Formación Permanente: TEMA 2ª

5761143Tema 2: Paz y progreso de los pueblos en la Doctrina Social de la Iglesia

 Pacem in terris

Se puede decir que esa encíclica está considerada como el anuncio evangélico de las condiciones de la paz. En esta encíclica es evidente que la paz significa el desarrollo global de cada hombre, de cada pueblo. No es ni la ausencia de guerra, ni el equilibrio militar entre opiniones opuestas, sino un trabajo coral que involucra la familia humana entera en la realización de un orden social fundado en cuatro pilares: la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad.

a) Desde el punto de vista de la verdad, la encíclica afirma que «todas las comunidades políticas son iguales en dignidad natural. De ahí se sigue que cada una de ellas tenga derecho a la existencia y al propio desarrollo».

b) Desde el punto de vista de la justicia en el ámbito internacional, cada comunidad política tiene el deber de reconocer y respetar los derechos de las demás comunidades. Esto implica que «las comunidades políticas no pueden, sin incurrir en delito, procurarse un aumento de riqueza que constituya injuria u opresión injusta de las demás naciones».

c) Desde el punto de vista de la solidaridad, en el orden internacional es necesario que las comunidades políticas se muevan en la ola del convencimiento del bien común particular «que no puede ciertamente separarse del bien propio de toda la familia humana».

d) Desde el punto de vista de la libertad, ninguna comunidad más potente tiene el derecho de ejercitar una acción opresiva sobre las otras o una indebida injerencia, especialmente sobre aquellas más débiles o necesitadas de ayuda.

Gaudium et spes

La comunidad política mundial es invitada en la Gaudium et spes a trascender los propios confines particulares, para comprometerse en una acción a nivel superior, que es esencial a su crecimiento y a su futuro. Tal acción superior es el compromiso para la paz del mundo. Paz entendida como «fruto del orden plan­tado en la sociedad humana por su divino Fundador entre los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia» y, también “como fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar».

a) Entre los caminos políticos que los estados deben recorrer, con el fin de construir la paz mundial, la Gaudium et spes señala:

– una valiente y fuerte tutela del derecho de las personas, que impidan el exterminio de pueblos enteros y de minorías étnicas;

– un compromiso más decisivo y convencido para perfeccionar las convenciones internacionales;

– la guerra sólo en el caso de legítima defensa, después de que se hayan agotado todos los medios pacíficos.

b) Entre los caminos que las comunidades políticas deben evitar absolutamente por el contrario, la Gaudium et spes pone los si­guientes:

– el camino de la guerra total;

– la carrera de armamentos.

En conclusión, la Gaudium et spes parece proponer una reforma radical de orden económico mundial, con el fin de acordar el primer lugar a los valores de la solidaridad y de la justicia social, no obstante sin despreciar los valores del provecho, de la eficiencia productiva, del desarrollo científico y técnico, además del progreso económico.

Populorum progressio

La clave de la lectura de esta encíclica está en sus palabras conclusivas: «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz» que tiene algunas características bien precisas.

a) La primera es que se trata de un desarrollo moral, humanista y universal. El desarrollo que está en el centro de la cuestión social mundial no es cuestión sólo económica, sino desarrollo que concierne la justicia, la solidaridad, el hombre concreto y la entera comunidad mundial. Es crecimiento en humanidad, de la humanidad. Coherente con tal visión de la cuestión social, Pablo VI, más que hablar de estados y de sociedades políticas, prefiere hablar de hombres y pueblos, pobres y ricos, casi como para subrayar que el desarrollo integral de los pueblos depende de la colaboración y de la cooperación de todos, individuos y pueblos, ricos y pobres.

b) El concepto de desarrollo plenario, que puede ser considerado la segunda característica del desarrollo auspiciado de la Populorum progressio, comporta dos aspectos estrechamente unidos: el desarrollo de todo el hombre y el desarrollo de cada hombre. En el primer caso, se trata de comprender que el crecimiento económico de un hombre exige la primacía del ser sobre el tener, de los valores éticos y espirituales sobre los económicos.

          En lo referente al desarrollo de cada persona, la encíclica precisa que no se debe pensar en el propio crecimiento sin interesarse del crecimiento de los demás.

c) La tercera característica es que se trata de un desarrollo solidario y comunitario. No puede ser desarrollo lleno de sí mismo y de los pueblos, si no en la solidaridad con los otros. Como la encíclica afirma en forma lapidaria: «El desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad». Tal desa­rrollo no es facultativo, sino una obligación moral para todos, perso­nas individuales y pueblos.

d) La cuarta característica es la de ser un desarrollo planetario. Si el desarrollo del ser de todo hombre, de cada pueblo, mediante todos los hombres y todos los pueblos, ricos y pobres, no puede tratarse de un desarrollo planetario, mundial, perseguido junto con todos los pueblos del mundo, no sin o hasta contra de algu­nos de esos.

En conclusión, para Pablo VI la caridad universal, sustanciada de solidaridad y amor fraterno, es la fuerza moral de la comunidad de los pueblos, que pide una correspondiente traducción sobre el plan político. Solidaridad y caridad universal van pensadas en antítesis con progreso y desarrollo social, pero van pensadas y programadas como condiciones indispensables de esos, en la convicción de que sin ellos cada progreso o cada desarrollo serían malos.

Sollicitudo rei socialis

Para esta encí­clica la cuestión social mundial se convirtió sobre todo en cuestión de justicia social, de justa distribución de los medios de subsistencia entre los pueblos de la tierra.

La cuestión social es también una cuestión de interdependencia sociológica, económica, política y sobre todo moral. Existe interdependencia (no sólo depen­dencia) entre las decisiones personales y de gobierno de las poblacio­nes ricas, entre los comportamientos de estas y la miseria y el subdesarrollo de poblaciones enteras. En otras palabras, el subdesarrollo de los pobres no es debido sólo a causas internas — aunque la encíclica no deja de resaltar graves omisiones por parte de aquellos que ostentan el poder económico y político — sino también al egoísmo de los países ricos.

Así, para la Sollicitudo rei socialis, si la cuestión social es cuestión de justicia, es también cuestión de solidaridad, o sea de responsabili­dad de relaciones recíprocas entre países ricos y países pobres. Se constata el ensanchamiento del abismo entre países ricos y países pobres, la estrecha interdependencia que los une, el deber de solidaridad recíproca, no solamente indivi­dual, sino universal y colectivo.

Centesimus annus

El desarrollo de los pueblos es considerado desde los siguientes puntos de vista: los países del Este, los países atrasados o en vías de desarrollo, el destino universal de los bienes, la distribución desigual de los bienes entre países y en el interior de los países pobres y ricos, el libre mercado, el capitalismo liberal, la empresas, la ideología consumista, la cuestión ecológica, la democracia como estado de derecho y como comunión de vida, la crisis del bienestar, la cultura de la nación, la figura de la comunidad internacional.

En línea con sus predecesores, Juan Pablo II subraya que, para resolver los problemas de los países más pobres, así como los de los más ricos, en los cuales se manifiestan viejas y nuevas pobrezas, no basta la lógica del cambio de los equivalentes, que guía el libre mercado. Hay que integrar la lógica del cambio gratuito y generoso, de la lógica de la solidaridad y de la justicia social.

El tema de la paz no es tratado expresamente. Es, sin embargo, un tema transversal, presente como fondo en todos los capítulos, como cuando, en la primera parte de la encíclica, citando la Rerum nova­rum de León XIII de la cual conmemora el centenario de la publica­ción, Juan Pablo II recuerda que “la paz se edifica sobre el fundamento de la justicia: contenido esencial de la encíclica fue precisamente pro­clamar las condiciones fundamentales de la justicia en la coyuntura económica y social de entonces”.

Las Jornadas Mundiales de la Paz

Si este es el camino maestro, viene enriquecido enormemente por el amplio y articulado magisterio pontificio expresado en los mensajes anuales de la paz, iniciada por Pablo VI en 1968. En ellos podemos ver lo que la paz no es: no es pacifismo ni desidia, no es solo tregua o simple ar­misticio, orden exterior fundado sobre la violencia o equilibrio tran­sitorio de fuerzas contrastantes; no es equilibrio en­tre intereses materiales divergentes. Es mucho más rica; es decir la paz es un bien primario, ideal de la humanidad y deseo universal de todos los pueblos, exigencia fundamental enraizada en el corazón de cada hom­bre, condición y síntesis de la convivencia humana, expresión perfecta de civilización, suprema finalidad ética y necesidad moral.

De la paz se pueden encontrar algunas notas características. La paz es necesaria; es obligatoria: es un deber de la historia presente, es un deber universal y perenne, un deber inderogable de aquellos que rigen la historia de los pueblos y de los individuos singulares. La paz se necesita quererla, se necesita amarla, se necesita producirla. Esa es un resultado moral, surge de espíritus libres y generosos.

Entre los fundamentos de la paz, el acento del Magisterio está puesto sobre la intangible e innata dignidad de la persona, de la cual surgen inviolables derechos y deberes respectivos. A la dignidad de la persona se acompañan, como otros fundamentos de la paz, el respeto de la conciencia de cada persona y la justicia, entendida como verdadero culto y sincero sentido del hombre.

Los mensajes pontificios anuales para la Jornada Mundial de la Paz insisten sobre todo en describir las condiciones de la paz. Entre éstas hay una adecuada acción educativa: es necesario educarnos a la paz, porque esa comienza en el interior de los corazones y es necesario, primero conocerla, reconocerla, quererla y amarla para poder expresar en lo concreto de la vida. Una condición importante para la paz es también el trabajar y actuar para la justicia, porque “la justicia camina con la paz y está en relación constante y dinámica con ella […] cuando una se ve amenazada, ambas vacilan; cuando se ofende la justicia también se pone en peligro la paz”. En este horizonte se comprende la importancia del respeto de los derechos humanos en su universalidad: aquí está el secreto de la verdadera paz, porque “donde no hay respeto, defensa, promoción de los Derechos del Hombre […], allí no puede haber verdadera Paz”. Esto comporta también trabajar para vencer la pobreza que, además de ser una ofensa a la dignidad humana, representa una amenaza para la paz.

Todavía, la acción por la justicia no es todavía suficiente, es nece­sario también conjugar entre ellas justicia y perdón, en la triple con­vicción de que “la capacidad de perdón es básica en cualquier pro­yecto de una sociedad futura más justa y solidaria”, que «la verdadera paz, pues, es fruto de la justicia […]. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y resta­blece en profundidad las relaciones humanas truncadas» y que «el per­dón en modo alguno se contrapone a la justicia » sino que «tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden».

Otra condición importante de la paz es el respeto de la libertad: la verdadera libertad es raíz y fruto de la paz; el respeto de la libertad de los pueblos y de las naciones y es así importante para la paz que sin ellos la paz escapa al hombre.

La defensa de la vida es otra de las condiciones para edificar la paz. El reconocimiento del primado de la vida abre el camino a la paz auténtica, con la conciencia de que la vida es el vértice de la paz y de cada delito contra la vida, comenzando por aquellos contra la vida que está naciendo, es un atentado contra la paz. No se debe dejar de cultivar el diálogo, que «supone la búsqueda de lo verdadero, bueno y justo para todo hombre, para todo grupo y sociedad […] es la búsqueda del bien por medios pacíficos; es voluntad obstinada de recurrir a todas las fórmulas posibles de nego­ciación, de mediación, de arbitraje, esforzándose siempre para que los factores de acercamiento prevalezcan sobre los de división y de odio».

La edificación de la paz exige también el respeto de las minorías a través del desarrollo de una cultura basada sobre el respeto de los otros y de las diversidades, en la convicción de que la paz, por una parte «exige un desarrollo constructivo de lo que nos distingue como individuos y como pueblos, y de lo que representa nuestra propia iden­tidad» y, de otra, «exige además una disponibilidad por parte de todos los grupos sociales — estén o no constituidos como Estado — para contribuir a la edificación de un mundo pacífico».

Autor: Giuseppe Turati, C.M. – Fuente: Vincentiana, Septiembre-Octubre 2008

PARA LA LECTURA y DEBATE

 

1)      ¿Cuál o cuáles son los rasgos clave de cada una de las Encíclicas?

2)      De todos ellos… ¿cuál-es tiene más actualidad?

3)      ¿Es posible relacionar cuestión social con justicia y solidaridad?

4)      ¿Qué parecen los caminos políticos que los estados deben recorrer, con el fin de construir la paz mundial? (Gaudium et spes?

5)      ¿Concretamos alguna conclusión para nuestras comunidades?

6)      ¿Has señalado las condiciones mínimas para la paz en las Jornadas Mundiales?

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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