Multiculturalismo, solidaridad y colaboración

Temas relevantes de la AG 2016:

MULTICULTURALISMO, SOLIDARIDAD, Y COLABORACIÓN

AG2016

  1. Introducción

Dejémonos renovar por la vitalidad misionera de nuestra vocación Vicenciana.

(Lema de la AG 2016. Cf Marzo 25, 2014 Carta de la Comisión Preparatoria a los Visitadores)

Los temas relevantes de la AG 2016 no son fáciles de explorar. Hablan de una cuestión importante para nosotros como Misioneros en el mundo de hoy: ¿cómo establecemos e inculcamos una perspectiva universal (internacional) como Vicencianos al mismo tiempo que estamos comprometidos con realidades particulares provinciales? Quizás podamos comenzar mencionando una expresión que es popular en países de lengua inglesa: “piensa globalmente, actúa localmente.” Se usa frecuentemente para promover la justicia social y el medio ambiente. Y es relevante para este artículo que explora cómo podemos desarrollar mejor una visión equilibrada de la Congregación con ambas perspectivas, una “perspectiva provincial” y al mismo tiempo una “perspectiva internacional.”

La experiencia de la vida es con frecuencia el mejor maestro. Los autores de este artículo quieren comenzar, no pariendo de principios abstractos, sino de situaciones que han encontrado en sus propias vidas. Pocos entre nosotros cuestionaremos la “universalidad” de la Iglesia o de la Congregación en el ámbito intelectual o académico. Pero si este tema fuese así de sencillo, no escribiríamos hoy sobre el mismo.

Testimonio del P. Greg Gay, C.M.:

Entre los temas importantes para nuestra próxima Asamblea General, creo que hay tres cruciales: multiculturalismo, solidaridad, y colaboración, los cuales han sido maravillosamente entretejidos en mi vida de comunidad y en mi ministerio. Ambos han sido retadores y han enriquecido mi vocación como Vicenciano. Todo comenzó cuando fui destinado a la República de Panamá, la misión de mi provincia donde he servido durante quince años.

Todavía recuerdo con viveza tantas experiencias estupendas en Panamá. Como nuevo misionero, cambié el uso de un coche por un caballo, viajando de aldea en aldea por tres años. Fue una gran experiencia para solidarizarme con los que servía. Más tarde, trabajé en la formación de los seminaristas, acompañando a nuestros jóvenes que estudiaban filosofía y teología. Después fui nombrado director del seminario interno, una de mis experiencias más enriquecedoras de multiculturalismo. Teníamos seminaristas de Panamá así como de países de la Provincia de América Central.

Durante los quince años que serví en Panamá relacionándome con diferentes culturas, aprendiendo un nuevo idioma, y adaptándome para vivir en un entorno desconocido, todo me ayudó a enriquecerme cultural y espiritualmente. También ensanchó mi visión del mundo más allá de la perspectiva de un ciudadano de los Estados Unidos. Aprendí a ver el mundo desde una realidad distinta, es decir, desde el lugar del pobre. Aprendí a escuchar con compasión a los que se sentían oprimidos por las políticas de los Estados Unidos, tales como la invasión de Panamá de diciembre de 1989. Como ocurre con frecuencia con los levantamientos políticos y militares, los pobres son los que más sufren. Después de años de trabajo misionero en Panamá, me pidieron aceptar ser Visitador de la Provincia de América Central. Esta Provincia tiene una tradición cultural muy rica de misioneros que son Latinos y antecedentes indígenas de Guatemala, El Salvador, Panamá y Nicaragua. Ser Visitador era todo un reto, al ser el único norteamericano, pero aprendí métodos para crear el diálogo entre los misioneros, intentando, con paciencia, llegar juntos a soluciones en favor de los pobres a los que servíamos.

Después de ser Visitador en la Provincia de América Central, fui elegido Superior General. En mi ministerio como Superior General, he hecho como una prioridad clave la animación de la Congregación de la Misión y de la familia Vicenciana. He visitado las provincias de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, y lugares en zonas difíciles del mundo para ofrecer apoyo a los sacerdotes, hermanos, hermanas, y miembros de la Familia Vicenciana.

En mi mandato como Superior General, muchas provincias y ramas de la Familia Vicenciana han experimentado el multiculturalismo y sus efectos positivos, creando solidaridad y comunidad entre estos grupos. Sin embargo, también ha habido experiencias negativas. A pesar de tales tensiones, he visto mucha generosidad por parte de un número de provincias compartiendo misioneros y recursos económicos con otras. No obstante, existe una llamada constante que debemos tener en cuenta para mirar más allá de nuestras situaciones propias y necesidades inmediatas y comprometernos en los ámbitos internacional e interprovincial.

Testimonio de P. Joe Agostino, C.M.:

Mi ejemplo comenzó en 2009, cuando mi Visitador me pidió cambiar el ministerio parroquial (donde tuve el privilegio de estar en servicio directo con los pobres durante casi todo mi sacerdocio) para trabajar en la provincia diseñando procesos de programación provincial.

Fue un cambio que nunca busqué, nunca pedí, y nunca soñé. Le pregunté: ¿de dónde vino mi nombre para este oficio? Conocía todas las razones por las que no quería dejar la parroquia de San Juan Bautista en Brooklyn, NY, en ese momento de mi vida, pero esta fue una petición que jamás había previsto. Y al ver lo que ha ocurrido en mi vida durante los últimos cuatro años, hay algunas cosas que son claras para mí… sobre mi visión del mundo y sobre la intervención de Dios en mi vida.

  • Me di cuenta en un ámbito distinto que había asumido mi identidad más por lo que hacía que por lo que soy como miembro de la Congregación;
  • Era feliz en mi ministerio – me veía a mi mismo como un pastor y un párroco – actualmente para el resto de mi vida. Ciertamente nunca pensaba cambiar eso. Y el cambio no fue fácil.

 

Alguien me dijo en una ocasión: ¡Me gusta el cambio, mientras no me afecte personalmente! Pocos de nosotros decimos “me gusta el cambio” cuando hay que modificar nuestras propias realidades personales y zonas de confort. Vine a darme cuenta de que lo que había valorado – quizás incluso sobre lo que yo había basado mi vida – quizás no fuese ya de mayor utilidad para mí. Me di cuenta que me había centrado en la “m” pequeña de mi ministerio (en la realidad parroquial…) y no en la “M” mayúscula de lo que la “Misión” debe significar para mi vida (como miembro de la Congregación).

La llamada a la universalidad que se explorará durante la próxima Asamblea General se hace más específica al estudiar tres medios por los que se manifiesta en nuestra vida comunitaria: multiculturalismo, solidaridad, y colaboración.

  1. Multiculturalismo

Aceptar la llamada a la universalidad necesariamente entraña un cambio de valores. Y por eso entramos en una lucha que todos tenemos que afrontar cuando hablamos de universalidad.

Podemos recibir un gran alivio sabiendo que no estamos solos en este campo. Y también conocemos que San Vicente de Paúl recorrió este mismo camino antes que nosotros.

Cuando fundó la Congregación, su propósito era muy sencillo: predicar el Evangelio a los pobres abandonados en las zonas rurales de Francia. Pero vemos qué pronto cambió esa finalidad, incluso durante su propia vida. En el curso de 21 años (desde 1625 a 1646), Vicente vio su Misión de la Pequeña Compañía expandirse con retiros para ordenandos, formación en seminarios, y el comienzo de misiones extranjeras. ¡Qué cambio desde un único centro de interés con el que fuimos fundados! Y, aunque Vicente aprendió ciertamente a confiar en la Divina Providencia, no tenemos duda de que se esforzó con sacrificios personales que estas expansiones le obligaron a hacer. Un ejemplo tal lo podemos ver en dos cartas que escribió a Charles Ozenne, un misionero que trabajaba en la misión de Polonia recientemente establecida:

  1. (Sobre la misión recientemente abierta en Polonia) “Sí, por supuesto, Señor, este consuelo ha tocado las profundidades de mi corazón. También me da una buena razón para dar gracias a Dios por el consuelo que da a la Compañía bendiciendo sus obras de esta manera, y pedirle que te bendiga y vendiga tu liderazgo más y más.”

(URL: http:/via.library.de paul.edu/coste en/3/ Volumen 5 carta: 1807 Descripción: A Charles Ozenne, 27 de noviembre, 1654 Página: 234

  1. Es Él el que te ha llamada a Polonia, te ha mostrado una cosecha tan abundante, y quiere que comiences a trabajar en ella, contando con una confianza especial en su gracia y no en tu propia fuerza, dado que tienes tan poca

URL: http:via.librery.de paul.edu/coste en /2/ Volumen: 5 Carta 1722 Descripción: A charles Ozenne, 27 de marzo, 1654 Página 114

Ciertamente no podemos valorar en abstracto; de alguna forma necesitamos una manifestación práctica en nuestra vida para que reconozcamos su verdad como individuos, como ministros en la Iglesia católica, o como miembros de la Congregación. Lo que sigue son algunos ejemplos concretos de lo que pueden parecer estos “cambios de valor”, y algunas de las luchas relacionados con ellos.

  1. En el ámbito humano…

Tratamos con personas que son distintas a nosotros, sea por el lenguaje que hablan, la comida que toman, o el color de su piel. Y tenemos que ser honestos al mirar dentro de nuestro corazón – hay muchos ámbitos distintos que nosotros establecemos y no aceptamos a los otros al mismo tiempo. Cuando las provincias o distintos apostolados dentro de ellas son multiculturales, no siempre es fácil forjar un sentido de comunidad dentro del mix… pero somos retados a tomar una decisión para trabajar en ello.

En medio de esta dinámica, tenemos que tratar también con la lucha personal de aprender cómo llegar a ser uno con, aunque nunca lo mismo que, aquellos que tienen unos antecedentes culturales distintos. Las tensiones multiculturales pueden no sólo afectar a un apostolado particular, sino a toda una región o provincia de la Congregación. Todos somos tristemente conscientes de historias donde tensiones étnicas/ tribales/ raciales (con frecuencia negadas) pueden impactar en la capacidad de una comunidad para realizar destinos personales y ayudar eficazmente a los pobres que estamos llamados a servir. La llamada para trasladarnos de las preocupaciones provinciales a consideraciones internacionales existe justo en nuestros patios traseros. El modo de afrontar esta realidad en nuestras propias vidas influirá en cómo trabajamos exitosamente con ella en los ámbitos provincial e internacional.

  1. En el ámbito ministerial / apostólico (católico)…

Los temas que rodean las fusiones parroquiales en la Iglesia en Europa y América del Norte son indicaciones claras que no vemos más allá de nuestros propios círculos y zonas de confort. Todo el que ha tenido que ver una fusión parroquial está muy familiarizado con las resistencias que debe afrontar. Un sentimiento escuchado con frecuencia es que este edificio eclesiástico concreto es mío y no puedo de ninguna manera ir a Misa o celebrar momentos significativos de mi vida en ningún otro sitio. En el otro extremo del espectro, escuchamos cómo esas gentes en esa parroquia no son lo mismo que nosotros – ¿por qué tengo que tratar yo con ellos ahora?

Hay una gran lección que podemos aprender aquí: tenemos mucho trabajo que hacer para ayudar al Pueblo de Dios a percibir que son parte vital de una realidad mucho más amplia que ellos mismos, y que el Cuerpo de Cristo como la misión de la Iglesia es en definitiva no territorial sino universal.

Y nosotros mismos tenemos mucho trabajo que hacer para aprender a cómo poner nuestra mirada sobre el cuadro más amplio, es decir, el trabajo de la Iglesia (con una “I” mayúscula) y la misión del Reino cuando tratamos con esta clase de dinamismos específicos. La creatividad nace cuando encontramos caminos para ayudarnos tanto a nosotros como a otros para experimentar esta realidad más amplia.

  1. En el ámbito Congregacional

Muchos misioneros, mientras trabajan en sus propios apostolados, muestran solo un momentáneo interés en lo que se refiere a su “provincia” (mientras no se toque su realidad), dejando aparte la Congregación internacional. Y, a pesar de todas las invitaciones para pensar de otra forma (tales como solidaridad, las misiones internacionales, la Familia Vicenciana), continuamos buscando todavía medios más eficaces para ampliar el horizonte de los misioneros.

¡Y aunque la mayoría de los misioneros estuviesen de acuerdo con la teoría detrás de estas iniciativas globales, en la práctica puede ser una realidad completamente distinta! La colaboración interprovincial / o reconfiguración son procesos paralelos muy cercanos a la dinámica de fusión de parroquias.

Dos ejemplos prácticos pueden ayudar a ilustrar este punto.

Ejemplo negativo: a veces estamos abiertos al diálogo o colaboración, cuando estamos en la parte receptora del mismo; es decir, cuando una provincia tiene necesidad y busca un beneficio. Por supuesto no podemos negar la importancia de la necesidad, pero al mismo tiempo no puede ser la única razón que buscamos para ser universales. Debe ser justamente un punto de partida, pero si se hace un modo normativo de actuar, puede truncar relaciones, diálogo, y toda posibilidad de ulterior colaboración en cualquier ámbito.

Ejemplo positivo: las provincias y los individuos que demuestran su sentido de ser parte de una congregación presente en todo el mundo y están disponibles en distintos ámbitos para la colaboración (personal, financiera, etc.). Muestran un sentido de grandeza por su generosidad. Están disponibles para participar en los esfuerzos de la Congregación y la Familia Vicenciana. Consiguen embarcar a otros, porque viven ese sentido de Misión. No se trata de quiénes somos (como misioneros), sino qué más podemos hacer (para ser misioneros eficaces)

III.       Solidaridad

El 18 de julio de 2014, en una carta a la Familia Vicenciana, Gregorio Gay escribía: “… que Vicente dijo con fuerza y convicción, “es verdad por consiguiente que, he sido enviado no solamente para amar a Dios, sino para que le amen. No es suficiente que yo ame a Dios si mi prójimo no le ama.” (SV, XII, Conf. Mayo 30, 1659 “Nuestra vocación como Vicencianos es inflamar el corazón de los otros; hacer lo mismo que hizo el Hijo de Dios”

La solidaridad económica no es un nuevo concepto en la Congregación. En nuestra regla sobre pobreza, Vicente de Paúl escribió: “Hemos de saber que entre nosotros, en la Congregación, todas las cosas serán comunes, a ejemplo de los primeros cristianos…” (RC 3). Las Constituciones explicitan esto más adelante: “La Congregación de la Misión posee bienes temporales por exigencias pastorales y comunitarias… y los administra como patrimonio de los pobres con solicitud, pero sin afán de atesorar” (C. 148. 1). Incluso dice: “Las Provincias y las Casas compartirán unas con otras los bienes temporales de manera que las que más tienen ayuden a las que padecen necesidad.” (C. 152. 1.) Tal ayuda es una exigencia de justicia y caridad. No es simplemente un acto de generosidad. Y como tal reta incluso a los más generosos entre nosotros para dar más allá de los actuales niveles de donación.

Somos una Congregación internacional casi desde el momento de nuestra fundación. Pero no llegaremos a ser una comunidad global hasta que no hayamos abrazado la solidaridad como individuos y como entidades provinciales. La realización de nuestra verdadera vocación misionera llegará cuando crezcamos en la experiencia viva de pertenecer no a un ministerio específico ni a una provincia particular, sino a una Congregación que abarca y suplanta estas realidades. No importa dónde estemos destinados, somos misioneros llamados al servicio de la Misión a manera de amigos que se quieren bien (cf. C. 25. 1.). Y como amigos que se quieren bien nos preocupamos los unos por los otros.

Nuestra Congregación afronta muchos interrogantes mientras intentamos vivir en solidaridad los unos con los otros. Provincias que experimentan crecimiento en personal con frecuencia están necesitadas de recursos financieros. ¿Cómo podemos ayudar mejor a su estabilidad económica mientras respondemos a las necesidades de los ayudados por la Congregación – dentro o fuera de sus territorios provinciales? Provincias con bastantes recursos con frecuencia afrontan un descenso en el número de miembros, cuyas necesidades físicas y médicas exigen una parte significativa de sus recursos. ¿Cuánto se necesita para cuidar a nuestros misioneros ancianos mientras continuamos respondiendo a las necesidades de las personas que viven en la pobreza? Algunas áreas que en otro tiempo dependían de recursos llegados de fuera son ahora no sólo autosuficientes, sino que están en condiciones de ayudar a regiones de la Congregación en otro tiempo más pudientes. ¿Cómo estructuramos nuestra distribución de recursos, tanto fiscales como personales, para que todos se beneficien?

Hemos hablado durante algún tiempo de estas tensiones, no solamente en encuentros de Visitadores sino también en cartas y artículos que se han publicado para la Congregación. Algunos esfuerzos se han hecho para responder a esta manifiesta necesidad, especialmente en la creación de fondos patrimoniales. La reciente decisión de los Visitadores (Nueva York, julio 2013) de hacer una colecta anual en toda la Congregación para esta finalidad es el último ejemplo de una estrategia que ha sido aceptada. En su llamada para esta colecta del 4 de agosto de 2014, el Superior General nos recuerda: “Contribuyendo y animando a que otros hagan lo mismo, ayudarán a la Congregación de la Misión a echar raíces y crecer para que muchos sean servidos. También estaremos haciendo lo que hizo San Vicente: establecer financiación permanente, ayuda y estabilidad, para que nuestra misión con y para los pobres continúe.”

Pero se necesita más que una llamada anual. Con suerte la Asamblea General de 2016 presentará este interrogante encarecidamente, y trabajará conjuntamente para crear un entorno y las estructuras a través de las cuales podamos experimentar más plenamente nuestra solidaridad unos con otros. Como decía San Vicente, nunca somos demasiado pobres para no dar, ni demasiado ricos para no recibir.

  1. Colaboración

  “Para socorrer toda clase de necesidades, Vicente convocó a cuantos pudo, ricos y pobres, humildes y poderosos, se sirvió de todos los medios para inspirarles el sentido del pobre – imagen privilegiada de Cristo – y les impulsó a ayudar a los pobres directa o indirectamente. Esta voluntaria y generosa dedicación la hicieron suya.” (Constituciones, Introducción p. 25)

Vicente retó a todos los grupos que fundó, así como a todos sus colaboradores, para salir de sus zonas de comodidad e ir donde vivían las personas más abandonadas. Tenía muy claro esto: nuestra fuerza espiritual viene no del coro sino de las calles donde nos codeamos con los que viven en la pobreza, nuestros Amos y Señores, así como con nuestros colaboradores. Trabajar juntos, incluso con cierto desorden como ocurre a veces, es fuente de gran energía, entusiasmo, y entrega de los muchos dones y talentos que todos aportamos a nuestras comunidades.

Como miembros de la Familia Vicenciana, nuestra comprensión de la colaboración reside en ese carisma particular que nos ha dado Vicente y nuestros Fundadores: la llamada a servir a los que viven en la pobreza empareja con el reconocimiento profundo de que ninguno de nosotros puede responder completamente a ella trabajando solo o aislado. Cada rama de nuestra Familia aporta una contribución y perspectiva única a este carisma, que ilustra el poder unificador del Espíritu Santo entre nosotros, así como la sabiduría del legado que San Vicente dejó después.

Hoy más que nunca, tal Espíritu lidera las exigencias del servicio Vicenciano para que nos desplacemos desde la comodidad de nuestros entornos a las periferias donde la presencia de Cristo está más ausente. Por desgracia, podemos hablar tanto de los misioneros como de las instituciones que aceptan de palabra la llamada radical de nuestro carisma, y que son muy indecisos para vivir en la marginalidad. ¡El Papa Francisco ha recordado a la Iglesia – y especialmente a la Familia Vicenciana – que nuestro lugar propio está en las periferias donde Jesús y Vicente ya nos han llamado para estar!

La colaboración busca los dones de todos aquellos implicados en esfuerzos comunes, respetando la libertad y autonomía de cada individuo. El deseo de trabajar juntos, de compartir recursos, y permitir proyectos que toman forma a través de procesos de planificación conjunta (como opuesto a agendas preconcebidas), son actitudes fundamentales para cualquier iniciativa exitosa. Tales actitudes requieren con frecuencia una conversión personal, animada por el espíritu de nuestro carisma. Con frecuencia estas iniciativas comunes se realizan más fácilmente en el ámbito local que en el regional o internacional. Pero aunque así sea, reconocemos que seremos más colaboradores cuanto más fieles seamos al espíritu y legado que nos dejo Vicente.

San Vicente nos recuerda: “el pobre sufre menos por falta de generosidad que por falta de organización.” Mientras continuemos aprendiendo a combinar nuestros esfuerzos, no sólo con nuestros colaboradores sino también con los que servimos, seremos más eficaces en las obras de evangelización, cambio sistémico, y servicios sociales. La Asamblea General de 1998, así como encuentros posteriores de líderes internacionales de la Familia Vicenciana, piden la creación de estructuras que facilitarían esta colaboración. Desde entonces:

  • se han formado comisiones entre las distintas ramas para guiar los esfuerzos de la Familia Vicenciana en torno a áreas de preocupación para nuestros ministerios;
  • se han programado reuniones de los líderes internacionales de la Familia Vicenciana sobre una base regular para continuar forjando los vínculos de unidad entre nosotros; y
  • se ha desarrollado un programa para realzar las habilidades de los miembros de la Familia Vicenciana para el trabajo de colaboración.

El Programa de Acción colaboradora de la Familia Vicenciana (PACFV) busca capacitar a los miembros de la Familia Vicenciana para trabajar juntos y ayudar tanto a los individuos como a las comunidades que emergen de la pobreza. Busca alimentar la espiritualidad Vicenciana del participante, técnicas de administración y comprensión, y también proveer para una experiencia tangible en colaboración. Hay dos metas dominantes de PACFV: (1) valorar el potencial sin explotar de la Familia Vicenciana en todo el mundo en la lucha para erradicar la pobreza; y (2) valorar que colaboración y cambio sistémico son procesos permanentes de formación. Bajo la dirección de la Comisión de Colaboración de la Familia Vicenciana se han ofrecido 2 programas piloto en París. Se han pedido 6 programas regionales por grupos nacionales de la Familia Vicenciana dentro del año desde que ha sido ofertado a la Familia.

Hay muchos ejemplos excelentes de colaboración en la Congregación que ayuda a provincias con necesidad de fondos o personal. La colaboración existe también entre las distintas ramas de la Familia Vicenciana, pero ha sido retador. A pesar de nuestro carisma común de seguir a Jesucristo evangelizando y sirviendo a los pobres en el espíritu de San Vicente y Santa Luisa, existe con frecuencia necesidad de coordinación. Algunas ramas permanecen separadas; quizás piensan que así conservarán su singularidad. Un temor es que esto puede llevar al aislamiento de otros miembros de la Familia Vicenciana, negando el gran potencial que tenemos cuando trabajamos juntos. Cuando sucede la colaboración entre la Familia Vicenciana, hay un espíritu de entusiasmo, celo, y deseo de expandir nuestro carisma.

Como nos recordaba Benjamín Romo en 2009: “Hoy no somos ya una Congregación aislada, sino más bien una familia unida que, como tal, no tiene otra meta que hacerse presente entre los pobres para descubrir junto a ellos el amor de Dios, buscando caminos de justicia y amor que generarán vida.” (“Colaborar con los otros miembros de la Familia Vicenciana.” Documento Final, Compromiso N. 1)

  1. Reflexión

Un artículo no nos va hacer cambiar de perspectivas provinciales a perspectivas universales. Pero el primer paso que podemos dar es el reconocimiento de que este tema está claro en nuestras vidas. Las Cinco Virtudes Características pueden ayudarnos en esta exploración, y pueden ayudarnos también a ver y valorar realidades más allá de nuestras experiencias inmediatas.

  • Sencillez: la capacidad de aceptar que sólo juntos podemos ver todo el cuadro… Yo sólo tengo un trozo pequeño de la tarta.

Dicho sencillamente, ésta es la convicción que necesitamos unos y otros si vamos a lograr la Misión que se nos ha confiado. La visión más amplia puede revelarse solamente cuando cada uno de nosotros quiere tratar clara y directamente con el otro, no manteniendo nuestros pensamientos o motivos verdaderos en nuestro interior, sino expresándolos abierta y honestamente para que una nueva comprensión venga a la luz.

San Vicente escribió:La Sencillez convierte a todos. Es completamente cierto que para convencer y vencer el espíritu humano, tenemos que actuar sencillamente.”

(Volumen: 11 Carta: 134 Descripción: Método a seguir en la Predicación. Página: 259)

  • Humildad: el reconocimiento de que tengo prejuicios – culturales, teológicos, y filosóficos – aunque piense y reaccione ante las cosas de forma distinta a la de los otros.

Tenemos que mantener la tensión que viene de reconocer que todos somos diferentes y que estas diferencias son importantes y no pueden ser infravaloradas. Aceptar nuestras diferencias y elegir ponerlas al servicio de la Misión podrá y deberá ser constructivo y beneficioso para vivir como UNA Congregación, universal.

San Vicente escribió: “El veneno de las comunidades, especialmente de las comunidades pequeñas, es normalmente la rivalidad; el remedio es la humildad… Vemos que esta rivalidad se encontraba también en la primera Compañía en la Iglesia, aquella de los Apóstoles; pero también sabemos que Nuestro Señor la controló…”

(URL: http://via.library.depaul.edu/coste en/2/ Volumen: 5 Carta: 2037 Descripción: A Luis Dupont, 26 de marzo, 1656 Página: 528-3)

  • Mansedumbre: necesito aprender cómo escuchar las perspectivas que otros ponen sobre la mesa, especialmente cuando son distintas a las mías, y reconocer el valor de las mismas, incluso aunque finalmente no esté de acuerdo.

Mutuamente, un componente esencial de la universalidad, no ocurre mediante un acuerdo perfecto sobre todo. Pero se desarrolla a medida que crezco en mi comprensión de las necesidades, sentimientos, cultura, es decir, totalidad, del otro.

San Vicente escribió: Debemos ser firmes no rudos en nuestra dirección y evitar un tipo insípido de mansedumbre, que es ineficaz. Aprenderemos de Nuestro Señor para que nuestra mansedumbre esté siempre acompañada por la humildad y la gracia para que atraigamos los corazones a Él y que nadie se aleje de Él. “

(URL: http://via.library.depaul.edu/coste en/3/ Volumen: 4 Carta: 1623 Descripción: A un Director de Seminario Página: 571)

  • Mortificación: una voluntad de abrazar el cambio de perspectiva (y su cuota de sufrimiento) que viene de aceptar el hecho de que me encuentro en medio de un mundo que es muy distinto a como yo soy.

Tengo que llegar a respetar enormemente la comprensión que otros tienen de nuestra Misión universal como una Congregación sin negar el valor que aporto al diálogo. Esta virtud nos pide ir más allá de nuestras zonas de comodidad a áreas donde podemos experimentarnos como vulnerables ante unos y otros. Pero es sólo aquí donde podemos experimentar la unidad que el Espíritu forja en medio de la diversidad.

San Vicente escribió: La mortificación es igualmente necesaria porque tenemos que ser muy firmes con nosotros para renunciar libremente con lo que damos a Dios, y por medio de esta virtud nos superamos a nosotros mismos.”

(URL: Volumen: 12 Carta: 199 Descripción: Conformidad con la voluntad de Dios, 7 de marzo, 1659 Página: 137)

  • Celo: El deseo activo de expandir mi horizonte cambiando mi posición ventajosa (a una vista “vista de balcón”) en la que busco colocar mi realidad local o provincial en el contexto de la totalidad, la Misión de la Congregación.

La primera carta de Juan nos recuerda que “no hay temor en el amor” (1 Jn 4: 18). Pero en la dinámica humana, todos somos conscientes de nuestros temores: el temor a lo desconocido (persona o lugar), el temor de falta de control de una situación dada, el temor de abandonar lo familiar para vivir en la incertidumbre. Estas no son sino algunas de las periferias personales que necesitamos sobrepasar para vivir la Misión Vicenciana. Más allá de nuestras fronteras personales y comunitarias es donde el Evangelio necesita ser proclamado hoy.

Así, mi ministerio personal, mi provincia, y mi conferencia de Visitadores todo me ayuda a avanzar hacia esa llamada más amplia y universal que Vicente nos dejó a todos como su legado duradero. Como seres humanos, tenemos hambre por lo que es más importante que nosotros mismos. “Donde no hay visión, las personas, los misioneros, la provincia, la Congregación, perecen.” Nuestro reto es golpear en esta necesidad en nosotros mismos y en nuestros misioneros para que todos nosotros cosechemos el beneficio de trabajar juntos en razón de la Misión.

San Vicente escribió: El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil a nuestro prójimo; celo para extender el reino de Dios y celo para procurar la salvación de nuestro prójimo. ¿Hay algo en el mundo más perfecto?”

(Reglas Comunes, Chap. II, Art.14)

VI Conclusión

 La Asamblea General de 2010 nos llamaa cultivar un sentido concreto y vital de pertenencia a la Congregación que va más allá del sentido de pertenencia a una comunidad local y provincial. (AG 2010 Línea de Acción 2.2) Esta Línea de Acción nos cambia de existir en un contexto – u otro a vivir en el equilibrio creativo de una u otra situación.

Todos nosotros vinimos a la comunidad a través de realidades provinciales que con frecuencia reflejaron la cultura en la que nacimos y crecimos. Al mismo tiempo, sabíamos que entrábamos en una Congregación internacional, siguiendo las pisadas de S. Vicente de Paúl. Somos retados a entablar amistad con ambas cosas. Y, en el espíritu de Vicente, estamos llamados a confiar en una Divina Providencia que nunca cesa de invitarnos a nuevas relaciones con los pobres en un mundo que cambia constantemente.

Mientras vivimos y trabajamos en el contexto de nuestros ministerios particulares, lo hacemos así como miembros de una Congregación Internacional. Cuanto más experimente el vínculo entre MI trabajo y NUESTRA misión, mejor podré yo abrazar la universalidad de la vocación misionera. Cuánto mejor entienda un Visitador su papel como puente entre los dos, mejor sus misioneros entenderán el inmenso bien que su servicio está proporcionando a los pobres en un lugar particular Y en todo el mundo. Entonces, la llamada a servir en un ámbito internacional, no será ya vista como un sumidero sobre los recursos y el personal de una provincia, sino como la plenitud de un trabajo que es responsabilidad de todos nosotros.

Si vamos a abrazar el multiculturalismo, la solidaridad, la colaboración en la Congregación, deberá hacerse mediante medios que enriquezcan el ministerio y la vida comunitaria. Un medio clave que puede ayudarnos es renovando el fervor misionero de nuestra vocación Vicenciana.

Por desgracia, lo opuesto también es cierto: los que oponen resistencia al multiculturalismo, la solidaridad, y la colaboración, con frecuencia carecen de una capacidad para ver más allá de sí mismos y sus necesidades inmediatas. Pierden la alegría que viene de trabajar juntos, compartiendo una misma meta, y consiguiendo resultados que benefician a todos, especialmente a los pobres. Progresivamente, el aislamiento puede llevar a una falta de sentido claro y al aburrimiento. Los esfuerzos disminuyen y finalmente cesan, y se perderá una vocación Vicenciana. A veces, tenemos la impresión de que el pesimismo ha enraizado en los corazones de algunos misioneros. – y no nos ayuda a vivir de manera esperanzada y llena de fe.

La esperanza no es la convicción de que algo siempre saldrá bien, sino la certeza de que tiene sentido, no importa como salgan las cosas. Para tener esperanza, necesitamos coraje. Tal coraje entraña dejar que las convicciones y el corazón de uno tome la iniciativa sin depender solamente de los cálculos mentales, racionales o de temores de experiencias pasadas. Se necesita coraje para abrirnos a experiencias multiculturales y mirar más allá de nuestras zonas de confort. Necesitamos entrar en solidaridad para un mayor bien, y colaborar para obtener metas comunes. Se necesita coraje para decir, “Hagamos esto juntos”, en lugar de querer hacerlo mi camino como el único camino.

Permanece en cada uno de nosotros el potencial de una voluntad más grande para ser transformados en el nombre de nuestra fe cristiana y carisma Vicenciano. Multiculturalismo, Solidaridad, y colaboración, ha constituido una diferencia tremenda en las vidas de aquellos que las han abrazado. Pueden establecer una diferencia en todas nuestras vidas. Pidamos que el Señor nos conceda el coraje de la conversión para abrazar el multiculturalismo, la solidaridad, y la colaboración, mientras nos preparamos para la Asamblea General de 2016.    

                                 Traducido del inglés por

P. Félix Álvarez Sagredo, C.M.

 

 

 

           

 

 

 

 

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl y actual Visitador de la Provincia de Zaragoza. Es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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