Bienvenidos al aeropuerto de… Teruel

31Es probable que muchos de los automovilistas que circulan entre Zaragoza y Valencia se hayan llevado las manos a la cabeza al ver los carteles que marcan la salida hacia el aeropuerto de Teruel. “¿Aquí también?”, se habrán preguntado, añadiendo con amargura un nuevo nombre a la lista de aeródromos convertidos en símbolos de nuestra ruina. De entre las muchas burbujas que ha vivido la sociedad española, la aeroportuaria ha sido la más lacerante no sólo por el despilfarro de dinero público que ha supuesto sino, sobre todo, porque ha abierto una herida que tardará tiempo en dejar de sangrar. Duele mucho que periódicos y televisiones de medio mundo se hayan empleado a fondo denunciando la sorprendente cosecha de ‘aeropuertos fantasma’ que alumbró la España del pelotazo, como el de Castellón -que sigue sin inaugurarse – o los de Ciudad Real y Huesca- que se han quedado sin vuelos-. Y escuece aún más porque hay conciencia plena de que el pitorreo general está sobradamente justificado.

“Es un aeropuerto especial, no es para pasajeros”, se apresura a dejar claro el director de la terminal de Teruel nada más estrechar la mano al visitante. Alejandro Ibrahim es consciente de la maldición que se ha abatido sobre las infraestructuras aéreas y por eso se esfuerza desde el principio en poner negro sobre blanco que la experiencia turolense es algo inédito en España. “Aspiramos a ser el primer aeropuerto industrial de Europa, una instalación que ofrece a las aerolíneas un lugar para estacionar sus aviones cuando no están operativos y también unos servicios auxiliares competitivos de mantenimiento y reciclaje”.

La introducción del director deja a su interlocutor un tanto frío. ¿Un aeropuerto industrial? Suena un poco raro, sobre todo porque el lugar está en medio de la nada. La instalación ocupa una pequeña porción en una de esas inmensas llanuras semidesérticas tan características del paisaje del sur de Aragón. Allí no hay otra cosa que un cielo de un azul transparente y un suelo árido y polvoriento. Ni siquiera hay un árbol donde entretener la mirada en varios kilómetros a la redonda. Sin embargo, el responsable del aeropuerto es un hombre paciente y sus palabras hacen que las piezas vayan encajando poco a poco.

La base del negocio, explica Ibrahim, es el estacionamiento de aviones. La flota de las compañías aéreas ha crecido tanto (hay ya unos 30.000 aviones volando por el mundo) que cada vez es más frecuente que haya aparatos que cada cierto tiempo tengan que quedarse en el dique seco. “Puede ocurrir en invierno, cuando hay un descenso considerable de pasajeros, o también cuando un avión adquirido en leasing pasa de una compañía a otra, o incluso cuando un aparato se deja una temporada fuera de servicio porque consume más combustible que otros más modernos”. Un avión no es algo que se pueda dejar aparcado así como así. En los aeropuertos comerciales molestan porque ocupan mucho espacio y por eso las tarifas suelen ser prohibitivas (el ‘parking’ cuesta unos 1.000 euros al día). Hasta hace poco a las aerolíneas no les quedaba otro remedio que llevárselos a Estados Unidos, el único sitio donde había un servicio así.

Desde hace un par de meses Teruel se ha convertido en una alternativa al desierto californiano del Mojave, que además de plazas para estacionar temporalmente aviones tiene también el mayor cementerio de aeronaves que se conoce. Las condiciones climáticas de la terminal aragonesa resultan ideales para que los aparatos se conserven en óptimo estado: la combinación de muchas horas de sol y muy pocas precipitaciones hace que la humedad ambiental sea muy baja. La corrosión, sonríe Ibrahim, nunca ha dado mucho trabajo a los carroceros y los talleres mecánicos de Teruel.

Sin cruzar el charco

La tantas veces denostada aridez de las tierras bajas aragonesas ha resultado ser esta vez una bendición. Tarmac Aerosave, una empresa filial de Airbus, el gigante europeo de la aviación, no tardó en poner sus ojos en Teruel en cuanto tuvo noticia de que allí se iba a construir un aeropuerto. Tarmac había inaugurado unos pocos años atrás una base para estacionamiento y mantenimiento de aviones en Tarbes, una localidad del sur de Francia próxima a Toulouse, sede central de Airbus. Era una nueva línea de negocio que por primera vez se exploraba en Europa. El éxito desbordó sus previsiones. El aeropuerto de Tarbes (25 plazas) se quedó pequeño en un abrir y cerrar de ojos, así que Teruel se erigió en la opción más interesante por proximidad (cuatro horas en coche desde Francia), climatología y amplitud (el estacionamiento multiplicará por diez la capacidad de Tarbes).

Tarmac firmó un acuerdo con la Administración aragonesa (Gobierno autonómico y Ayuntamiento de Teruel) para explotar una parte del aeropuerto a cambio de un canon anual de 1,25 millones de euros. “Solo con esa cantidad cubrimos nuestros gastos operativos porque nuestra plantilla asciende a cuatro personas y el resto de las actividades, desde bomberos hasta seguridad o limpieza, las tenemos externalizadas”, precisa el director. La terminal está operativa desde marzo aunque fue en agosto cuando se estrenó con la llegada de un par de Boeing 747, más conocidos como ‘jumbos’, que han sido los primeros ‘huéspedes’ de Teruel.

El visitante que se acerca por primera vez a la instalación no puede evitar dar un respingo al contemplar uno de esos gigantescos pájaros de acero varado en medio del páramo turolense (el otro 747 está en un hangar). Los operarios le han retirado la librea, que es la decoración de la compañía, y el fuselaje, recién pintado de blanco, refleja los rayos aún poderosos del sol septembrino. “Esta compañía solía dejar sus aviones en Estados Unidos, pero ahora ha decidido traerlos aquí”, cuenta José Moliner, el director de ventas de Tarmac Aragón, la empresa creada para la explotación. “Para ellos es un ahorro considerable dado que uno de estos aviones gasta unos 80.000 euros de combustible cruzando el charco”.

Paralelo al negocio del estacionamiento está el de mantenimiento, ya que una aeronave requiere un estricto protocolo de tareas de supervisión (encendido periódico de motores, revisión de dispositivos de vuelo…) para conservar el certificado de aeronavegabilidad. Mano de obra especializada no va a faltar: Tarmac, que se ha comprometido a crear un centenar de empleos, ha recibido 3.000 currículos, muchos de ellos de antiguos técnicos de Spanair.

La tercera pata del negocio es el reciclaje. “Se calcula que en los próximos veinte años habrá unos 6.000 aviones que tendrán que ir a la chatarra y Teruel va a ofrecer a las compañías un servicio de desguace completo que permitirá reciclar buena parte de los componentes del avión respetando los criterios medioambientales”, desgrana el responsable de Tarmac. Las perspectivas son sobre el papel favorables y en Aragón están convencidos de que el aeropuerto se va a convertir en un polo que atraerá a decenas de industrias auxiliares relacionadas con la aviación. Ironías del destino, igual resulta que el Eldorado de la España del siglo XXI está en la que hasta ahora ha sido probablemente su provincia más ninguneada. Porque Teruel existe, vaya que si existe.

Tomado de EL CORREO.COM

 

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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