El Dios de San Vicente de Paúl

I.- Introducción

En el hogar de sus padres, el joven Vicente había recibido, al mismo tiempo, la luz del día y la de la fe: Dios formaba parte de su mundo campesino. Era el Creador que había ordenado los días y las estaciones, el Padre que proveía a la subsistencia de sus hijos y de quien dependía todo viviente, el Señor de quien derivaba toda autoridad desde el rey cristianísimo hasta el último de los palurdos, y a quien un día habría que rendir cuentas.

Era ese Dios, a quien se le rezaba después del cansancio del día y de la última comida. Era Él a quien estaba consagrado el domingo y el que reunía entonces a la comunidad de sus hijos en su casa, la iglesita de la aldea. Pero para un corazón dis­puesto a escuchar, como ya por entonces lo era el del joven Vicente, todo hablaba de Dios en la soledad de la Landa, donde él guardaba su rebaño.

Es de ese mismo Dios, de quien le habían hablado durante sus estudios en el cole­gio de los franciscanos de Dax, es a su servicio a lo que más adelante se compromete­rá al iniciarse en los órdenes sagrados. Iba a entregarse a Él de por vida, a condición, claro está, de no perder en ello la seguridad del porvenir y las ventajas materiales, justa contrapartida de una renuncia calculada: «No pondrás bozal al buey»

Los teólogos de ese Dios se habían desgarrado en el tema de su gracia o de su misericordia; los hombres de armas, al acecho de las ocasiones, se aprovechaban de ellas para batirse, con la cabeza rota por las disputas y los juegos sanguinarios. Dios parecía haberse apartado de las preocupaciones de la tierra y retirado a la paz de su paraíso.

Ese Dios había conservado cierto estilo del Antiguo Testamento. Tenía el aspecto de ser el garante del orden establecido, al menos se le adjudicaba esa fun­ción. También los que Él cogía para su servicio podían tener la impresión de ingre­sar en una nueva tribu de Leví, con sus privilegios y también sus abusos inevita­bles, pero, mediante algunas dificultades, conseguían su lugar reservado en esa sociedad bien estructurada. Sucedía, sin embargo, que ese Dios hizo tomar a los que él había escogido, caminos muy extraños, antes de llegar al puerto de algún pingüe beneficio.

Sin embargo, no estamos ciertos de que san Vicente se haya sentido a gusto bajo el ojo frío y lejano del Dios del Sr. de Bérulle; las angustias de su fe nos dirán lo con-trario. Es que todavía tendría que elegir entre estar humillado con los humildes, des-pojado con los pobres, para tener acceso al Reino de Dios, y para que uno de ellos, «el Hijo del mismo Dios, tenga a bien revelarle quién era el Padre».

En ese camino real que conduce a los secretos divinos, se complacerá en recono-cer la paternidad espiritual de quien a él le gusta llamar con respeto afectuoso «nuestro bienaventurado Padre, Monseñor Obispo de Ginebra». En ese mismo camino llamará «nuestros amos» a los mismos pobres, reconociendo cuántos de ellos nos preceden en los caminos de Dios y serán un día nuestros jueces. Siguiendo a tales maestros, entre los cuales se ha introducido el Hijo de Dios en persona, descubre el verdadero rostro, el rostro amable del Padre, que es el Dios de Jesucristo.

Su presencia rodea por todas partes a sus hijos, nadie se queda fuera, ni tampoco los que se quieren alejar de ella, como no se escapa nadie del aire que respiramos ni del amor de un Padre.

Esa presencia amable es Providencia: san Vicente se vuelve muchas veces a ella para confiarle sus preocupaciones, para afirmar su absoluta confianza en su protección. Eso no es, por su parte, abandono o renuncia pasiva o fatalista, porque nadie en el mundo ha sido más activo ni ha puesto en práctica mejor que él el refrán: «Ayúdate y el cielo te ayudará». Ha prodigado tesoros de imaginación y de iniciativa en sus diversas actuaciones, mas, habiendo hecho lo que debía y más aún, esperaba todo, con buena voluntad, de la Providencia de Dios.

Se había hecho una verdadera religión de la voluntad de Dios, pensando que «nuestra voluntad propia no valía más que para estropearlo todo». Con peligro de pasar por lento e indeciso, esperaba a que la voluntad de Dios se manifestara claramente. En las decisiones importantes en las que el amor propio y el interés se podrían arriesgar para considerar demasiado bien lo que les fuera favorable, como ocurrió en el caso de la aceptación del priorato de San Lázaro, él solía esperar unas manifestaciones repetidas y no equívocas de dicha voluntad. Pero cuando ya era conocida con claridad, entonces su determinación no la detenía nadie: así los envíos repetidos de misioneros a Madagascar, a pesar de los muertos y las catástrofes.

La voluntad del Padre le llevó al Hijo de Dios a convertirse en uno de los pequeños por los cuales había venido, con el fin de salvarlos. Es también ella la que se manifiesta a san Vicente, para que se ponga al servicio de ellos, como uno de ellos; es ella la que nos hará tomar, siguiéndole a él, el mismo camino real en cuyo final podemos ser admitidos en los secretos del Padre.

II.- El Dios de san Vicente

«¿Quién es tu Dios?» A esta pregunta, ¿qué habría contestado san Vicente? Seguramente lo que habrían respondido los maestros espirituales y la mayor parte de los creyentes de la Iglesia de su tiempo. Pero, después de 1617, su aproximación a Dios se expresa, las más de las veces, alrededor de tres temas: Presencia de Dios, Providencia y Voluntad de Dios. Tres temas que, notémoslo, permiten a san Vicente abordar a Dios en tanto cercano, metido en la historia de los hombres, en particular de los pobres, interviniendo constantemente en los acontecimientos al estilo de Folleville y de Chátillon.

1. Un Dios presente

San Vicente, sobre todo con ocasión de las conferencias y charlas sobre la oración, no deja nunca de recordar la importancia de «ponerse en la presencia de Dios». A él le resulta manifiestamente fácil y sencillo, tan evidente le parece en toda circunstan­cia esa presencia:

«A diez leguas, a cincuenta»

«Otra forma consiste en mirarle universalmente por todas partes, ya que Él llena todas las cosas; es lo mismo que les enseñáis a los niños de la escuela: que Dios está en todas par­tes, a diez leguas, a cincuenta. En fin, está en todas partes por su presencia: está aquí, mien­tras yo os estoy hablando, está todavía más en mi cabeza y en todas las partes de mi cuer­po. Dios está en todas partes. ¡Qué dicha para los hombres, y especialmente para los cristianos, encontrar a Dios en todas partes adonde vayan! Si voy al cielo, dice David, allí está Él; si bajo a los infiernos, allí está Él. De forma que, lo mismo que un pájaro que encuentra el aire por todas partes, por mucho que dé vueltas y revolotee, también nosotros nos encontraremos con Dios en todas partes adonde vayamos, ya que Él no está solamen­te en las cosas, que existen realmente, sino también en las imaginarias. Esto es lo que se dice en el oficio de san Dionisio, cuya octava estamos celebrando. Dios es un ser que está presente en todas partes. Y ésta es la tercera manera de ponerse en la presencia de Dios. La cuarta es la siguiente: Dios no solamente está en todas partes, sino que se encuentra en un alma buena que está llena de su amor de una forma muy especial. Como en las Hijas de la Caridad, y no hay nada para Él más agradable que estar allí. Mirad, Hijas mías, no hay nada por lo que nuestro Señor sienta tanto amor como por las almas buenas. No encuentra nada que sea más hermoso, ni en el cielo ni en la tierra, que eso. Allí dentro se siente satisfecho, y pone alli su morada. Él está en medio de nosotros» (IX, 1118-1119).

«Aquí y en otras partes»

«He aquí ahora lo que hay que hacer: en primer lugar, ponerse en la presencia de Dios, considerándolo bien sea como está en el cielo, sentado en el trono de su Majestad, desde donde dirige su vista hacia nosotros y contempla todas nuestras cosas; bien sea en su inmensidad, presente por doquier, aquí y allá, en lo más alto de los cielos y en lo más pro­fundo de los abismos, viendo nuestros corazones y penetrando en los repliegues más secre­tos de nuestra conciencia; o bien, presente en el santísimo Sacramento del altar. ¡Oh Sal­vador! ¡Aquí estoy yo, pobre y miserable pecador, a los pies del altar donde Tú reposas! ¡Oh Salvador, que no haga nada indigno de esta santa presencia! O bien, finalmente, den­tro de nosotros mismos, penetrándonos por completo y alojándose en el fondo de nuestros corazones. Y no vayamos a preguntarnos si está allí; ¿quién lo duda? Los mismos paganos lo han dicho: «¡Est Deus in nobis, sunt et commercia caeli in nos; de caelo spiritus ille venit». No cabe duda de esta verdad. «Tu autem in nobis es, Domine». No hay nada tan cierto. Es muy importante hacer bien este punto, ponerse debidamente en la presencia de Dios, porque de ahí depende todo el cuerpo de la oración; una vez hecho esto, lo demás va por sí mismo»(XI, 283-284).

«Esto es todavía más cierto que el que estamos todas presentes aquí»

«Empezad siempre todas vuestras oraciones por la presencia de Dios; porque a veces, sin esto, una acción dejará de resultarle agradable. Fijaos bien, Hijas mías, aunque no vemos a Dios, la fe nos enseña su santa presencia en todas las cosas, y éste es uno de los medios que hemos de proponemos: está presente en todo lugar, penetrando íntimamente en todas las cosas e incluso en nuestros corazones; y esto es todavía más cierto que el que estamos todas presentes aquí, porque nuestros ojos nos pueden engañar, pero la verdad de Dios en todo lugar no fallará jamás. Otro medio para ponemos en la presencia de Dios, es imaginarnos que estamos delante del santísimo Sacramento del altar. Allí es, queridas Hijas, donde recibimos los más hermosos testimonios de su amor. Amémoslo mucho y acordémonos que dijo, mientras estaba en la tierra: «Si uno me ama, vendremos a él», refiriéndose a su Padre y al Espíritu Santo; y las almas serán conducidas por su santa Providencia lo mismo que un barco por su piloto» (IX, 23-24).

2. Un Dios Providencia

Como lo demuestra el texto anterior, la evidencia que tiene san Vicente de la presencia de Dios le lleva con toda naturalidad a una confianza indefectible en la Providencia; esta confianza parece, en él, tanto fruto de la experiencia como artículo de fe. Releyendo el pasado, descubre en él, efectivamente mil intervenciones incontestables de Dios.

«Por eso le dejamos hacer»

«Muchas veces se estropean las buenas obras por ir demasiado aprisa, ya que obra uno según sus inclinaciones, que dominan sobre el espíritu y la razón, y hacen ver que el bien que se ve como posible es hacedero y oportuno, sin que lo sea en realidad; luego, lo único que puede hacerse es reconocer que se ha fracasado. El bien que Dios quiere se realiza casi por sí mismo, sin que se piense en ello; así es cómo nació nuestra Congregación, cómo empezaron los ejercicios de las misiones y de los ordenandos, cómo se fundó la Compañía de las Hijas de la Caridad, cómo se estableció la de las Damas para la asistencia de los pobres del Heitel Dieu de París, y de los enfermos de las parroquias, cómo se emprendió el cuidado de los niños expósitos, y en fin cómo empezaron todas las obras que actualmente llevamos entre manos Ninguna de esas obras se emprendieron por nuestra cuenta y siguiendo nuestros planes, sino que Dios, que deseaba ser servido en esas ocasiones, las suscitó Él mismo casi sin damos cuenta y se sirvió de nosotros, sin que supiéramos hasta donde íbamos a llegar. Por eso, tenemos que dejarle hacer, sin que nos afanemos por el progreso ni por el comienzo de esas obras. ¡Dios mío! ¡Cuánto deseo, Padre, que modere usted sus ardores y que pese maduramente las cosas con el peso del santuario antes de decidirlas! Sea usted más bien paciente que agente; así es cómo Dios hará por medio de usted solo lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin Él» (IV, 499).

«Hijas de la Providencia»

«Hijas mías, tenéis que tener tan gran devoción, tan gran confianza y tan gran amor a esta divina Providencia que, si ella misma no os hubiese dado este hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que jamás hay que cambiar, deberíais llevar el de Hijas de la Providencia, ya que ha sido ella la que os ha hecho nacer» (IX, 86).

«Hay algo más evidente»

En la conferencia del 13 de febrero de 1646, vemos a san Vicente reaccionar espontáneamente ante el acontecimiento y leerlo a la luz de la Providencia:

«El Padre Vicente, habiéndose tomado la molestia de venir a darnos esta conferencia, pre­guntó cuál era el tema, y tras haberlo oído, preguntó a una Hermana sobre él. Después, quiso informarse por extenso del peligro del que se había visto libre por una gran gracia de Dios, una de las Hermanas hacía tres o cuatro días. «Hija mía, le dijo, ¿qué es lo que pasó? He oído hablar de una casa derrumbada. ¿En qué barrio ha sido?, ¿estabais dentro o fuera?, ¿qué día fue?»

La Hermana respondió que, el último sábado de carnaval, al ir a llevar el puchero a uno de los pobres, cuando subía, un pobre aguador que iba delante de ella, exclamó: «Estamos perdidos». Estaba ella entre el primero y segundo piso; y apenas dijo aquel pobre hombre estas palabras, la casa empezó a derrumbarse; y nuestra pobre Hermana, muy asustada, se acurrucó en el rincón de un rellano. Los vecinos, llenos de miedo, corrieron inmediata­mente a buscar el santo Sacramento y la Extremaunción, para administrarla a los que fue­ran capaces de ella. Pero más de treinta y cinco o cuarenta personas se vieron desgracia­damente aplastadas por las ruinas de la casa, y solamente hubo un niño de diez u once arios que pudo salvarse.

Los espectadores, al ver a nuestra pobre Hermana en un peligro que parecía inevitable, la invitaron a que se echase entre sus brazos. Se pusieron diez o doce para socorrerla. Ella les tendió el puchero, que colgaron de un gancho en el extremo de una vara; luego se arrojó sobre los mantos que habían extendido fiándose de la providencia de Dios. Sin poder decir cómo había sucedido, se encontró, por una especial providencia de Dios, fuera de peligro, y llena de temblor se fue a servir a los enfermos que le quedaban» (IX, 230-231).

Relectura del mismo acontecimiento:

«Otra razón es la protección especialísima que Dios tiene de ustedes. ¿No es admirable, Hijas mías? Tenéis un ejemplo bien reciente en la persona de vuestra buena Hermana. ¿No os hace todo esto ver que Dios acepta con muy especial agrado el servicio que le rendís en la persona de los pobres? Se derrumba una casa nueva; cuarenta personas se ven aplastadas bajo sus ruinas. Esta pobre Hermana, que tiene en la mano su puchero, está en un rellano de la escalera que la Providencia conserva expresamente para sostenerla, y sale de este peligro sana y salva. Allí están los ángeles, hemos de creerlo; por­que, ¿creéis acaso que fueron los hombres? Ellos le tendieron la mano, pero eran los ángeles los que la sostenían. ¿Creéis, Hijas mías, que Dios permitió sin un designio espe­cial que cayese esa casa nueva? ¿Creéis que fue una casualidad que se derrumbase pre­cisamente en el momento en que nuestra Hermana estaba allí; y creéis también que fue una casualidad que ella escapase sin mal alguno? ¡Ni mucho menos, Hijas mías! Todo esto es milagroso. Dios había ordenado todo esto para hacer conocer a vuestra Compa­ñía el cuidado que de ella tiene» (IX, 236).

La expresión «no adelantarse a la Providencia» es considerada muchas veces como significativa del pensamiento y de la acción de san Vicente. Seguramente convendría hablar más bien de una atención a los «signos de Dios» a lo que san Vicente llama «los tiempos de la gracia». Es en especial al P. Codoing, misionero muy impulsivo, a quien san Vicente recuerda esa necesidad de bordear la Providencia:

«La gracia tiene sus momentos»

«En nombre de Dios, Padre, aleje de sus preocupaciones las cosas ajenas y demasiado lejanas y que no le conciernen, y ponga todo su cuidado en la disciplina doméstica. Lo demás ya irá llegando a su debido tiempo. La gracia tiene sus ocasiones. Pongámonos en manos de la Providencia de Dios y no nos empeñemos en ir por delante de ella. Si Dios quiere darme algún consuelo en nuestra vocación, es éste precisamente: que creo que al parecer hemos procurado seguir en todas las cosas a la Providencia y que no hemos querido poner el pie más que donde ella nos lo ha señalado. Sea usted muy cordial con todos y no ahorre esfuerzo alguno en asistir a los enfermos de la Compañía» (II, 381).

«Siempre hemos procurado seguirla»

«No tengamos prisa por la extensión de la Compañía, ni por las apariencias exteriores. El consuelo que me da nuestro Señor es pensar que, por la gracia de Dios, siempre hemos procurado ir detrás, y no delante, de la Providencia, que tan sabiamente sabe llevar las cosas hacia el fin para el que nuestro Señor las ha destinado. Ciertamente, Padre, nunca he visto mejor que ahora la vanidad de todo lo contrario y la realidad de aquellas palabras del Evangelio, que Dios arranca la viña que no ha plantado» (II, 383).

«Las obras de Dios no se hacen de ese modo»

«No, Padre, ni debe ir usted tan aprisa. Las obras de Dios no se hacen de ese modo; se hacen por sí mismas; y las que Él no hace, desaparecen pronto. Se lo digo con frecuencia; creo que su bondad lo soportará y que estará seguro de que no tengo mayor consuelo en la obra de nuestra vocación que el de pensar que hemos seguido el orden de la santa Providencia, que requiere tiempo para la ejecución de sus obras. Vayamos tranquilamente en nuestras pretensiones» (II, 393).

«Aguardemos con paciencia y actuemos»

«No deje usted, Padre, de urgir nuestro asunto (la aprobación los votos), con la confianza de que es ésa la voluntad de Dios, que permite a veces que surjan contradicciones entre los santos y entre los mismos ángeles, no manifestando las mismas cosas a los unos y a los otros. El éxito de semejantes empresas se debe muchas veces a la paciencia y a la vigilancia que se practica en ellas. Los Padres Jesuitas estuvieron más de veinte arios solicitando su aprobación bajo Gregorio XVI. Las obras de Dios tienen su momento; es entonces cuando su Providencia las lleva a cabo, y no antes ni después. El Hijo de Dios veía cómo se perdían las almas y sin embargo no adelantó la hora que se había ordenado para su venida. Aguardemos con paciencia y actuemos y, por decir así, apresurémonos lentamente en la solución de uno de los mayores asuntos que tendrá nunca la Congregación» (V, 374).

Este último texto nos demuestra claramente, si hubiera necesidad de ello, que, para san Vicente, confianza en la Providencia nunca es pasividad, lentitud o resignación.

3.- La voluntad de Dios

De los tres temas: Presencia, Providencia y Voluntad de Dios, san Vicente pare­ce preferir el tercero, porque se trata de la aproximación de Dios, la mejor encar­nada en el «hoy» y la que más provoca a la acción.

«La práctica de la presencia de Dios es muy buena, pero me parece que adquirir la prácti­ca de cumplir la voluntad de Dios en todas nuestras acciones es todavía mejor; pues ésta abraza a la otra» (XI, 213).

«Dios lo tiene cogido de la mano»

«Vean las santísimas disposiciones en las que se pasa la vida, y las bendiciones que acompañan a todo lo que hace: no tiene en cuenta más que a Dios, y es Dios quien le guía en todo y por todo; de modo que puede decir con el profeta (Ps 73, 23): «Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me». Dios lo tiene de su mano derecha, y él a su vez lo tiene con una sumisión entera a esta divina dirección. Ustedes lo verán mañana, y toda la semana, todo el año y, en fin, toda su vida, en paz y tranqui­lidad, en fervor y tendencia continua hacia Dios, y extendiendo siempre en las almas del prójimo las dulces y saludables operaciones del espíritu que lo anima. Si ustedes lo com­paran con los que siguen sus propias inclinaciones, verán sus actividades muy brillan­tes de luz, y siempre fecundas en frutos; se nota un progreso notable en su persona, una fuerza y energía en todas sus palabras. Dios da una bendición particular a todas sus empresas (Cf. Ps I, 5-6), y acompaña con su gracia los proyectos, que emprende por Él, y los consejos que da a otros; y todos sus obras son de mucha edificación. Pero, por otro lado, vemos que las personas apegadas a sus inclinaciones y gustos sólo tienen pensa­mientos terrenos, discursos de esclavos y obras muertas. Y esta diferencia viene de que éstos se apegan a las criaturas, y que aquéllos se separan de ellas. La naturaleza actúa en esas almas bajas, y la gracia en las que se elevan a Dios y que sólo respiran su Volun­tad» (Abelly, p. 576).

«La perfección no consiste en los éxtasis»

«La perfección no consiste en los éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios. Pues bien, ¿quién será el más perfecto de entre los hombres? Será aquél cuya voluntad sea más conforme con la de Dios, de forma que la perfección consiste en unir nuestra voluntad con la de Dios hasta tal punto que la suya y la nuestra no sean, propiamente hablando, más que un mismo querer y no querer, el que más sobresalga en este punto, será el más perfecto. Pues, ¿qué es lo que le dijo nuestro Señor a aquel hombre del Evangelio, al que quería enseñar el medio de llegar a la perfección? «Si quieres venir detrás de mí, le dijo, renun­cia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme».

Pues bien, ¿quién renuncia más a sí mismo que el que no hace nunca su voluntad, sino que hace siempre la de Dios? ¿Y quién es el que se mortifica más? Y si, por otra parte, se dice en la Sagrada Escritura que el que se une a Dios se hace un solo espíritu, (1Cor 6, 17), os pregunto: ¿quién es el que se une más a Dios que el que no hace nunca más que la voluntad del mismo Dios, y nunca la suya propia, y no quiere ni desea otra cosa más que lo que Dios quiere o no quiere? Decidme, por favor, Padres y Hermanos míos, si sabéis de alguien que se adhiera más a Dios y, por tanto, esté más unido a Dios que éste.

Pues si es verdad que nadie renuncia tanto a sí mismo ni sigue tan perfectamente a nues-tro Señor como el que conforma por completo su voluntad con la de Dios, ni se une tan perfectamente al mismo Dios como el que no quiere más que lo que Él quiere o no quie-re, hay que concluir necesariamente que ningún hombre está tan perfectamente unido a Dios, formando un solo espíritu con El, como el que hace lo que acabo de decir. ¡Oh, Padres y Hermanos míos, si consideramos bien todo esto, veremos aquí un medio de adquirir en esta vida un gran tesoro de gracias!» (XI, 211-213).

«¡Salvador inició, ésta es tu práctica»

«Su norma era cumplir la voluntad de Dios en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la del Padre. ¡Oh Salvador! ¡Qué bondad! ¡Cuánto brillo y esplendor das al ejercicio de tus virtudes! Tú eres el rey de la gloria, pero vienes a este mundo con la única finalidad de cumplir la voluntad del que te ha enviado. Ya sabéis, hermanos míos, cómo anidaba este afecto sagrado en el corazón de nuestro Señor. «Cibus meus est, decía, ut faciam voluntatem eius qui misit me»: lo que me alimenta, me deleita y me robustece es hacer la voluntad de mi Padre.

Si esto es así, hermanos míos, ¿no hemos de considerarnos dichosos de haber entrado en una Compañía que profesa de manera especial practicar lo que practicó el Hijo de Dios? ¿No hemos de elevarnos muchas veces a Él para conocer la altura, la profundidad, la anchura de este ejercicio, que llega hasta Dios, que nos llena de Dios, que comprende todas las cosas buenas y nos aparta de las malas? «Cibus meus est ut faciam voluntatem eius qui misit me». ¡Salvador mío, ésta es tu práctica!»» (XI, 448-449).

III.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Nuestra experiencia de Dios.

  • ¿En qué y cómo mi «conocimiento» de Dios depende de mi historia, de mis orígenes, del contexto cultural y eclesial..?
  • ¿Cuál es el Dios en quien yo creo hoy?

2. Un Dios presente y actuante. Dios Providencia. Dios presente y actuante. Dios que nos precede.

  • ¿Qué quiere decir para mí, cuando releo tal acontecimiento, tal experiencia, tal encuentro?

3. Hacer la voluntad de Dios en todo. Partiendo de ejemplos concretos.

  • ¿He buscado la voluntad de Dios? ¿Solo, con otros? ¿Cómo?
  • ¿Qué criterios me han permitido discernirla?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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