San Vicente de Paúl y la acción

I.- Introducción

Igual que las flores se abren en primavera, a principios del siglo XVII asistimos en Francia a una explosión de vida espiritual, después de las violentas tempestades de las luchas religiosas.

A lo largo de los dos primeros decenios del siglo, se formaron, para san Vicente, las convicciones que iban a animar su vida interior y su acción. En la ruda escuela de la experiencia (X, 39), había aprendido, cuando daba los primeros pasos de su vida sacerdotal, que nunca había que contentarse con palabras. Había nacido en una región, donde la palabra era rey, y donde las cosas parecían tener consistencia, según fueran dichas o no con convicción y alguna verosimilitud. La realidad le había hecho palpar que los grandes sentimientos y las palabras hermosas no pesan mucho ante los hechos.

Había sido influido por los espirituales del tiempo. Probablemente, había practicado los ejercicios de san Ignacio; en todo caso, fue influenciado por la «Regla de perfección» de Benito de Canfield, que invita a la voluntad humana a adaptarse al beneplácito divino. Lo será también por la «Introducción a la vida devota» de san Francisco de Sales, que pone la perfección al alcance de las personas del mundo, en lo cotidiano de la acción: «En donde estemos, podemos y debemos aspirar a la perfección».

En esto, estamos muy lejos del pesimismo hugonote, el cual nos declara incapaces de todo bien, y que únicamente la gracia de Dios nos salva. San Vicente, siguiendo a sus maestros Bérulle y Duval, insiste mucho sobre la voluntad de Dios, como regla de nuestra vida, pero va más lejos, porque de ahí deduce las consecuencias prácticas.

La voluntad de Dios, nadie se ha alimentado de ella, ni la ha cumplido como Jesucristo, Él es el modelo perfecto. Para vivir de la voluntad de Dios, nos es preciso vivir de Jesucristo: vivir con Él y hacer lo que Él hizo; así es como lo explica san Vicente al P. Portail (I, 320).

He ahí al mismo tiempo un programa de vida interior y un programa de acción.

San Vicente, a lo largo de las enseñanzas que irá dando a sus sacerdotes y a las hermanas, durante más de treinta arios, tendrá tiempo para concretar los lineamien­tos de esta vida interior. Trazó lo esencial de ella en el capítulo II de las Reglas Comunes de los Sacerdotes de la Misión, donde trata de las «Máximas evangélicas».

Es también un programa de acción, porque la vida interior no es una finalidad en sí misma. «No me basta con amar a Dios, si mi prójimo no le ama», exclama san Vicente (XI, 553), indicando así la unión existente entre el amor de Dios o contemplación, y la voluntad de hacerle amar por medio de la acción evangelizadora. Jesucristo vino para anunciar la Buena Nueva del Reino, y san Vicente se refiere con frecuencia a la esce­na de la sinagoga de Nazaret, donde Cristo define su misión, que realiza la profecía de Isaías: la proclamación del Reino de Dios, que será una buena noticia de liberación para los presos y los oprimidos, y de remisión para todos los que sufren (Cfr. Lc 4, 18).

Por lo tanto, nosotros, como Jesucristo, tenemos que anunciar esa Buena Noticia del Reino de Dios a todos los hombres, y, para que sea digna de crédito, tenemos que empezar por aquéllos para quienes es más significativa, según la predicción de Isaí­as: los más humildes, los más pobres.

San Vicente tiene ante sus ojos una Iglesia, cuyo clero, por su imponente número, debería hacer inverosímil la ignorancia del pueblo. Mas, a pesar de que muchos de sus miembros sean honrados sacerdotes o religiosos, san Vicente quedó impresionado por la inutilidad del mayor número de ellos. Así sucedió, cuando el Hugonote de Montmirail le hace notar la ignorancia religiosa del pobre pueblo, siendo así que en París había entonces «más de 10.000 sacer­dotes que no hacen nada» (XI, 727).

Hace ver con eso que no hace falta hablar mucho y exageradamente, que no es una ilusión. Demuestra que, para él, lo que verifica el amor de Dios y la fidelidad a su voluntad es el celo efectivo que tiene uno por el avance de su Reino y el servicio de los pobres. Todo lo demás sólo es humo espiritual, sentimientos vacíos, palabras huecas que cosquillean agradablemente el oído y la imaginación.

Insiste mucho sobre la acción, como prueba de la pureza de los sentimientos. Va contra los que piensan que la Compañía hace demasiado, contra los que, dice, sólo tienen una pequeña periferia, y que se repliegan como los caracoles en su concha. (XI, 397).

Total, san Vicente ha partido de unos principios simples que su formación espiri­tual y la experiencia le han enseñado: la voluntad de Dios, seguida cada día, el asemejarse a Jesucristo, llevando la Buena Noticia a los pobres.

De ahí, saca unas reglas de vida y de acción, que han ido enriqueciéndose a lo largo de su existencia y que lo llevan a unas conclusiones concretas y prácticas.

Nuestra época no carece de teóricos, no han aparecido nunca tantos libros ni tantas revistas. Jamás se ha escrito tanto sobre el anuncio del Reino de Dios. Desde que la Iglesia, en el último Concilio, se dio cuenta de que debía ser la Iglesia de los pobres o ya no sería nunca nada, todos los que tienen alguna responsabilidad pastoral, todas las comunidades han pensado que debían actuar por propia iniciativa en favor de los pobres, y aún de los más pobres, como si acabaran de hacer un gran descubrimiento. Sin embargo, es el mismo Evangelio que el del tiempo de san Vicente, es la misma Buena Noticia, de la que hablaba Jesús en la sinagoga de Nazaret; y los pobres, los tenemos siempre entre nosotros.

Me parece que si volviera san Vicente nos diría: «¡Palabra! No soy yo quien ha inventado los pobres. Pero no hablemos tanto, no mostremos tanto sentimiento por ellos; amemos a Dios, amémosles, pero que sea a costa de nuestros brazos, a costa del sudor de nuestras frentes».

Y cuando pensemos que hemos hecho mucho, preguntémonos como le preguntaba Ana de Austria al señor Vicente al final de la película de Mauricio Cloche: «Entonces, ¿qué es lo que deberíamos haber hecho?» Oiremos al señor Vicente responderle, como respondió no ha mucho el P. Charles Gielen, c.m., que hizo tanto por los pobres en Bélgica: ¡MÁS!

II.- San Vicente y la acción

San Vicente quiere una «devoción trabajadora y sólida» Afirma con voz alta y clara: «No, no nos engañemos, hemos de demostrar a Dios con obras que lo amamos» (XI, 733).

Su invitación es apremiante y es fácil descubrirla; dos características, parece, que especifican esta acción vicenciana: hay que obrar «en nombre de Dios», hay que obrar para el hombre.

2.1.- Hay que obrar

La vida de san Vicente demuestra claramente sus convicciones: hay que amar a Dios tiernamente, afectuosamente, «El amor afectivo es la ternura en el amor» (IX, 534), pero ese amor, para ser verdadero, debe hacerse efectivo.

«El amor afectivo procede del corazón. Hay amor efectivo, cuando se obra por Dios sin sentir sus dulzuras. Este amor no es perceptible al alma; no lo siente; pero no deja de producir su efecto y de cumplir su misión.

Pues bien, mis queridas Hermanas, así es como el bienaventurado Obispo de Ginebra expli­ca estos dos amores. Hay algunas de vosotras que quieren mucho a Dios, que sienten gran dulzura en la oración, gran suavidad en todos los ejercicios, gran consuelo en la frecuencia de los sacramentos, que no tienen ninguna contradicción en su interior, debido al amor que sienten por Dios, que les hace recibir con alegría y sumisión todo lo que viene de su mano. Hay también otras que no sienten a Dios. No lo han sentido jamás, ni saben lo que es tener gusto en la oración, ni sienten devoción, según creen; pero no por ello dejan de hacer ora­ción, de practicar las Reglas y las virtudes, de trabajar mucho, aunque con repugnancia. ¿Dejan acaso de amar a Dios? Ni mucho menos, porque hacen lo mismo que las demás, y con un amor mucho más fuerte, aunque lo sientan menos. Es el amor efectivo, que no deja de obrar, aunque no aparezca» (IX. 432-434).

2.2.- Hacer las cosas.

«El amor efectivo consiste en hacer las cosas que la persona amada manda o desea; de este amor es del que habla nuestro Señor, cuando dice: «Si quis diligit me, sermonem meum servabit». La señal de este amor, el efecto o el sello de este amor, hermanos míos, es lo que dice nuestro Señor, que los que lo aman cumplirán su palabra. Pues bien, la palabra de Dios consiste en sus enseñanzas y en sus consejos. Daremos una señal de nuestro amor, si amamos su doctrina y hacemos profesión de enseñarla a los demás. Según esto, el esta­do de la Misión es un estado de amor, ya que de suyo se refiere a la doctrina y a los con­sejos de Jesucristo; y no sólo esto, sino que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor de nuestro Señor» (XI, 736).

Sus consignas a las personas tienen el mismo sentido. Forja una frase que define bien su preocupación por ser concreto y eficaz: «Hay que bajar a lo particular».

«Le envío las resoluciones de la señora N., que son buenas; pero todavía me parecerían mejo­res, si detallase un poco más. Será conveniente insistir en esto con las que hagan los ejer­cicios del retiro en casa de ustedes, todo lo demás no es más que producto del espíritu que, al haber encontrado cierta facilidad e incluso dulzura en la consideración de una virtud, se hincha con el pensamiento de que es virtuoso. Sin embargo, para llegar a serio sólidamente es conveniente tomar buenas resoluciones prácticas sobre los actos particulares de la virtud y ser fieles en su cumplimiento. Si no, muchas veces se trata sólo de imaginación» (II, 160).

2.3.- Habían bajado a concretar.

«El padre Vicente alabó a un sacerdote y a dos clérigos seminaristas por haber bajado a con­cretar sus defectos, en su oración, y le pidió al padre Delespiney, director del seminario, que los mantuviese siempre en esa práctica, ya que de esa forma, según dijo, es como debe hacer­se la oración, mientras que obrar de otro modo no es una verdadera oración» (XI, 198).

III. In nomine Domini

San Vicente mantiene un equilibrio perfecto entre contemplación y acción. En él no se da la dicotomía.

«El amor afectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a Nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: «Mamá», apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a Nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, Hermanas mías; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de las obras de caridad, en el servicio a los pobres, emprendido con alegría, con entusiasmo y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una Hermana de la Caridad, porque ser Hija de la Caridad es amar a Nuestro Señor con ternura y constancia: con ternura, sintiéndose a gusto, cuando se habla de él, cuando se piensa en él, y se llena toda de consuelo, cuando se le ocurre pensar: « ¡Mi Señor me ha llamado para servirlo en la persona de los pobres; qué felicidad!»» (IX, 534).

Pero hay que obrar estando uno lleno de Dios y en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, como san Vicente lo destaca tan estupendamente en el primer envío a misión de Luisa de Marillac.

«Le envío las cartas y la memoria que serán menester para su viaje. Vaya, pues, señorita, en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que ella la acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras» (I, 135-136).

Todas sus consignas espirituales tienen el mismo sentido.

«Las acciones humanas se convierten en acciones de Dios, porque se hacen en él y por él» (XI, 472).

«Es necesario santificar las ocupaciones buscando en ellas a Dios y hacerlas para encontrarlo en ellas, mejor que verlas hechas (XI, 430).

«Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo. Procuremos, hermanos míos, hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros» (XI, 429-430).

«Dadme un hombre de oración, y será capaz de todo» (XI, 778).

3.1.- Hacer reinar a Dios soberanamente en nosotros.

«Ahora estamos aquí haciendo la visita. Nunca he visto con tanta claridad la necesidad de utilizar esta ocasión que la Providencia nos concede para nuestro mayor progreso espiritual En nombre de Dios, dígaselo a la Compañía, y cuánta importancia tiene que todos nosotros dediquemos todo el tiempo que tenemos a hacerla debidamente y que, según esto, hemos de dejar cualquier clase de ocupación, hasta las predicaciones y las visitas a los lugares adonde se ha ido a tener la misión, para hacerlas en otra ocasión. Es necesario que nos esforcemos por hacer que reine Dios soberanamente en nosotros, y luego en los demás. Mi desgracia es que me preocupo de hacer que reine en los otros más que en mí mismo. ¡Cuánta ceguera y cómo le pido a Dios con lágrimas en los ojos, que no me imite nadie en esto. Soy en el amor de nuestro Señor, su muy humilde servidor» (II, 82).

Se comprende la insistencia de san Vicente ante los suyos: que obren con el único deseo de agradar a Dios, instalándose en la práctica de la pureza de intención. Vea­mos lo que dice a las Hijas de la Caridad en los comienzos de la Compañía.

3.2.- Con el designio e intención de agradar a Dios.

«Habéis indicado muy buenas razones, y por la forma con que las habéis dicho, parece como si vuestros corazones estuviesen tocados, y estuvieseis todas resueltas a entrar en la práctica de no hacer nada en adelante más que con la intención de agradar a Dios. Es lo que san Pablo quiso decir con aquellas palabras: «Tanto si bebéis, como si coméis, hacedlo por el amor de Dios». Hermanas mías, si las acciones naturales se hacen meritorias y agradables a Dios en todo, cuando se hacen por su amor, cuánto más las acciones por sí mismas excelentes, como la oración, la práctica de las Reglas, la asistencia a los pobres, etc. Sin embargo, muchas veces, las hacemos sin intención y sin atención. ¡Dios mío!, mis queridas Hermanas, ¡cuánto perdemos al no fijamos en lo que hacemos, y cuánto quita­mos a nuestro Señor por no dárselo!

¿Pensáis, Hermanas mías, en el placer que Dios experimenta viendo a un alma atenta a agradarle, deseosa de ofrecerle todo lo que hace? No pueden imaginarse, Hermanas mías; y con razón se puede decir que eso da alegría a Dios. Sí, aquí está su alegría, aquí está su placer, aquí están sus delicias. Es como cuando un niño se preocupa de ofrecer a su padre todo lo que se le da; si alguien le da algo, no descansa hasta encontrar a su padre: «Toma, padre mío; mira lo que tengo; me han dado esto; he hecho esto». Y aquel padre se com­place indeciblemente al ver la docilidad del niño y esas pequeñas muestras de su amor y de su dependencia. Lo mismo pasa, mis queridas Hijas, con Dios y en un grado muy dis­tinto. Cuando un alma, desde la mañana, le dice: «Dios mío, te ofrezco todo lo que me suceda hoy», y cuando, además, en las principales ocasiones que se le presentan de hacer o de padecer algo, echa una ojeada interior hacia su divina Majestad para decirle con un lenguaje mudo: «Dios mío, esto es lo que voy a hacer por tu amor; este servicio me pare­ce molesto y duro de soportar, pero por tu amor nada me es imposible». Entonces, hijas mías, Dios aumenta la gracia a medida que su bondad ve el uso que de ella hace el alma y, si tuvo hoy fuerzas para superar una dificultad, mañana la tendrá también para pasar por encima de otras muchas más grandes y molestas» (IX, 336-337).

3.3.-«Por el amor que le tengo a Dios».

El testimonio siguiente es una ilustración perfecta de esta pureza de intención.

«Conocí a un hombre sabio en el mundo, pero sabio con la sabiduría de Dios, el difunto señor comendador de Sillery, bienhechor nuestro, que así lo practicaba. Me decía: «Siem­pre y en cada cosa hemos de mirar adónde dirigimos nuestros pasos». Pues bien, si entre las personas sabias con una sabiduría común, hay algunas que miran si camina uno dere­cho, y se preguntan. «¿Adónde vas?» ¡Cuanto más habrán de hacerlo los que hacen pro­fesión de las máximas evangélicas, especialmente, de la de buscar en todas las cosas la gloria de Dios! Por eso hemos de preguntarnos: « ¿Por qué hago esto? ¿es acaso para mi propia satisfacción? ¿Es porque siento aversión a las otras cosas? ¿Es para complacerme en una vulgar criatura? ¿O es, por el contrario, para procurar ante todo la gloria de Dios y buscar su justicia?» ¡Qué vida sería ésa, hermanos míos! ¿Acaso una vida humana? No, una vida angelical, ya que haríamos las cosas o las dejaríamos de hacer sólo por el amor que le tenemos a Dios» (XI, 472).

IV. Para el servicio del hombre

Servir al hombre, hacer todo para que llegue al Reino, ésa es la resolución firme de san Vicente. La vocación vicenciana se explica así.

4.1.- Poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse.

«Ya sabéis muy bien cuánta es la ignorancia del pobre pueblo, una ignorancia casi increíble, y ya sabéis que no hay salvación para las personas que ignoran las verdades cristianas necesarias, pues, según el parecer de san Agustín, de santo Tomás y de otros autores, una persona que no sabe lo que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ni la Encarnación, ni los demás misterios, no puede salvarse. Efectivamente, ¿cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios, ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? Y ¿cómo podrá salvarse sin fe, sin esperanza, sin amor? Pues bien, Dios, viendo esta necesidad y las calamidades que, por culpa de los tiempos, ocurren por negligencia de los pastores y por el nacimiento de las herejías, que han causado un grave daño a la Iglesia, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros, enviándolos para poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse.

Pues bien, dicen algunos que es imposible salvarse sin este conocimiento, mientras que otros dicen lo contrario. En esta duda, ¿no vale más seguir la opinión más segura? «In dubiis tutior pars est tenenda». Además, ¿hay algo más digno en el mundo que instruir a los ignorantes en estas verdades, como necesarias para la salvación? ¿No os parece que ha sido una bondad de Dios poner remedio a esta necesidad? ¡Oh Salvador! ¡Señor mío y Dios mío! Tú has suscitado una compañía para esto; la has enviado a los pobres y quieres que ella te dé a conocer a ellos como único Dios verdadero, y a Jesucristo como enviado tuyo al mundo, para que, por este medio, alcancen la vida eterna. Esto tiene que hacemos preferir esta función a todas las ocupaciones y cargos de la tierra y que nos consideremos los más felices del mundo. ¡Dios mío! ¡Quién pudiera comprenderlo!» (XI, 387388).

4.2.- Al servicio de las almas.

«Honor también al Hijo de Dios, procurando que todos los enfermos estén siempre en buen estado, esto es, en gracia de Dios. ¡Qué honor y consuelo podéis tener, hijas mías, al ver cómo Dios os ha concedido un medio tan fácil de servir a los cuerpos, a vosotras que, por vosotras mismas, jamás podríais esperar realizar grandes hechos caritativos, ni poder ayudar en la salvación de las almas! El que lo hagáis por amor de Dios, no sería bastante, ya que entre aquéllos entre quienes podéis servir, habrá muchos que serán enemigos de Dios por los pecados cometidos desde hace mucho tiempo, y por los que quizás tengan ganas de cometer después de su enfermedad, si de enemigos de Dios no procuráis cambiarlos en amigos de Dios por una verdadera penitencia. Por eso, hijas mías, es preciso que sepáis que el designio de Dios en vuestra fundación ha sido, desde toda la eternidad, que lo honréis contribuyendo con todas vuestras fuerzas al servicio de las almas, para hacer-las amigas de Dios, esto es, disponiéndolas con gran cuidado a recibir los sacramentos, y esto incluso antes de que os ocupéis del cuerpo… Hacedles pensar en la importancia de recibir los sacramentos en esas disposiciones. Hay que hablarles con tanta caridad y afabilidad que vean que sólo el interés de la gloria de Dios y de su salvación os lleva a hacer-les esta proposición» (IX, 39).

Este servicio a los pobres implica un estilo vicenciano; hay que fatigarse por el Reino, «consumirnos…exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas» (XI, 281: cfr. Vol. 1, C. 33, pp. 363-373).

San Vicente manda trabajar y evitar la ociosidad: a veces trata de moderarla:

4.3.- Trabajemos.

«Bien, pongámonos de corazón en las manos de Dios; trabajemos, trabajemos, vayamos a asistir a las pobres gentes del campo que nos están esperando. Gracias a Dios, hay casas, en las que casi siempre están trabajando; unas más y otras menos, en esta misión, en aquella otra, de esta aldea a aquella otra, trabajando siempre, por la misericordia de Dios» (XI, 316-317).

4.4.- Los misioneros están hechos para el trabajo.

«Ha hecho usted bien en hablarme con toda claridad a propósito de la ayuda que nos había pedido. Estábamos preparando a algunos, para que fueran a unirse con ustedes, pero aguardaremos, como usted nos aconseja, a que tenga usted medios para mantenerlos y tra­bajo en que ocuparlos. Le confieso que la ociosidad es con frecuencia una piedra de tro­piezo, y que los misioneros tienen que evitarla más que cualquier otra persona en el mundo, ya que están hechos para el trabajo; por otra parte, su felicidad no consiste en estar siempre ocupados, sino en hacer continuamente la voluntad de Dios, tal como la hizo nuestro Señor» (VII, 417).

4.5.- Huyamos de la ociosidad como de la muerte.

«Un Dios trabaja incesantemente, y ¿podría mantenerse ociosa una Hija de la Caridad? ¡Estará convencida quizás de que no está más que para servir a los enfermos! Y cuando tenga pocos enfermos o no tenga ninguno, ¿se mantendrá inútil? Mis queridas Hermanas, guardémonos bien de eso; huyamos de la ociosidad como de la muerte, pero ¿qué digo?, huyamos de ella como del infierno» (IX, 445).

En consecuencia, hay que huir de la pereza como de la peste: «Dios detesta y odia tanto a los perezosos que amenaza con vomitarlos» (IX, 803). Esta carta severa escri­ta a un cohermano relajado, da el tono.

«El señor obispo de Tréguier, al volverse a su diócesis, va decidido a empezar su semina­rio lo antes posible. Creo que se sentirá usted lleno de gozo y que dará muchas gracias a Dios por servirse de usted para ir a poner los fundamentos del mismo. Ya lo he destinado a usted para eso, pero le ruego, padre, que entretanto emplee el tiempo para entregarse sin­ceramente a nuestro Señor en el espíritu y en las prácticas de un verdadero misionero, a fin de que produzca usted frutos dignos de su verdadera vocación. ¡Ay, Dios mío! ¿Habrá que estar yendo y viniendo, haciendo y recibiendo visitas por seguir una vana satisfacción, y privar así a Dios de la gloria que podría usted darle? ¿Será necesario que, por una ton­tería que quizá le halague a usted un poco, su hermosa alma deje de contribuir a la salva­ción de otras muchas? Si yo hubiera visto alguna vez a alguien al que le haya resultado bien seguir su sensualidad, le diría a usted: haga lo mismo, me parece bien. Pero no es así, ni mucho menos; así es como se han arruinado todos los que han seguido ese camino, que es muy ancho y que conduce a muchos a la perdición. Va siendo hora, padre, de que siga usted a nuestro Señor por el camino estrecho de una vida conforme con su condición…el tiempo perdido no se recupera nunca; la muerte se acerca; la cosecha es grande; los obreros son pocos y nuestro Señor está esperándolo a usted» (IV, 341-342).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5).

«¡Qué consolada se sentirá usted en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que nuestro Señor dio la suya! ¡Por la Caridad, por Dios, por los pobres» (VII, 326). Nuestros actos diarios:

  • ¿Son reveladores y signos del amor de Dios?
  • ¿En qué detalles lo reconocemos?
  • ¿Sabemos personal y comunitariamente dedicar tiempo para verificar y para pedir las intenciones que motivan nuestro «obrar»?

2. «He venido, para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). «La caridad de Jesucristo nos apremia».

  • ¿Qué mirada fijamos en aquéllos con quienes nos codeamos, sobre aquéllos que servimos, sobre aquéllos con quienes colaboramos?
  • ¿Sabemos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, servir con ternura y misericordia, comprometiéndonos por el hombre? ¿Cómo?
  • ¿ Nuestro servicio devuelve la vida? ¿En qué señales lo reconocemos?

3. «Buscad primero el reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 4, 12). «Entreguémonos a Dios, padres, para ir por toda la tierra a llevar su santo evangelio» (XI, 290).

  • ¿Cómo, en nuestra acción, buscamos el Reino de Dios?
  • ¿Cuáles son nuestros miedos, nuestras dudas? ¿Cómo superarlas?
  • ¿A qué clase de relaciones somos sensibles? ¿Interesadas, gratuitas, universales?
  • ¿A qué conversión estamos llamados?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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