Textos para la Historia de la CM en España (27 de septiembre)

libros_texto_2_300x150Carta del P. Vicente Ferrer, primer Visitador de la Provincia de España, a los Misioneros acerca del modo de conducirse y tratar las materias del sexto precepto de/ Decálogo. 27 de septiembre de 1778.

Muy reverendos señores v Hermanos carísimos:

Habiendo entendido que las materias de castidad no eran universalmente tratadas (supongo por inadvertencia) con tanta cautela y circunspección, cómo nuestras Regias y la delicadeza del asunto piden, ha parecido ser de mi obli­gación pasar esta circular, para prevenir con tiempo las fatales consecuencias que podrían resultar de una falta de tan mala cualidad, de que una sala sospecha, aunque mal fundada, según la expresión de Nuestro Santo, podría echar a perder el fruto de nuestras misiones, y aun cuasi irremediablemente el crédito de la Congregación. Por lo que puesto a los pies de todos, especialmente de los señores Predicadores y Confesores suplico con el mayor encare­cimiento y por las entrañas de Jesucristo usen de la mayor cautela en tratar esta delicada materia, y procuren observar puntualmente los documentos y preservativos que sobre este particular prescriben nuestras Reglas y Constitucio­nes y entre estos los siguientes:

Primeramente rogamos encarecidamente a todos que en el púlpito, tanto en los sermones, como en las pláticas y doctrinas, vayan con mucha cautela y reserva en bajar al particular, dejando absolutamente todo lo que podría escandalizar u ofender los castos oídos, o en algún modo en­señar la malicia. Que asimismo los términos que se pro­nuncian singularmente en aquel sagrado lugar, sean los más puros y castos que sepan hallarse, comúnmente gene­rales, y frecuentemente per circumlocutionem, a imitación de nuestro Santo Padre, cuya lengua de pura y casta no osaba nombrar este vicio, sino con términos generales, de flaqueza y semejantes, como lo leemos en su vida: co­mo y también se lee de San Carlos Borromeo, que cuando se le ofrecía haber de predicar sobre este asunto, usaba de circunlocuciones, por no manchar su purísima boca con algún término menos casto ; y porque en una ocasión un Religioso que le servía en cierto oficio, al proponer un caso acaecido en esta materia, nombró el vicio en términos propios, no pudiéndolo sufrir aquellos castísimos oídos, le reprendió severamente, le hizo reprender por su Prelado, y no satisfecho aun le despidió, sin quererse servir más de él, no escucharlo, ni queriendo escuchar excusa alguna, ni de inadvertencia, ni de buen fin, ni de haber sido una sola vez: que es caso verdaderamente notable, que hace a la verdad ver cuán pura ha de ser la boca del ministro de Dios.

Explicar en las funciones sagradas modos de pecar, pin­tar al vivo galanteos o enamoramientos, etc., sería sin duda profanación insoportable de aquel sagrado lugar. Hacer una larga explicación de las especies contra castidad, especialmente de las contra naturam, es tan difícil hacerlo sin ofender los castos oídos, que a la verdad parece más acertado el dejarlo absolutamente, sin hablar palabra en público sobre este asunto, o por lo menos poquísimo y con suma reserva. Es verdad que la Congregación estila hacer plática del sexto mandamiento; pero ¿a qué se reduce? Comúnmente a tratar le pensamientos y palabras, a expli­car cuando se peca en esto, y a dar algunos medios para no caer. Mas en cuanto a tratar de obras, o nada, o poquísi­mo. Y con mucha razón, porque estos pecados son tan feos, que causa asco ponerlos en los labios; y de otra parte son tan groseros y comúnmente conocidos, que no tanto ne­cesitan de explicarse, como de afearse, para que amarga­mente los lloren y enmienden los impuros y sucios peca­dores.

Las materias del matrimonio son igualmente delicadas, que para explicarse en un púlpito debidamente, se necesi­taba de unos labios purificados con carbones de fuego, co­mo los de Isaías; cuya explicación a la verdad comúnmente no sirve de más que de llenar los auditorios de admiracio­nes, y tal vez de murmuraciones y escándalos, los confesio­narios de abominaciones y fealdades, y quizá de peligros para confesores y penitentes, las almas tímidas de escrúpu­los, y, en una palabra, de aumentar quizá más los pecados, que de minorarlos y curarlos. Son estos pantanos tan po­dridos, que es difícil tocarlos sin echar mal olor y man­charse. Una sola palabra de explicación parece bastante en este asunto, es a saber, que se debe cumplir la obligación del Santo Matrimonio, y quien en esto tuviere algún es­crúpulo, lo comunique al Confesor con los términos más modestos y la brevedad posible.

Toda palabra amorosa y afecto tierno, dirigido a per­sona de diferente sexo, se debe desterrar como a peste de los púlpitos, que son cátedras de espíritu, y del Espíritu Santo, en donde todo debe respirar espíritu y gravedad, y nada que tenga resabios de carne, ni que pueda interpretarse ni oler a ello. No contento de esto Nuestro Santo, nos pre­viene y manda en la Regla, sin excepción de persona, tiempo, ni lugar, que jamás se asome a la boca de un Misionero pa­labra alguna tierna, o afectuosa, aunque pía, dirigida a persona de diferente sexo: A verbis etiamsi piis teneram erga eas benevolentiam redolentibus omnino abstinebit, pa­ra que se entienda cuanta cautela pretenderá en esta parte en lo Sagrado.

Tampoco parece bien tocar con sobrada frecuencia estas materias, Como tal vez hacen algunos, que parece no saben en las funciones hablar casi de otra cosa, pues a cada paso salen las doncellas, las casadas, etc., no parece bien, digo, esta práctica, ni al público y gentes, y mucho menos a los castos oídos, que tienen como a cosa de asco oír tan frecuentemente estas especies. A más que el tocar tan fre­cuentemente y tan largamente tina misma cosa, a más de ser fastidioso, impide el tocar otros puntos importantes; ni el hablar tan a menudo de esta materia parece tan ne­cesario corno algunos tal vez imaginan; porque aunque sea el pecado más obvio, pero como al mismo tiempo sea el más sensible y conocido, y que causa de sí más horror, luego que un alma por motivos generales entra en aborrecimiento del pecado, entra por consiguiente con especialidad en aborre­cimiento de este, que es el fin de la predicación, y debe tam­bién serlo del predicador.

Ni tampoco parece loable la práctica de los otros, y quizá de los más, que reprendiendo este vicio tolda la carga dan a las mujeres, hablan frecuentemente en el púlpito de ellas y con ellas principalmente, con las doncellas, de­jando de hablar, a lo menos con tanta frecuencia, con los hombres, cuando es notorio que por lo común estos tienen mayor necesidad, cuando convertidos estos, podemos decir que están seguras las mujeres, y no al contrario, y cuando, finalmente, es constante, que es más edificativo, más lus­troso al mismo predicador y que respira más castidad el hablar menos de las mujeres que de los hombres. A este propósito escribiendo San Francisco Javier a un predica­dor le dice: que es más a propósito cultivar más las almas de los maridos que de las mujeres, y que hay más provecho en instruir aquéllos que éstas.

La Congregación pretende tal cautela en esta materia, que propuso hacer una plática del sexto mandamiento para que todos se arreglasen por ella, y no traspasen los límites; y pues todavía no se ha puesto en ejecución, por lo menos procuremos seguir sus santos intentos, tratando esta materia con la mayor circunspección y cautela. Ni nos de­jemos llevar del especioso pretexto de que si no se baja al particular, no se hace fruto, que suele ser el más peligroso escollo de esta materia. No hay duda que el bajar en particular en cualquier asunto que sea, por lo regular, es utilísimo v una de las mejores cualidades de un buen pre­dicador y de una provechosa función; pero esto ha de ser siempre según reglas de prudencia, y decir según la nece­sidad y cualidad de la materia, y con la precisa condición de que se pueda sin escándalo ni peligro, lo que es difícil en esta materia. Lo contrario fuera con pretexto de un pequeño bien, hacer un gravísimo mal, escandalizar a las gentes, dar que murmurar, exponer nuestras misiones a ser rehusadas, y aun exponernos a ser denunciados a los Obispos por imprudentes y perniciosos, y por lo mismo lle­gar hasta a ser privados de nuestros ministerios con gran detrimento de las almas y de la Congregación. En todos tiempos han reinado mucho estos vicios, como se colige de las mismas Escrituras Sagradas; y no obstante, es cosa de admirar ver cuán pocas veces tocan estas materias Christo, los Apóstoles y San Pablo en sus sermones, cartas y escri­tos canónicos, y las pocas individualidades que acerca de esta llevan, sin duda,, para enseñar a nosotros sus sucesores la cautela que sobre esto hemos de tener, y para que asi­mismo entendamos, que la mucha individualidad en esta materia, ni es tan necesaria, ni aun conveniente como tal vez algunos se figuran.

De lo dicho hasta aquí se puede colegia, que si tanta cau­tela se pide para tratar esta materia en el púlpito, cuanta más verá menester para tratarla en el confesionario, en don­de lo sagrado del lugar y la reverencia del Sacramento, piden mayor circunspección ,la necesidad de haber de oír tan frecuentemente estas materias en aquel sagrado lugar y el ser en secreto sin testimonio de nadie, exponen a mayor peligro; las leyes y penas eclesiásticas en esta parte tan justas como formidables y temibles, obligan a la mayor cautela, y finalmente las fatales consecuencias y gravísi­mos daños que podrían resultar al particular y a la Congre­gación de una falta, y aun de una indiscreción en esta ma­teria, obligan a la mayor vigilancia y temor. A vista de esto cuán justo será que cuando se nos ofrece haber de en­trar en esta sagrada piscina para lavar y curar a los otros, cada vez que hemos de entrar y oír una confesión, espe­cialmente de mujer, pidamos al Padre de las luces luz y gracia para el acierto y librarnos de todo peligro, diciendo con el Profeta: Eripe me de luto ut non infigar, no olvi­dando al mismo tiempo el practicar las debidas cautelas para no quedar enlodados y enlazados, singularmente aque­llas tan importantes que nuestras Reglas y Constituciones prescriben, sin olvidar las siguientes:

La primera y muy principal es acerca de las preguntas, que en esta materia, singularmente es importante sean po­cas, breves, generales, y no muy individuales. Primera­mente pocas, esto es, no más de las precisas y necesarias, y que puedan hacerse sin peligro ni escándalo; esto es lo que nos enseña N. S. P. Otra cosa que nos puede mucho da- fiar, dijo un día en una conferencia, es preguntar muchas cosas en el sexto mandamiento. Y efectivamente, una sola pregunta impertinente, superflua o curiosa en esta materia podría ser de grande escándalo al penitente y de mucho perjuicio al confesor. Esto es lo que teme, y previene el Ritual Romano a los confesores con palabras muy encarecidas: Caveat (Confesarius), dice, ne curiosis aut interrogationibus quaemque detineat, praesertim„ juniores utriusque sexus, vel alias de eo quod ignorant imprudenter interroganas, ne scandalum patiantur, indeque peccacre discant. 2. Dichas preguntas deben ser breves, es de­cir, sin más explicaciones, ni declaraciones que las pre­cisas para la inteligencia del estado del penitente, no pre­guntando particularidades no necesarias, ni en manera al­guna de modos de pecar, ni del tiempo o lugar sin nece­sidad, no de cosa de matrimonio sin cautela, gravedad .y brevedad, para así expedirse presto de un lugar en que pe­ligra mucho enlodarse el confesor y penitente. 3. Genera­les más que individuales deben ser las preguntas en esta materia, especialmente en el principio, preguntando v. gr. si tienen algo contra castidad, si han consentido en algún mal pensamiento, o alguna mala palabra acerca de esto con­forme se viere la necesidad, detenerse o pasar adelante, pe­ro siempre con mucha cautela en hacer preguntas particu­lares, especialmente a mujeres.

Las palabras de un confesor particularmente en el Tribunal de la penitencia, deben ser las más medidas, puras, castas, cautas, modestas y circunspectas, porque ¡oh Santo Dios! una palabra indiscreta de cuán grande escándalo podrá ser, pues que entendida o maliciosa o escrupulosa­mente de la penitenta, podía ir rodando por los confeso­narios, hasta llegar tal vez a la Inquisición con gravísimo daño y descrédito del particular y del común. El modo de hablar de un confesor debe ser grave y majestuoso, usan­do, especialmente con las mujeres, de palabras serias, graves más presto ásperas, que dulces y apacibles, dice. S. Felipe Neri. Una palabra dicha con ternura a una mujer, un modo cariñoso, una expresión tierna en este sagrado lugar es un delito que expone a un confesor a una perdición. Acordémonos, para escarmiento nuestro, de tantos casos ruidosos y escandalosos acaecidos aun en nuestros tiempos; y no hay duda que las sobradas preguntas en materias im­puras, o hechas con poca cautela, han sido, y son el más frecuente y más peligroso escollo de los confesores. Así por términos generales lo significó y nos lo avisó no mucho tiempo ha un Sr. Inquisidor, diciendo, que lo advirtiése­mos a los confesores. O cuán enfático es este aviso! que verdaderamente merece especialísima atención, y la mayor cautela, en preguntar y escudriñar estas materias en el confesonario, si no queremos perdernos,

Si los penitentes, o muy groseros o sobradamente atre­vidos, se explicaren con términos indignos, de ningún mo­do se han de tolerar, se han de corregir o inmediatamente, si fuere sobrado su atrevimiento y descaro, o por lo menos acabada la confesión, dice S. Francisco de Sales, por la pri­mera vez suavemente, por la segunda seriamente, porque entiendan su desacato y descaro. Si quiere explicar modos o particularidades no necesarias de ninguna manera se ha de permitir, especialmente siendo esto lo que suele causar más impresión, ser de mayor .peligro: Nam delectabilia tanto magis movent, quanto particularius considerantur, et potest contingere quod confesor talio quaerens, sibi et con­fitenti noceat, observó Sto. Tomás.

Si la cosa no pudiese declararse o apearse sin irreveren­cia del Sacramento o sin peligro del confesor o escándalo del penitente, dejarlo. Ni hay que escrupulizar, que las circunstancias se han de explicar, que si no se hacen pre­guntas muy individuales, callan los pecados, porque el precepto natural de no profanar el sacramento y no escan­dalizar, prevalece. Y por lo que toca a no callar pecados, más contribuye sin duda el buen modo del confesor y una arte santa que la sobrada individualidad, que más pres­to sirve de quedar escandalizado el penitente, y más la penitenta. A más que para .apear lo necesario no.es menes­ter mucha individualidad, pues la especie y número se pue­den apear con preguntas generales de cuanto tiempo ha durado el tal vicio u ocasión y cuanta ha sido la frecuencia, y lo mismo las circunstancias, las que si invenciblemente ignoró el penitente, ni se habían de explicar, porque no añadieron nueva malicia. Lo cierto es, que los Santos todos fueron recatadísimos en esta materia, ni anduvieron en esos escrúpulos, como se ve por sus máximas, dichos y he­chos. La falta de luz ‘debe temerse no sea la causa verda­dera de estos peligrosos escrúpulos, y quiera Dios no sea atm alguna secreta pasión, que encamine a la perdición.

Mas si el confesor, como es muy debido y justo, quiere edificar y él no peligrar, es menester : 1.° Que haga un pacto con sus ojos de no mirar particularmente en el confesona­rio, no sólo a virgen, pero, ni a casada, ni a otra cualquier, como lo previene S. Felipe Neri .a los confesores. 2.° Que en orden a confesar mujeres guarde igualdad con todas, sin hacer diferencia de pobre o rica, joven o vieja, como con la moza y rica, y aun tal vez más, con la vieja y pobre, por ser más edificativo y menos expuesto a la murmuración. 3.º Si alguno como hombre sintiera alguna inclinación a confesar mujeres, debe estar muy advertido y sobre sí en no manifestadas y mucho menos en dejarse llevar de ellas, que verdaderamente sería cosa de muy po­ca edificación, así para las gentes, especialmente para los eclesiásticos y párrocos que lo llegaren a notar, como para nosotros mismos, porque ya se entiende, y lo entienden todos, que en confesarles suele haber más de inclinación y menos de trabajo, aunque sí a la verdad más peligro: pero ¡oh desgracia! por astucia del enemigo este peligro en tal caso, no se entiende, llevando quizás hasta querer jus­tificar esta conducta con varios pretextos, especialmente con aquel que parece el más común, y es más disimulado, es a saber: que las mujeres no llevan tantos enredos, ni casos tan difíciles, y que por consiguiente el confesarlas es menos expuesto y más proporcional a su poca ciencia y a su escrupulosidad, y que siendo al mismo tiempo me­nos cansado, es por consiguiente más proporcionado a su debilidad y poca robustez.

Ya es costumbre del ángel de las tinieblas transfigurarse en ángel de luz y llevar por la luz fingida a las tinieblas verdaderas. Si el que está bajo de obediencia tiene bastante ciencia y robustez corporal o espiritual para confesar hom­bres o mujeres toca al superior y no al particular el juzgarlo, discernirlo y determinarlo. El Misionero que es verdaderamente mortificado, está como prescribe la regla en las manos, juicio y voluntad del superior como la lima en las del artesano, sin pasarle jamás por la cabeza una tan odiosa y peligrosa singularidad. Ruego encarecidamente a todos que sean tan amantes de dar buen ejemplo en esta parte, que si está en su mano confesar hombres o mujeres, escojan los hombres; que si sucediere alguna vez tener confesionario destinado para mujeres, empiecen ordinaria­mente por los hombres; que si sintieran alguna inclinación a conferir mujeres teman y teman más cuanto más vehe­mente fuere, y por lo mismo apártense más, aun tal vez pi­diéndolo al superior o al director con sumisión, como con tanta edificación lo hacen algunos; sobre todo guárdense bien de manifestar, ni aun significar semejante inclinación, ni con palabras, ni con hechos, ni entre nosotros, ni con otro alguno, que sin duda sería cosa de muy poca edifica­ción, y podrían resultar malos efectos. 4.° Si tal vez suce­diere el ser llamados para confesar religiosas es menester que excusemos eficazmente (fuera de algún caso extraordi­nario de alguna confesión general, o semejante necesidad) que a más de prevenido y prohibido por nuestras Reglas, hay mucho peligro de apego, no solo en confesarlas, si aun en tratarlas, como lo expresa N. Sto. Otro medio pa­ra guardar la castidad, dijo un día en una conferencia, es el huir la conversación de las religiosas, aun de las más .reformadas, sabed señores, dijo, que tal conversación es :al hechizo diabólico. 5.° El tener devotas o beatas confesándolas frecuentemente y largamente, no solo es cosa ajena a nuestro Instituto, sino aun peligrosa, dijo el Sto. en la misma conferencia, y añadió: Por tanto conviene que la congregación terna mucho a donde hay beatas y devotas. Pobre de la Congregación si ella tolera alguno de aque­llos lugares! De cuyas palabras se infiere lo peligroso de este paso, especialmente para nosotros, que Dios nos ha llamado a eso. 6.° Finalmente, los que fueren aplicados a confesar mujeres procuren a no entretenerse más con ellas que con los hombres, antes comúnmente menos porque sue­len llevar menos enredos, y efectivamente se repara que los verdaderamente despegados y mortificados ordina­riamente despachan más mujeres que hombres. Lo contra­rio podría ser de muy poca edificación. Y a la verdad estar con una mujer, sea en casa o en misión, una o dos horas, despachando los hombres con un cuarto de hora, oh Santo Dios! ¿Y qué edificación podría ser, ni para nosotros ni para los otros? ¿Confesar a una misma muchas veces y largamente, quedándose otras sin confesar, y tal vez hombres, qué murmuraciones, qué quejas no podía ocasionar? ¿Estar con una o dos la mayor parte de la ma­ñana o tarde porque no hay más, pero sin necesidad, tal vez haciendo esperar a los compañeros, qué buenos efec­tos podía tener? ¿Volver cada día una misma tal vez joven y de buen parecer, estar con ella buenos ratos en el confe­sonario, qué sospechas no podría levantar? Ruego a los Señores Superiores y Directores, que si advirtiesen se­mejantes desórdenes los avisen, los corrijan, los repren­dan, y si es menester, no permitan a los tales confesar mujeres.

Pero Reverendos Sres. y Hnos. carísimos, quiero con­cluir al intento con unas palabras de S.Pablo: Confidimus autem de vobiss dilectissimi meliora. Sinceramente confesamos que más ventajoso modo de obrar, nos prometemos de todos, esperamos en el Señor, que cada uno por su par­te procurará dar en esto una particular edificación, atraído del amor al bien, a la Congregación, al propio y de las almas. Confiamos que todos pondrán especial cuidado en obser­var unos documentos que han sido sacados de nuestras mis­mas Reglas y Constituciones, y de los dichos y hechos de los Santos, asegurando que la fidelidad a ellos nos libra­rá de muchos peligros, especialmente el de incurrir en aque­lla peligrosa sospecha que dicen las Reglas, capaz de echar a perder el fruto de nuestras funciones, y del otro no me­nos fatal que es el haber de llegar los Superiores a apli­car los medios extraordinarios y extremos, privándonos de las mismas funciones. Libres de todo esto nosotros por nuestra fidelidad, seremos al mismo tiempo idóneos mi­sioneros de Dios para llevar muchas almas al Cielo. Que do en el amor del Señor y de todos Ustedes Señores y Hermanos Carísimos.

Su más humilde y seguro servidor, Vicente Ferrer, In­digno sacerdote de la Congregación de la Misión. Barcelona 27 de Septiembre de 1778.

Esta carta por ser tan importante el asunto y prevenir el peligro de la Congregación se leerá cada año antes de salir a Misión, delante de todos los Sacerdotes, y se podrá hacer después de Vísperas, como se hace en las confe­rencias morales del estío.

—AM.CM. Sign. 195.

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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