Novena a la Virgen Milagrosa 2013: Día séptimo

Milagrosa_Pamplona_2013Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
(La comunidad y la Iglesia)

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos a la celebración de este séptimo día de la novena, en el que meditaremos sobre nuestra fe en comunidad, en la Iglesia. No podemos vivir la fe en solitario, en la intimidad de nuestro ser.

Nuestro espejo, a la hora de vivir la fe lo tenemos en los primeros cristianos: se reúnen en el nombre del Señor, escuchan juntos la Palabra de Dios, oran juntos, celebran la Eucaristía, viven la fraternidad también en la comunión de bienes.

En estos tiempos revueltos corremos el peligro de ser absorbidos por la sociedad, por el ambiente. Por eso, necesitamos más, si cabe, vivir nuestra fe en la comunidad.

En esta Eucaristía le pedimos al Señor, por intercesión de la Virgen María mantener viva nuestra fe y que la expresemos y celebremos en comunidad, como vamos a hacerlo ahora.

ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios nuestro,
Que colmaste de los dones del Espíritu Santo
a la Virgen María en oración con los apóstoles,
concédenos, por su intercesión,
perseverar en la oración en común,
llenos del mismo Espíritu,
y llevar a nuestros hermanos
el Evangelio de la salvación.
Por nuestro Señor Jesucristo.

LITURGIA DE LA PALABRA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1, 12-14

Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago.

Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial Sal 86, 1-2.3 y 5.6-7 (R.: 3)

R/. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob. R/.

¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado.» R/.

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí.»
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti.» R/.

Aleluya

¡Oh dichosa Virgen, que diste a luz al Señor,
oh dichosa Madre de la Iglesia,
que avivas en nosotros
el Espíritu de tu Hijo Jesucristo!

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 19-21

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.

Entonces lo avisaron:

– «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»

Él les contestó:

– «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Palabra del Señor

TEXTO PREVIO A LA HOMILÍA

“Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el «yo» del fiel y el «Tú» divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al «nosotros», se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. […] Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el «yo» y el «tú», sino que en el Espíritu, es también un «nosotros», una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros.” (LF 39)

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

1) Seguramente habremos oído decir muchas veces: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”. La Iglesia no goza de buena fama en nuestra sociedad, sin embargo sin ella no podríamos llegar al Dios de Jesús.

2) “El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia. La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe.” (LF 38), No se trata, sin embargo simplemente de una necesidad teológica, sino también sociológica: para vivir con integridad la vida cristiana y mantener incluso la fe católica hoy, en tiempos de intemperie, es cada vez más necesario pertenecer efectivamente a la comunidad.

3) Un creyente con escaso o nulo apoyo de la comunidad eclesial vivirá a lo sumo, una vida eclesial lánguida, si es que no tiene contados los días de su fe. Tal vez una de las causas que más influyen en el enfriamiento religioso de muchos sea la carencia de lazos estrechos y ricos con su comunidad. Quienes nos reunimos en la Eucaristía no estamos aquí por ser simplemente conciudadanos, sino por y para ser hermanos.

4) Toda comunidad cristiana tiene bien reflejado su «código genético» en el NT, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Estos son los rasgos más marcados de las primeras comunidades:

– Tienen viva conciencia de que el Espíritu está presente en ellas.

– Reunirse para escuchar y celebrar la Palabra, la Eucaristía y la oración común entra como pieza ineludible en el programa de su vida.

– Muestran un vivo sentido de fraternidad en virtud de la cual practican una generosa comunicación de sus bienes.

– Entre sus miembros están abolidas las barreras sociales y culturales. Están igualmente excluidas las relaciones de dominio y de violencia.

– No son comunidades sin pecado: Pero hay en ellos una fuerza que les induce a mantener su identidad, a vivir como comunidad alternativa y a ofrecer su testimonio a la sociedad.

5) En toda comunidad debe de tener especial relieve la conciencia viva de la presencia de Jesús en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la misma comunidad. La oración, la celebración de los sacramentos, la comunicación de bienes y servicios, la reconciliación, la misión evangelizadora compartida y el amor servicial y crítico a la sociedad no son, en absoluto, opcionales.

6) María ha recorrido el camino de su Hijo hasta la cruz, desde donde Él le encomienda la maternidad de la Iglesia y desde donde a ésta le encomienda que la acoja en su casa como Madre.

ORACIÓN UNIVERSAL

Sacerdote: Oremos a Dios Padre, en comunidad de creyentes, en comunidad de hermanos, para que acompañe el caminar de la humanidad y de la Iglesia.

Lector/a: Para que el Señor escuche la oración de su Iglesia y le conceda el don de su Espíritu Santo para vivir la Palabra y comprometerse allí donde haya pobreza, opresión o sufrimiento que redimir. Roguemos al Señor.

Asamblea: Te rogamos, óyenos.

Lector/a: Para que el Papa Francisco y todos los ministros del Evangelio sirvan al Pueblo de Dios con solicitud incansable y fortaleza de espíritu y para que sepan transmitir esperanza y paz. Roguemos al Señor.

Asamblea: Te rogamos, óyenos.

Lector/a: Para que los emigrantes, los presos, los que están en paro… descubran el amor de Dios, no desesperen de su situación y encuentren solidaridad en los hermanos. Roguemos al Señor.

Asamblea: Te rogamos, óyenos.

Lector/a: Para que María, Madre de bondad, enseñe a las familias a entregarse sin medida y a amar sin egoísmos. Roguemos al Señor.

Asamblea: Te rogamos, óyenos.

Lector/a: Por todos nosotros que hemos recibido el don de la fe, para que descubramos el modo de corresponder al amor de Dios que se nos da en Jesucristo. Roguemos al Señor.

Asamblea: Oh María, sin pecado concebida (cantado)

Sacerdote: Padre bueno, que conoces hasta lo más íntimo de nuestro corazón y en él te revelas y nos invitas a participar de tu amor, escúchanos y haz que vivamos con humildad. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LOS DONES

Acepta, Padre santo,
los dones que te presentamos con alegría,
y haz que, imitando a la santísima Virgen,
estemos atentos a la voz del Espíritu
y en todo busquemos la alabanza de tu gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO: LA BIENAVENTURADA VIRGEN, ORANDO CON LOS APÓSTOLES, ESPERA LA VENIDA DEL DEFENSOR

V. El Señor esté con vosotros.

R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.

R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Porque nos has dado en la Iglesia primitiva
un ejemplo de oración y de unidad admirables:
la Madre de Jesús, orando con los apóstoles.
La que esperó en oración la venida de Cristo
invoca al Defensor prometido con ruegos ardientes;
y quien en la encarnación de la Palabra
fue cubierta con la sombra del Espíritu,
de nuevo es colmada de gracia por el Don divino
en el nacimiento de tu nuevo pueblo.
Por eso la santísima Virgen María,
vigilante en la oración y fervorosa en la caridad,
es figura de la Iglesia
que, enriquecida con los dones del Espíritu,
aguarda expectante la segunda venida de Cristo.
Por él,
los ángeles y los arcángeles
te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces
cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

TEXTO DE SANTA CATALINA LABOURÉ (antes de la oración final)

“La novicia vio en la oración un cuadro que representaba a la santísima Virgen, tal como se la representa de ordinario bajo el título de la Inmaculada Concepción, en pie y extendiendo los brazos. Iba vestida con un vestido blanco y un manto de color azul plateado, con un velo aurora. De sus manos salían como una especie de haces de rayos de un resplandor deslumbrante. La hermana oyó en aquel mismo instante una voz que decía: Estos rayos son el símbolo de las gracias que María alcanza a los hombres.

Y alrededor del cuadro leyó con caracteres de oro la siguiente invocación; ¡¡OH, MARIA SIN PECADO CONCEBIDA! RUEGA POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A TI”. (René Laurentin, o.c.., p. 69).

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Renueva interiormente, Señor,
con el don del Espíritu Santo
a quienes alimentas con el único pan de la salvación,
y concédenos, bajo el amparo de la Virgen María,
trabajar por la concordia y la paz de los hermanos,
por quienes Cristo, tu Hijo,
se ofreció como víctima de redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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