(Formación Permanente) TEMA 1º: LAS “FATIGAS” DE SAN VICENTE

“El Reino de Dios es semejante a un hombre que sembró buen grano en su campo”

La siembra de Dios siempre es fecunda con tal que caiga en buena tierra.

En otro tiempo esta siembra cayó en un hombre llamado Vicente y dio mu­chísimo fruto. Y ésto no se logró sin fatiga y cansancio, sino, al contrario, su­perando una gran fuerza de inercia en sentido contrario (Vicente aspiraba a su propia promoción social y económica)

La vida de San Vicente puede dividirse en tres momentos o, mejor, en tres “fatigas”: la fatiga de nacer, la fatiga de engendrar y la fatiga de morir.

1) La fatiga de nacer

En un texto admirable, San Vicente dirigiéndose a los misioneros, se expresó así:

“Serán gentes comodonas, personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia, en la que se cierran como en un punto, sin querer salir de ella; y si les enserian algo fuera de ella y se acercan para verla enseguida se vuelven a su centro lo mismo que los caracoles a su concha” (XI,4 p.397)

Casi la mitad de la vida del señor Vicente estuvo bajo el signo de esta ten­tación: retirarse en su concha, lograr sus propios objetivos (“una buena posición que solucionase los problemas familiares”).

La irrupción de Dios en la vida de Vicente no se hizo sin resistencia. Y nosotros hoy admiramos el resultado. Pero !qué cansancio! !qué fatiga para nacer! !qué fatiga para transformar su resistencia granítica en una existencia flexible como un junco en las manos de Dios!

Finalmente, lo que prevaleció fue el realismo del hombre moderno. Porque deseo que quede bien claro que Vicente es uno de los autores de la revolución copernicana en la vida de la Iglesia: se apasionó de tal manera de Dios que vivió en su totalidad la pasión de Dios por el hombre.

Y, así, nos ha enseñado a hacer del hombre un apasionado de Dios.

2) La fatiga de engendrar

En una carta a Bernardo Codoing, con fecha 1 de Abril de 1642, para transmitir una enseñanza muy importante, a saber, que Dios obra de manera humilde y suave, Vi­cente evoca un recuerdo autobiográfico:

“Acuérdese de que tanto usted como yo estamos sujetos a mil asaltos de la na­turaleza, y de lo que le dije de que cuando me encontraba en cierta ocasión al comienzo de proyectar la Misión, en esa continua preocupación de espíritu desconfiando por ello y sin saber si procederla de la naturaleza o del espíritu maligno hice expresamente un retiro en Soissons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la emoción que sentía en este asunto, y Dios quiso escucharme de forma que, por su misericordia, me quitó este gusto y es­ta emoción y permitió que cayese en las disposiciones contrarias, y me parece que, si Dios le da, alguna bendición a la Misión y yo no la escandalizo tanto, debe atribuirse a esto, después de Dios, y deseo permanecer en esta práctica DE NO CONCLUIR NI EMPRENDER NADA,MIENTRAS ME DUREN ESTOS ARDORES DE ESPERAN­ZA ANTE LA VISION DE GRANDES BIENES” (11,204)

Vicente era, pues, todavía demasiado él mismo, demasiado gascón. Probablemente era consciente de que la obra de Dios se desarrollaba, que algo crecía, pero también que era todavía demasiado rígido, estaba demasiado replegado en sí mismo. Él no tenía el abandono de los hijos y la libertad de las golondrinas.

Y Dios finalmente, le liberó.

Y Vicente fue capaz de engendrar

Primero a Portail, du Cudray, de La Salle

Luego a Luisa, Margarita…

En tres siglos y medio cuántas existencias se han vinculado a la suya. Y, hoy, nosotros mismos no podemos negar que nos jugamos la vida sobre él.

Pensemos en la fatiga suya durante la generación. Todos los que han ido lle­gando a la Misión después de él, y nosotros entre toda una multitud, han sido “su peso y su dolor”, han estado presentes en sus vigilias y en su oración, y también, han sido tal vez, la alegría para ese corazón de anciano que no cesaba de maravillarse cada vez que se veía como objeto preferente de parte de Dios.

3) La fatiga de morir

El Diario de Jean Gácquel (XII, 190 ss.) presenta, entre otros, dos hechos que conmueven.

  • en un momento dado dice Vicente “Basta”. Y se reza; rezan mucho en torno suyo y con él. Ahora, hace ya muchos años que su vida es como una lámpara encendi­da. Y ahora dice “Basta”. No porque se haya colmado la medida, sino para dejar este trabajo a otros: a los suyos, a nosotros.
  • el segundo hecho que sorprende es su manera de morir. No se extinguió en una montaña como Moisés, no fue arrebatado al cielo como Ellas. Murió sentado “en su si­lla, vestido”. Y hasta, el final siguió en su puesto cerca del fuego.

Y AHORA somos nosotros los que tenemos el deber de nacer, de engendrar, de morir. NACER, es “salir de nuestra concha” y “ver de cerca”. ENGENDRAR es saber que estamos llamados no a una vida árida e inútil, sino a una paternidad-maternidad que se abre al destino del mundo y de los más abandonados de entre los hombres. MORIR, en fin, a nosotros mismos, a fin de llevar, en las diversas realidades en donde vivimos, un men­saje que tiene la vitalidad formidable de las fuerzas que cambian el curso de la historia.

Sobre este punto, quisiera citar un texto de San Vicente. Realmente es un poco ingenuo pero habla y me parece que prueba lo que vamos diciendo.

En la Conferencia del 6 de Enero de 1658 a las Hijas de la Caridad, San Vicente ve la génesis de la guerra y de la revolución en la murmuración:

“¿De dónde creéis que han venido todas las guerras que ha habido y hay todavía en Francia? Todo esto ha venido, de ciertas personas que llevadas de un mal espíritu, se han puesto a criticar la conducta del Estado. Sí; basta solamente con una persona que no quiera al Rey por cualquier causa, para que a esa persona, preocupada por esa pasión, las cosas le parezcan muy diferentes de lo que son. Le dirá a otra: “Este no cumple bien con su deber; si no ponemos cuidado, va a destruir todo el Estado”. Este segundo se lo dirá a un tercero, el cual si ya ha oído hablar de ello, se confirmará en esta opinión y dirá: “Tienes razón”. Luego ese tercero se lo dirá a un cuarto. Y a continuación ya está todo el Estado agitado y revuelto. Ya no mirarán al rey mas que como a una persona que administra mal el reino. Y de ahí es de donde nacen todas las re­vueltas“. (X, 1004)

Hoy, y termino, me parece que San Vicente nos dice: “Haz lo mismo”. El mal hay que arrancarlo y el bien, por fuerza, debe expandirse. La vida es un don precioso, nos da ideas, nos lleva a encontrar a otras personas, nos hace, con todos los problemas, respirar la comunidad y vivir con el corazón dilatado a las dimensiones del mundo. ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué no hablar de ello? ¿Por qué no actualizar una revolución capaz de rehacer a la comunidad y volver a darle un impulso? Los “huesos disecados” de que nos habla el profeta Ezequiel pueden y deben resurgir. “Pongamos en práctica todas las palabras que el Señor ha dicho”. Tengamos presentes las palabras del poeta R. Tagore: “He buscado a Dios y no lo he encontrado; me he buscado a mí mismo y no me he encontrado; he buscado a mi prójimo y me encontrado conmigo mismo y con Dios”.

CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO

  • ¿Cuáles son las principales “fatigas” en nuestra vida?
  • ¿Cuál es nuestra reacción ante dichas “fatigas”?
  • ¿Qué hacemos para mitigar las “fatigas” de los demás?
  • ¿Cuáles son las principales “fatigas” de nuestra Comunidad?
  • ¿Cuáles son las principales “fatigas” de la Provincia?

 

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc…
Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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