Santa Luisa y la Encarnación

San Anselmo de Canterbury y la redención

slmarillacEl gran interrogante de los cristianos a largo de la historia ha sido saber por qué Dios se hizo hombre. De las cartas de san Pablo la teología occidental ha ido sacando principios para explicar que Cristo se hizo hombre para reparar el pecado de Adán. Algunos textos de san Pablo hasta parecen indicar que la redención exigía la muerte de Jesucristo cuya crucifixión fue un “sacrificio de expiación” que aplacó la ira de Dios contra los pecadores, pues Dios «no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien, lo entregó por todos nosotros» (Ro 8, 32).

El primer gran teólogo que pretendió explicarlo fue san Anselmo de Canterbury (1033-1109) en su libro Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) en base a una afirmación hipotética: Si Adán no hubiera pecado, el Hijo de Dios no se habría encarnado, pues el fin primordial de la encarnación fue redimirnos del pecado. Más aún, san Anselmo pretende demostrar que era necesario que Jesucristo muriera en Cruz, apoyándose en la noción de justicia, que siempre acompaña a la misericordia de Dios y le impide perdonar la ofensa sin más; pues si perdona, falla la justicia, al poner al mismo nivel al justo y al pecador. La justicia exige o bien que Dios le inflija una pena proporcionada o bien que el pecador le dé una satisfacción adecuada. Pero si Dios aplica una pena proporcionada, nadie se salvaría y la humanidad entera sería condenada al infierno, frustrándose el plan divino de salvación. Y si el plan divino tiene que llevarse a cabo, solo queda la satisfacción del pecador.

Pero un ser creado, aunque no tuviera pecado, no podría satisfacer, porque satisfacción es dar a Dios algo que no se ha recibido de Él. Y el ser creado todo se lo debe a Dios su creador. A esto se añade que si la ofensa se mide por la categoría de la persona ofendida -al ser Dios infinito, la ofensa es infinita-, la reparación se mide por la dignidad de la persona que hace la reparación -la criatura es finita y su satisfacción sería finita-. Por ello, solo un hombre que fuera Dios podría satisfacer una ofensa hecha a Dios. El pecado exigiría la encarnación de Dios y hasta la Pasión y muerte de Jesús. Ya que Jesús no podía satisfacer con los actos que ya debía dar a Dios por otros títulos, como obediencia, amor, adoración. Solo podía satisfacer con su muerte voluntaria a la que no estaba sujeto por no tener pecado y poseer valor infinito por ser Dios.

Con todo, san Anselmo rechazó que la existencia de Jesucristo la causara el pecado, argumentando que, si Dios ha creado al hombre y le ha elevado para alcanzar un fin sobrenatural, quiere la encarnación para una satisfacción de condigno. La encarnación la exige, no el pecado, sino la justicia de Dios. La exposición de san Anselmo ejerció, a través de Santo Tomás de Aquino, gran influencia en el pensamiento posterior de la teología occidental.

La Encarnación como primado de Cristo en la creación

El defecto más grave de esta exposición es dar a la encarnación exclusivamente el sentido de satisfacción justiciera de “tanto ofendes, tanto pagas”, y no prestar atención a que Dios quiso la encarnación de su Hijo antes de la creación del hombre para poner a Cristo como el Primero y el Rey de la creación, uniendo la humanidad a la divinidad. Esta doctrina llamada del Primado Universal de Cristo la sacaron los Padres Griegos también de las cartas de san Pablo (Col 1,15-20; Ef 1,3-14).

Apoyándose en los Padres Griegos, a la pregunta ¿por qué se encarnó el Hijo, Segunda Persona de la Trinidad?, el franciscano Juan Duns Escoto (1266-1308) responde que no es posible que la realidad más preciosa de la humanidad, que es Cristo, haya venido por el pecado. Jesucristo fue el primer concebido en la voluntad de Dios, antes que todos los seres creados, y vino para ser el primer creado, modelo de la humanidad a la que Dios había destinado a participar de la Naturaleza divina y alcanzar la felicidad eterna en la gloria. Jesucristo en la cruz es manifestación del amor de Dios más que reparación de condigno. Queda así descartado todo pecado-centrismo. Para Escoto, Cristo es el protagonista de la historia y Cristo habría venido aunque el hombre no hubiese pecado. Y hasta hay teólogos que afirman que si Cristo no hubiese existido, tampoco habría existido el ser humano1.

Santa Luisa de Marillac y la Encarnación

Santa Luisa quiso hacer los votos en la Compañía el día de la Encarnación, meditó el misterio, lo puso como centro en su vida individual y en su compromiso de Hija de la Caridad, y sobre él escribió páginas admirables.

Santa Luisa construye una teoría de la encarnación parecida a la escotista sin que podamos saber de dónde la sacó. Es cierto que se educó con las dominicas en Poissy, pero entre los 11 y los 14 años de edad abandonó el colegio-pensionado. Hacia los 16 años -nos cuentan sus secretarias Maturina Guérin y Bárbara Bailly- se entregó a la oración guiada por los capuchinos -franciscanos reformados, quiso ser capuchina y hasta hizo algún ensayo de vida dentro del convento2. Y ya sabemos que los hijos y las hijas de san Francisco de Asís seguían la mentalidad de Duns Escoto.

Influenciada por la teología franciscana y por Bérulle, santa Luisa expone su propia mentalidad sobre la Encarnación. Empieza por acercarse al primer momento, cuando Dios es, y sólo es Él. Y como la divinidad es amor, en aquel primer momento sólo es el Amor. Dios se conoce a sí mismo, engendrando al Hijo, conoce que es infinitamente santo y se ama a sí mismo origen de la Trinidad, pues, si Dios es amor, necesariamente se ama primero a sí mismo. Esta vida divina es sellada en la procesión del Espíritu Santo que es Amor personal. Los tres son un solo Dios porque en Dios sólo hay divinidad.

Pero el amor tiene que amar también hacia fuera y como toda la actividad externa de Dios es para dar gloria a la esencia divina, Dios desea ser amado por otro que pueda amarlo tan perfectamente como El se ama, esto es, por un hombre creado que sea Dios, y decreta la encarnación de su Hijo en quien Dios es glorificado del modo más excelso posible3.

La encarnación del Hijo hace posible la felicidad del hombre

La expansión del amor hacia fuera crea todas las cosas que son imperfectas, pues no son Dios: ¡Qué amor y qué humildad las de Dios que crea sabiendo que lo creado es imperfecto!, exclamaba santa Luisa. Entre los seres creados, no de la nada, sino de Dios (E 86), hay uno que ha sido hecho a imagen y semejanza divina, el hombre; y si Dios es amor, la semejanza es en el amor. Y como ama, tiene que amar la felicidad, pero la felicidad verdadera y permanente sólo se encuentra en Dios. Y aquí está la gran tragedia, el hombre limitado, imperfecto y pecador jamás podrá unirse a Dios ilimitado, perfecto y santo. El hombre nunca podrá alcanzar la felicidad. Pero si el hombre no puede alcanzar a Dios-felicidad, Dios sí puede hacerse hombre. Y este hombre, Jesús, contiene la felicidad divina, y también la pueden alcanzar todos los hombres que se incorporen a la Humanidad de Jesús. Jesucristo es el primero y el único que ama a la Trinidad de manera perfecta4. Y en Él, Dios eleva al hombre al orden sobrenatural, a la gracia y a la gloria para que pueda amar a la Trinidad y en ella encuentre la felicidad.

Tanto la salvación como la santidad de los hombres consisten en que cada uno se incorpore a la Humanidad de Cristo por el amor, o en frase vicenciana, en que, por medio del amor, cada uno se vacíe de sí mismo y se revista del Espíritu de Jesucristo. Luisa había escuchado o había leído la doctrina beruliana sobre los estados de Jesús y varias veces lo medita en la oración (E 22, 23). Así, pues, deduce que, al revestirnos del Espíritu de Jesucristo, nos incorporamos a su Humanidad de tal manera que la vida del Jesús, en cada uno de sus estados, y la nuestra deben identificarse, tal como lo inculca el evangelio de Juan. Quien se reviste del Espíritu de Jesucristo se incorpora a su Humanidad y en ella encuentra la divinidad que le capacita para ser feliz, pues en el Cielo Dios se ve en el hombre por la unión hipostática del Verbo hecho Hombre (E 21, 22)5. Todos los hombres están destinados, por mediación de Jesucristo, a la felicidad de la gloria. Y la humanidad, antes de tener existencia, ya existía en el corazón de la Divinidad.

Esta idea que la tranquilizaba, al sentir la marginación de su vida, la meditaba con asiduidad. En los comienzos: “La Trinidad Santa, en la unidad de su esencia, me ha creado sólo para Sí, y amándome por desde la eternidad, ha visto que yo no podía ser ni subsistir fuera de Él, que siendo mi principio y único origen, quiere y debe ser también mi único fin, habiendo creado todas las criaturas para que me sirvan de medio para llegar a él, como los canales que conducen las aguas a la fuente” (E 11). Y al final de su vida en unos Ejercicios espirituales: “Y he visto que este poder de poseerme lo debía a la excelencia del designio de Dios en la creación del hombre, de unírselo estrechamente por toda la eternidad si se servía del único medio que tenía para ello que era la Encarnación de su Verbo, el cual quería que siendo hombre perfecto, la naturaleza humana participase de la divinidad por su mérito y por su naturaleza tan estrechamente unidos” (E 98, tema 1º). “Y así es como he visto la Redención del hombre en la Encarnación…, unión personal de Dios en un hombre, la cual honra a toda la naturaleza haciendo que Dios la mire en todos como su imagen” (E 67).

El ser de Dios es el amor

La raíz de esta teología está en que san Juan aclara que el ser de Dios cuando se revela a Moisés como «el que es» (Ex 3,14) es el Amor (1 Jn 4, 8). Es decir, Dios es Amor y como todo tiene su origen en Dios, todo tiene su origen en el Amor. Y por ello, santa Luisa concluye en una meditación que va escribiendo de una manera profunda y concisa mientras hace oración: “Que en el único verdadero ser de Dios está la esencia de todos los demás seres que por su Bondad ha creado; y dependiendo todos los tiempos de su eternidad, es muy razonable que nosotros los empleemos de conformidad con su santa voluntad y para gloria suya; y como todo ha sido creado de Él…” (E 86). Y avanza durante la misma oración6: “Que el amor que Dios tiene a nuestras almas procede del conocimiento que tiene de la excelencia del ser que les ha dado, participación del suyo, conocimiento que puede darnos a conocer su grandeza, siendo un acto exterior a Dios, igual, en cierto modo, al que produce en Sí mismo engendrando a la Segunda Persona de su divinidad; pero puesto que nuestras almas no son El mismo, el conocimiento que produce el amor que les tiene hace que se digne tener un cuidado paternal de la conducta general de las que se entregan por entero a los efectos de su santa voluntad” (E 88).

La encarnación y la redención

Sólo por el amor Dios libremente creó la humanidad y habiendo previsto su caída, quiso que el Verbo, encarnado para glorificar y amar a Dios como merece la divinidad, además nos redimiese a través de su pasión y muerte. Y si Dios predestinó a todos los hombres a la felicidad en la gloria antes de ver su caída, con mayor razón Cristo fue predestinado a recibir la plenitud de la gloria antes de que la pasión fuera considerada un remedio para el pecado. Mediante este servicio Cristo se convirtió en el único medio de salvación de la humanidad y el único mediador entre Dios y la creación, uniendo en el amor la justicia y la misericordia de la Trinidad. Bien lo entendió santa Luisa cuando escribió: “Queriendo satisfacer por mis deudas con el Padre Eterno, ofreciéndole la muerte de su Hijo, me vino el pensamiento de que ello sería una temeridad y ofenderle, si no fuera porque su bondad consintió en el misterio de la Encarnación” (E 33).

La encarnación y la eucaristía

El amor de Cristo no se revela sólo en el Calvario, sino también en la Eucaristía, de la que santa Luisa escribió sentimientos emocionantes durante la oración o después de comulgar. En la eucaristía Dios realiza el proyecto que tiene sobre la creación: perpetuar la salvación de los hombres por medio de la Encarnación, en la que se une la humanidad a la divinidad, prolongada en la Eucaristía. Sin la eucaristía no hay nada que valga la pena en este mundo ni tiene sentido la creación, pues el proyecto del amor de la Trinidad era que, al darse al mundo por la Encarnación, su presencia real se perpetuase en la eucaristía. Y como no hay vida espiritual ni contemplativa sin la Encarnación, tampoco la hay fuera del misterio eucarístico por el que Dios se une al Hombre sin anularse Él y sin anularnos a nosotros.

Santa Luisa lo expuso de una manera teológica: “La enormidad de su amor por nosotros no se contentó con la Encarnación, sino que queriendo una unión inseparable de la naturaleza divina con la humana, la ha hecho después de la Encarnación en la admirable invención del Santísimo Sacramento del Altar…; y esta unión es medio para la unión del Creador con su criatura, aunque no todos participen, a causa de su libre voluntad” (E 67). Y como en el Cielo Dios se ve en el hombre por la unión hipostática del Verbo hecho hombre, así ha querido estar en la tierra para que los hombres no estén separados de Él” (E 21). Y lo completa en otra oración: “Su amor me ha parecido todavía mayor en que habiendo bastado su Encarnación para redimirnos, parece que se da a nosotros en la sagrada hostia, solamente para nuestra santificación, no sólo aplicándonos los méritos de su Encarnación y muerte, sino también por la comunicación que su bondad quiere hacernos de todas las acciones de su vida y de meternos en la práctica de sus virtudes, deseándonos semejantes a El por su amor” (E 60).

Conclusión para quienes hacen los votos ese día

La conclusión es sencilla: si una Hija de la Caridad ya le pertenece a Dios porque su ser es una participación del ser de Dios, porque la ha creado y por la providencia que la conserva en el ser, entonces la Hermana qué le puede entregar a Dios, al renovar los votos, si todo ya es suyo. Y santa Luisa responde sencillamente: su libertad, su voluntad libre. Ese día una Hija de la Caridad puede repetir la oración que hizo ella tres años antes de morir: “Considerándome que soy de Dios por su Ser único y por la creación, que son los dos fundamentos de mi pertenencia, me he visto que le pertenecía también por la conservación que es el sostén de mi ser y como una creación continua. Me he preguntado qué pretendía entonces hacer yo con el pensamiento de entregarme a Él. Y he visto que este poder de poseerme era, por la excelencia del designio de Dios en al creación del hombre, de unírsele estrecha y eternamente si se servía del único medio que tenía para ello, que era la Encarnación de su Verbo, el cual quería que, siendo hombre perfecto, la naturaleza humana participase en la divinidad por su mérito y por su naturaleza tan estrechamente unidos. ¡Ah!, ¡cuántas maravillas se ven en el cielo a este respecto en las almas que han dado a Dios ese «ellas mismas»! que no puede ser otra cosa que la voluntad libre en cuyo uso no quieren servirse de ella más que como perteneciendo a Dios… ¡Qué amor, qué inventiva, ha tenido la Divinidad para dar a conocer su omnipotencia en este hecho único y sin par de que la creatura le esté unida de tal manera que vaya a la par con su Creador en lo que la concierne”. (E 98).

Benito Martínez, C.M.

  1. Séamus MULHOLLAND, ofm, “Lo humano en la espiritualidad de Duns Escoto” en The Cord 43 (1993) 6-16; Martín CARBAJO NÚÑEZ, “Actualidad de Duns Escoto en la sociedad de la información” en Selecciones de Franciscanismo 114/XXXVIII (2009) 435-462 (También se pueden encontrar ambos artículos en www).  
  2. Benito MARTÍNEZ, C. M. Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca,1995, p. 23ss  
  3. Ved Benito Martínez, C. M. La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca 1991, p.125-129, 155-162  
  4. Leer E 19, 66, 88 y 105 (A 29, 14, 26, 27). El sistema científico de la evolución no se opone a esta doctrina, con tal que se acepte la intervención de Dios en el momento de pasar a ser hombre por el amor.  
  5. Benito MARTINEZ, C. M., La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac, CEME, Salamanca 1991, p. 162 ss.  
  6. Aunque los dos trozos están en papeles separados del tamaño de la palma de la mano, son las conclusiones de la misma oración que redactó mientras hacía la oración: el tema, estilo y forma son idénticos.  

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