Día de la Provincia en Canarias

 DIAPROVCANARIAS

Tocaba a la Comunidad de la Laguna hacer de anfitriona en la fiesta de la Provincia, que las comunidades de las Islas íbamos a celebrar el 26 de mayo.

Nos pusimos “mano a la obra” y convocamos a los hermanos, mandándoles el programa de festejos, con unos días de antelación. Tanto efecto hizo la convocatoria que los hermanos “Canariones” se presentaron a la fiesta el día anterior; ocasión propicia para celebrarlo con un “mojito”.

A las once de la mañana acogimos a los hermanos de la Orotava y al P. Javier Lucea. Ya todos, reunidos, iniciamos el día con una oración vicenciana (a modo de hora intermedia), dirigida por el P. Luis Carbó; terminada esta, el P. José Luis Argaña, después de introducir la ficha nº 3 de Formación Permanente: “la prioridad de los pobres en el Evangelio”, abrió el diálogo sobre las reflexiones que individual y comunitariamente habíamos realizado. Fue breve porque el tiempo no daba para más.

A las doce y cuarto, nos dirigimos todos a la iglesia del Hospital Ntra. Sra. de los Dolores. Celebramos la Eucaristía, presidida por los Padres José Luis Felipe Galán (60 años vocación) y Javier Lucea (50 años sacerdocio). El P. Ángel Pascual (50 años sacerdocio) excusó su asistencia por estar en la Península por motivos familiares.

Con sencillez oramos los unos por los otros, y todos por la Provincia y su quehacer en el mundo y en la Iglesia. Escuchamos la acción de gracias de los cohermanos por tantos años de servicio al Señor y a la Congregación y terminamos cantando a San Vicente que nos siga enseñando a amar a los pobres de verdad y con el sudor de nuestros brazos.

De camino a casa, hicimos alguna pequeña parada para ir haciendo boca y preparar el cuerpo para la estupenda comida que nos esperaba.

Termino dando gracias a todos los que vinisteis y a los que no pudieron venir, que fueron pocos. Fue un día fraterno, vicenciano, sacerdotal. Que san Vicente nos bendiga.

Palabras del P. Lucea en su homilía:

Desde la atalaya hasta la que me han conducido mis cincuenta años de sacerdocio, no tengo más palabras ni otro sentimiento que el de acción de gracias a Dios por haberme llamado y conducido hasta aquí.

Por todo ello, ésta es la expresión de mi corazón y de mi mente: «GRACIAS, SEÑOR.»

No es que la perspectiva de este medio siglo como sacerdote me lleve ahora a ser agradecido al Señor de la mies, ni sea mi oración de aquí y en esta hora un reconocimiento tardío y forzado.

Porque mi oración de cada noche, tras la puesta de sol sobre la mar serena o embravecida, ha sido —y lo es siempre- ésta: «SEÑOR, GRACIAS POR TODO.»

Mi vocación al sacerdocio y a la Congregación de la Misión se ha mantenido, desde la infancia, firme y estable. Sin ninguna duda. Llamado y elegido, destinado a la tarea de vivir y testimoniar la fe en Él.

Eso sí, no fue siempre el mismo servir e idéntica rutina en el rezar y trabajar de cada día. Cada situación fue diferente y pedía soluciones acertadas.

Un dicho de Vicente de Paúl me ha conducido, desde que lo aprendí, en la difícil coyuntura de saber elegir y actuar según la voluntad de Dios:

«QUID NUNC CHRISTUS?» ¿QUÉ QUIERE DIOS DE MÍ EN ESTE MOMENTO?

Y en el terreno movedizo del saber elegir, en la disyunción o bifurcación que encierra la libertad (acertar o equivocarse), me he servido (no siempre con acierto: todo hay que decirlo) de una frase de Ionesco: «HONEST TO GOD.» SINCERO PARA CON DIOS: el examen de conciencia que ralentiza, prudente, la maquinaria humana, siempre tan hábil para inventarse excusas.

Es verdad, también, que en la ascensión del monte de la vida —en estos cincuenta años de sacerdote y misionero- no me faltaron escorrentías ni deslices, ni tampoco escasearon manantiales e incentivos, atarjeas y entusiasmos para mantener la luz encendida y la alegría suficiente de saberme cuidado y querido por Él.

Mi actitud de acción de gracias al Señor, desde la humildad y la confianza, es permanente, de cada hora.

Por todo esto y por más que queda por decir, termino mis palabras con un poema que escribí hace dos años:

Escribiste recto
sobre mis renglones torcidos,
de mis situaciones inconexas
alumbraste conclusiones.
Eres mi Dios,
mi inefable destino,
mi congruente acertar, mi dicha cierta.
Tu siervo soy,
siempre,
de Ti me fío.

Julian Arana, C.M.

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