Adormilados, compuestos y sin novia

asdPreparamos con más o menos esmero la próxima Asamblea Provincial. A través de ella, la Asamblea General. Unos acontecimientos que vienen a ser tan rutinarios como el rezo de las laudes (por poner un ejemplo espiritual). Y es así a pesar de las cartas de presentación de los convocantes sean estos individuales (Superior General o Visitador) o colectivos (las correspondientes Comisiones Preparatorias). Y, quizá, deba ser así: rezamos, comemos, trabajamos, nos reunimos, asambleamos… ¡Bendita rutina!

Sin embargo hay un “algo” que flota en el ambiente, que empapa la vida de las comunidades y de los misioneros y se objetiva en una directa pregunta: “¿sirven de o para algo las Asambleas?”. Ya me abstengo, por principio, de las respuestas institucionales, jurídicas o históricas … ¡Las doy por hechas y válidas!… Con todo “la tierra sigue dando vueltas alrededor del sol” y, con ella, el interrogante. No será la primea vez que, tras estar tres o cuatro días de Asamblea, los participantes se pregunten ¿qué vamos a decir a la Provincia?… Y, con cierta vergüenza, se nombre una Comisioncita para que elabore un Documento Final. ¡Al menos que no diga la gente que no hemos hecho nada! No hay duda de que en la misma expresión flota un algo de frustración, de descontento, de timo.

Y es que, a mi modo de ver (y para el debate), los mecanismos asamblearios deben revisarse con profundidad y mejorarse. Al menos en las diez últimas Asambleas Provinciales el orden de preparación ha sido similar (un “Documento de Trabajo” que prepara, con más o menos acierto, la correspondiente Comisión) y el orden interno (contenido en el Reglamento) ha sufrido muy pocas variaciones. Es muy posible que, junto a cierta desidia personal, comunitaria e institucional, aquí esté el origen del decaimiento de nuestras Asambleas. En este convencimiento quiero aportar dos sugerencias.

  1. El interés central de una Asamblea. Desde hace años, la vida de la Provincia y de cada una de las Comunidades se rige por los Proyectos Provincial y Comunitario. Un enorme avance que se adelantó en años a lo que hoy es un signo de “calidad” en cualquier organización (tenga o no el correspondiente reconocimiento, derivado de una auditoría externa). Sin embargo, es opinión común que por un lado están los Proyectos (papel) y por otro las Realidades (vida). La “Vida” se come el “Papel” porque sus contenidos ni son correctos ni se despliegan ni se revisan ni se modifican desde la Vida. Se cambian las fechas, se cambian las palabras pero no son el marco diario de referencia, el fondo al que recurrir en cada circunstancia.

El Proyecto Provincial (que acoge el de la Congregación) debiera ser el centro de atención de una Asamblea Provincial. Por ello, es la propia Asamblea, convertida en órgano legislativo, el lugar donde discutirlo y aprobarlo a fin de que el Visitador y su Consejo (órgano ejecutivo) elaboraran el correspondiente Plan Estratégico con objetivos concretos, acciones posibles, indicadores evaluables, temporalización en la ejecución y fechas para la evaluación. A partir de aquí, la primera tarea de la siguiente Asamblea sería la de contrastar los resultados y aplicar las correcciones correspondientes, si fuese necesario. Por tanto, centrémonos en el Proyecto Provincial.

  1. Un Reglamento abierto a nuevas realidades. Nadie duda de la importancia de disponer de un Reglamento para el buen discurrir de una Asamblea. El que disponemos, intocado desde hace diez años, ha prestado grandes beneficios a la Provincia. La acusación de rigidez ha sido subsanada no tanto en el propio texto cuanto en aplicarlos con cierta flexibilidad por parte de los moderadores.

Dos cuestiones me parecen importantes para poder llevar a cabo la primera de las sugerencias (elaboración del Proyecto Provincial).

  1. Cambios en la representación de la Provincia. Salvo el Visitador (único que ha sido elegido previamente por todos los misioneros) creo que la representación debiera ser directa si realmente queremos que sea auténticamente representativa. Los delegados de las “casas” tienen hoy día poco sentido. De la misma manera (ocurre con otros cargos eclesiales) a partir de determinada edad (75 años) se debiera, al menos, poder renunciar a asistir a la Asamblea.
  2. Cambios en el desarrollo de la propia Asamblea. Si la tarea central de la misma es la elaboración del Proyecto Provincial se debe dar oportunidad de emitir su opinión no sólo a todos los misioneros de la Provincia sino a todos aquellos que tengan relación directa con nuestra Misión (consejos pastorales de las Parroquias, equipo de las Misiones Populares, equipos directivos de los Colegios…). Y esta participación no sólo debiera darse en la “preparación” sino “durante” su ejecución. Las modernas tecnologías permiten todo ello “al instante”. En otras palabras: los debates debieran ser abiertos aun cuando las decisiones las tomen los presentes en la Asamblea. No basta con una buena “información” sino que es necesario posibilitar el “diálogo” permanente.

Posiblemente todo lo expuesto no vaya más allá de lo que permanezca en la pantalla de la web (que es menos que un pastel a la puerta de un Colegio). Está escrito para la reflexión (ahí se quedará) y, sobre todo, para el debate. ¡Fumando espero! Aparecerán los sarcásticos, los juristas, los constitucionalistas, los estatutistas, los tradicionalistas, los “podemos” (y ni hacen nada)… con argumentos de todo tipo. Sean todos bienvenidos si sus propuestas sirven para “mejorar”. Si no es por este motivo nos quedamos como estamos, es decir, adormilados, compuestos y sin novia.

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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