LOS JOVENES CONFIRMANDOS DE LA PARROQUIA SVP – ZARAGOZA EN SERVICIO
En la mañana del 31 de enero, un grupo de jóvenes de la parroquia San Vicente de Paúl de Zaragoza, que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación, vivió una jornada muy especial al visitar el Centro Social Virgen del Pilar, residencia de personas mayores de las Hijas de la Caridad.
Desde su llegada, el encuentro estuvo marcado por la cercanía y el cariño mutuo. Los jóvenes dedicaron tiempo a acompañar a los ancianos, conversar con ellos y escuchar atentamente sus historias de vida. Los residentes, por su parte, manifestaban una profunda alegría al ver a los muchachos, sobre todo, agradecidos por la visita, la frescura y el entusiasmo traían.
Durante la mañana se creó un ambiente de familia. Entre sonrisas, anécdotas y consejos nacidos de la experiencia de los mayores, se fue tejiendo un diálogo sencillo pero muy significativo.
Los jóvenes destacaban después lo mucho que les había impresionado ver de primera mano el cuidado y la ternura con la que son atendidos los ancianos, así como la riqueza humana que hay en cada uno de ellos.
La jornada incluyó con la participación en la Eucaristía, donde jóvenes y residentes compartieron la fe y un momento de recogimiento. Tras la celebración, nos reunimos en grupo para meditar y dialogar sobre el Evangelio del día, intercambiando así reflexiones que unieron generaciones distintas en torno a un mismo mensaje de esperanza.
Al despedirse, los jóvenes coincidían en sus impresiones: había sido “una experiencia preciosa e inolvidable”. Se marchaban agradecidos por las historias escuchadas, por los consejos recibidos y por el testimonio de vida de quienes, con buen corazón, les habían abierto las puertas de su hogar.
Para muchos, no fue solo una visita puntual, sino un encuentro transformador que les ayudó a descubrir el valor del tiempo compartido, del respeto a los mayores y de la alegría que nace cuando se sirve y se acompaña a los demás.
José Miguel Ortega
E.A. – Zaragoza

















San Vicente de Paúl (de ahí el nombre de “misioneros paúles”), a pesar de las comprensibles limitaciones propias del tiempo en el que le tocó vivir (siglo XVII), tuvo un gran aprecio por la comunicación: llegó a escribir más de treinta mil cartas (alguna llegó a su destinatario varios meses después de su muerte). 


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