Carta de Cuaresma del Superior General, a la Familia Vicenciana

CONGREGAZIONE DELLA MISSIONE  /  CURIA GENERALIZIA

2014: La Cuaresma y la lección de Lampedusa

LAMPEDUSAUna corona, depositada por el Papa Francisco, flota
en memoria de los fallecidos en Lampedusa, Italia

 

A todos los miembros de la Familia vicenciana

Queridos Hermanos y Hermanas,

¡Que la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo  llenen sus corazones ahora y siempre!

Permítanme comenzar, para fijar nuestra atención durante esta Cuaresma, con estas palabras de la Sagrada Escritura:

 “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2ª Cor 8, 9). A veces, podemos preguntarnos lo que significa ser pobre o ser rico; pero al comienzo de la Cuaresma, estas palabras de san Pablo nos recuerdan que este tiempo nos invita a ver la pobreza y la riqueza a través de la mirada de Dios.

La “riqueza y la pobreza”  de Cuaresma

Considerar la riqueza y la pobreza según la perspectiva de la sociedad contemporánea puede parecer una pérdida de tiempo. Hoy, ser rico está siempre asociado al bienestar material, un objetivo deseado que confiere  poder, privilegio y acceso a la cumbre del refinamiento. La pobreza, por el contrario, está considerada como un azote y un signo de inferioridad que con frecuencia deshumaniza a los pobres y hace de ellos los chivos expiatorios de los males de la sociedad.

¡Qué diferencia cuando se considera la pobreza y la riqueza al estilo de Jesucristo! Las lecturas de Cuaresma ofrecen el relato de personas ricas cuya vida ha sido trastocada por Jesús. En el Evangelio de Marcos, un joven rico quería seguir a Jesús pero, cuando este le pide que distribuya sus bienes terrenos a los pobres, “se marchó triste porque era muy rico” (Mc 10, 22). En la parábola del rico y de Lázaro en el Evangelio de Lucas, el pobre tiene un nombre y un lugar en el cielo, mientras que el rico está abandonado al anonimato y a la condenación, debido a su indiferencia respecto al mendigo que tiene a su lado (Lc 16, 19-31). El uno busca un cambio de vida, pero no lo alcanza, el otro no consigue ver más allá de su vida confortable. San Pablo nos ofrece una imagen que nos ayuda a reflexionar sobre la riqueza de este mundo: “Su paradero es la perdición; su Dios, el vientre…solo aspiran a cosas terrenas”  (Flp 3, 19).

San Vicente de Paúl vio en la pobreza no sólo un medio para el servicio, sino una finalidad evangélica, la de alcanzar una vida de unión en Jesucristo. Los miembros de la Familia vicenciana que hacen voto de pobreza, así como los laicos  comprometidos a vivir nuestro carisma vicenciano, en fidelidad a las promesas bautismales, deben esforzarse por convertirse a Cristo antes de entrar en el mundo de los pobres. Para preparar a sus primeros discípulos a seguir este camino, Vicente decía: “Procuremos  hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros… Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo”  (SV XI-3 Conferencia 121, p. 429).

Este tiempo de gracia es un tiempo para buscar y gustar a la vez la riqueza y la pobreza que ofrece la Cuaresma. Sus riquezas son numerosas: el tesoro del Evangelio y de las lecturas diarias para la reflexión y la oración; las devociones centradas en la pasión, muerte y resurrección de Jesús; los momentos de silencio en presencia de nuestro Señor para evaluar hacia dónde va nuestra vida; la participación en la vida sacramental de la Iglesia, incluido el sacramento de la reconciliación. La Cuaresma es un tiempo que proporciona un maravilloso alimento espiritual.

La Cuaresma es también un tiempo de confrontación cuando nos encontramos ante la pobreza presente en nosotros mismos. ¿Qué es lo que me retiene para vivir como un discípulo de Jesús siguiendo a san Vicente? ¿Qué preocupaciones y qué miedos se esconden en los lugares oscuros de mi espíritu y de mi corazón que son un obstáculo a la gracia de Dios y me impiden servir a los pobres? Al experimentar nuestro vacío, la Cuaresma nos conduce a Jesús que nos ayuda a orar desde lo más profundo de nuestro corazón, a dominar nuestros deseos y a dar con generosidad nuestro tiempo, nuestros talentos y bienes. Cuando actuamos así, somos solidarios con el Señor que se hace presente en los más pequeños de entre nosotros.

La “lógica”  del amor

En su primer Mensaje de Cuaresma, el Papa Francisco ha descrito la Encarnación de Jesús como “la lógica del amor”. Cristo ha entrado en la condición humana para  “estar en medio de la gente, de los que tienen necesidad de perdón, para estar en medio de nosotros, pecadores, y para cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, para salvarnos, para liberarnos de nuestra miseria” (Mensaje de Cuaresma, 2014). Puede parecer extraño asociar “lógica”  y “amor” en la misma expresión. Pero aceptando la misión de salvación del Padre, Jesús revela su finalidad: manifestar un amor sin miedo y un servicio desinteresado para hacer presente el Reino de Dios en la tierra.

Lo que motivaba y animaba la misión de Jesús, era su unión con el Padre y el deseo de comunicar a todos el amor inagotable de Dios, sobre todo a los pobres.  El Papa Francisco pone de relieve que “el amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias”. En la Encarnación,  “Es lo que Dios hizo por nosotros” (Mensaje de Cuaresma, 2014). De  suyo, el amor de Jesús por nosotros es un amor que verdaderamente se sacrifica, un “amor hasta la muerte” (Rm 5, 8). La Cuaresma es un tiempo para meditar y hacer memoria de este amor.

San  Vicente  llegó a creer en esta “lógica del amor” y a abrazarla. A medida que el Señor le dio una fe más profunda, se liberó para amar a Dios, servir a los pobres, motivar y preparar a sus Misioneros, a las Hijas de la Caridad y a los laicos para hacer lo mismo. Vicente encontró a Cristo sufriente en los pobres y se convirtió en un verdadero discípulo y un verdadero servidor. Nos recuerda que a pesar de sus apariencias externas, “el Hijo de Dios que ha querido ser pobre, se nos representa en  estos  pobres” y que “debemos tener estos sentimientos y hacer lo que Cristo hizo… cuidar de los pobres… consolarles, ayudarles y orar por ellos”  (Liturgia de la Horas, propio de la Familia Vicenciana, p.67). La espiritualidad cristocéntrica de Vicente se convierte en el rasgo esencial  de su apostolado al servicio de los pobres.

Para esta Cuaresma, les sugiero que dediquen tiempo para leer y reflexionar en la vida y los escritos de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac. Tenemos a nuestra disposición numerosos y excelentes recursos, impresos o digitalizados. Al renovar el vínculo con nuestros santos Fundadores, profundizamos la comprensión que tenemos de ellos y la estima de nuestro carisma, despertando así el deseo de ser cada vez más discípulos de Jesús y actuar como tales.

Reconocer y encontrar a la  “gente de la periferia”

La “lógica del amor” de la que Jesús ha dado ejemplo con su vida, condujo a Vicente y a Luisa a servir a los pobres y a la “gente de la periferia”. Durante la reunión de la Unión de Superiores Mayores, el Papa nos instó a motivar a nuestros miembros para ir a los márgenes: “se comprende la realidad solamente si se la mira desde la periferia. Hay que ir a la periferia para conocer verdaderamente lo vivido por la gente”  (Gabinete de prensa del Vaticano, Noviembre de 2013).  Sé que es más fácil decir que hacer, pero, ¿por dónde empezamos?

Podemos comenzar por los Evangelios de los domingos de Cuaresma. Nos brindan la ocasión de reflexionar en la “gente de la periferia” antes de que los encontremos en el servicio. Empezando por el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto  (Mt 4, 1-11), vemos cómo Cristo elige ir a la periferia retirándose al desierto, un lugar de peligro y de desolación, para ayunar, orar y sufrir la tentación. Pero Jesús lo superó todo. Así, la periferia se convirtió en el trampolín del ministerio público de Jesús

Hay numerosos pasajes bíblicos de Cuaresma que hablan de la “gente de la periferia”, pero en el Evangelio de Juan sobresalen dos. Son los encuentros de Jesús con la Samaritana junto al pozo  (Jn 4), y el del hombre ciego de nacimiento al que Jesús cura (Jn 9). Jesús ve en ellos a dos personas estigmatizadas por la sociedad y las autoridades religiosas, debido a su comportamiento o a su enfermedad. Entra en sus vidas, los cura, venda sus heridas y, de la periferia los introduce de nuevo en la comunidad.

La vida de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac fue un camino continuo hacia las personas que se encontraban en la periferia, para ayudarlas, guiarlas, acompañarlas y hacerlas responsables. Esta Cuaresma podría convertirse en un tiempo de reflexión y de meditación sobre las nuevas formas de llegar a la gente de la periferia allí donde estamos. El Papa Francisco ha dicho que  hay una única verdadera miseria, la de “no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo” (Mensaje de Cuaresma 2014). ¡Que esta Cuaresma nos guíe para buscar y servir a los pobres en Cristo y a Cristo en los pobres!

Cuestionar  la “globalización de la indiferencia”

El tema de esta carta y la foto  de la primera página, pone  en evidencia a  Lampedusa, una pequeña isla  frente a la de Sicilia cuya situación  es  explosiva debido a la afluencia de refugiados solicitantes de asilo. La tragedia golpeó recientemente la isla cuando un barco sobrecargado se hundió, matando a cientos de hombres, mujeres y niños originarios de Libia y Eritrea. El Padre Zeracristos, nuestro Asistente general, tuvo que dejar  nuestro retiro para ir al depósito de cadáveres e identificar a algunas personas muertas, que eran naturales de su pueblo en Eritrea. Como millones de personas antes que ellos, son “gente de la periferia” anónima, relegada a  las mazmorras de la historia.

Para el primer viaje de su pontificado fuera de Roma, el Papa Francisco escogió  Lampedusa. Allí, rezó, visitó a los supervivientes, agradeció a las personas que atendían a los refugiados y lanzó una corona mortuoria al océano en memoria de las personas fallecidas. En su homilía, durante la misa de ese día, el Santo Padre inventó una expresión desgarradora para definir la razón de la situación crítica de estos refugiados y la de las demás  innumerables “personas de la periferia”. La calificó de “globalización de la indiferencia”. Veamos  un extracto de su homilía de ese día:

“La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros y nos lleva incluso a  la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne! ¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”  (Homilía del 8 de Julio de 2013).

Como la pobreza, la guerra, la violencia, y el terrorismo, la indiferencia también mata: no sólo a las personas, sino también al espíritu humano. Vencer la “globalización de la indiferencia” comienza cuando cada miembro de la Familia vicenciana reconoce sus riquezas y sus pobrezas ante el Señor y decide ponerlas al servicio de nuestro carisma vicenciano para el bien de los pobres de Dios. En este tiempo de Cuaresma, nosotros que compartimos esta herencia de esperanza -nuestro carisma vicenciano- debemos oír estas palabras del Santo Padre como un toque de alerta a la conversión. Las lecturas del miércoles de Ceniza nos dicen en qué consiste una verdadera conversión de Cuaresma: “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos” (Joel 2, 13).

Los dones de Cuaresma son contradictorios pero reafirman una gran verdad: al presentar a la vez nuestra pobreza y nuestra riqueza al Señor, somos renovados y fortalecidos como discípulos de Cristo al estilo vicenciano. ¡Acojan la riqueza y la pobreza de Cristo, que les aporten sus gracias haciendo fecunda su Cuaresma!

Su hermano en san Vicente,
G. Gregory Gay, C.M.
Superior general

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl y actual Visitador de la Provincia de Zaragoza. Es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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