Ideas de San Vicente sobre la autoridad en la vida comunitaria

No se encuentra en el texto de las Reglas Comunes idea alguna sobre la naturaleza y el uso de la autoridad en la comunidad. La razón de la omisión es simple: las Reglas son comunes, es decir, valen para todos los componentes de la comunidad sin distinción de cargos. Como es bien sa­bido, se redactaron a la vez otras reglas para los cargos es­peciales no comunes, por ejemplo para los superiores,1 pero el texto de estas reglas se entregaba exclusivamente a los interesados y permanecía desconocido para los demás.

Aunque en las Reglas Comunes no se habla del ejerci­cio de la autoridad, sí se habla, y mucho, del ejercicio de la obediencia a esa autoridad. Ese hecho ha tenido conse­cuencias lamentables en la historia de la Congregación. Con sólo el texto de las Reglas en la mano, el ejercicio de la autoridad comunitaria puede llegar a los límites de lo despótico, si es que no se traspasan esos límites. Que no se ha evitado ese peligro en la historia de la Congregación aparece con claridad en este texto del padre Bormet, superior general, en una circular del 8 de mayo, de 1719, sesenta arios escasos después de la muerte del fundador: «Algunos superiores disponen de lo temporal como bien les parece, sin la participación del procurador y de los demás oficiales de la casa. Se creen dueños de los bienes de la comunidad y pretenden disponer de ellos despóticamente».2 Ideas parecidas aparecen con mucha frecuencia en circulares y textos de las asambleas a lo largo de todo el siglo XVIII, por no hablar de tiempos posteriores.

Tal vez no hubiera sucedido eso en nuestra historia si el modo de ejercer la autoridad según la enseñanza de san Vicente hubiera aparecido en el texto mismo de las Reglas, convirtiéndose así en patrimonio común. Las Reglas no mencionan los límites de la autoridad, excepto en aquella vaga expresión del ubi peccatum non apparet, y, por otro lado, insisten en términos que no dejan lugar a dudas sobre la dependencia total del súbdito. En este aspecto el texto más expresivo se encuentra en los números 2 y 3 del capítulo V:

«Obedeceremos todos con prontitud, de buena gana y con constancia al Superior General en todo aquello en que no hay pecado, y le someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad con una obediencia ciega. Y todo ello no sólo para cumplir su voluntad formal, sino incluso su intención. Hemos de pensar que lo que él manda es siempre para bien, y debemos confiarnos a su voluntad como la lima en manos de un artesano. Esta misma obediencia ha de prestarse a los demás superiores, lo mismo al superior local que al visitador, y también a los oficiales subordinados».

Si de la rica y evangélica manera de pensar de san Vi­cente sobre la autoridad se hubieran puesto en las Reglas Comunes unas cuantas ideas nada más, muy otra hubiera sido probablemente la a menudo desagradable y dolorosa historia de las relaciones entre superiores y súbditos en la comunidad vicenciana. Lo curioso es que san Vicente habla muy a menudo sobre el tema en sus dichos y en sus escri­tos, y además con una riqueza, realismo y claridad de ideas que sorprende. Si no habla del ejercicio de la autoridad en las Reglas Comunes no es ciertamente porque no se le ocu­rriera qué decir sobre él. Vamos a intentar ver en este estu­dio qué es lo que tenía que decir.

Primero

Veamos en primer lugar su pensamiento sobre los aspec­tos de la autoridad que fundamentan la radicalidad de la obediencia tal como se expone en las Reglas Comunes. La autoridad del superior es autoridad de Dios mismo:

«Cuando el superior dice: ‘yo ordeno’, como tiene au­toridad de Dios no se puede contravenir a la orden sin contravenir a Dios y a lo que El nos pide».3

El superior es el único que tiene propiamente autoridad en la comunidad, de manera que, dentro de los límites de ella,4 sólo es responsable ante Dios y su conciencia, pues tiene derecho a resolver las cosas «entre Dios y él». Y aun­que debe escuchar a sus consejeros «en las cosas de consi­deración», «el superior no está obligado a seguir la plurali­dad de opiniones»,5 y puede obrar en contra de la opinión de sus consejeros «si delante de Dios cree que su propia opinión es la mejor».6 De manera que sólo al superior com­pete «el meterse en lo que hay que hacer o no hay que hacer en la casa»,7 porque «los superiores tienen luces que los demás no tienen, y razones particulares para hacer y no hacer las cosas, razones que son desconocidas a sus súbdi­tos».8 En suma:

«Un superior debe reservarse siempre la libertad de celebrar, de predicar y de llevar a cabo las demás ac­ciones públicas, y de mandar hacerlas a quien a él le parezca oportuno, y de no encargar a nadie de ellas más que con esta reserva».9

Esta autoridad es igualmente absoluta en lo que se re­fiere a los bienes comunitarios, pues los superiores pueden ejercer sobre ellos actos de dominio «sin consultar a nadie, excepto en los asuntos importantes», y en esos casos «pide consejo no a toda la comunidad, sino a los más importantes de la misma».10

Como su autoridad cubre todos los aspectos de la vida comunitaria, y no se provee por parte del resto de la comu­nidad ningún control, se puede afirmar que la autoridad del superior es, dentro de los límites mencionados, absoluta (ob­sérvese que no decimos absolutista):

«Todos los oficios de la casa residen en el superior. Pero como no los puede ejecutar todos, se le dan asis­tentes para que le ayuden con su consejo, y un procu­rador para los asuntos económicos bajo él y a sus órde­nes, y formadores para enseñar y dirigir bajo su au­toridad».11

Pero

«no le toca a la comunidad elegir al procurador…, ni a los otros oficiales, sino que tiene que nombrarlos el superior general o el visitador».12

Resumiendo, se trata de una visión de la autoridad de marcado perfil piramidal en la que a partir de Dios mismo desciende el poder hacia los estratos inferiores, sin que lle­gue ni una brizna de esta autoridad a los miembros llanos de las comunidades locales. La base de la pirámide está arriba, y no abajo:

«Los oficios y los poderes de los inferiores correspon­den (se rapportent) al superior, así como los de los superiores particulares corresponden al general».13

Con una tal visión de la autoridad parece fundamentarse con suficiente solidez la obediencia radical que postulan las Reglas. En efecto, una orden o un proceder del superior aparecen, mientras el superior opere dentro de los límites objetivos de su autoridad, como orden y proceder de Dios. Una tal orden y un tal proceder son inapelables, y la autoridad de quien proceden es absoluta, pues absoluta es en buena teología la autoridad de Dios.

Lo frágil de una visión como ésta no es que sea falsa, sino que es incompleta. En buena teología hay que decir también otras muchas cosas que se refieren al ejercicio de la autoridad en una comunidad cristiana, cosas que moderan profundamente los peligros casi inevitables de autoritarismo y absolutismo de toda visión exclusivamente piramidal. La visión teológica es en buena medida deudora de las ideas profanas de cada época, y suele destacar, de entre el rico patrimonio histórico del pensar cristiano-evangélico, aquellas ideas que tienden a armonizar con el pensar y la sensibilidad de su tiempo. San Vicente no fue del todo una excepción. No lo fue por convicción, pues un análisis sicológico de su manera de ser y de proceder nos lleva rápida y sólidamente, como veremos más adelante, a la conclusión de que, convencido profundamente de su misión, se mostraba firme en planes que había meditado cuidadosamente y en sus decisiones, hasta el punto de exhibir más de una vez aspectos que, si no se entienden bien, acusan un cierto autoritarismo más o menos marcado. Tampoco dejó de ser del todo, ni podía, hijo de su siglo. Y efectivamente, lo mismo la teología eclesiológica de entonces que la sensibilidad profano-política discurrían por cauces fuertemente autoritarios que, en el caso sobre todo de la segunda, cobraban tintes incluso absolutistas. No en vano eran los tiempos de Riche.- lieu y Mazarino, por no nombrar a Luis XIV.

Pero una vez dicho esto hay que añadir inmediatamen­te que Vicente de Paúl era ante todo un profundo espíritu evangélico, y que por eso mismo también en cuestiones de autoridad tiene en cuenta el evangelio, lo predica y lo prac­tica. Y dice a un superior recién nombrado para animarle a aceptar el cargo:

«Os ruego, en nombre de Jesucristo, que sirváis a la comunidad en su lugar»;14

Y a otro:

«Los que dirigen las casas de la Compañía no deben mirar a los demás como a inferiores, sino como a hermanos» .15

Lo que hemos dicho arriba es, ciertamente, enseñanza vicenciana, pero esto también lo es, y quien sabe y practica lo primero pero olvida lo segundo es, desde una perspectiva vicenciana total, un alma incompleta. Habrá que recordar, una vez más, que es mala cosa suponer que el texto de las Reglas Comunes refleja la totalidad del pensamiento de san Vicente, y que bastan ellas solas para gobernar y para obe­decer vicencianamente. Ambas suposiciones son falsas. Hay otra muchas cosas que no están en las Reglas, y el alma vi­cenciana debe saberlas y practicarlas si quiere de verdad ser vicenciana. Vamos a ver ahora algunas de estas cosas.

Segundo

Hay textos en la correspondencia y en las conferencias de san Vicente que si se toman prima facie van directamen­te en contra de otras expresiones de las Reglas. Estas han previsto (VIII, 3) un elaborado ritual de saludos y muestras de respeto hacia los superiores. Pero escribe en 1656, fecha en que ya estaba redactado el texto de las Reglas: «En cier­tos lugares y en ciertas ocasiones está permitido a cada uno guardar su rango de sacerdocio, de ancianidad, de ciencia, de cargos, etc., pero entre nosotros eso no se observa. Cada uno pasa y se coloca indiferentemente tal como se encuentra, lo mismo a la mesa que en otros lugares».16 Y en otra carta del mismo año, a un superior recién nombrado: «Viva con sus cohermanos cordial y sencillamente, de modo que cuan­do se les vea juntos no se pueda saber quién es el supe­rior».17 Y en otra carta: «No tenga usted la pasión de pa­recer el superior ni el dueño. No soy de la opinión de una persona que me decía hace unos días que para gobernar bien y mantener su autoridad hace falta hacer ver que uno es el superior. Oh, Dios mío. Nuestro Señor Jesucristo no ha hablado así; nos ha enseñado todo lo contrario con la pala­bra y con el ejemplo, y nos dice que él mismo no ha ve­nido para ser servido, sino para servir a los demás».18

El mismo que legisla para los misioneros un ritual de muestras de respeto hacia la autoridad, rechaza para sí mis, mo, la primera autoridad en la Compañía, tales muestras de respeto, «pues soy el peor y el más pequeño de todos los hombres».19

Hay que leer, pues, otras cosas además de las Reglas si se quiere ser del todo vicenciano, pues hay otras fuentes vicencianas además de las Reglas, y en ellas se encontrarán muchas ideas para completar y entender mejor incluso el contenido de éstas. En las Reglas Comunes, por ejemplo, aparece el poder del superior sobre los bienes comunes como un poder altamente discrecional, no moderado por ningún tipo de consideración ni de control. Pero esto es así porque en ellas no se habla de las obligaciones del superior, sino sólo de las del súbdito. Ahora bien, con sólo las Reglas en la mano un superior puede caer fácilmente en la tentación de la arbitrariedad y del absolutismo, como ha sucedido con frecuencia en la historia de la Congregación, según vimos arriba en el testimonio del padre Bonnet, por no hablar de experiencias posteriores. Pero no procedía ni pensaba así san Vicente. El mismo no se consideraba dueño discrecional de los bienes comunitarios, sino puro administrador que tenía que dar a su comunidad una estrecha cuenta de su administración. En una ocasión fue a visitarle un sobrino pobre en busca de ayuda económica, y Vicente se vio tenta­do a ayudarle de los fondos comunitarios. Cosa que no hizo finalmente porque «yo no lo podía hacer en conciencia sin el consentimiento de la compañía».20

El superior no puede guardar ningún dinero, sino que debe ponerlo todo «en las manos del procurador, quien no debe ignorar que toca al superior disponer de lo que hay en la procura… Todos saben que usted no es superior para abu­sar del dinero…».21 En materia económica la comunidad debe intervenir «en las cosas importantes»,22 aunque más adelante especifica que no se trata «de toda la comunidad, sino de los principales de la misma, que firman (en los actos de adquisición y de enajenación) junto con él».23 En suma, la actuación del superior en materia económica aparece en la enseñanza y en la práctica de san Vicente mucho más moderada por la comunidad de lo que pudiera parecer por la lectura de las solas Reglas Comunes.

Valga la misma consideración para los otros aspectos de la vida comunitaria que en las Reglas aparecen como competencia exclusiva del superior. En ninguna parte de su texto se da a los súbditos otra participación que no sea la de un derecho tímido a sugerir ideas sobre el orden doméstico (V, 5). Pero una lectura de otros escritos de san Vicente nos da una visión mucho más matizada. Citamos a continuación una carta al superior de la casa de Sedán, que nos parece resume perfectamente el pensar y la práctica del fundador:

«Está tan lejos de la verdad que sea malo pedir conse­jo que, al contrario, hay que hacerlo cuando se trata de un asunto de consideración, o cuando no podemos decidirnos por nuestra cuenta. Para los asuntos tempo­rales se pide consejo a algún abogado o a personas expertas en la materia. En cuanto a nuestra vida inter­na, se consulta a los consejeros y a otras personas de la compañía cuando parece necesario. Yo pregunto muchas veces incluso a los hermanos coadjutores, y si­go sus consejos en las cosas que se refieren a sus ofi­cios. Cuando se hace eso con las debidas precauciones, la autoridad de Dios, que reside en los superiores y en los que les representan, no sufre ningún menoscabo. Al contrario, el buen orden que se sigue de ello hace a esa autoridad más digna de amor y de respeto».24

Tercero

La autoridad, precisamente porque es una fuerza que viene de Dios, es cosa peligrosa en las manos de los hombres, que son siempre frágiles y pecaminosos.25 San Vicente lo sabe muy bien, pues conoce a fondo al hombre y no se hace sobre él muchas ilusiones. Y por eso piensa que la única manera digna de recibir la autoridad es una profunda humildad y un sentimiento de inseguridad acerca de sí mismo:

«Otra cosa que le recomiendo es la humildad de Nuestro Señor. Diga a menudo: ‘Señor, ¿qué he hecho para tener tal cargo? ¿Qué obras he hecho que hayan merecido esta carga que se pone sobre mis hombros? Ah, Dios mío, lo voy a estropear todo si no diriges tú mismo todas mis palabras y mis obras-. Miremos siempre en nosotros lo que hay de humano y de imperfecto, y en-contraremos demasiadas cosas de que humillarnos, y no sólo delante de Dios sino delante de los hombres, y en la presencia de los que son nuestros inferiores».26

Por eso la actitud justa del misionero es no desear jamás tener autoridad.27 Los que la desean «tienen el diablo en el cuerpo»,28 tienen «un espíritu maldito y diabólico», «es­tán en un estado deplorable y digno de compasión».29

«Tengo la experiencia de que los que tienden a los cargos no han hecho jamás nada que valga la pena. Tengo también la experiencia de que el que ha tenido un cargo y conserva este espíritu y deseo de gobernar no ha sido jamás ni buen súbdito ni buen superior».30

Efectivamente, no se hace Vicente de Paúl muchas ilu­siones sobre la capacidad humana de manejar la autoridad sin hacer daño a la comunidad. Y en momentos de particu­lar acritud en su crítica atribuye gran parte de los males comunitarios a la ineptitud o a la malicia de los que tienen cargos:

«Recuerde que todos los desórdenes vienen principal­mente del superior, que por su negligencia o por su mal ejemplo introduce el desorden».31

La fuerza de la autoridad viene de Dios, pero no del frágil depositario de la autoridad, porque éste no es ni infa­lible ni impecable:

«Si los superiores fueran impecables e infalibles en sus maneras de ser, eso (darles consejeros) no sería necesario. Pero como están sometidos a pecar (sujets á pécher) y a cometer faltas, no es justo que no tengan un admonitor y personas a las que pedir consejo. In­cluso el general tiene su admonitor, su confesor y sus consejeros que le ha dado la compañía; no los ha es­cogido él mismo».32

En otras palabras: precisamente porque viene de Dios, la autoridad, esa fuerza terrible en débiles y pecadoras manos humanas, debe ser asesorada, ayudada, limitada y moderada por quienes no la tienen. La idea de san Pablo (non est po­testas nisi a Deo) no justifica por tanto un ejercicio despóti­co de la autoridad. El poder de Dios es absoluto e inapela­ble. Pasa como poder, pero no pasa como poder absoluto, a manos humanas. No al menos en el contexto evangélico de la comunidad vicenciana.

Todo lo que nos acaba de decir Vicente de Paúl es exce­lente teología. Pero no vienen de su teología sino de su ex­periencia de los hombres algunas críticas de tono casi feroz que dirige contra ciertas personas con autoridad. El duro realismo de sus frases hace pensar que está pensando sin lugar a dudas en personas muy reales que él ha conocido en su larga vida de trato con los hombres. Cuando pronun­ció en una conferencia las palabras que siguen contaba ya 63 años:

«He experimentado hace ya mucho tiempo, y veo que en la mayor parte sucede esto, que este estado de su­perioridad y de gobierno es tan maligno que deja por sí mismo y por su naturaleza una malignidad, una man­cha villana y maldita. Sí, hermanos míos, una malignidad que infecta el alma y todas las facultades del hom­bre, de manera que, una vez fuera del cargo, tiene toda la dificultad del mundo para someter su juicio, y en todo encuentra algo que replicar. ¡Qué agitación siente cuando tiene que obedecer! Sus palabras, sus gestos, su andar y su porte guardan un no sé qué que revela su suficiencia, a no ser que sea uno de esos hombres con­sumidos por Dios. Pero creedme, hermanos, de éstos hay muy pocos».33

Cuarto

De las cartas y dichos de san Vicente se podrían extraer con facilidad ideas abundantes para diseñar lo que pudiéra­mos llamar un «modelo» de superior. El modelo vicenciano de superior es, en parte, corno todas las cosas en él, produc­to de su experiencia, y, en parte, producto de su fe. O más bien, de las dos a la vez, con lo que una vez más encontra­mos las dos claves que han hecho de Vicente de Paúl una figura totalmente excepcional en la historia de la Iglesia y de la sociedad: su conocimiento de los hombres y su fe en Je­sucristo. El mismo fue un hombre con autoridad sobre mu­cha gente durante los 34 últimos años de su vida. Por eso, cuando habla de la autoridad sabe bien de qué habla.

La santidad no es de por sí una cualidad que garantiza la capacidad de gobernar bien, porque «hay personas que son santas y viven santamente, y sin embargo no siempre tienen el don de dirigir», porque éste reside «en el juicio, es decir, requiere un buen juicio para dirigir y ordenar las cosas». Tampoco «la ciencia es absolutamente necesaria para gobernar bien. Pero cuando la ciencia, el espíritu de dirección y el buen juicio se encuntran juntos en una persona, oh Dios, qué tesoro». «No hay que tener siempre en consideración la ancianidad para gobernar, porque se ven muchos jóvenes que tienen más espíritu de gobierno que muchos viejos y ancianos».34

El buen juicio: he ahí la cualidad humana que Vicente ve como decisiva para el depositario de la autoridad. En su comparación, otras cualidades apreciables, como la santidad, la ciencia o la edad, pueden ser consideradas muy útiles, pero son accesorias en orden al arte difícil de gobernar hombres.

San Vicente quiere que los superiores sean líderes fuertes, pues sabe muy bien, y lo dice a menudo, que la debilidad del superior produce estragos de desconcierto y desorden entre los súbditos. El mismo fue un líder fuerte toda su vida. Pero su fortaleza brotaba no de un cierto espíritu de dominio que con frecuencia se le atribuye, no de las ganas de mandar o de un temperamento dominador, sino de una convicción fuerte. Dios le ha dado una misión por la que está obsesionado hasta el fondo de su ser, y le ha dado una autoridad para llevarla a cabo. Y piensa que la misión hay que llevarla a cabo a toda costa. De ahí su fortaleza y su firmeza. No es en modo alguno un espíritu autoritario, menos aún absolutista, sino un creyente convencido con fuerza de que Dios le llama a ejecutar la dura tarea de evangelizar a los pobres. Para esto le ha dado Dios un número de hombres y mujeres que tienen la misma vocación, pero que no tienen a veces una convicción tan fuerte como la suya. Hay que enseñarles y hay que dirigirles, y él lo hace con firmeza.35 Y quiere que los que participan de esa misma autoridad sean a su vez hombres convencidos y firmes. He aquí algunos textos suficientemente expresivos que damos sin comentarios:

«No debe usted tolerar que alguno haga sólo a medias las cosas que tiene que hacer, y aún menos debe usted cargarse con ellas para suplir su negligencia, pues eso le agotaría. Su obligación principal es la dirección general de la comunidad y de sus trabajos. Debe usted velar sobre todos y hacer que todo se haga con orden».36

«Los que gobiernan deben… enderezar a los que se tuercen, sin cansarse de llamarles la atención».37

«Qué cuentas tendrá que dar a Dios un superior que no tenga bastante coraje para mantenerse firme en que se observe la regla, y así sea causa de que la com­pañía se relaje en la práctica de la virtud».38

«Las faltas que se cometen en la comunidad se le impu­tarán al superior si se siguen cometiendo por no poner­les remedio. Y Dios le pedirá cuenta de ello».39

Como en todas las cosas, Vicente apela también en este aspecto al ejemplo de Jesucristo, «que no trataba siempre con dulzura a sus discípulos. Les decía a veces palabras duras, hasta llamar a san Pedro «Satanás»… También cogió una o dos veces varas contra los profanadores del templo, para enseñar a los que tienen autoridad sobre otros que no siempre es bueno consentirles demasiado».40

En el mismo espíritu, y como resumen de su pensar en este aspecto, recoge Abelly41 una expresión muy gráfica de san Vicente que, citando a un autor antiguo, solía decir que «más valía que cincuenta ciervos fueran conducidos por un león, que no cincuenta leones por un ciervo».

Líderes fuertes sí, pero también fraternales, pues, como ya vimos, el superior no debe mirar a nadie como a inferior sino como a hermanos. Y debe aprender de Nuestro Señor, quien «decía a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, sino amigos». Tiene, pues, que tratarlos con humildad, dulzura. paciencia, cordialidad y amor».42

Tiene por eso que ser, sin dejar de ser firme, compasivo y comprensivo con las debilidades de sus hermanos:

«Si los de su comunidad se cansan de trabajar o son reacios a obedecer, tiene usted que aguantarles. Con­siga de ellos lo que pueda. En verdad es buena cosa mantenerse firme para llegar al fin; pero sírvase de medios convenientes, atrayentes y suaves».43

Además deberá tratar de comprender a los espíritus fuer­tes y difíciles, no intentando avasallarlos, sino atrayéndolos suavemente a su obligación. La cita que sigue podría ser por su riqueza la mejor definición del espíritu de gobierno que animó al mismo san Vicente:

«Me pregunta de qué modo debe comportarse con los espíritus vivos, con los desconfiados y con los críticos. Le respondo que la prudencia debe ser quien regule esas cosas. En ciertos casos es bueno entrar en sus sentimientos, para hacerse todo a todos, como dice el apóstol. En otros, es bueno impugnarles con dulzura y moderación. En otros, mantenerse firme contra su manera de obrar. Pero es necesario que se obre siempre pensando en Dios y según crea usted que es más con­veniente para su gloria y la edificación de la comu­nidad».44

El superior debe pensar en la gloria de Dios, el superior debe pensar en la comunidad, sus hermanos. En ningún si­tio se le dice que debe pensar en sí mismo. En efecto, la au­toridad no es de él ni para él. Se le da en nombre de Jesu­cristo y para llevar a cabo la obra de Jesucristo. No tiene otro modelo de autoridad que el mismo Jesucristo, su firme­za y su espíritu de fraternidad. Se da a continuación una cita larga que resume, mejor que todo lo que pudiéramos decir por nuestra parte, el verdadero pensar y obrar de este líder de hombres en el difícil arte de dirigirlos:

«Hace usted muy bien en no servirse de artificios para mantener la obediencia en la comunidad. Como la obe­diencia se debe practicar por virtud, usted debe pedir­la por el mismo principio. Es decir, ordenar las cosas que hay que hacer, y prohibir las que hay que evitar, con sencillez, derechura y fuerza de espíritu, pero de una manera dulce y agradable que brota de un corazón verdaderamente humilde, o que tiende a la humildad. Hay que ser firme en el fin y suave en los medios, usando más bien de ruegos que de ningún otro medio que revele espíritu de autoridad o de mando. El que se reciban mal los avisos no le debe hacer disimular las faltas importantes. El amor que debe usted tener por la observancia común y por el progreso de cada uno le debe obligar a poner remedio a los abusos por medio de la corrección pública o secreta. Pero hágalo con prudencia y caridad. Sin embargo, no debe usted esperar que viviendo entre hombres, aunque sean santos, no los vea caer en fallos, porque la condición miserable de esta vida hace a todos inclinados a ellos. Entonces, ¿qué hacer? Ciertamente la paciencia y el aguante son los remedios más eficaces que Nuestro Señor y la experiencia nos han enseñado para llevar a los demás a la virtud».45

Nuestro Señor y la experiencia, otra vez, los dos maestros de este gran hombre. ¿De dónde ha venido la idea de que san Vicente de Paúl tenía una manera muy autoritaria de ver la autoridad? Tal vez dé pie a ello el texto de las Reglas Comunes, pero no es así en el conjunto de su enseñanza. Escribe al padre Portail a los cincuenta años (vivió aún otros treinta):

«Porque es usted mayor de edad, el segundo de la compañía y el superior, aguante todo; repito: todo, del buen padre Lucas; le digo una vez más: todo, de modo que despojándose de su autoridad acomódese a él en la caridad. Por ese mismo medio Nuestro Señor se ha ganado y dirigido a los apóstoles».46

Evangélico en todo, Vicente lo es también a la hora de mandar. Jesucristo es su maestro también en esto, y es también en su enseñanza el modelo del verdadero superior:

«Como Nuestro Señor debe ser nuestro modelo en cualquier condición en que nos encontremos, los que gobiernan deben aprender cómo ha gobernado él. El gobernaba por amor. Si a veces prometía recompen­sas, otras proponía castigos. Hay que obrar igual, pero siempre por este principio del amor».47

Conclusión

Hasta aquí ha hablado san Vicente. A partir de aquí habla por su cuenta y riesgo el autor de este estudio. No hay que echarle a san Vicnte, naturalmente, la culpa de lo que se dice de aquí en adelante.

San Vicente es un gran espíritu evangélico, ya se ha dicho repetidas veces, y es también. y sin remedio, un hijo de su tiempo. El trabajo de adaptación en que estamos, por orden de la Iglesia y por exigencias de los tiempos que co­rren, nos obliga a distinguir con cuidado lo que en la prác­tica y la enseñanza de san Vicente se debe a su vivencia evangélica de lo que se debe al espíritu del tiempo en que vivió. También en el mandar y en el obedecer hay que guar­dar con cuidado lo que hay de imperecederamente evangé­lico en el ethos vicenciano, sin tener miedo a descartar lo que son adherencias del tiempo que le tocó vivir.

Toda legítima autoridad viene de Dios. Al decir esto, Vicente de Paúl no hace más que recoger fielmente la idea revelada de san Pablo. Si sólo se piensa en ese principio, y las estructuras y la ideología política y religiosa del tiempo ayudan un poco, incluso un hombre de Dios como era él tenderá a crear estructuras de mando de carácter fuerte­mente vertical y autoritario. Y así, como ya se observó, en la comunidad original vicenciana sólo el superior goza pro­piamente de poder de decisión. A los demás, y no a todos, sino a los selectos, se les oye «en las cosas de importancia», pero no hay por qué hacerles caso si contradicen lo que el superior mismo piensa ser una opinión sensata, cosa que le sucederá con cierta frecuencia, pues para eso es su opinión. Las cosas las tiene que resolver en definitiva «entre Dios y él».48Usando un término político que él mismo emplea muchas veces en relación a las autoridades civiles de su tiempo, podríamos decir que el poder del superior es, en la estructura de la comunidad vicenciana primitiva, absoluto.

Ahora bien, Vicente de Paúl conoce su evangelio, y no espera que el poder absoluto del superior se ejercite de una manera absolutista. Sus súbditos son, paradójicamente, sus hermanos y sus iguales. No son turcos, como dice en alguna ocasión, sino hijos libres de Dios que libremente se han so­metido a la autoridad comunitaria. Por eso, el ejercicio de la autoridad en la comunidad debe ser fraternal y al estilo de Jesucristo, que vino a servir, y a quien sólo movía el amor a sus hermanos, y no sus propios intereses.

La tarea para hoy en relación a este tema parecería fá­cil de definir, aunque no será tan fácil llevarla a la práctica. Se trata de que predomine el espíritu evangélico en todos los aspectos comunitarios, también en las estructuras de la auto­ridad. Si el espíritu de Cristo en relación a la autoridad se puede definir como un espíritu de solicitud fraternal y de responsabilidad por la obra del Padre, se trataría de hacer que también las estructuras de gobierno en la comunidad vicenciana fueran fraternales y responsables.

Fraternidad quiere decir participación activa, toda la igualdad que sea posible, claridad e información en el fun­cionamiento de los esqueinas de gobierno. Usando términos políticos y muy de hoy, aunque malamente desfigurados y desacreditados por el uso que hacen de ellos gentes de dere­chas y de izquierdas, fraternidad quiere decir autogestión y democracia.

La responsabilidad (el tener que responder ante Dios) tiene también sus exigencias. Estas brotan de la idea de que los misioneros no se han reunido en comunidad ante todo para llevar una jugosa vida fraternal y para pasarlo fra­ternalmente a gusto, sino para asegurar comunitariamente una misión: la verdadera y exigente evangelización de los pobres. Para responder comunitariamente de esto existe la autoridad en la comunidad vicenciana.

Jaime Corera, C.M.

  1. XII 10 (XI/3 328).  
  2. «Recueil des principales circulaires des Sup. Gen. de la C.M.», Paris, 1877, Typ. Chamerot, p. 319.  
  3. XI 199-200 (XI/3 119); XI 349 (XI/3 241).  
  4. Aparte de por el peccatum (Reg. Com. V 2), los límites de la autoridad del superior local vienen dados por la del superior general —V 592 (V 562); II 567 II 483)—, y por las «reglas y santas costum­bres de la Congregación» —XI 348 (XI/3 240).  
  5. II 299 (II 252).  
  6. V 437 (V 324).  
  7. V 22 (V 25).  
  8. IV 397 (IV 373-374); VI 561 (VI 513).  
  9. IV 189-190 (IV 186-187); VI 560 (VI 513).  
  10. VII 474 (VII 405).  
  11. VII 474 (VII 405-406).  
  12. VII 475 (VII 406).  
  13. VII 479 (VII 409); XI 349 (XI/3 240-241).  
  14. II 299 (II 252).  
  15. IV 51 (IV 53).  
  16. V 609 (V 577).  
  17. VI 66 (VI 68).  
  18. XI 346 (XI/3 238).  
  19. XI/4 815); Abelly III, c. XIII, p. 213.  
  20. IV 321 (IV 307).  
  21. V 527 (V 504).  
  22. VII 421 (VII 362).  
  23. VII 474 (VII 405).  
  24. IV 35 (IV 39); cfr. también III 185 (III 167), III 462 (III 421), V 53 (V 53).  
  25. «El poder de Dios es su bondad, y por eso necesariamente usa bien de ese poder. Pero con el hombre no pasa lo mismo, y por eso no basta con que el hombre se parezca a Dios en el poder, sino que se ha de parecer también en la bondad» (Summa Theologica I-II 2, 4).  
  26. XI 346 (XI/3 238).  
  27. XI 141-142 (XI/ 62).  
  28. XI 138 (XI/3 59).  
  29. XI 141 (XI/3 61).  
  30. XII 50 (XI/3 361).  
  31. XI 347 (XI/3 239); cfr. XI 164 (XI/3 90).  
  32. II 618 (II 528); también II 410 (II 343), VII 595-596 (VII 505­506).  
  33. XI 139 (XI/3 60).  
  34. XII 49-50 (XI/3, p. 361).  
  35. «La conducta del señor Vicente ha sido… 4.° firme en el cum­plimiento de la voluntad de Dios y en lo que se refiere al progreso es­piritual de los suyos y el buen orden de las comunidades, sin echarse atrás por las contradicciones ni dejarse abatir por las dificultades». Abelly I, c. XIX, p. 84.  
  36. VII 518 (VII 440-441).  
  37. VII 591 (VI 502).  
  38. XI 192 (XI/3 113).  
  39. XI 207 (XI/3 125).  
  40. IV 397 (IV 373).  
  41. (XI/4 803); Abelly II, cap. último, sec. 2.a, p. 445.  
  42. IV 51 (IV 53).  
  43. IV 75 (IV 75).  
  44. IV 90 (IV 90).  
  45. VI 613-614 (VI 558); cfr. XI 140 (XI/3 60).  
  46. I 112 (I 174); cfr. III 383 384 (III 531).  
  47. XII 188 (XI/3 476); cfr. los avisos a A. Durand XI 342 ss. (XI/3 225 ss.).  
  48. II 299 (II 252).  

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