Un día como hoy, hace 226 años, nació la beata Rosalía Rendu, Hija de la Caridad

Recordemos algunos detalles de nuestra hermana:

Amiga de pobres y ricos

Sor Rosalía Rendu fue el centro de un movimiento de caridad que caracterizó París y toda Francia durante la primera mitad del siglo XIX donde no existía la asistencia social pública. El 25 de mayo de 1802 Sor Rosalía entró en el Seminario (noviciado) en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en París.

A la salida del Seminario (final de la primera etapa de formación) fue enviada al barrio de Mouffetard, uno de los más pobres de París, donde sirvió a los pobres durante 53 años. Allí hizo de enfermera, de juez de paz, de catequista de los niños de la calle e incluso, aún a riesgo de su vida, se interpuso entre los revolucionarios cuando querían fusilar a un militar que se había acogido en su casa.

“¡Aquí no se mata!”

Sor Rosalía fue la “madre buena de todos” sin distinción de religión, de ideas políticas ni de condición social. Con una mano recibía de los ricos y con la otra daba a los pobres.

A los ricos Sor Rosalía les procuraba la alegría de hacer el bien. A menudo podía verse en el recibidor de la casa a obispos, sacerdotes y hombres de Estado y de la cultura, como Donoso Cortés embajador de España y hasta el emperador Napoleón III con su cónyuge, así como estudiantes de derecho, de medicina, alumnos del politécnico, que iban a buscar información, recomendaciones o a pedir consejo sobre a qué puerta ir a llamar antes de hacer una buena obra. Entre ellos el beato Federico Ozanam, cofundador de las “Conferencias de San Vicente de Paúl” y el venerable Juan León Le Prévost, futuro fundador de los Religiosos de San Vicente de Paúl, que buscaban consejo para poner en marcha sus proyectos.

Todos los días, en todo tiempo, Sor Rosalía recorre las calles y callejuelas que suben hasta el Panteón, la vertiente sur de la Montaña Santa Genoveva: rue Mouffetard, Passage des Patriarches, rue de l’Epée de Bois, rue du Pot de Fer… Con su rosario en la mano y su pesado cesto en el brazo, apresura el paso, porque sabe que la esperan.

Como la religiosa en el claustro, Sor Rosalía camina con Dios: le habla de esta familia con dificultades porque el padre no tiene trabajo, de ese anciano que corre el riesgo de morir solo en una buhardilla…

En su tumba, en el Cementerio de Montparnasse, hay siempre flores de personas agradecidas y en la lápida está escrito, “A Sor Rosalía de sus amigos los ricos y los pobres”.

Su fe, sólida como una roca y clara como un manantial, revelaba en toda circunstancia a Jesucristo. Ella experimentaba diariamente esta convicción de San Vicente: “Iréis diez veces al día a visitar a un pobre y diez veces al día encontrareis a Dios… vais a casa de los pobres, pero ustedes encuentran allí a Dios”. Su vida de oración era intensa, afirmó una Hermana”… vivía continuamente en la presencia de Dios. Cuando tenía una misión difícil que cumplir nosotras siempre estábamos seguras de encontrarla en la capilla o de rodillas en su despacho.”

“¡Si el amor es un fuego, el celo es su llama!”

Como responsable de su Comunidad, Sor Rosalía recibió la misión de acompañar a cada una de sus Hermanas, de apoyarlas, formando a los nuevos miembros y siendo líder en la vida de la Comunidad. Rosalía llevó esto a cabo con gran cuidado, comunicando su amor y alegría de servicio. Para convencernos veamos los siguientes testimonios:

Ella tenía el arte del discernimiento y liderazgo. Cuenta Sor Angélica: “Como yo era la más joven y robusta, Sor Rosalía me dio el distrito más lejano y el más poblado. “Usted tiene la mejor parte, me diría. Está en la Ciudad Dorada dónde se reúne todo lo que es mediocre en París. Usted se encontrará a muchos borrachines. Camine modesta y diligentemente, sin gran prisa. Pregunte a todos los niños que usted encuentre si van a la escuela. ¡Hay mucho bien que hacer! Es un verdadero lugar para una Hija de la Caridad.”

“Humilde en su autoridad, Sor Rosalía nos corregía con gran sensibilidad. Generalmente decía algo así: ‘Nuestro Señor le pide esto a usted… ¿no lo entendió? ‘… “Ella era precisa en la manera en qué debíamos recibir a los pobres. ¡Ellos son nuestros Señores y nuestros Amos! ¿Pensó Vd. en eso Hermana, cuándo despachó tan severamente a esa persona pobre? “… “Si, al finalizar una cuestión teníamos una respuesta favorable nos enviaba a decirlo a las familias interesadas, para que tuviéramos parte en su alegría y de esta manera nos animaba a no cansarnos de hacer el bien a los pobres. ¡Nosotras nunca podremos hacer bastante, Hermanas! ”

“Sor Rosalía vio a Dios en sus compañeras que habían sido escogidas como esposas de Dios. Ella las amaba tiernamente como una madre”…. “Cuando el tiempo era malo o surgía una tormenta cuando estábamos fuera, ella siempre encontraba un momento para poner nuestras zapatillas al lado del fuego del hogar… ella se aseguraba de que nosotras no nos habíamos mojado los pies y de que nuestra ropa era de abrigo”

“Si el amor es un fuego, el celo es la llama” diría San Vicente. La Pequeña Compañía de la calle de l’Epée de Bois, apoyada por la oración y el amor fraternal, estaba lista para enfrentarse con la gran pobreza de este atormentado siglo.

“Para rendir homenaje a su dignidad…”

“El pobre pueblo muere de hambre y se condena”, decía San Vicente de Paúl.

Ésta era la situación del campo en el siglo XVII en Francia. Una situación semejante, -¡peor quizá! …- constata la joven Sor Rosalía al llegar al barrio de San Médard, en París. Mal alojados, hambrientos, explotados, los pobres van cayendo en la degradación y se sienten impulsados a la rebelión.”

“El barrio más pobre de París, en el que los 2/3 de la población carece de leña en invierno, el que deja más críos en los “Niños Expósitos”, más enfermos en el Hôtel-Dieu, más mendigos en las calles… más obreros sin trabajo en las plazas, más detenidos por la Policía correccional…” Honoré de Balzac. “Luchar contra la miseria para devolver a la persona su dignidad”, será el objetivo de Sor Rosalía durante 54 años.

Junto con su comunidad, cuida, alimenta, visita, consuela, apacigua… ¡incansablemente! Dotada de una viva sensibilidad, se compadece de todo sufrimiento: “Hay algo que me asfixia -dice- y que me quita el apetito… es pensar que hay tantas familias a las que les falta el pan”…; y su intuición femenina le sugiere el gesto oportuno, la solución a inventar.

Para el servicio de los pobres -cualesquiera que sean- se atreve a emprenderlo todo, con inteligencia y audacia; nada la detiene cuando se trata de “levantar” o de volver a levantar a la persona.

Sor Rosalía vivió a la letra, cada día, estas recomendaciones de los Fundadores:

“No debo juzgar al pobre por su exterior ni por sus cualidades aparentes … sino volver la medalla y verás con la luz de la Fe que el Hijo de Dios se nos manifiesta a través de estas personas pobres… Él que apenas tenía apariencia humana en Su pasión… ” San Vicente de Paúl.

“Debemos amarlos tiernamente y respetarlos profundamente.” Santa Luisa de Marillac.

Sor Rosalía no cuestiona el orden establecido, no alimenta la rebelión; no es ése su método. Para luchar contra la injusticia y la miseria, despierta la conciencia de los que tienen el poder o el dinero, trabaja en la instrucción de los niños y jóvenes de las familias pobres y, para responder a las urgencias, estimula a compartir. Sor Rosalía “organiza la caridad”.

“¡Hay tantas maneras de hacer caridad! -dice-. La pequeña ayuda, en metálico o en especies, que damos a los pobres, no puede durar mucho tiempo, hay que buscar un bien más completo, más duradero; hay que estudiar sus aptitudes, su grado de instrucción y tratar de procurarles trabajo, con el fin de ayudarles a salir de su difícil situación”. Sor Rosalía da pruebas de una gran lucidez. Con alegría, sostiene y aconseja a sus amigos comprometidos en las reformas sociales, pero, por predilección, la sierva sale al encuentro de los pobres, “sus amos” allí donde está la miseria.

“Cuando el fuego se propaga…”

La correspondencia de Sor Rosalía y los testimonios de sus Hermanas revelan su inquietud por la juventud y su talento de educadora. No hay mucha distancia entre el barrio Mouffetard y el barrio latino. A veces se veían en su despacho a jóvenes que iban a todas las escuelas y que aspiraban a todas las carreras: estudiantes de derecho y de medicina, alumnos de la Escuela Normal y de la Escuela Politécnica, todos iban a buscar la manera de hacer una “buena obra” o a dar cuenta de un servicio.

Con cariño y respeto, Sor Rosalía los acompaña personalmente, se preocupa por sus condiciones de vida, los sostiene, asegura la relación con su familia, y, como buena educadora, pide a cada uno lo que puede poner al servicio de los pobres: a uno su pluma, a otro su actividad, a éste su palabra, a todos, algo de su tiempo para llevar la ayuda. Les recomienda la paciencia, la comprensión y la cortesía. “Amad a los pobres, no los acuséis demasiado… recordad que el pobre es aún más sensible a las buenas maneras que a las ayudas”.

Las relaciones continúan cuando estos jóvenes vuelven a sus provincias. Las noticias llegaban entonces a la calle de l’Epée de Bois y se comunicaban a los interesados gracias a la diligencia y discreción de Sor Rosalía, que seguía estimulando las vocaciones que había suscitado.

De este modo, Sor Rosalía despertó y formó vocaciones de laicos y de sacerdotes para la caridad.

“Para que la red de caridad pueda crecer…”

Después de la Revolución de 1830, la efervescencia de los espíritus era grande: inquietud, sed de un mundo más justo, deseo de un cambio de sociedad, compromiso de los católicos… Había en ese momento en la Sorbona toda una juventud de estudiantes, deseosa de infundir una vida nueva a aquella sociedad enferma.

Un grupo reducido de ellos se reunía en una especie de círculo de estudios llamado “Conferencia de historia”. Las reuniones tenían lugar en casa de Don Emmanuel Bailly, profesor de Filosofía y Director del periódico “La tribuna católica”. Entre los asiduos a ese círculo, se encontraban Ozanam, Lamache, Letaillandier, León Le Prévost, Lallier… y algunos otros. Un camarada les lanzó un día este reto: “… Vosotros que presumís de ser católicos, ¿qué hacéis?”. Esta interpelación hizo reflexionar al grupo… Uno de ellos propuso: “Fundemos una Conferencia de Caridad”. La idea agradó a todos, pero necesitaban un guía. El señor y la señora Bailly, que conocían bien a Sor Rosalía, los envían a la calle de l’Epée de Bois. Ésta les enseña a visitar a los pobres a domicilio. Con ella aprenden a ver a Nuestro Señor en los pobres. Al señalarles las familias que podían visitar, les hace advertencias sobre la manera cristiana de abordarlas, de respetarlas, de considerar a esos pobres como a hermanos, ricos en humanidad.

La Conferencia de Caridad, fundada el 23 de Abril de 1833 en la parroquia de San Esteban del Monte, pasa a ser, en febrero de 1834, la Conferencia de San Vicente de Paúl, que fue escogido como maestro y modelo. El número de miembros de la Conferencia aumentó rápidamente. En 1835, el señor Le Prévost propuso desdoblarla para crear una en San Sulpicio, y seguirían otras. Hubo discusión, las opiniones estaban muy divididas. Se hizo la unanimidad cuando el que lo había propuesto dijo que la idea venía de Sor Rosalía. Las Conferencias se multiplicaron rápidamente en París y en provincias… Federico Ozanam soñaba con “encerrar el mundo en una red de caridad”.

“Un camino de reconciliación…”

El recibidor de la calle de l’Epée de Bois nunca estaba vacío. La comunidad se encuentra en el centro de una vasta red de ayuda mutua, donde todos pueden ir a pedir o a ofrecer. Sor Rosalía los conoce a todos, ricos o pobres, débiles o poderosos. Responsable de la comunidad, la llaman “la Madre” y lo es verdaderamente, dispuesta a prestar ayuda, en cada instante, a los que sufren.

Casa de Caridad, calle de l’Epée de Bois donde vivió Sor Rosalía

Algunos hechos relatados por los biógrafos permiten apreciar la rectitud, la valentía y la extraordinaria libertad de esta mujer fuera de serie.

27-28-29 de julio de 1830 “Las tres Gloriosas”: ¡el pueblo monta en cólera! París está lleno de barricadas. Mientras que en la calle de l’Epée de Bois se ocupan de los heridos, -insurrectos o soldados- Sor Rosalía va en busca del general de Montmahaut, un bienhechor de los pobres, desaparecido. Arriesgando su vida, atraviesa las barricadas y lo descubre gravemente herido en la plaza del Hôtel de Ville… lo reanima: ¡está salvado!

En cuanto pasa una revolución, la justicia con frecuencia suele ser severa. Algunas personas que se habían mezclado en los motines fueron a buscar refugio a casa de Sor Rosalía, que las protegió y facilitó su huída. El Prefecto de Policía, Señor Gicquel, recibe la orden de detener a Sor Rosalía. “¡Imposible!” – dice el policía encargado de llevarlo a cabo – “¡Todo el pueblo cogería las armas!”. Eso no va a ser un impedimento. El Prefecto irá en persona. Pasa entre la multitud y pide hablar con Sor Rosalía. Muy amablemente, le indican que espere su turno; después se entabla el diálogo:

  • “¿Qué puedo hacer para servirle?, dice Sor Rosalía.
  • Señora, no he venido a pedirle un servicio, sino a hacerle uno a usted. Soy el Prefecto de Policía y quiero saber cómo es que se ha atrevido a quebrantar la ley.
  • Señor Prefecto, yo soy Hija de la Caridad, y voy en ayuda de los pobres por todas partes… Si lo persiguieran a usted, yo le ayudaría, ¡se lo aseguro!
  • ¡No se le ocurra hacerlo otra vez!, responde el Prefecto sorprendido.
  • ¡Eso no se lo puedo prometer! Una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl nunca tiene derecho a faltar a la caridad”.

Febrero 1931: Sor Rosalía da un vale para el pan a un anciano; él lo rechaza. “Gracias, Hermana, no lo necesito; mañana vamos a saquear el Arzobispado”. Al día siguiente, el Arzobispado está ardiendo, pero Monseñor de Quélen y un grupo de sacerdotes habían encontrado refugio en la calle de l’Epée de Bois.

En varias ocasiones, se dio la epidemia del cólera. En todas partes reina el miedo y éste miedo da lugar a la sospecha. Empiezan a acusar a médicos y farmacéuticos de sembrar el contagio por odio al pobre pueblo y los quieren matar. El Doctor Royer-Collard llevaba un enfermo al hospital. Lo detienen. Él protesta… pero la cólera es ciega. Entonces, él grita a aquellas gentes del barrio Mouffetard: “Pero yo soy amigo de Sor Rosalía”. La cólera desaparece y lo dejan pasar.

En la escuela, una niña llora porque han llevado a su papá a la cárcel. Sor Rosalía conoce a la familia: este hombre, un obrero honrado, se había dejado arrastrar por unos cabecillas. El general Cavaignac, que estimaba a Sor Rosalía, iba a veces a la calle de l’Epée de Bois… Aquel día, ella le propone una visita a la escuela. Mientras las miradas, llenas de admiración, de las niñas se vuelven hacia ese visitante que lleva un hermoso traje con galones de oro, Sor Rosalía se dirige a la niña: “Mira un señor que puede, si quiere, liberar a tu papá” – “¡Ah! ¡señor, devuélvame a mi papá! ¡Lo necesitamos mucho en casa!”. -”Pero, debe haber hecho algo malo”.- “¡Oh, no! Mamá me ha dicho que no…, y si lo ha hecho, no lo hará más, yo se lo prometo… ¡Devuélvamelo! ¡Yo le querré mucho a usted!”.

¿Quién se emocionó más? Unos días más tarde -sin duda gracias a la intervención de Sor Rosalía- el preso se encontraba, de nuevo, con su familia.

¡1848! ¡Otra vez el horizonte se llena de nubarrones! La burguesía quiere gobernar y el pueblo desea vivir de otra manera, no quiere ser miserable. Y sucedió lo mismo que en 1830: se libraron batallas en las calles de todo París. En el ángulo formado por la calle Mouffetard y la calle de l’Epée de Bois levantaron una gran barricada. ¡Y estaba bien defendida! Un oficial de la Guardia Móvil pasó la barricada con sus tropas… pero todos sus hombres cayeron bajo la ráfaga de los manifestantes; él se queda solo en medio de los insurrectos llenos de furia, y entonces se precipita en el pequeño patio de la casa de las Hermanas: los fusiles de los manifestantes apuntan hacia él. Sor Rosalía se interpone gritando:

“¡Aquí no se mata!” -”¡No! pero fuera, sí, nos lo llevamos- responden”. Sor Rosalía no consiente… Los hombres, ebrios de sangre, van a tirar por encima de los hombros de las Hermanas que rodean al condenado. Pero Sor Rosalía se tira de rodillas:”¡En nombre de todo lo que he hecho por vosotros, por vuestras mujeres y vuestros hijos, os pido la vida de este hombre!” ¡Los fusiles se inclinan hacia el suelo!… algunos hombres lloran… el oficial está salvado! -¿Quién es usted, Hermana?”, le pregunta. – “Nadie, señor, nada más que una simple Hija de la Caridad”.

“Nada más que esto”

¡SÍ! Una simple Hija de la Caridad… ¡nada más que esto! ¡Pero verdaderamente esto!

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