Ministerio con las Hijas de la Caridad

Las Normas Provinciales de anteriores las tenían un apartado específico sobre nuestro ministerio con las Hijas de la Caridad, pero las Normas de la última Asamblea 2006-2009, como actividad apostólica, tan sólo dice que “en esta línea de acción social, y por común espíritu vicenciano, colaboraremos de un modo especial con las Hijas de la Caridad y con las demás Asociaciones fundadas por San Vicente o provenientes de su espíritu”. Pero de un ministerio específico con las Hijas de la Caridad no dice nada. Tampoco aparece en las Líneas de Acción un apartado que indique una acción ministerial con ellas, a no ser por estar englobada en la “Colaboración con la Familia Vicenciana”.

Y, sin embargo, somos muchos los misioneros que tenemos algún ministerio con las Hijas de la Caridad como confesores, directores espirituales, capellanes, directores de Ejercicios Espirituales y retiros, o ayudando a la formación de las Postulantes. Y tres misioneros tienen dedicación plena como Directores Provinciales de las Provincias Canónicas de Canarias, Pamplona y San Sebastián. Parece que la Asamblea consideró suficiente para ese ministerio lo que dice el n. 17 de nuestras Constituciones: “Dado que la Congregación de la Misión goza de la misma herencia que las Hijas de la Caridad los misioneros se prestarán gustosos a ayudarlas cuando lo pidan, especialmente en lo que concierne a ejercicios y dirección espiritual. También colaborarán siempre con ellas fraternalmente en las obras emprendidas de mutuo acuerdo”.

Mentalidad muy distinta de lo que nos imponían las Reglas Comunes que san Vicente y los primeros misioneros formularon para nosotros y que nos dieron la pauta de nuestro ministerio hasta el Concilio Vaticano II: “Aunque es competencia de nuestra Congregación el dirigir a las Hijas de la Caridad desde que fueron fundadas, ninguno se dedicará a dirigirlas, ni las visitará o hablará con ellas sin permiso del Superior” (XI, 11). La mentalidad actual también está en las antípodas de lo que escribía san Vicente: que es obligación de un superior, “en cuanto superior de los misioneros, tener de esas hermanas el mismo cuidado que tiene de los seminaristas y que los que las instruyen, confiesan y dirigen, lo hagan según sus consejos y no independientemente de él”; mientras a otro le aclaraba el motivo de nuestro ministerio con ellas: “estas hermanas se dedican como nosotros a la salvación y al cuidado del prójimo; y si dijese que con nosotros, no diría nada contrario al evangelio” (VIII, 220, 227). Y es que los misioneros eran reacios a un ministerio con las Hermanas que les impedía -pensaban- dedicarse a las misiones. Lo dice claramente san Vicente en aquella famosa conferencia sobre los fines de la Congregación, intentando convencer a los misioneros de que el ministerio con las Hijas de la Caridad era obligatorio a la Congregación (XI, 392-393).

Los motivos de la obligación que nos pedía san Vicente estaban fundamentados en dos realidades: que las Hijas de la Caridad eran mujeres y no eran sacerdotes, mientras que los misioneros eran hombres y sacerdotes. El primer motivo pudo valer para una época en que la mujer casi no tenía personalidad jurídica, social y eclesial. El misionero paúl prestaba su personalidad. Pero en la sociedad moderna de igualdad total en los derechos jurídicos y sociales, esta mentalidad no tiene ni el más remoto sentido.

El segundo motivo aún puede tener realidad, con tal que se considere a la Congregación y a la Compañía como instituciones no sólo autónomas, sino totalmente independientes. Y digo que puede tener realidad, porque el sacramento del Orden capacita para celebrar los sacramentos de la eucaristía y de la reconciliación, y los estudios y formación sacerdotales, para dirigir o acompañar espiritualmente a otras personas. Ciertamente sabemos que estos estudios y esta formación pueden adquirirlos también las Hijas de la Caridad y estar capacitadas para formar y acompañar a otras Hermanas, pero son excepciones. Las Hijas de la Caridad se forman, en general y sobre todo, para un servicio material, mientras que el misionero paúl, también en general y sobre todo, para un servicio espiritual.

Teniendo todo esto en cuenta, los misioneros de la Provincia de Zaragoza no sólo se prestan gustosos a ayudarlas cuando lo pidan, especialmente en lo que concierne a ejercicios y dirección espiritual, sino que se ofrecen a este ministerio. No hay comunidad de paúles que se niegue a ser capellanes, confesores o acompañantes espirituales de las Hermanas, hasta atreverme a decir que todas las comunidades de misioneros tienen alguna capellanía de Hermanas y que van a confesarlas en las tandas de Ejercicios o en los Retiros. Y esto tiene una delicada importancia en estos años en que van escaseando los sacerdotes: asegurar la dirección espiritual, la eucaristía diaria y la confesión cuando lo pidan.

Ciertamente también es una alegría para los misioneros poder ejercer su sacerdocio y el ministerio, aunque hayan alcanzado la edad de jubilación. Al mismo tiempo es un aliciente para la formación permanente. Un buen número de Padres de nuestra Provincia nos dedicamos gustosos y con alegría al ministerio de las Hijas de la Caridad como directores de los Ejercicios y de los Retiros o ayudando a Hermanas individualmente en el seguimiento de Jesucristo. Y para ello necesitamos estar formados en ciencias humanas, en espiritualidad, en vicencianismo y en ciencias teológicas. Porque las Hijas de la Caridad cada día están mejor preparadas en esas áreas y nos empujan a prepararnos también a nosotros. En cierto modo nos están haciendo un favor. Nuestra Provincia es consciente de que tenemos el mismo fundador y el mismo carisma y espíritu para el mismo fin: servir y evangelizar a los pobres; es consciente igualmente que la tradición vicenciana nos ha traído muy unidos hasta el presente a lo largo de la historia, y, por ello, favorece los cauces de preparación a los misioneros que tienen algún ministerio con las Hijas de la Caridad.

En este ministerio sobresalen los tres Directores Provinciales (de las Provincias de Canarias, Pamplona y San Sebastián); los tres muy bien preparados y en edad de poder aportar mucho y bien en otros ministerios. Los tres están entregados exclusivamente a ayudar a las Hermanas, a visitar las comunidades, o ayudando a la Visitadora y a la Consejera en la espiritualidad y en la formación, especialmente de las Hermanas Sirvientes y de las Hermanas jóvenes.

Algunos Padres también dan clases de vicencianismo, teología o Historia de la Iglesia a las Postulantes. Eso sí, sabiendo que la Responsable primera es la Visitadora que delega en la Consejera de Formación, y a quienes ayuda el Director Provincial. Los misioneros de la Provincia de Zaragoza tenemos en cuenta que son ellas las que establecen las pautas, los objetivos y las líneas de acción tanto de su formación como de su espiritualidad, y que los plasman en el Proyecto Provincial, en el Programa de Formación inicial, de Formación permanente, Cursillos, Ejercicios o Retiros. Sabemos que podemos aceptarlos o rechazarlos, pero nunca cambiarlos. Nuestra norma es hablar con las Visitadoras, Consejeras, Hermanas Sirvientes y especialmente con el Director, com-pañero y miembro de nuestra Provincia, para exponer nuestro punto de vista.

La ayuda espiritual a cada Hermana en particular es personal y, en el día de hoy, pienso que la inmensa mayoría de nosotros estamos preparados humana, espiritual y vicencianamente para acompañar a las Hijas de la Caridad. Por ello, no lo rechazamos, sino que lo aceptamos con agrado y acaso sea una de nuestras acciones sacerdotales que ofrecemos más frecuentemente y con mayor acierto, pues desde el seminario hemos ido preparándonos para ese ministerio. No en vano tenemos el mismo carisma vicenciano, la misma estructura institucional y los mismos fines.

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