HOMILIA DEL SR. ARZOBISPO DE ZARAGOZA D. CARLOS ESCRIBANO SUBIA

HOMILIA DEL SR. ARZOBISPO DE ZARAGOZA

D. CARLOS ESCRIBANO SUBIA

25 de enero de 2026

Queridos hermanos y hermanas: hoy cerramos este año de gracia de la familia vicenciana. Esta clausura estoy convencido que supone para vosotros y vosotras un impulso renovado para seguir viviendo y anunciando el carisma vicenciano en el mundo, que es un regalo para toda la Iglesia. La experiencia de estos 400 años invita a la Congregación de la Misión y a la Familia Vicenciana a continuar, con creatividad, amor y compromiso, el servicio a los más pobres y la misión evangelizadora, también en nuestra Archidiócesis de Zaragoza. Muchas gracias por vuestra presencia entre nosotros y por vuestro compromiso y testimonio generoso. 

Al celebrar estos 400 años de la Congregación para la Misión, las lecturas de hoy nos ofrecen el mapa perfecto para entender de dónde venimos y hacia dónde debemos caminar: el encuentro que transforma y el mandato que moviliza. En este domingo de la Palabra, recordamos que San Vicente de Paul siempre actuó en sintonía con la Palabra de Dios, siempre entendió y vivió a la luz de la realidad de los pobres y de la Iglesia. La centralidad de la Palabra en San Vicente de Paúl es una llamada a que busquemos «recuperar la frescura original del Evangelio», a centrar nuestra vida en la persona de Cristo y en lo esencial de su mensaje, porque sólo Él puede renovar nuestra vida, nuestra comunidad, nuestros retos evangelizadores y sacarnos de esquemas egoístas y caducos. Este Jubileo que estamos culminando, estoy seguro de que os ha llevado al «corazón del Evangelio»: dejar que brote, como el mejor de los frutos, una auténtica práctica de vida cristiana que refuerce vuestra ejemplar vocación de servicio.

La primera lectura que hemos proclamado nos presenta la conversión de San Pablo. Es impactante ver a este hombre «respirando amenazas», que de repente es derribado por la luz de Cristo. Si lo pensáis, San Vicente de Paúl también tuvo su propio «camino de Damasco». No fue un rayo físico, sino el grito de los pobres en Folleville y Châtillon lo que lo derribó de sus ambiciones personales. Como a Saulo, el Señor le preguntó: «¿Por qué me persigues?». Porque Cristo es perseguido cada vez que un pobre es olvidado o un alma carece del consuelo del Evangelio. El encuentro con los pobres os ha marcado desde siempre como familia religiosa. Vuestro lema: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres», como expresaba Jesús en la sinagoga de Nazaret, resume la vocación vicenciana de servicio y misión y la novedad de un carisma que cuatro siglos después, sigue siendo actual. 

Al cumplir 400 años de andadura, surge una pregunta en nuestro corazón: ¿Seguimos dejando que la realidad del pobre nos «derribe» y nos convierta? ¿nos sentimos enviados para evangelizarlos? Saulo quedó ciego para aprender a mirar de una manera nueva. La Congregación debe mantener esa mirada nueva, la mirada de la caridad que ve a Cristo donde otros solo ven miseria.

El Evangelio de Marcos nos lanza el mandato directo que define vuestra identidad: «Id al mundo entero y predicar el Evangelio a toda criatura». San Vicente de Paúl entendió que el Evangelio no podía quedarse encerrado en las sacristías: “Sólo un corazón inflamado por el amor de Dios es capaz de contagiar a los demás”. 

Esta honda convicción hizo de San Vicente una persona de fe y oración profunda y auténtica, comprometida, realista y atenta a los problemas concretos, con una intensa «unidad entre acción y contemplación». 

La intimidad con Cristo pasa por la pasión por Cristo en los pobres. Es una pasión espiritual que se expresa en el compromiso de un amor afectivo y efectivo, que lleva a «amar a Dios con la fuerza de los brazos y el sudor de la frente» y hace que acción y oración vayan de la mano. Es una pasión revestida de los sentimientos y actitudes de Cristo, una mística de la misión y de la caridad, donde, en Cristo, los pobres son nuestra herencia y los destinatarios de la evangelización. Estos 400 años son el testimonio de miles de misioneros y misioneras que, siguiendo el mandato del Señor, habéis sabido descubrir al mismo Jesús entre los pobres y, generación tras generación, os habéis sentido enviados a ir a tantas periferias geográficas y existenciales. 

La vocación vicenciana nació de una «conciencia pastoral inquieta» ante situaciones concretas de personas cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor. En su encuentro y diálogo con los pobres y su realidad, Vicente vio en el clamor de los pobres la llamada de Cristo y profundizó en su comprensión de lo que es la Iglesia y su verdadera misión en el mundo, como continuadora de la misión misma de Jesús. 

El Evangelio nos hablaba de echar demonios y hablar lenguas nuevas. Esa conciencia pastoral inquieta de San Vicente convierte ese «echar demonios» del que nos habla San Marcos en combatir también las estructuras de pecado y la injusticia; y el «hablar lenguas nuevas», se trasforma en aprender nuevos idiomas, como puede ser el aprender el lenguaje de la juventud, de la tecnología y de las nuevas pobrezas para que el mensaje de Cristo siga siendo entendido y acogido en el corazón de muchos.

San Vicente sabía que «la caridad es creativa hasta el infinito». Al clausurar este centenario, el mayor peligro sería caer en la nostalgia. No celebramos solo un pasado reducido a rescoldos, sino un fuego que sigue vivo. La Congregación nació para la evangelización de los pobres y la formación del clero. Hoy, esa misión sigue siendo urgente. El mundo tiene hambre de Dios y sed de dignidad. Vosotros sois los pies de San Vicente en el siglo XXI. Y al igual que Ananías fue enviado a buscar a Pablo para que recuperara la vista, vosotros sois enviados hoy a un mundo que a veces parece ciego de esperanza.

Que estos 400 años no sean un punto final, sino un punto y seguido. Que la Virgen de la Medalla Milagrosa nos acompañe y que San Vicente de Paúl nos siga incomodando el corazón para que nunca nos instalemos en nuestras zonas de confort, sino que siempre estemos en salida, en misión, allí donde el dolor clame y la esperanza necesite un nombre.

¡A Dios sea dada la gloria por estos 400 años y que Él siga bendiciendo el camino de la familia vicenciana!

Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Carlos Manuel Escribano Subías 

Arzobispo de Zaragoza

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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