar la Buena Noticia. Está también delante de nosotros: su gracia y su presencia nos preceden. Creemos que lle­vamos a los demás el tesoro de su Evangelio, pero descubrimos que se nos ha ade­lantado en la persona de los más humildes. Está a la vez en la partida, camino de las misiones, pero también a la llegada. Él ha impulsado a san Vicente en la ruta del Evangelio, pero lo esperaba en la casa donde iba a romper el pan de la anochecida. Él está en la persona del pobre y allí lo encontraba, hasta el encuentro definitivo, cuan­do, en el atardecer de su vida, sería acogido por Él que le había dado su misión.

Nuestro tiempo quisiera una Iglesia tranquilizadora, predicando un Cristo del pasado, que bendijera el orden establecido y no molestara a nadie en la persecución de una felicidad terrestre a la que seguiría, sin dificultad, la felicidad del cielo. Pero san Vicente nos recuerda otra cosa bien diferente: que Jesucristo nos envía a anunciar la Buena Noticia de un mundo absolutamente diferente; en ella los últimos serán los primeros, y en la cual los pobres serán los verdaderos ciudadanos, y donde los demás no serán admitidos, a menos que los pobres los introduzcan y vivan también ellos según las Bienaventuranzas.

Jesucristo no nos envía a reorganizar de otro modo el orden del mundo, es decir, a cambiar las fronteras de la injusticia o de la opresión, sino que nos envía a anunciar un mundo diferente donde las Bienaventuranzas serán la ley de base y en el que Él mismo, en la persona de los más pequeños, será el centro y la luz. Así es para nosotros, y nosotros pensamos que también para la Iglesia de nuestro tiempo, el Cristo del Sr. Vicente.

II.- Jesucristo

El gran mérito de la Escuela Francesa y de los espirituales contemporáneos de san Vicente habrá sido indudablemente «volver a centrar» con vigor la fe cristiana en el Verbo Encarnado, Jesucristo. San Vicente sacó mucho provecho de ello y hallamos en él los grandes temas de Bérulle y de sus discípulos.

Sin embargo, y particularmente después de las revelaciones de 1617, san Vicente tradujo de forma cada vez más personal ese redescubrimiento de un Cristo, centro de la salvación y de la fe. En Jesucristo lo que contempla es el Misionero, el Enviado del Padre, y lo que continúa, imita y vuelve a hallar en los pobres.

1.- Jesucristo, contemplado y continuado

«Recuerde, Señor»

En una carta al P. Portail, su primer compañero, se encuentra este himno a Jesucristo, que muestra con claridad el lugar central que ocupa el Hijo de Dios en la fe y en la vida de san Vicente.

«Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

«Con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre»

El Cristo que san Vicente pone en el centro de su fe y de su vida es claramente el «Misionero del Padre, enviado a los hombres», según Luc 4, 18, y nosotros tenemos que continuar su misión.

«En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. «Misit me evangelizare pauperibus». Y si se le pregunta a nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra?» – «A asistir a los pobres» – «¿A algo más?» – «A asistir a los pobres», etc. En su Compañía no tenía más que a pobres y se detenía poco en las ciudades, conversando casi siempre con los aldeanos, e instruyéndolos. ¿No nos senti-remos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin, que comprometió a Dios a hacerse hombre? Y si le preguntase a un misionero, ¿no sería para él un gran honor decir, como nuestro Señor: «Misit me evangelizare pauperibus»? Yo estoy aquí para catequizar, instruir, confesar, asistir a los pobres» (XI, 33-34).

«La vocación de Jesucristo»

«Pues bien, lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio. ¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir, que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros? No hablo solamente de nosotros, sino de los misioneros del Oratorio, de la Doctrina Cristiana, de los misioneros capuchinos, de los misioneros Jesuitas. Hermanos míos, ésos son los grandes misioneros, y de los cuales nosotros no somos más que una sombra. Ved cómo se van hasta las Indias, al Japón, al Canadá, para llevar a cabo la obra que Jesucristo empezó en la tierra y que no abandonó desde el instante de su vocación. «Hic est Filius meus dilectus, ipsum auditei» Desde aquel mandato de su Padre, no cesó un solo momento hasta su muerte. Imaginémonos que nos dice: «Salid, misioneros, salid, ¿todavía estáis aquí, habiendo tantas almas que os esperan, y cuya salvación depende quizá de vuestras predi­caciones y catecismos?» ¡Oh!, ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: «Evangelizare pauperibus misit me Dominus!» Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada. ¡Pobres de nosotros, si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descarga en nosotros» (XI, 55-56).

«Evangelizar a los pobres como nuestro Señor»

«La primera razón que tenemos para estar agradecidos a Dios por el estado en que nos ha puesto, por su misericordia, es que es ése el estado en que puso a su Hijo, que dice de sí mismo: «Evangelizare pauperibus misit me». ¡Qué gran consuelo encontrarnos en este estado! ¡Cuánto hemos de agradecérselo a Dios! ¡Evangelizar a los pobres como nuestro Señor y de la misma manera que Él lo hacía, utilizando las mismas armas, combatiendo las pasiones y los deseos de tener riquezas, placeres y honores!» (XI, 639).

2.- Jesucristo imitado

Jesucristo, para san Vicente, es ciertamente el misionero del Padre, enviado a los pobres. Es el misionero perfecto, a quien no se le puede continuar, sino imitándole y revistiéndose de su Espíritu. «¿Qué dijo, qué hizo?» (Abelly, p. 715). Ésa es la pre­gunta de todos los momentos para quien quiere seguir a Jesucristo y continuar su misión.

«Es necesario revestirse del espíritu de Jesucristo»

«Así pues, la Regla dice que, para hacer esto, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh Padre! ¡Qué negocio tan impor­tante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionar­nos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos heiños de esfor­zamos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenamos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la Com­pañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo Ella siempre ha apreciado las máximas cris­tianas y ha deseado revestirse del espíritu del Evangelio, para vivir y para obrar como vivió nuestro Señor, y para hacer que su espíritu se muestre en toda la Compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras, en general, y en cada una en particular.

Pero, ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la Divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un cono­cimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesu­cristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada Persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a Él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: «Doctrina mea non est mea, sed eius qui misit me, Patris». ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en Él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por Él? Pues, san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó. ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh amor! ¡Tú eras incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás!

Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repe-tidos de amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores.

He aquí una descripción del Espíritu de nuestro Señor, del que hemos de revestimos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios» (XI, 410-412).

«Un cordero engendra a otro cordero»

En ocasiones, el Sr. Vicente no titubea ante una imagen pintoresca. En este aviso, se dirige a una persona especialmente dotada, el P. Antonio Durand, a quien pone al frente de la casa de Agen. Este joven superior de 27 arios recibe los directrices nece-sarias para gobernar bien. Sobre todo, que se acuerde de esto: para continuar la obra de Jesucristo, es preciso revestirse de su espíritu de humildad, dependiendo de la dirección del Hijo de Dios.

«No, Padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con Él; que obremos en Él y Él en nosotros; que hablemos como Él y con su espíritu, lo mismo que Él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado: tal es el lenguaje de la Escritura.

Por consiguiente, Padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo. Ya sabe usted que las causas ordinarias producen los efectos propios de su naturaleza: los corderos engendran corderos, etc., y el hombre engendra a otro hombre; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla, está animado solamente del espíritu humano, quienes le vean, escuchen y quieran imitarle se convertirán en meros hombres; cualquier cosa que diga o que haga, sólo les inspirará una mera apariencia de virtud, y no el fondo de la misma; les comunicará el mismo espíritu del que está animado, lo mismo que ocurre con los maestros que inspiran sus máximas y sus maneras de obrar en el espíritu de sus discípulos.

Por el contrario, si un superior está lleno de Dios, impregnado de las máximas de nuestro Señor, todas sus palabras serán eficaces, de él saldrá una virtud que edificará, y todas sus acciones serán otras tantas instrucciones saludables que obrarán el bien en todos los que tengan conocimiento de ellas.

Para conseguir todo esto, Padre, es menester que nuestro Señor mismo imprima en usted su sello y su carácter. Pues lo mismo que vemos cómo un arbolillo silvestre, en el que se ha injertado una rama buena, produce frutos de la misma naturaleza que esa rama, también nosotros, miserables criaturas, a pesar de que no somos más que carne, ramas secas y espinas, cuando nuestro Señor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo, la savia de su espíritu y de su gracia, estando unidos a Él como los sarmientos de la viña a la cepa, hacemos lo mismo que Él hizo en la tierra, esto es, realizamos obras divinas y engendramos lo mismo que san Pablo, tan lleno de su espíritu, nuevos hijos de nuestro Señor» (XI, 236-237).

«¿Qué dijo y qué hizo?»

«Para usar bien de nuestro espíritu y de nuestra razón, hemos de tener como regla inviola­ble la de juzgar en todo, como ha juzgado nuestro Señor; repito, juzgar siempre y en todas las cosas como Él, preguntándonos, cuando se presente la ocasión: «¿Cómo juzgaba de esto nuestro Señor? ¿Cómo se comportaba en un caso semejante? ¿Qué es lo que dijo? Es preciso que yo ajuste mi conducta a sus máximas y a su ejemplo». Sigamos esta norma, hermanos míos, caminemos por este camino con toda seguridad; es una regla soberana; el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán, bendigamos a nuestro Señor, y tra­temos de juzgar como Él y hacer lo que Él recomendó con su palabra y con su ejemplo, entremos en su espíritu para entrar en sus acciones; no basta con hacer el bien, hay que hacerlo bien, a ejemplo de nuestro Señor, de quien se dice en el Evangelio que lo hizo todo bien: «Bene omnia fecit». No basta con ayunar, con cumplir las Reglas, con trabajar para Dios; hay que hacer todo eso con su espíritu, esto es, con perfección, con los fines y las circunstancias con que Él mismo lo hizo. La prudencia consiste, por tanto, en juzgar y en obrar como ha juzgado y obrado la eterna sabiduría» (XI, 468-469).

«Jesucristo: ese gran cuadro invisible»

«Nuestro Señor Jesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro invisible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones; y los hombres más perfectos, que están aquí abajo, viviendo en la tierra, son los cuadros visibles y sensibles que nos sirven de modelo para regular todas nuestras acciones y hacerlas agradables a Dios» (XI, 129-130).

«Imitar a nuestro Señor»

«El propósito de la Compañía es imitar a nuestro Señor, en la medida en que pueden hacer­lo unaspersonas pobres y ruines. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformar­se con El en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines. ¿Cómo puede una persona representar a otra, si no tiene los mismos rasgos, las mismas líneas, propor­ciones, modales y forma de mirar? Es imposible. Por tanto, si nos hemos propuesto hacer­nos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas. Él no es solamente el «Deus virtutum», sino que ha veni­do a practicar todas las virtudes; y como sus acciones y no acciones eran otras tantas vir­tudes, nosotros hemos de conformamos con ellas, procurando ser hombres de virtud, no sólo en nuestro interior, sino obrando externamente por virtud, de modo que todo lo que hagamos y no hagamos se acomode a este principio» (XI, 383).

«Debéis asemejaros a Él»

«El espíritu de la Compañía (de las Hijas de la Caridad) consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirlo en la persona de los pobres corporal y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y, en general, a todos los que la Providencia os envía. Fijaos, mis queridas Hermanas, esta Compañía de las Hijas de la Caridad se compone en su mayoría de pobres jóvenes. ¡Qué excelente es esa cualidad de pobres jóvenes, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento! Precisamente os llaman pobres Hijas de la Caridad; y habéis de tener ese título en gran honor, ya que el mismo Papa se siente muy honrado al ser llamado «siervo de los siervos de Dios». Esa cualidad de «pobres» os distingue de las que son ricas. Habéis dejado vuestro pueblo, vuestros parientes y vuestros bienes; ¿y para qué? Para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois Hijas suyas, y Él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija d’e la Caridad.

¿Qué es lo que Él vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Es lo que vosotras hacéis. Continuáis lo que Él comenzó; sois hijas suyas y podéis decir: «Soy Hija de nuestro Señor»; y tenéis que pareceros a Él» (IX, 533-534).

III. Jesucristo encontrado en los pobres

El abandono de los pobres que él comprueba y el Evangelio que medita (particularmente Lc 4, 18) llevan a san Vicente a centrar su fe y su vida en Jesucristo, el Misionero perfecto, a quien sólo se le puede continuar imitándolo. En el nombre de Jesucristo, «in nomine Domini», va a ir a los pobres. Pero al servir a los pobres, por medio del pobre y detrás de su cara, descubre la imagen viviente de Jesucristo:

«Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nosrepresentan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre;» (XI, 725).

«Sirviendo a los pobres, se sirve a Jesucristo»

«Otro motivo es que, al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos, y lo considera, como habéis dicho, hecho a Él mismo» (IX, 240).

«Representan a la persona de Jesucristo»

«Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de nuestro Señor, que ha dicho: «Lo que hagffis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo». Efectivamente, Hijas mías, nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis. Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra, como por ejemplo: «Bien, Hermano, ¿cómo piensa usted hacer el viaje al otro mundo?». «¿No le gustaría hacer una buena confesión general para disponerse a bien morir? ¿No desearía usted ir a ver a nuestro Se’ñor?» Hay que decirles siempre alguna cosa por el estilo para llevarlos a Dios» (IX, 916).

«Es a nuestro Señor a quien hacéis ese servicio»

«Mis queridas Hermanas, dice el artículo doce: «Aunque no deben ser demasiado condescendientes con los enfermos, cuando éstos se nieguen a tomar las medicinas o sean muy insolen­tes, con todo, se guardarán bien de tratarlos con aspereza o despreciarlos; al contrario, los tratarán con respeto y humildad, acordándose de que la rudeza o el desprecio con que los traten se dirige a nuestro Señor, del mismo modo que el honor y servicio que puedan prestarles».

Esto, Hijas mías, habla por sí mismo, quiere decir que debéis tratar a los pobres con mucha mansedumbre y respeto: con mansedumbre, pensando que son ellos los que tienen que abriros el cielo, ya que los pobres tienen esta ventaja de abrir el cielo, según lo que dijo nuestro Señor (Lc 16, 9). Por consiguiente, debéis tratarlos con mansedumbre y respeto, acordándoos de que es nuestro Señor a quien hacéis este servicio, ya que Él lo considera como hecho a sí mismo: «Cum ipso sum in tribulatione», dice hablando de los pobres. Si Él está enfermo, yo también lo estoy; si está en la cárcel, yo también; si tiene grilletes en los pies, los tengo yo con Él» (IX, 1193-1194)

«La gracia de servir a nuestro Señor»

«Bendito sea Dios, señoras, por haberles concedido la gracia de servir a nuestro Señor en sus pobres miembros, cuya mayor parte no llevaban más que andrajos, estando muchos niños tan vestidos como la palma de la mano.

Desde el año pasado han fallecido ocho de vuestra Compañía… Ellas están ahora gozando en el cielo, como hay motivos para esperar; ellas saben por experiencia lo bueno que es servir a Dios y asistir a los pobres; y en el día del juicio escucharán estas agradables palabras del Hijo de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado; porque cuando tuve hambre, me disteis de comer; cuan­do estuve desnudo, me vestisteis; cuando estuve enfermo, fuisteis a y socorrerme» (X, 949-950).

«Pobre entre los pobres»

Abelly, primer biógrafo de san Vicente, ha escrito:

«La segunda máxima del fiel Siervo de Dios era ver siempre a nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar con mayor eficacia su corazón a tributarles todos los deberes de caridad. Veía a este divino Salvador como Pontífice y Cabeza de la Iglesia en nuestro Santo Padre, el Papa, como obispo y príncipe de los pastores, en los obispos; doctor en los doc­tores, sacerdote en los sacerdotes, religioso en los religiosos, soberano y poderoso en los reyes, noble en los gentiles hombres, juez y sapientísimo político en los magistrados, gobernadores y demás oficiales.

Y el Reino de Dios, que es comparado en el Evangelio a un comerciante, lo veía como tal en los hombres de negocios, obrero en los artesanos, pobre en los pobres, enfermo y agonizante en los enfermos y moribundos. Y viendo así a Jesucristo en todos esos esta­dos, y en cada uno de ellos viendo la figura del Soberano Señor, que aparecía resplan­deciente en la persona de su prójimo, se animaba con aquella vista a honrar, respetar, amar y servir a cada uno en nuestro Señor y a nuestro Señor en cada uno de ellos. Invi­taba a los suyos y a los que dirigía a asimilarse esa máxima, y a servirse de ella para lograr una caridad más constante y más perfecta en relación con el prójimo» (Abelly, pp. 98-99).

IV.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Y vosotros:

  • ¿Quién decís que soy yo?
  • ¿Quién es Jesucristo para mí?
  • ¿Qué lugar ocupa en mi vida?
  • ¿Cómo se ha enriquecido mi descubrimiento de Jesucristo a lo largo de mi historia?

2. Revestirse del Espíritu de Jesucristo. Imitar lo que hizo Jesucristo.

  • ¿Buscamos en el Evangelio consignas para aplicar o un «espíritu» que recuperar, una «vida» que incorporar?
  • ¿Tratemos de confrontar, personalmente, juntos, nuestra vida con el Evangelio, de hacer revisión de vida?

3.- Continuar a Jesucristo, misionero del Padre. Hallar a Jesucristo en el pobre. En el lugar donde estamos:

  • ¿De qué manera vivimos hoy esta «continuidad»? ¿En qué consiste?
  • ¿Qué quiere decir para nosotros encontrar a Jesucristo en el pobre, reconocerlo?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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