Asamblea General C.M. (1992). Líneas de acción

Queridos Cohermanos:

La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea siempre con vosotros.

En la festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo, concelebramos la Eucarístia en la que el R. P. McCullen Superior General, nos invitó a asumir con fidelidad y audacia evangélicas los cambios que nos incitan a ser hombres nuevos y comunidades

renovadas para la Nueva Evangelización de los años 90. Al final de esta Asamblea, nos gustaría daros a conocer lo que hemos vivido entre nosotros y haceros partícipes de nuestra esperanza y de nuestro gozo.

Después de una jornada de reflexión, animada por el padre Sarneel, hemos dado a la Congregación un nuevo Superior General, el P. Robert Maloney, a quien acompañará un nuevo Consejo, compuesto por el P. José Ignacio Fernández de Mendoza, Vicario General, y los padres Lauro Palú, Victor Bieler e Italo Zedde.

La Asamblea era ante todo pastoral. Su finalidad era la de promover la vida misionera de la Congregación y la vocación de los cohermanos. «Dejáos transformar por la renovación de vuestro espíritu» (Rom 12, 2), nos decían las palabras que habían de guiar su desarrollo.

La experiencia debía jugar, por lo tanto, un papel clave. La participación de experiencias se realizó de diversas formas. Se desarrolló en una atmósfera fraterna y cálida desde el comienzo y produjo frutos abundantes a lo largo lelos intercambios cotidianos. Hemos escuchado con emoción los testimonios personales de los misioneros de Madagascar, de las Filipinas, de Filadelfia, de Colombia, del Perú, de Austria y de muchos otros, relativos a la evangelización, la conversión personal y la experiencia comunitaria. En algunos momentos de la Asamblea nos hemos dividido en grupos lingüísticos, regionales o por centros de interés. No hay duda de que ha sido en estos grupos donde hemos experimentado el sentido más fuerte de esta vida nueva, de su dinamismo y de su esperanza. A decir verdad, sólo parcialmente hemos conseguido hacer de la «experiencia» la clave de la Asamblea. Porque había maneras diversas de entender la Asamblea entre las nuevas aspiraciones y las antiguas tradiciones.

Tenemos que añadir, sin embargo, que ha existido una gran fraternidad entre los misioneros, un soplo y una esperanza como congregación internacional, y un gran celo para hablar de nuestra vocación en el seguimiento de Cristo, evangelizador de los pobres. En la presentación que nos hizo el P. Luigi Mezzadri, de la Provincia de Roma, pudimos escuchar particularmente la voz de San Vicente. Su conferencia estuvo seguida de un tiempo de oración y de una invitación a componer una oración personal a partir de nuestra propia experiencia de San Vicente. Más de veinte cohermanos compartieron su propia oración con toda la Asamblea. Fue un momento de fe profunda y de oración intensa. Ese día San Vicente tocó nuestro corazón misionero. Y también, con emoción, nos enteramos, como vosotros, de la enfermedad del Papa. No hemos podido tener un encuentro con él, pero su pensamiento ha iluminado los trabajos de nuestra Nueva Evangelización.

En nuestros trabajos hemos tomado conciencia de la nueva situación del mundo, que está lleno de contradicciones pero también marcado por la gracia. Hemos tenido presentes las dimensiones geopolíticas, económicas y espirituales de este mundo en trans formación. Muchos de nosotros quedamos insatisfechos. No hemos llegado al fondo de estas cuestiones y puede ser, incluso, que no hayamos percibido suficientemente su importancia práctica. Hemos visto y reconocido nuestras propias dificultades y límites lo más sinceramente posible. Tal vez nuestro mayor dolor haya sido que, al tomar en serio nuestra renovación, hayamos notado la falta de vocaciones, la edad media en aumento y el abandono de algunos misioneros, fenómeno sobre todo del hemisferio norte.

Hemos reconocido, pues, nuestra debilidad. Pero no podemos quedamos mirando a San Vicente y decirle: «Mira cómo estamos», cuando sabemos que él nos responde: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo». Amamos ciertamente a nuestros hermanos, pero a nivel de Congregación como tal, todavía no hemos llegado a ser una comunidad portadora de vida para el futuro. Sabemos que nos acercamos a los pobres. Pero es lo que decimos, no tal vez lo que los pobres dicen de nosotros, lo cual prueba que hay dificultades evidentes y que somos débiles.

Ahora bien, en la Asamblea ha habido esperanza. ¿De dónde nos ha venido? Del Espíritu Santo que nos da la fuerza en nuestra debilidad y una vida nueva en nuestro morir. Sí, nos hemos dado cuenta de que el Espíritu Santo está con nosotros. Decimos esto con humildad, y no solamente para nosotros los que estamos en la Asamblea, sino también para todos vosotros que estáis presentes aquí, a través de nosotros. En efecto, en nuestra debilidad el Espíritu Santo nos infunde esperanza.

¿Cuáles son los signos de esta esperanza? Primero, somos conscientes de ser una Congregación misionera que desea de verdad seguir a Cristo, evangelizador de los pobres. Los polos de nuestra vocación son Jesucristo y los pobres. Confiamos en que el Señor Jesús permanezca presente y fiel a su Iglesia y a nosotros en su Iglesia (2 Cor 3­ 4). En segundo lugar, reconocemos que las intuiciones y el carisma de San Vicente hoy son más válidos que nunca. Nos llama, nos interpela y nos empuja a la acción. En tercer lugar, tenemos conciencia de que no estamos solos en nuestra vocación, sino que pertenecemos a una gran Familia Vicentina, constituida por las Hijas de la Caridad, por otras comunidades religiosas y por Laicos, igualmente marcados con el espíritu de San Vicente. En cuarto lugar, hemos percibido muy fuertemente en la Asamblea el dinamismo de las jóvenes iglesias en Asia, en África, en Sudamérica y la fe de las iglesias que salen del silencio en la Europa del Este, la valentía de los misioneros que viven en e mundo islámico y en las fronteras de la Iglesia en diálogo con los creyentes de otras religiones. Finalmente, hemos sentido la energía, las iniciativas creadoras y la apertura a la conversión en las Provincias del Primer mundo.

Ante nuestra debilidad, nuestros límites, nuestra edad que avanza, confiamos en que el Señor se servirá de nosotros. San Vicente decía: «Tres hacen más que diez, cuando Dios pone la mano»… Somos para él y no para nosotros.

Durante la Asamblea, una convicción nos llena profundamente: Las Constituciones y Estatutos nos muestran la ruta por donde debemos caminar. No podemos buscar otra alternativa. Reconocemos igualmente que la Congregación se ha beneficiado con las «Líneas de Acción 1986-1992» en los últimos seis años y pensamos que continuarán ayudándonos en nuestra vocación y misión durante los próximos seis años. En la misma línea os recomendamos también la Carta de «Los Visitadores al servicio de la Misión» (Encuentro de Río de Janeiro), y el documento de trabajo de esta Asamblea «Nueva Evangelización, Hombres nuevos, Comunidades renovadas».

Nueva evngelización

Convocados para una Nueva Evangelización, renovaremos nuestras convicciones y nuestros compromisos para la misión.

Ante un mundo que nos provoca y desconcierta con el progreso rápido y profundo, pero también marcado por las injusticias, el indiferentismo religioso, el secularismo y el proselitismo de las sectas, la Iglesia convoca a la Congregación de la Misión y a cada uno de sus miembros a participar en la tarea de la Nueva Evangelización: nuestra misión fundamental consistirá en anunciar a Jesucristo, enviado al mundo por el Padre para proclamar la Buena Nueva de la salvación a los pobres. Nuestra esperanza nos lleva a creer que seremos verdaderamente vicentinos en la evangelización de los pobres de hoy, si asumimos los compromisos siguientes:

  1. Recordando que el encuentro con el pobre fue un factor determinante en la vida de San Vicente, nos pondremos en contacto personal con los desheredados y abandonados de nuestra sociedad.
  2. En un mundo tan complejo como el nuestro, investigaremos y comprometeremos también a otros a estudiar las causas profundas de la pobreza «para promover soluciones, a corto y a largo plazo, concretas, flexibles y eficaces».
  3. Privilegiaremos en nuestra formación que demos al clero y a los laicos, una actitud de diálogo y colaboración con los hombres de nuestro tiempo, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, para fomentar con creatividad la solidaridad en favor de los pobres sedientos de liberación y de felicidad.
  4. Toda nuestra acción pastoral tendrá una dimensión claramente misionera, interesándonos por los más abandonados y alejados, animando la participación efectiva de todos en la vida de la comunidad cristiana, y dispuestos a entregar a otros la obra cuando se considere cumplida nuestra misión.
  5. Impulsaremos la obra de las misiones populares y las misiones ad gentes, trabajando por la creación, el crecimiento y la madurez de comunidades. cristianas, evangelizadas y evangelizadoras, que promuevan el desarrollo integral de las personas.
  6. Nuestra Congregación se compromete a realizar por lo menos un proyecto misionero en el Este Europeo, como signo concreto de un esfuerzo comunitario aria nueva evangelización.

Hombres nuevos

Convocados para una Nueva Evangelización, queremos ser Hombres nuevos.

Nos entregamos a Dios para evangelizar a los pobres. Tratando de identificamos con Cristo, evangelizador de los pobres, nos revestimos cada vez más de su Espíritu (S. V. XI, 34), y anunciamos a los pobres de hoy que el Reino de Dios está cerca y es para ellos (S. V. XII 80). Tenemos en la experiencia espiritual de San Vicente, en sus escritos, así como en las Reglas comunes y en las Constituciones de la Congregación, las fuentes generadoras de nuestro celo apostólico. Estas son nuestras profundas convicciones.

Estamos, en efecto, llenos de esperanza, porque creemos que con la gracia de Dios podemos llegar a ser hombres nuevos, frente a los retos de nuestro tiempo, influenciado por el activismo y el secularismo. Por eso nos proponemos:

  1. Que cada uno de nosotros reavive continuamente su amor y su fidelidad a la Iglesia y a la Comunidad, y se interese por la vida de la Congregación.
  2. Que todos nosotros nos renovemos en la vida de oración, alimentados con la Palabra de Dios, fieles a la hora de oración diaria (Consts. 47, 1) y a la celebración de la Eucaristía, culmen y fuente de nuestra actividad misionera.
  3. Que todos nos comprometamos a vivir, profundizándolos, los consejos evangélicos y las cinco virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo. Busque cada Provincia la forma de traducir hoy día estos consejos y virtudes, para inspirar las actitudes que exige la evangelización de los pobres.
  4. Que la Congregación y cada Provincia se comprometan a elaborar, lo más pronto posible, proyectos de formación permanente, que sean también caminos de conversión, de tal forma que ayuden a los misioneros a profundizar el carisma y la vocación vicentina, y a acrecentar su nivel de competencia para la Nueva Evangelización.
  5. En fin, que en los retiros y encuentros comunitarios, siempre reservemos un espacio de tiempo para evaluar nuestra vida y nuestra acción misionera.

Comunidades renovadas

Convocados para una Nueva Evangelización, renovaremos nuestras comunidades para la Misión.

La diversidad de situaciones en que viven nuestras comunidades, el carácter internacional de algunas de ellas, en las misiones ad gentes sobre todo, la variedad de nuestras actividades misioneras, y a lo que se añaden las diferencias de edad, de formación y de mentalidad, constituyen ciertamente una riqueza, pero conlleva también la dispersión y el aislamiento.

La esperanza, sin embargo, nos lleva a creer que nos renovamos en nuestro espíritu (Rom 12, 2) abriendo, como Congregación y como Provincias, Caminos Nuevos que

aviven con dinamismo, creatividad y sentido profético nuestras comunidades (cf Const. 2 «Los Visitadores al servicio de la misión», n. 8).

En el centro de nuestra vida espiritual misionera la Palabra de Dios nos interpela y nos anima a compartir sencilla y fraternalmente nuestras experiencias espirituales y apostólicas, como lo hizo San Vicente con los primeros misioneros (Const. 19).

El amor del Padre por el Espíritu de su Hijo fundamenta la comunidad para la misión. Así pues:

  1. Viviremos como verdaderos amigos, con particular atención a nuestros enfermos y ancianos, y ofreceremos generosamente hospitalidad a los pobres.
  2. Trataremos de inculturizarnos entre los pobres para hacer efectiva la solidaridad.
  3. Animados por el Superior, todos los misioneros son corresponsables del Proyecto Comunitario (Const. 27, Est. 16), que debe:
    1. equilibrar las exigencias de la vida comunitaria y del trabajo apostólico;
    2. ayudar a acrecentar la conciencia de tener una misión común.
    3. Este Proyecto será elaborado, ejecutado y evaluado comunitariamente.
  4. La renovación de las Comunidades exige también una formación integral, inicial y permanente, de sus miembros, guiada por el principio de «seguir a Cristo, evangelizador de los pobres». De esta forma:
    • Trataremos de elaborar un programa dinámico de formación integral, del que será responsable cada misionero.
    • Se prepararán cuidadosamente verdaderos animadores de comunidades vicentinas.
  5. En fin, como la Congregación es universal por naturaleza y vocación, la colaboración interprovincial, real y estructurada, abarca todos los aspectos de su vida y debe tomar las formas siguientes:
    • intercambios de misioneros y bienes;
    • intercambios de informaciones y comunicación de experiencias de la vida de las Provincias;
    • formación de equipos interprovinciales disponibles para misiones ocasionales o permanentes;
    • casas de formación o equipos de formadores nivel interprovincial;
    • promoción de las Conferencias Regionales de Provincias, encuentros para la formación y publicaciones.

Conclusión

Estos compromisos pueden parecer ambiciosos. Están hechos, a nuestro parecer, a la medida de nuestras pobrezas. Cuando somos pobres es cuando somos ricos, al amparo de la Providencia. «Si Dios aumenta nuestro trabajo, él aumentará también nuestra fuerza». Esa es nuestra Esperanza.

Nos dirigimos a María «Estrella de la Evangelización», y como nos dice San Vicente. «Invocando a la Virgen en las cosas importantes, es imposible que no marche todo bien y redunde para la gloria de Jesús, su Hijo».

San Vicente, a pesar de la edad y las enfermedades, se ofrecía voluntario para ira a las Indias. Atreveos a creer, hermanos, que la Congregación de la Misión, a pesar de sus limitaciones, estará presta a compromisos renovados y audaces en la evangelización de los pobres… hasta los confines del mundo.

En la fiesta de Santiago Apóstol.

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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