San Vicente de Paúl y la pobreza

Introducción

Un curioso artículo, aparecido hace pocos meses (1987), presentaba a san Vicente como una persona que había manejado en su tiempo las cantidades más fantásticas de dinero para el bien de los pobres. Según decía el autor, había entendido certeramente el secreto de la «piedra filosofal», gracias a lo cual podía llevar a cabo, a discreción, la «Gran Obra», es decir, transformar el plomo en oro. Y demostrar ante los ojos del público estupefacto que el señor Vicente había sido iniciado en ese arte por aquel anciano maestro de Berbería que le quería tanto, aquel «médico espagírico», a cuya disposición mantenía diez o doce hornos, y que, de ahí, había continuado practicando aquel arte con éxito, con el único fin de fundar y sostener todas las obras que había emprendido. El autor no supone ninguna otra explicación; ¡esa sólo le basta y sobra!

En tiempos de san Vicente, el éxito dinerario de una persona (p. e., Richelieu, Mazarino, Fouquet, etc.) juzgaban que indudablemente se debía al esfuerzo desarrollado durante su vida, en amasar dinero. Sin embargo, del éxito de san Vicente hay dudas, ¿se deberá al dinero?

Provenía de una familia que no estaba en la miseria, pero en ella había que hacer cuentas y preparar el futuro. El joven Vicente entra en esas perspectivas, y va a ser él quien, elevándose socialmente, va a poder ayudar a los suyos. Durante unos arios, al principio va a tener que trabajar para poder sobrevivir, pasando por apuros. Mas adelante, como el lobo de la fábula, «va a forjarse de antemano una felicidad» con la idea de jugosos beneficios que va a poder acumular. En cuanto llega a ser sacerdote, empieza a coleccionarlos, pero a veces sólo son unos huesos secos sin pizca de tuétano, así esa mísera abadía de san Leonardo de Chaumes.

Sin embargo, a partir del ario 1617, que marca en su vida una nueva orientación, podemos aceptar enteramente lo escrito por su primer biógrafo Abelly: «Jamás un avaro ha buscado con tanto ardor las ocasiones para enriquecerse, como las que ha buscado el señor Vicente para practicar y abrazar la pobreza». (I Abelly, o.c., p. 731).

En la escuela de los pobres, que va a frecuentar en lo sucesivo y también en las de ciertos ricos, desprendidos de las riquezas de este mundo, va a aprender lo que es la pobreza por referencia a la pobreza de Cristo. La ha experimentado y descubierto como fenómeno individual que puede ser ocasión de virtud. Pero, es entonces cuan­do percibe su extensión como plaga social. En Mácon, pequeña población de dimen­sión humana, capta rápidamente el problema de la mendicidad y le halla la primera solución. Ante todo, la pobreza no es una virtud que hay que pretender por sí misma, sino un mal que hay que combatir para librar de ella a nuestros hermanos. Y Dios sabe si san Vicente ha luchado de mil formas y movilizado a sus contemporáneos contra todas las formas de pobreza de su tiempo. Para ir en ayuda de los pobres, llevándoles al mismo tiempo la Buena Noticia de que son amados por Dios y sus hijos predilectos, es necesario, como el Hijo de Dios mismo, hacerse uno de ellos, vivir como ellos. La pobreza, entonces, se convierte en virtud, desprendiéndonos de los bienes de este mundo para darnos enteramente a Dios y al servicio de nuestros hermanos.

Bajo esta perspectiva, los bienes de este mundo deben ser adquiridos, utilizados no ya como fines, sino como unos medios puestos por Dios a nuestra disposición. Asimismo son necesarios, como lo ha demostrado el ejemplo de san Vicente y de sus obras:

«No nos ocurre como a los mendicantes: a ellos les basta con plantar la piqueta para quedar fundados. Pero a nosotros que no recibimos nada del pobre pueblo, nos hace falta tener rentas» (IV, 446). Esta forma de actuar le es, en cierto modo, impuesta por los acontecimientos. No sin dificultad, termina por aceptar el priorato de san Lázaro. Y el párroco de san Lorenzo, citado por Abelly, nos dice: «No tuvo tanta paciencia Jacob para obtener a Raquel, como el señor prior y yo para obtener el «sí» del señor Vicente, al que urgíamos, para que nos concediera su aceptación. Gritamos más fuertemente ante él que la cananea ante los apóstoles; que puedo decir muy bien que en aquella ocasión «Raucae factae sunt fauces meae» (2 Abelly, o.c., p. 111)

A ejemplo de lo que hizo por san Lázaro, todo lo que fundó san Vicente quedó sólidamente asentado. El señor Vicente podía pasar como uno de los hombres de negocios más avispados del reino: sabía constituir para sus obras rentas regulares, basadas ya en casas alquiladas, ya en líneas de transporte, en diligencias o en bar­cos sirgados por caballos, ya en propiedades. Así, es cómo había logrado reunir en la llanada de Saclay una propiedad de 345 L. Pero él no se apegaba a sus bienes. Ya se vio cuando la pérdida de una parte de esta propiedad, la hacienda de Orsigny. Renuncia a apelar y da gracias a Dios con su comunidad, por aquella prueba. Estas riquezas son para él, el bien de los pobres, que hay que administrar del mejor modo posible, por ejemplo, «tener cuidado y escrúpulo de echar cinco fajos de leña al fuego, si bastaban cuatro» (XI, 723-724). Vivió, también él, muy pobremente, con­tentándose con una sotana raída, pero siempre limpia. Pertenece a la serie de esos hombres de Dios que viven en medio del mundo, y que se sirven de él para los pobres, sin dejarse coger en sus redes. Así, su amigo Alano de Solminihac que, en su palacio de Mercués, dormía sobre un mal jergón de paja y para quien, cuando murió, no se halló, para mortaja, salvo un mal paño demasiado usado, porque lo había dado todo a los pobres.

San Vicente temía, sobre todo, que un misionero se apegara a las riquezas de este mundo por miedo a que resultara «clavado por esas espinas y atado por sus ligaduras». (Abelly, o. c., p. 733)

Predecía a sus comunidades que perecerían más bien por la abundancia de riquezas que por su carencia.

«No somos bastante virtuosos para poder soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica» (II, 396), decía san Vicente. Hemos sufrido en diversos sitios, varios despojos a lo largo de nuestra historia, y nuestras comunidades, ¡no están muertas, no! Nuestra acción apostólica no se verá entorpecida por la pobreza, ¡ al contrario! Esta enseñanza vale tanto para nosotros como para la Iglesia en gene-ral. San Vicente fue llamado para que diera consejos a comunidades muy diferentes de las suyas, y sobre esta cuestión de los bienes materiales, no ha cambiado.

Sabemos que lo que choca siempre más al mundo de los pobres es la riqueza real o supuesta de la Iglesia; eso se considera que es lo más contrario al espíritu del evangelio. No es necesario hacer grandes y bellos discursos, la gente modesta no los entiende; escribir sabias pastorales, no las leen. Basta para los humildes que se esté con ellos, que se viva cerca de su nivel de vida, que nos consideren como uno de ellos. San Vicente, lejos de renegar de sus orígenes campesinos, supo mantenerse como un hombre del pueblo, poniendo todo su saber, su haber y su poder al servicio de los humildes. De siglo en siglo, ellos lo han reconocido siempre como uno de los suyos.

Más cerca de nosotros, Juan XXIII, habiendo llegado a la cumbre de los honores y, aparentemente, de la riqueza de la Iglesia, había conservado el desprendimiento y sencillez de su alma campesina. A pesar de todas aquellas apariencias y aquella pompa, todos veían en él —y especialmente la gente más modesta— al representante de aquel Cristo pobre que había venido a traer a los pobres la Buena Noticia del amor de predilección de Dios, para ellos.

San Vicente y la pobreza

Conservamos diez conferencias de san Vicente acerca de la pobreza, sin olvidar las menciones de otras conferencias sobre este tema. Vivida por él, intensamente, san Vicente sitúa la pobreza como una actitud indispensable: en primer lugar para los cristianos: «Es la primera de las bienaventuranzas; es toda la herencia que el Hijo de Dios ha dejado en este mundo a sus queridos hijos»(XI, 159).

Para las comunidades, en general: «Los santos dicen que la pobreza es el nudo de las religiones»(XI, 138).

Para los sacerdotes de la Misión: «Habéis de saber, hermanos míos, que esta virtud de la pobreza es el fundamento de esta Congregación de la Misión»(XI, 772).

Para las Hijas de la Caridad: «Mientras guardéis esta regla y améis la pobreza, Dios bendecirá a la Compañía». (IX, 826)

San Vicente propone una pobreza vivida de una triple manera: pobreza de renuncia por el amor de Dios (1), pobreza a imitación de Cristo (2), pobreza con vistas al apostolado (3)

Pobreza de renuncia, por el amor de Dios

Para san Vicente, la pobreza significa renuncia de todos los bienes y comodida­des, hasta a sí mismo, para no poseer nada más que a Dios (IX, 818).

«La pobreza es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra por amor de Dios, y para servirlo mejor y cuidar de nuestra salvación; es una renuncia, un desprendimiento, un abandono, una abnegación. Esa renuncia es exterior e interior, no solamente exterior. No sólo hay que renunciar externamente a todos los bienes; es preciso que esa renuncia sea interior, que parta del corazón. Junto con los bienes, hay que dejar también el apego y el afecto a esos bienes, no tener el más mínimo amor a los bienes perecederos de este mundo. Renunciar externamente a los bienes, conservando el deseo de tenerlos, es no hacer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor. Dios pide principalmente el corazón, el corazón, que es lo principal» (XI, 156).

«Renunciar a sí mismo»

«La otra clase de pobreza, que da un paso más allá, consiste en renunciar no solamente a todo, sino incluso a sí mismo¡ Qué pobreza, renunciar a su juicio, a su voluntad, a sus pasiones, a los deseos e inclinaciones de los hombres, hasta poder decir: «Ut jumentum factus sum apud te»! Un jumento no tiene nada en propiedad, sino que pertenece por ente­ro a su amo, sin juicio, sin voluntad propia. Si somos verdaderos hijos de Dios, lo mismo que nuestro Señor, hemos de llegar hasta ese extremo, renunciar omnibus, y tener esas dos clases de pobreza: primeramente, renunciar a lo que tengamos; en segundo lugar, renun­ciar a nosotros mismos, a nuestro juicio, a nuestra voluntad, a nuestras inclinaciones, a nuestros deseos y a nuestras pasiones. «Durus est hic sermo»; sí, es duro para la naturale­za y para los que viven según su sensualidad, pero no para los que practican la virtud, los que tienden a la perfección y quieren llegar a ser hombres espirituales; por el contrario, para todos éstos, esta sentencia de la escritura resulta muy consoladora» (XI, 651-652).

«Tiene su corazón en Dios»

«A medida que una Hermana se va aficionando a la pobreza, crece en ella el amor de Dios. Tiene su corazón en Dios y, como se priva de las comodidades del mundo por amor a Dios, Dios le da la gracia de que no ame más que a él, y que lo ame con todo su corazón. Como no se detiene en pensar en sí misma, ni en sus hábitos, ni en escoger esa ropa, ese cuello, ese piqué, esos zapatos y ninguna cosa de la tierra, entonces ama a Dios con todo su corazón, y su amor lo es todo para ella. ¿Y cómo no lo va a amar, si ha dejado de amar a todo lo demás? Su corazón no puede vivir sin amar. ¿A quién se entregará entonces? A Dios, y a nada más» (IX, 892).

«Es imposible vivir sin amar»

«Los que han hecho el voto de pobreza, los que lo han dejado todo, ya no están apegados a nada, no tienen afecto a nada, y por tanto, se ven obligados a poner su afecto y su amor en Dios, ya que es imposible vivir sin amar…E1 que ha hecho ese voto de pobreza no está apegado a nada, ni a los bienes, ni a los honores, ni a los placeres, ¿estará entonces su corazón sin amar? No; tendrá que dirigir su afecto y su amor hacia Dios» (XI, 650).

Que quede claro, para san Vicente, la pobreza es ante todo un espíritu, el espíritu de Dios, el espíritu de las máximas evangélicas, el espíritu de Jesucristo.

«El espíritu de pobreza es el espíritu de Dios»

«Pidámosle a Dios que, por su misericordia, nos dé este espíritu de pobreza. Sí, el espíritu de pobreza es espíritu de Dios, porque despreciar lo que Dios desprecia y estimar lo que él estima, buscar lo que él aprueba y aficionarse a lo que él ama, es tener el espíritu de Dios, que no es otra cosa más que tener los mismos deseos y afectos que Dios, entrar en los sentimientos de Dios. Y ése es el espíritu de Dios» (XI, 140).

Pobreza en la imitación de Cristo

En los cuadernos anteriores, nos hemos encontrado con frecuencia con el principio de la imitación de Cristo. Espontáneamente, san Vicente lo evoca para una sana práctica de la virtud o del voto de pobreza.

«El estilo de vida del Hijo de Dios»

«¿Quién querrá ser rico después de que el Hijo de Dios quiso ser pobre? Si el rey de los reyes se abrazó con la pobreza, cuando vino a este mundo, fulminando, por el contrario, su maldición contra los que están apegados a las riquezas con estos términos: «¡Ay de vosotros los ricos que tenéis vuestro consuelo!», pueden considerarse bienaventuradas las Hijas de la Caridad por haber elegido una forma de vida que tiene como fin principal la imitación de la del Hijo de Dios, el cual, a pesar de que podía tener todos los tesoros de la tierra, los despreció y vivió tan pobremente que no tenía ni una piedra donde reposar su cabeza (IX, 813-814).

«No tenía bienes ni provisiones para él ni para sus apóstoles; hubo veces en que careció de todo; pero, cuando empezó a crecer su grupo, le indicaron que era necesario tener alguna cosa con que atender a sus necesidades, pues él no quería tener nada. Le dijeron: «Señor, ¿qué vas a hacer? Las gentes te siguen y no tienen qué comer; permite que se queden con algo para impedir que mueran de hambre». Nuestro Señor, al oír aquello, se llenó de compasión y tuvo piedad de aquellas pobres gentes; esto hizo que en adelante permitiera que algunas mujeres, que le querían mucho, dieran algo para él y para sus discípulos. Pero antes de aquello, no tenía nada, para indicarnos cómo aprecia el estado de pobreza y desnudez de todas las cosas. ¡Mis queridas Hermanas, qué dicha vivir de la misma manera que el Hijo de Dios!» (IX, 819).

«Teniendo todo, no tenía nada»

«Si tenemos algunos bienes, no tenemos el uso de ellos, y en esto somos semejantes a Jesucristo, que, teniéndolo todo, no tenía nada; era el dueño y señor de todo el mundo y el que hizo todos los bienes, pero quiso privarse de su uso por nuestro amor; aunque era el señor de todo el mundo, se hizo el más pobre de todos los hombres, y tuvo menos que los mismos animales: «Vulpes foveas habent; volucres caeli, nidos; Filius autem hominis non habet ubi caput reclinet»: el Hijo de Dios no tiene ni una piedra donde reposar su cabeza. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador!, ¿qué será de nosotros si nos apegamos a los bienes de la tierra? ¿Y qué llegaremos a ser, siguiendo el ejemplo de la pobreza del Hijo de Dios? ¡Que los que tengan bienes, no deseen usarlos, si han renunciado a ellos! ¡Y que los que no tengan, no quieran tenerlos!» (XI, 139).

«Se la reservó»

«A veces discurro dentro de mí mismo si es verdad que la pobreza es tan hermosa, y cuál debe ser la belleza de esa virtud a la que san Francisco llama su esposa. ¡Cómo arrebata su hermosura! Me parece que está dotada de tanta excelencia que, si pudiéramos tener la dicha de verla un poco solamente, nos veríamos prendados de su amor y nunca querría­mos separarnos de ella; no la abandonaríamos jamás y la amaríamos por encima de todos los bienes del mundo. ¡Oh, si Dios nos concediese la gracia de correr el velo que nos impi­de ver tanta belleza! ¡Oh, si retirase por su gracia todos los velos que el mundo y nuestro amor propio nos ponen ante los ojos! Entonces, padres, quedaríamos embobados ante los encantos de esta virtud, que robó el corazón y los afectos del Hijo de Dios; ésta ha sido la virtud del Hijo; él quiso tenerla como suya; fue el primero en enseñarla, quiso ser el maes­tro de la pobreza. Antes de él, nadie sabía lo que era; era desconocida. ¡Dios no quiso enseñárnosla por los profetas! Se la reservó para venir él mismo a enseñárnosla. En la ley anti­gua, no se la conocía; sólo se estimaban las riquezas; nadie hacía caso de la pobreza, pues no conocían sus méritos» (XI, 155).

«Nos hemos entregado a Dios»

Imitar a Cristo pobre y evangelizador de los pobres es el constitutivo de toda vocación vicenciana:

«Todos deseamos ser discípulos de nuestro Señor. Pues bien, ¿habéis sentido desde vues­tra vocación a su servicio, este amor y este afecto hacia la santa pobreza? Por eso, nos hemos entregado a Dios: para ser sus discípulos; pero no podemos serlo sin abrazar la pobreza; si no lo hemos hecho, no podemos ser tan discípulos de nuestro Señor, como si lo hubiéramos hecho; y si no lo hemos hecho con suficiente pureza y perfección, hagámosle ahora y entreguémonos a Dios para obrar lo más perfectamente que podamos este estado de pobreza» (XI, 657-658).

«Tiene que compartirlo todo con él»

«Padre, no dudamos que las que han hecho los votos están obligadas a guardar esta Regla; pero, y las otras, ¿están igualmente obligadas del mismo modo? Sí, hijas mías, ya que se les ha propuesto este compromiso antes de recibirlas; así lo quisisteis y lo prometisteis hacer; porque no se habría recibido a una Hermana que dijese que no puede resolverse a esta práctica, pues es menester que todas se revistan de la librea de su Esposo. ¿No es un gran honor para una esposa verse tratada como su esposo? Un criado, ¿no se siente honrado de llevar los distintivos de su amo? Pues bien, mis queridas Hermanas, como entre el esposo y la esposa todas las cosas son comunes, apenas un alma ha tomado a nuestro Señor por esposo, tiene que compartirlo todo con Él» (IX, 816).

A Santiago Pesnelle, superior de Génova, cuya comunidad acababa de sufrir los estragos de la peste y de perder un pleito muy importante para la casa, san Vicente, al final de su vida, le escribe, como para resumir todo:

«Nuestro Señor despojado»

«¡Viva la justicia! Hemos de creer que es justa la pérdida de su proceso. El mismo Dios que le había concedido antes ese bien, ahora se lo quita: ¡sea bendito su santo nombre! Ese bien es malo cuando está donde Dios no lo quiere. Cuanta más relación tengamos con nuestro Señor despojado, más parte tendremos también en su espíritu. Cuanto más busquemos, como él, el reino de Dios, su Padre, para establecerlo en nosotros y en los demás, más se nos darán las cosas necesarias para la vida. Tenga esa confianza y no piense en esos arios estériles de que habla; si lo son, no será por su culpa, sino por la disposición de la Providencia, cuya voluntad es siempre adorable. Dejémonos guiar, pues, por nuestro Padre que está en los cielos, y procuremos en la tierra no tener más que una sola voluntad con él» (VIII, 140).

Pobreza con vistas al apostolado

Persuadido de que la evangelización y el servicio de los pobres exigen una pobreza efectiva, san Vicente no cesa de estigmatizar las actitudes contrarias y de alabar a los que tratan de «adaptarse a los pobres.

«Es imposible»

«Éstas son, padres, las dos razones que nos obligan a observar el voto de la santa pobreza: que le hemos dado palabra al superior y a Dios. La tercera razón que se me ha ocurrido es que sin esa virtud es imposible vivir en paz, en una comunidad como la nuestra; y no sólo es imposible vivir bien, sino también perseverar en ella mucho tiempo, es imposible. Digo, pues, padres, en tercer lugar, que es sumamente difícil, y hasta imposible, que una persona a quien se le haya metido en la cabeza el deseo de tener, pueda cumplir con su deber entre nosotros y vivir según el reglamento que ha abrazado, siguiendo la marcha ordinaria de la Compañía. Una persona que sólo se preocupa de sus gustos, de buscar sus propias satisfacciones, de comer bien, de pasar alegremente el tiempo (pues eso es lo que pretenden quienes tienen ese deseo insaciable de riquezas), ¿podrá acaso desempeñar debidamente sus ocupaciones en la Misión? Es imposible. ¡Oh Salvador! ¿Es eso ser misionero? Eso es un diablo, no un misionero. Su espíritu es el espíritu del mundo. Está ya de corazón y afecto en el mundo; solamente está en la Misión su esqueleto. Buscar la comodidad, seguir sus gustos, vivir bien, hacerse estimar, todo eso es espíritu mundano: y eso es lo que pide, allí está su espíritu» (XI, 149, 151).

«El bien de los pobres»

«Hablaremos de la décima (Regla), que consiste en tener mucho cuidado al administrar los bienes de los pobres y los vuestros. En primer lugar, porque se trata de un bien que pertenece a Dios, dado que es un bien de los pobres. Por eso, tenéis que tratarlo con mucho cuidado, no sólo por pertenecer a unos pobres que tienen mucha necesidad de ello, sino porque es un bien de nuestro Señor Jesucristo. Mirad, hijas mías, una de las cosas de las que tengo más miedo, o al menos que temo tanto como las demás, es que haya algunas personas en la Compañía, que no cuiden con fidelidad del bien de los pobres. Y la razón es que resulta muy difícil administrar bien el dinero, que a los más prudentes les cuesta trabajo no apropiarse de lo que no es suyo, aunque sean santos, como los apóstoles. Esa necesidad de administrar dinero lleva consigo el peligro de apropiárselo, si no anda uno con mucho cuidado» (XI, 893-894).

«Un estado apostólico»

«El estado de los misioneros es un estado apostólico, que consiste, como los apóstoles, en dejarlo y abandonarlo todo para seguir a Jesucristo y hacerse verdaderos cristianos; es lo que han hecho muchos de la Compañía, que han dejado sus parroquias para venir a vivir aquí en la pobreza y, por tanto, cristianamente; y como me decía un día cierta persona, sólo el diablo puede decir algo en contra de la Misión; ir, por ejemplo, de aldea en aldea para ayudar al pobre pueblo a salvarse y a ir al cielo, como veis que se hace. Por ejemplo, el buen padre Tholard, que está allí ahora, y señor Abad de Chandenier, teniendo incluso que dormir sobre la paja» (XI, 89-90).

«Cuanto pueda permitir nuestra pobreza»

San Vicente multiplica las consignas apostólicas referentes a la pobreza, aten-diendo a las circunstancias:

«Además, tienen que fijarse ustedes en las iglesias, en las pilas bautismales, en los altares, en las cruces que hay en el altar y en las procesiones, en los cementerios, etc., para que todo tenga la decencia necesaria y esté arreglado de la forma más digna que pueda permitir nuestra pobreza.

Si es reprensible la tacañería, también lo es la facilidad para vender las cosas por encima de su valor; me parece que ambos defectos se pueden introducir en algtmas casas, donde no cuidan mucho de esto y donde se dice que ponemos caras las cosas y que tenemos mucho dinero. Hay que recomendar el término medio entre estos dos extremos y observar lo que aquí se practica en la alimentación» (II, 486).

«Tener compasión con los que la sufren»

«Haré que le manden las estampas y los libros que desea; pero creo que he de decirle, padre, que estamos en una situación en que no hay que hacer más gastos que los necesa­rios. La miseria pública nos rodea por todas partes. Es de temer que llegue también hasta nosotros; y aún cuando no llegara, debemos tener compasión con los que la sufren. Cuan­do haya hecho usted sus provisiones y haya conocido todas las necesidades de casa y de fuera, quizás cuide usted un poco mejor los fondos que haya encontrado» (IV, 269).

Una de las situaciones más críticas es la pérdida del proceso de la hacienda de Orsigny, en septiembre de 1658. Valerosa y serenamente, san Vicente se enfrenta con la situación. Escribe a la comunidad de san Lázaro:

«Todo cuanto Dios hace, lo hace para nuestro mayor bien. Por consiguiente, hemos de esperar, que esta pérdida será para nuestro provecho, ya que viene de Dios. Todas las cosas ceden en bien para los hombres justos. Y estamos seguros de que, si recibimos las adver­sidades de manos de Dios, se convertirán para nosotros en gozo y bendición. Les ruego, pues, padres y hermanos míos, que den gracias a Dios por la resolución de este asunto, por la privación de esa finca, y por las disposiciones que nos ha dado para aceptar esta pérdi­da por su amor. Es ciertamente una gran pérdida; pero su adorable sabiduría sabrá hacer que las cosas se tornen en provecho nuestro, por unos caminos que desconocemos por ahora, pero que ustedes verán algún día. Sí, ustedes lo verán, y espero que el buen com­portamiento que han observado todos en este accidente que no esperábamos, servirá de fundamento para las gracias que Dios les concederá en el futuro, de emplear rectamente todas las aflicciones que él quiera enviarles» (VII, 218-219).

Se niega a apelar, especialmente, por razones pastorales:

«Daríamos un grave escándalo, después de un decreto tan solemne, si lo impugnáramos para destruirlo. Nos acusarían de demasiado apegados a nuestros bienes, que es el repro­che que suele hacérseles a los eclesiásticos y, gritando contra nosotros por todo el palacio, haríamos daño a otras comunidades y seríamos motivo de que nuestros amigos se escan­dalizasen de nosotros. Tenemos motivos para esperar que, si buscamos el reino de Dios, como dice el evangelio, no nos faltará nada. Y si el mundo nos quita por una parte, Dios nos dará por otra, tal como hemos podido experimentar después de que la Cámara Suprema nos arrebató esas tierras, porque Dios ha permitido que un consejero de esa misma Cámara nos dejara al morir casi lo mismo que vale esa finca» (VII, 348, 349).

Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Jesucristo, siendo rico como era, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

  • ¿Quién querrá ser rico, cuando el Hijo de Dios ha querido ser pobre? (IX, 813).
  • ¿Cómo nos esforzamos en estar disponibles, atentos y abiertos a los demás, actitudes reveladoras de un verdadero espíritu de pobreza?
  • ¿Qué medios usamos personal y comunitariamente para estimularnos a imitar a Cristo Servidor?

2. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad. «Ser pobre con una pobreza misionera, es vivir como Cristo no en nuestra hora, sino en la hora de Dios».

  • ¿Estamos convencidos de que somos unos «siervos inútiles», que no podemos nada sin Dios?
  • ¿Qué parte de solidaridad vivi­mos con los pobres (trabajo, inserción, compromiso?)
  • ¿Estamos presentes donde está en juego la evangelización de los pobres?
  • ¿De qué modo participamos en ella?

3. El Hijo del hombre, no tiene donde reposar la cabeza (Lc 9, 58). Si los pobres son nuestros amos y señores, tendremos que acomodarnos a ellos con interés. Actualmente, a la pobreza se la llama precariedad, es decir, depen­dencia, inseguridad, desierto espiritual, etc.

  • ¿Realmente llegamos a sentir en nuestras vidas la mordedura concreta de la pobreza?
  • ¿En qué?
  • ¿Aceptamos vivir las dimensiones de la pobreza cada vez que se nos pre­senta la ocasión? ¿Cómo?
  • ¿Hasta qué punto son para nosotros y para la Iglesia signos de esperan­za todo lo que vivimos y compartimos?

Tomado de «En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy»

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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