may 092011
 

INTRODUCCIÓN

RAZÓN DE SER DE ESTA RATIO

Este documento está motivado por la situación actual de la Congregación y de la Iglesia. La Congregación ha experimentado la inquietud por renovarse, el deseo de revitalizar el carisma vicen­ciano y ha ido tomando mayor conciencia de la gran importancia que tiene la formación vicenciana de nuestros estudiantes para el futuro de la Compañía. Al mismo tiempo se reconoce la existencia de ciertas dificultades y de una gran diversidad por lo que se refiere a la organización y contenidos de nuestros programas de formación.

Por eso, la 37 a Asamblea General de la Congregación de la Misión decidió la redacción de una Ratio Formationis Vincentia­nae para el seminario mayor (LA 31, 1°). La precedente Asamblea General ya había pedido una Ratio Formationis para el seminario interno, que fue redactada en su día.

FINALIDAD

3. El fin de esta Ratio es:

  • ayudar a las Provincias, en vista de las numerosas dificulta­des que encuentran, a elaborar un plan provincial de formación vicenciana para el tiempo del seminario mayor (cf. E 41, 1);
  • promover la formación progresiva del sacerdocio ministe­rial al estilo vicenciano, durante el ciclo de estudios filosófico- teológicos, contribuyendo así al proceso de la formación perma­nente (C 81);
  • contribuir a la renovación y unidad de la Congregación.

LO ESPECÍFICO VICENCIANO

4. Dado que son muchos los puntos de coincidencia entre la formación vicenciana para el presbiterado y la formación de un sacerdote diocesano o de otras congregaciones, esta Ratio no trata de manera exhaustiva sobre la formación para el sacerdocio minis­terial, sino que procura destacar, ante todo, lo que es propiamente vicenciano.

FUENTES

5. Las fuentes principales para la elaboración de esta Ratio han sido las siguientes:

  • los documentos generales sobre la formación para el sacer­docio ministerial, tanto de la Iglesia universal como los de las Con­ferencias Episcopales Nacionales;
  • Ø nuestras Constituciones y Estatutos y las Reglas Comunes;
  • Ø las Líneas de Acción de la 37a Asamblea General; y,
  • Ø sobre todo, la experiencia de las Provincias, expresada en sus informes, documentos, programas, planes de formación.

I. PRINCIPIOS GENERALES

“Así pues, Padres y Hermanos míos, nuestro lote son los pobres: ‘Pauperibus evangelizare misit me’. ¡Qué dicha, Padres, qué dicha! Hacer aquello por lo que Nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo!” (SV XII, 4 – XI, 324).

FIN GENERAL DE LA FORMACION VICENCIANA

6. Todo el proceso de la formación vicenciana tiene este fin: que los miembros de la Congregación, animados por el espíritu de San Vicente, lleguen a ser cada vez más seguidores de Cristo evan­gelizador de los pobres, para llevar a cabo la misión de la Compañía (C 1; 77; LA 28).

El mismo Cristo es la regla de la Misión (SV XII, 130 – XI, 429), y el centro de nuestra vida y de nuestra actividad (C 5; 77, 2). Toda la formación está dirigida a revestirnos de su espíritu (RC I, 3; C 1, 1°), para responder a su llamada para el servicio apostólico, a la manera de San Vicente.

FIN ESPECÍFICO DE LA FORMACIÓN VICENCIANA EN EL SEMINARIO MAYOR

7. La formación en el seminario mayor intenta preparar a los estudiantes para ejercer el sacerdocio ministerial como vicencia­nos, de tal suerte que, viviendo una vida de comunidad arraigada en el Evangelio y teniendo como modelo a Cristo evangelizador, estén preparados para predicar la Buena Nueva, celebrar a través del culto la presencia liberadora y salvadora de Dios, apacentar a los fieles y cooperar en la formación de clérigos y laicos. De acuerdo con el espíritu de San Vicente y la tradición de la Compañía, la formación debe ser especialmente orientada a la evan­gelización, al ejercicio de la caridad y a la promoción de la justicia con los pobres (C 87; LA 10; 31, 2°).

LA FORMACION COMO PROCESO

8. Como proceso o itinerario, toda nuestra formación:

  • estará centrada en Cristo, servidor y pobre, a fin de que su caridad nos estimule siempre más a cumplir el fin de la Congrega­ción (C 78, 1);
  • será alimentada continuamente por los pobres, mediante el contacto directo con la realidad de sus vidas (C 78, 4; LA 28);
  • estará marcada por la disponibilidad y creciente capacidad para acompañar y colaborar en la formación del clero y de los lai­cos, conduciéndoles a una participación más plena en la evangeli­zación de los pobres (C 1, 3°);
  • será misionera, de manera que nos disponga para ser envia­dos a cualquier parte del mundo (C 12, 5°), tanto para servir en las misiones “ad gentes” (C 16), como para asumir los trabajos especí­ficos escogidos por la Provincia (C 13; E 1);
  • será progresiva (C 77, 1; 78, 5), con unidad orgánica que pene­tre todas sus etapas, pero teniendo cada una de éstas bien defini­dos sus propios fines (C 80);
  • se extenderá a lo largo de la vida (C 81), a fin de mantener­nos continuamente “abiertos a las realidades y necesidades de la evangelización en un mundo que cambia sin cesar” (2);
  • será responsabilidad de toda la comunidad provincial (C 93), y no sólo de los pocos que están directamente encargados de las casas de formación;
  • adaptada el mundo de hoy, para llegar a una plena incultu­ración en los diversos lugares donde trabajen los miembros de las Provincias (LA 11, 1°; 31, 2°);
  • procurará integrar armoniosamente las diversas dimensio­nes de la vida vicenciana: humana, espiritual, intelectual, apostó­lica y comunitaria (LA 23).

II. EL EJE VICENCIANO Y LAS CINCO DIMENSIONES DE NUESTRA FORMACIÓN

PRESENTACION

9. El carisma vicenciano debe influir sobre todo el proceso de formación y, en consecuencia, penetrar la vida entera del semina­rio mayor. Este documento contempla el programa del seminario mayor centrado en el eje vicenciano y considera la formación humana, espiritual, intelectual, apostólica y comunitaria bajo dicha perspectiva, ofreciendo un objetivo para cada una de ellas y medios para realizarlo.

Las cinco dimensiones arriba mencionadas forman un todo, completándose y nutriéndose mutuamente. Por ejemplo, la forma­ción intelectual que brinda a nuestros estudiantes un conocimiento profundo sobre la enseñanza social de la Iglesia y las causas de la pobreza (3) en el mundo actual, les ayudará a centrar el foco vicen­ciano de nuestras actividades.

A. EL EJE VICENCIANO

‘Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesu­cristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo” (SV I, 295 – I, 320).

OBJETIVO

10. La formación vicenciana, como eje de toda la formación en el seminario mayor, procura que los estudiantes se impregnen cada vez más del carisma de San Vicente, conozcan, reflexionen y vivan con intensidad su experiencia (C Intr.; LA 7; 10), que tiene como centro el seguimiento de Jesucristo evangelizador de los pobres (RC I, 1; C 1).

MEDIOS

11. Avanzar en el conocimiento de la persona y escritos de San Vicente, de nuestro fin propio, Reglas Comunes, nuestra historia, Constituciones, Estatutos, documentos de la Congregación, espe­cialmente los más recientes, Normas Provinciales. No se trata sola­mente de adquirir conocimientos teóricos sobre la historia y espi­ritualidad de la Congregación, sino también un amor práctico.

12. Interesarse por conocer mejor las obras y las otras funda­ciones vicencianas, en especial, la Compañía de las Hijas de la Cari­dad y los movimientos laicos vicencianos.

13. Vivir, en seguimiento de Cristo, la práctica de las cinco vir­tudes, que “son como las potencias del alma de la Congregación” (RC II, 14; C 7), escogidas por San Vicente, sobre todo porque “son más propias del misionero” (SV XII, 302 – XI, 586):

  • Sencillez “que consiste en decir las cosas llanamente, como están en nuestro corazón, sin elucubraciones inútiles y en hacer todo con la mira puesta en Dios solo, sin engaño ni artificio” (RC II, 4), y nos hace aptos para acercanos a los humildes.
  • Humildad que nos libera de la autosuficiencia y nos pone en actitud de apertura a Dios y a los pobres, capacitándonos para ser evangelizados por ellos (RC II, 6-7).
  • Mansedumbre que, a ejemplo de Cristo, nos lleva a mirar con bondad a los que nos rodean, especialmente a los humildes y a los que nos ofenden, tratándolos con afabilidad y comprensión (RC II, 6).
  • Mortificación que nos induce a vivir en estado de conver­sión continua, a aceptar la voluntad de Dios, a vencer los posibles apegos que traban nuestra libertad para seguir a Cristo (RC II, 8-10) y a afrontar las dificultades inherentes al apostolado misionero.
  • Celo que pone de manifiesto el tono misionero de una comu­nidad y debe expresarse en el trabajo cotidiano y en la disposición para asumir las tareas que la Congregación nos señale en orden a la evangelización (RC XII, 11).

14. Vivir los votos, ya sea como preparación, ya como res­puesta después de la emisión de los mismos:

  • La Estabilidad que consiste en la fidelidad a Dios que nos llama a comprometernos en la evangelización de los pobres, en la comunidad vicenciana, por toda la vida (C 28; 39).
  • La Castidad perfecta en el celibato, que nos lleva a abrir cada vez más el corazón a Dios y al prójimo sin exclusivismos (RC IV, 1; C 29; 30); la recibimos como un don de Dios y como el camino para seguir a Cristo que se entregó por todos nosotros y nos amó sin limitaciones.
  • La Pobreza, que nos identifica con Cristo pobre y humilde, nos libera para compartir la vida de los pobres y emplear lo que somos y tenemos en su servicio, considerándolos como nuestro lote, y a nuestros bienes materiales, como su patrimonio (RC III, 1; C 12, 3′; 31).
  • La Obediencia nos identifica con Cristo, que no vino a hacer su voluntad sino la del Padre; nos libera para responder a su lla­mada, a la de los pobres y a la de los superiores, en la Iglesia y en la Congregación (RC V, 1; C 36-38).

15. Continuar reflexionando sobre la experiencia espiritual de San Vicente: cómo él contempló a Cristo y lo sirvió en la persona de los pobres y en la formación del clero, a fin de actualizarla y vivirla personal y comunitariamente en la Iglesia y en el mundo de hoy (cf. MR 11).

B. LAS CINCO DIMENSIONES

1. FORMACION HUMANA

“Los que se alejan del afecto de los bienes de la tierra, del ansia de placeres y de su propia voluntad, se convierten en hijos de Dios y gozan de una perfecta libertad, porque la libertad sólo se encuentra en el amor de Dios. Esas personas, hermanos míos, son libres, carecen de leyes, vuelan libres por doquier, sin poder detenerse, sin ser nunca esclavas del demonio ni de sus placeres. ¡Bendita libertad de los hijos de Dios!” (SV XII, 301 – XI, 585).

OBJETIVO

16. Desarrollar todas las potencialidades corporales y espiri­tuales que componen el ser humano; cultivar los dones persona­les, a fin de llegar a ser

  • Ø más libres y responsables;
  • más abiertos a la vida según el Evangelio y el Espíritu de Dios, junto con los Cohermanos y con los hombres a los que será enviado;
  • Ø y, de ese modo, llegar a ser un buen obrero para la Misión.

Se logra este objetivo a través de un crecimiento continuo.

MEDIOS

17. A nivel personal, el estudiante procurará

1) desarrollar la conciencia y aceptación:

  • de su cuerpo,
  • de sus aptitudes y limitaciones,
  • de sus raíces familiares, con sus valores y deficiencias,
  • de su afectividad: sexualidad, deseos y temores, actitudes ante la búsqueda de satisfacciones y de la valoración personal, reac­ciones defensivas y agresividad (OT 6; RFIS 39; SV XI, 284 – XI, 185; XII, 22 – XI, 338);

2) captar la realidad para ver lo que existe; evitar la cerrazón; abrirse a los criterios ajenos; acrecentar la dosis de realismo y medir el alcance de las propias posibilidades;

3) capacitarse para discernir y juzgar rectamente; acrecentar el sentido crítico mediante el desarrollo de la capacidad de reflexión, fundada en la razón y en la fe, y no sólo en impresiones, interpretaciones, proyecciones (OT 11; SV XII, 49; 175 – XI, 360; 465).

18. A nivel de relaciones, el estudiante se esforzará por:

1) abrirse a los otros, a la realidad distinta de uno mismo, incluído lo que resulta difícil de aceptar; esto le capacita para con­vivir y trabajar con perseverancia junto con otras personas. De ahí que procurará:

  • liberarse de sus mecanismos de defensa; evitar, paso a paso, las reacciones motivadas por el miedo a ser conocido, juzgado, dominado;
  • acoger lo que procede de los demás, tanto lo positivo como lo negativo; desarrollar la capacidad de escucha, estima de los otros, tratándolos con amabilidad, olvidándose de sí mismo, con sentido del humor, sencillez, humildad; todo esto le hará más accesible a los demás (RFIS 39; SV XI, 341 – XI, 234; XII, 305 – XI, 588);
  • participar activamente en las tareas comunes:
    • de palabra: teniendo el valor de hablar con libertad en los grupos; expresar sin timidez lo que piensa y siente, exponiendo sus dificultades y abriéndose al diálogo (RFIS 26; SV XIII 172 – XI, 463; XIII, 642 – X, 774-775);
    • de acción: aprender a trabajar en grupo; dejar de lado las divergencias en aras del bien común; de esta manera las diferen­cias personales se complementan mutuamente (OT 11; SV XII, 97; 245 – XI, 401-402; 539-540);

2) cultivar la capacidad para decidir y actuar, no por impul­sos sino a la luz de la razón y en función de la situación real; desar­rollar:

  • el espíritu emprendedor y de iniciativa, de dedicación al pro­pio trabajo, incluso al humilde y poco gratificante;
  • el sentido de responsabilidad; disponibilidad para aceptar las consecuencias de los propios actos (SV XI, 412 – XI, 289-290);
  • el sentido de la seriedad de la existencia humana;
  • la capacidad de perseverancia: estabilidad, fidelidad, equili­brio; llegar a ser alguien con quien se puede contar, incluso cuando los compromisos asumidos resulten difíciles (RFIS 39; SV XI, 40; 203 – XI, 733; 121-122);
  • el equilibrado cultivo de los dones personales, por ejemplo, la capacidad para:
    • estudiar tal o cual asignatura,
    • hablar en público, animar grupos reducidos o numerosos,
    • servirse de los medios de comunicación social,
    • escuchar, aconsejar, dirigir espiritualmente,
    • enseñar,
    • aprender idiomas,
    • las actividades prácticas,
    • la expresión artística (música, canto, literatura, etc.).

ALGUNOS EJERCICIOS PRÁCTICOS

19. El estudiante cultivará:

1) la inteligencia, mediante el amor a la verdad, la perseveran­cia en el estudio, la apertura de espíritu, el desarrollo del sentido crítico;

2) la memoria: recordando los dones recibidos de Dios, del pró­jimo, lo aprendido y vivido por uno mismo;

3) la capacidad de confrontar la realidad en los distintos nive­les a través de:

  • la reflexión personal sobre materias aprendidas y sobre la vida cotidiana;
  • la dirección espiritual y encuentros con los formadores;
  • los intercambios formales e informales sobre acontecimien­tos y asuntos que interesan al grupo;
  • sesiones (seminarios) sobre temas particulares;
  • el ejercicio gradual y supervisado de su libertad y responsabilidad;
  • la confrontación con otros medios y culturas;
  • la aceptación de obstáculos, contradicciones, fracasos, humi­llaciones, como medio para conocerse a sí mismo.

2. FORMACION ESPIRITUAL

“Debe vaciarse de sí mismo para revestirse del espíritu de Jesu­cristo. Ya sabe usted que las causas ordinarias engendran los efectos propios de su naturaleza: los corderos engendran cor­deros … y el hombre engendra otro hombre; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla está animado solamente del espíritu humano…, sólo les inspirará una apariencia de virtud, y no el fondo de la misma; les comu­nicará el espíritu de que está animado … Cuando Nuestro Señor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo, la savia de su espíritu y de su gracia…, hacemos lo que El hizo en la tierra, esto es, realizamos obras divinas” (SV XI, 343-344 – XI, 236-237).

OBJETIVO

20. Los estudiantes seguirán adquiriendo una formación espi­ritual que consiste en revestirse del espíritu de Cristo (RC I, 3;

C 1, 1°), para vivir según él todas las dimensiones de su vida (1 Co 12, 13; Gal 5, 16; Rm 8, 14). A ejemplo de San Vicente, irán configu­rando la propia experiencia espiritual a través de la contemplación y del servicio de Cristo en la persona de los pobres (C Intr.).

MEDIOS

21. Profundizar en la consagración bautismal y asimilar siem­pre más el misterio de la muerte y resurrección del Señor, de acuerdo a cómo es celebrado durante el año litúrgico y, en espe­cial, por el encuentro sacramental con Cristo en:

1) la participación diaria de la Eucaristía, como momento cen­tral de la vivencia comunitaria de la fe, en la que celebramos el acontecimiento gozoso de nuestra salvación (RC X, 3; C 45, 1).

2) la búsqueda y recepción frecuente del perdón de Dios en el sacramento de la reconciliación (C 45, 2).

22. Participar con fe en las prácticas espirituales (cf. C 40-47;

E 19) tradicionales en la Congregación de manera particular:

1) la oración, que debe convertirse en una actitud de vida, de modo que nuestra oración y la actividad pastoral se enriquezcan mutuamente, en especial, mediante:

  • la celebración comunitaria de Laudes y Vísperas (C 45),
  • la oración mental en común (C 19),
  • la oración diaria personal y la comunitaria (C 46; 47, 1);

2) la lectura y meditación de la Palabra de Dios, especialmente el Nuevo Testamento, para no ser “predicadores vacíos de la Pala­bra, que no la escuchan por dentro” (RC X, 8; C 85, 3°; DV 25);

3) la vivencia de los tiempos intensos de experiencia espiritual: retiros, días de recogimiento, etc. (C 47, 2);

4) la práctica de la revisión de vida que, en un clima de fe, ayuda a descubrir la acción de Dios en la existencia de cada uno, de la Comunidad, de la Iglesia, y en la historia de nuestros pueblos

(C 44); a este propósito, serán asimismo útiles ejercicios como la corrección fraterna;

5) la reflexión sobre lo que pueden enseñarnos los pobres (C 12, 3°) y sobre los numerosos elementos positivos contenidos en las manifestaciones de la religiosidad popular (C 16).

23) Dado que Cristo, encarnado como evangelizador de los pobres (RC X, 2; C 1; 48; 77), es la luz y la fuerza de la vocación sacerdotal vicenciana, los estudiantes se esforzarán por tener un conocimiento que los lleve a un mayor amor personal hacia El y a una relación profunda con su persona y con su misión: el anun­cio del Reino de Dios a los pobres.

24) Apertura gratuita al misterio de la Trinidad (RC X, 2; C 20; 48), cumpliendo la voluntad del Padre (RC II, 3; C 24, 2°), abandonándose a su divina Providencia (RC II, 2; C 6); siguiendo al Hijo; obedeciendo y siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo.

25) Amar a la Iglesia, tal como ella es, y disponerse para ser­virla, tratando de facilitar a los hombres el paso a la fe en Dios Sal­vador (C 2).

26) Crecer en el amor y confianza hacia María, “Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, quien, según palabras de San Vicente, comprendió con más profundidad que todos los creyentes las enseñanzas evangélicas y las hizo realidad en su vida” (C 49, 1; RC X, 4).

27) Una atención especial requiere la práctica de la dirección espiritual o acompañamiento personal, de manera que los estudian­tes puedan unificar todos los aspectos de su vida (RC X, 11; E 19; 50).

28) La emisión de los votos confirma y ahonda el compro­miso de dedicar toda nuestra vida al servicio de los pobres en la Congregación y de seguir a Cristo evangelizador de los pobres en castidad, pobreza y obediencia (C 28). Con la ayuda del equipo de formación, los estudiantes procurarán desarrollar una espiri­tualidad de los votos al servicio de la misión (SV XII, 366 – XI, 638-639).

29) Las órdenes sagradas son un momento culminante de todo el proceso formativo. Requieren, por tanto, como prepara­ción inmediata, un tiempo intenso de oración, reflexión y medi­tación sobre los respectivos significados y compromisos que se asumen.

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