EXPERIENCIA COMO VOLUNTARIO EN CÁRITAS
Hay un sonido que define mi último mes: el sonido de la puerta del Centro de Acogida y Acompañamiento San Nicolás, perteneciente a Cáritas Diocesana de Zaragoza. El sonido de esa puerta venía acompañado de un sentimiento de incertidumbre por el nuevo día, esperanza por ser escuchados y lo más importante; amados. Y sí, cada día era una oportunidad nueva para aprender, pintura, manualidades, habilidades cognitivas, lectura, una conversación interesante y el aprendizaje de algunos de los personajes ilustres de Aragón.
El trato con los usuarios del Centro ha sido para mí un encuentro con una de las realidades de nuestra sociedad concretamente aquí en Zaragoza. Realidades que suelen pasar desapercibida, personas y familias que no sólo tienen la necesidad de alimento y trabajo. Me he encontrado con grupo muy heterogéneo pero en el que se respiraba un ambiente de fraternidad y esperanza por regular sus situaciones individuales. Personas privadas de libertad, en situación de calle, adicciones y sin apoyos familiares, inmigración, aislamiento y soledad.
La alegría y el cariño diario que recibí por parte de los usuarios del centro ha sido para mí crecientito cristiano una lección de esperanza en las debilidades y la concretización de la Sagrada Escritura cuando se nos dice “No tengan miedo”.
Otra de las tareas con los usuarios era el Huerto de San Nicolás, propiedad de las Hermanas Canonesas del Santo Sepulcro. Este es un espacio en el que se realizan tareas de poda, plantación y cosecha de lo que ellos mismos siembran. En una de las ocasiones tuve la suerte de plantar con ellos dos parras. Pero no todo se queda en cultivar la tierra. las actividades del huerto van más allá de la siembra y la cosecha. Es en la tierra donde se pueden reflejar sus vidas, en las cuáles hay tiempos de buena cosecha, y tiempos de no muy buena cosecha. Por eso la tierra hay que abonarla, cuidarla, enriquecerla con lo que la misma tierra da, removerla y que coja aire, sembrar, regar, cuidar y cosechar los frutos que de ella salen, todo ello siempre con la ayuda que los voluntarios vamos intentando dar desde lo mejor que tenemos, que es el amor y con el amor todo se puede.
Los viernes teníamos en la última media hora de la actividad un momento de ocio. La hermana María Victoria, Misionera de la Inmaculada Concepción, nos preparaba su cafetico y unos pasticas tras las clases de Pedro, Hermano de la Salle.
Para mí han sido unos días maravillosos en los que he podido vivir de cerca y escuchar, en primera persona, tantas realidades que pueden existir en nuestro entorno y darme cuenta que no hace falta ir tan lejos para encontrar al que sufre realmente en su vida el camino de la cruz.
Quiero agradecer también la acogida por parte de todo el equipo de trabajo de dicho centro que con cariño siempre me han abierto las puertas y me han recibido con una sonrisa. Esas chicas que están siempre dispuestas a una acogida y al acompañamiento incansable, a la escucha activa y sobre todo a dar el amor que cada persona necesita.
Agradecer también a Cáritas diocesana de Zaragoza su acogida y su atención en todo este tiempo y por permitirme servir en esa tarea tan bonita y entrañable. Ahora termino la pastoral con el corazón henchido de la labor que allí he podido realizar unida al cariño recibido por l@s usuari@s, voluntari@s y trabajador@s.
Gracias de corazón.
José Miguel Ortega
E.A.









San Vicente de Paúl (de ahí el nombre de “misioneros paúles”), a pesar de las comprensibles limitaciones propias del tiempo en el que le tocó vivir (siglo XVII), tuvo un gran aprecio por la comunicación: llegó a escribir más de treinta mil cartas (alguna llegó a su destinatario varios meses después de su muerte). 


Comentarios recientes