La fe dimensión constitutiva de la persona humana

¿Puede la persona humana vivir sin fe, esperanza y amor? ¿Hay personas o pueblos que carezcan de estas virtudes? Ante estas preguntas, y dada la crisis de fe en la que nos hallamos sumergidos, el cristiano se transporta de inmediato al terreno religioso. Pero en este tema, nuestro propósito es más modesto y, al mismo tiempo, más ambicioso. La «fe», inseparable siempre de la esperanza y del amor, se presenta como una dimensión constitutiva de la persona humana y, por tanto, de la misma sociedad, aunque ésta se proclame laica y científica. Sin «fe» no hay persona ni sociedad. El «creer» se halla enraizado en el «vivir». Vivir es creer y creer es vivir. Pongamos unos sencillos ejemplos. El que siembra, sea creyente o no, realiza un acto de fe y esperanza. Los padres y educadores no cesan de realizar un acto de fe en las posibilidades de los que están llamados a hacer crecer en el bien y la libertad.

Una situación de crisis como la que atravesamos será benéfica si acertamos a vivirla de forma seria y consciente, que es muy diferente a instalarse en el lamento y la culpabilidad, esto es, si salimos de la superficialidad y ahondamos en el sentido de la fe humana, religiosa y cristiana. La crisis no es sólo religiosa, sino de civilización: ella afecta también, como es normal, a la Iglesia. Se caracteriza esta crisis por el poder mayor del hombre en lo que se refiere a los medios y por un cierto absurdo en cuanto a los fines se refiere. Crisis de sentido y de metas últimas claras y compartidas. Estamos urgidos a salir de la trivialidad para adentrarnos en una vivencia responsable de la libertad. Si queremos entrar en el reino de Dios, no imitemos a las vírgenes necias de la parábola. La crisis nos impulsa y reta a tomar decisiones importantes; no podemos eludir la responsabilidad. Es lo que especifica a la persona adulta. ¿Qué sentido dar a la vida? En esta perspectiva es interesante recordar unas palabras del filosofo Paul Ricœur: «Es muy cierto que los hombres carecen de justicia y de amor, pero quizás carecen más de significación (sentido)». En efecto, los hombres carecen de dirección y sentido en sus vidas. ¿A dónde vamos y por qué? Cierto, muchas cosas tienen un sentido, como la amistad, pero otras muchas carecen de sentido. Ante tanto absurdo y ante la muerte nadie puede obviar la cuestión del sentido de la vida. Y surge así la cuestión: ¿Puede darse un sentido de la vida sin una fe? «El cristianismo se presenta como una respuesta a este interrogante que nos define como hombres. Ser cristiano es creer a la respuesta que Dios da en Jesucristo a este interrogante humano. La fe cristiana hace de nosotros adversarios del absurdo o del no-sentido y profetas del sentido. O, si se prefiere, testigos del sentido».

«Ser cristiano es poder dar un segundo sentido más profundo a lo que ya tiene un sentido (como la amistad, el amor, la cultura, la música, incluso la simple camaradería); y es poder dar un sentido a lo que no lo tiene». El cristiano es capaz de encontrar sentido a lo que no lo tiene en sí mismo. Es el fruto de una verdadera lectura creyente de la realidad. Pero volvamos a nuestro punto de partida. ¿Por qué es necesaria la fe para una existencia humana y social?

Partamos de un hecho significativo de la experiencia humana. El hombre es esencialmente un ser histórico, se realiza en el tiempo. Su vida es como un viaje único e irreversible con diferentes etapas. Cada etapa de este viaje es diferente, pero conforme llega el hombre a la etapa de la madurez, la muerte hace su presencia en el horizonte. En cada etapa de su vida, pues no se puede quedar en la infancia dorada, debe elegir y optar en libertad. Pero toda elección, por otra parte, comporta confianza, esperanza, abandono; el hombre no puede quedar prisionero de la duda. «Creer, esperar, amar es humano. Humano es también para el hombre maduro, darse enteramente, sacrificarse en una tarea, encontrar lo toral en lo parcial; conocer la alegría y el riesgo de ser responsable, e incluso la consolación amarga de los fracasos, que le prueban que no está perdido, que permanece hombre con sus hermanos los hombres». El hombre no puede detenerse. El presente se le presenta como una síntesis del pasado y del futuro. Estar enraizado en la historia es estarlo en un tiempo determinado, en una cultura y en un mundo concreto. El hombre existe en una tradición viva y es lo que le permite avanzar. Pero esto no es posible si no se adhiere en fe a la muchedumbre que le precedieron y le seguirán. «Fe, esperanza, caridad son conjuntamente la forma del hombre temporal». Nadie puede desgajarse de la solidaridad con un pueblo, con un pasado y un futuro. El hombre necesita compartir la esperanza, abandonarse en fe y vivir el amor que se recibe y se da. Y lo que es válido para la persona humana lo es también para los pueblos. Sin la fe, la esperanza y el amor, dejamos por el momento la triada paulina en letras minúsculas, el hombre se fija en una etapa del camino, interrumpiendo así la marcha hacia la plena madurez.

La experiencia enseña que el hombre sin la fe se derrumba en medio del caos que amenaza de forma continua al mundo. El hombre necesita de la fe para no destruirse en sus recursos estructurales como persona, para poder avanzar en la búsqueda y conocimiento de la verdad. No puede partir de cero ni verificar todo; y esto es verdad también en la misma ciencia. La fe no sólo es necesaria para la intelección, sino también para el acabamiento en plenitud de la existencia humana. La fe es una dimensión constitutiva del ser humano. La fe no es un privilegio o un lujo de algunos, sino una dimensión antropológica, aneja a la plenitud del ser humano sobre la tierra. La fe es una preocupación última, la confianza en un cierto «absoluto», que puede tomar forma religiosa o laica, poco importa para nosotros en este momento. Da a la persona estabilidad y seguridad para andar el camino, para enjuiciar la realidad y configurar su propia existencia. El hombre es relación y ésta, sin un fundamento sólido, será siempre fluctuante e inmadura.

El reconocimiento antropológico de la fe sitúa el encuentro entre los hombres en un plano plenamente humano. No se puede prescindir de la fe en las relaciones humanas. Ella es la garantía de las relaciones justas y verdaderas. La ausencia de fe conduce al «autismo» e impide la apertura a la trascendencia. La fe se presenta, por tanto, como la condición del amor y esperanza. Una relación humana sin fe tiene mucho de hipócrita. Y es por la fe, cosa digna de ser notada, que el creyente comunica y confraterniza con el que se declara no-creyente.

Se ha hecho creer que la «universalidad» viene de la razón. La fe, según estos «devotos de la razón», divide y separa a los hombres; la razón lo que los une. Las religiones, se dice, dividen porque no se basan en un fundamento meramente humano. Ahora bien, sin negar la importancia de la racionalidad, es preciso constatar que la razón sin la fe conduce por derroteros muy diferentes a los de la unidad y fraternidad.

Es importante, por otra parte, de cara al diálogo con los que se dicen «no creyentes» o «ateos», así como con los «agnósticos» e ­«indiferentes», que los cristianos no queramos tener «el monopolio» de la fe, como dimensión constitutiva del ser humano. Todo monopolio produce rechazo e impide el diálogo. La fe puede ser recuperada, porque jamás fue perdida. La fe humana, no obstante, como dimensión constitutiva de la persona humana, necesita ser purificada, trascendida y llevada a su plenitud: no lo olvidemos, la gracia se enraíza en la naturaleza.

Hoy, en este año de la fe, nos vemos confrontados de nuevo ante la llamada del Señor a la «conversión» y a la «fe». Pero debemos preguntarnos: ¿Es lo mismo la pérdida de la fe que el abandono de ciertas creencias? ¿Desaparece la fe o es el hombre quien se sustrae a la luz y a la gracia? ¿Qué es la conversión? ¿No será vivir la existencia concreta ante aquel que es origen y meta de nuestra vida, vueltos hacia el Reino que llega en la persona, palabra y acción de quien viene a revelarnos el amor, fidelidad y confianza que Dios ha depositado en el hombre?

Tomado de Parroquia San León Magno

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.