Santa Isabel Seton

Nace en Nueva York el 28 de agosto de 1774. Crece en el seno de la Iglesia Episcopaliana. Casada con Guillermo Seton, de quien llega a tener cinco hijos, enviuda el 27 de diciembre de 1803. El 14 de marzo de 1805 abraza el catolicismo, arrostrando las múltiples dificultades que le crean parientes y amigos. Se aplica asiduamente a la vida espiritual. Educa con solicitud a sus hijos y, deseosa de entregarse a la actividad caritativa y educadora, funda en la diócesis de Baltimore un instituto de Hermanas de la Caridadbajo la advocación de san José, que tiene por finalidad la formación de jóvenes. Muere piadosamente en Emmitsburg, el 4 de enero de 1821. Su beatificación tiene lugar el 17 de marzo de 1963, bajo el pontificado de Juan XXIII. El 14 de septiembre de 1975 es canonizada por Pablo VI. Para facilidad, su nombre (llegó a llamarse Isabel Ana María Bayley Seton, también se la llamó Betty), se suele reducir a Isabel Seton.

Ciudadana del mundo

El 14 de septiembre de 1975, fue canonizada Isabel Ana Bayley Seton, la primera santa nativa de los Estados Unidos. La Familia Vicenciana reflexiona sobre su vida, su herencia y su espiritualidad. Y también sobre la hist6rica uni6n, que tuvo lugar en 1850, entre una de las ramas de sus hijas espirituales, las Hermanas de la Caridad de San José, fundadas en Emmitsburgo, Maryland (USA) y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl de París, Francia. Como “ciudadana del mundo la herencia de la Madre Seton en materia de educación y de caridad está viva en el mundo entero.

Su juventud en Nueva York

Isabel Seton nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el Doctor Richard Bayley y Catalina Charlton, los dos anglicanos piadosos y leales miembros del partido conservador, habían permanecido fieles a Gran Bretaña durante la guerra de la independencia americana (1775-1783).

Los antepasados de Isabel fueron de los primeros colonos de la región de Nueva York. Su padre procedía de una acomodada familia francesa hugonote, los condes de “New Rochelle”. Su madre era hija del Doctor Richard Charlton, importante pastor anglicano, de origen anglo-irlandés.

Cuando nació Isabel (1774-1821) sus padres llevaban casados cinco años y tenían ya una hija, María Magdalena (1768-1856). La pequeña, Catalina (1777-1778), nació tres años después de su hermana. Se cree que la Señora Bayley murió al dar a luz a Catalina, que murió al año siguiente.

El Doctor Bayley se volvió a casar y continuó viajando al extranjero para perfeccionar sus estudios de medicina. Su segunda esposa, Carlota Barclay Bayley (1759-1805) le dio siete hijos que ella prefirió a las hijas mayores procedentes del primer matrimonio. María e Isabel tuvieron que sufrir mucho debido al rechazo de su madrastra.

Como Luisa de Marillac, desde sus primeros días, Isabel tuvo que caminar a la sombra de la cruz. Más tarde, plasmó sus sentimientos y sus experiencias espirituales en un diario íntimo. Entre sus primeros recuerdos, relata la muerte de su madre y la de su hermanita, cuenta también que enseñó a rezar a su hermanastra Emma. Isabel habla también de las largas temporadas en que María y ella tuvieron que vivir con otros parientes debido a problemas familiares que al final causaron la disolución del segundo matrimonio de su padre. Médico eminente y cirujano, el Doctor Bayley parecía dedicar más atención a su profesión que a sus hijas mayores.

En su adolescencia, Isabel se sentía sola y melancólica. Durante una época, sufrió de una depresión llegando a tener ideas de suicidio. Más tarde, escribe en su diario íntimo su agradecimiento por haber superado la tentación de tomar una sobredosis de láudano, medicamento utilizado entonces como sedante: “A este terrible pensamiento relativo al láudano, siguió la alabanza y la acción de gracias por la indecible alegría de no haber llevado a cabo ‘ese acto horrible’, pensamientos y promesa de gratitud eterna”.

Pero, a la vez, iba madurando su inclinación hacia la contemplación. Le gustaba la música y expresaba sus sentimientos tocando el piano. Relata en sus escritos qué feliz se sentía a la orilla del mar, junto a la bahía de Long Island, al contemplar el mar, las conchas, la naturaleza y toda la creación de Dios, mostrando su atractivo por un estilo de vida rural.

Muy joven conoció a un joven excelente, William Magee Seton (1768-1803) y se enamoraron. Después de un tiempo de noviazgo, se casaron el 25 de enero de 1794 y lo celebraron en casa de su hermana, María Magdalena, convertida en la Señora Wright Post, en Manhatan.

Mujer y madre en Nueva York

William Magee Seton, era un importante negociante en importaciones y exportaciones. Había llevado a cabo su aprendizaje en la firma Filicchi en Liorna, Italia.

Isabel, encantada de convertirse en la Señora William Magee Seton, se extasiaba ante su nueva casa: “A los veinte años, tener mi propia casa en este mundo, es el paraíso, es increíble”. El matrimonio de los Seton fue muy feliz y pronto conocieron la dicha de tener cinco hijos: Ana María (1795), William (1796), Richard (1798), Catalina Charlton (1800), Rebeca María (1802). Los Seton vivían en Lower Manhatan; les gustaba el baile y la música, sobre todo el violín y el piano. Vivían en un barrio chic y formaban parte de los notables de la sociedad, participando en la política y en los acontecimientos principales de la época. Eran feligreses de la famosa iglesia episcopaliana de la Santísima Trinidad.

La lectura de la Biblia era un ejercicio religioso caro a Isabel Seton, cuyos escritos están repletos de citas que hacen alusión a ella. Isabel y su amiga íntima, Rebeca María Seton, su cuñada, se sentían atraídas por prácticas piadosas e intercambiaban frecuentemente entre ellas. Su piedad las llevaba a participar en todas las actividades de la parroquia, más especialmente en el servicio social a domicilio: la atención a los enfermos de la familia, de amigos o de vecinos necesitados. Isabel fue una de las fundadoras de la caridad organizada, conocida bajo el nombre de Sociedad para la Asistencia de Viudas Pobres con hijos pequeños (1797). Está muy lejos de imaginar entonces que, unos años más tarde, iba a estar ella misma al borde de la miseria.

En 1798, trágicos acontecimientos iban a afectar a los Seton, comenzando por la muerte, como consecuencia de una caída en el hielo, de su suegro a quien quería mucho. El hijo mayor, William Magee, tuvo que hacerse cargo de sus hernanastras y hermanastros pequeños. Isabel y su familia tuvieron que salir temporalmente a la casa de los Seton, donde hizo su primera experiencia en la enseñanza. Sus primeras alumnas fueron sus jóvenes cuñadas Carlota, Harriet y Cecilia. Isabel descubrió así sus dotes para esta tarea y después de la primera semana, escribió: “Ha sido un placer”.

Seis semanas después de la muerte del Señor Seton, Isabel tuvo que sufrir un parto excepcionalmente largo y difícil, dando a luz a su tercer hijo, un niño. El Doctor Bayley la asistió y tuvo que hacer la respiración boca a boca para reanimar a su nieto. Como consecuencia de este nacimiento tan penoso, Isabel perdió la vista temporalmente. En ese intervalo, su empresa comercial empezó a tener dificultades financieras. Isabel trató de ayudar a su marido, llevando, por la noche, el libro de cuentas de la sociedad. Pero muy pronto, la familia pasa de la prosperidad a la pobreza: la Compañía Seton-Maitland hizo quiebra y los Seton perdieron su casa. Su socio, su cuñado, acabó en la cárcel como deudor. Los problemas de los Seton se fueron incrementando: William Magee comenzó a presentar signos evidentes de tuberculosis.

El viaje de la esperanza

En 1803, en un esfuerzo desesperado para recuperar la salud de William, Isabel se embarcó con su marido y su hija mayor, Ana María, hacia Liorna, Italia, donde el clima es suave. A su llegada al puerto, las autoridades italianas, por temor a la temible fiebre amarilla, que hacía estragos en Nueva York, pusieron a los Seton en cuarentena, durante un mes, en un lazareto de piedra, húmedo, frío y lleno de corrientes. No era un lugar que ofreciese hospitalidad y un mínimo de confort para un enfermo. La pequeña Ana, después de deshacer su maleta, saltaba a la cuerda para calentarse. A pesar de todos los esfuerzos de la familia Filicchi para modificar este aislamiento severo, William Magee murió en Pisa, justo dos semanas después de su liberación del lazareto. Isabel, viuda a los veintinueve años, con cinco hijos pequeños, escribió sus memorias (The Italian Journal), donde relató a su cuñada Rebeca la enfermedad y la muerte de su marido. Escribe: «Martes por la mañana, 27 de diciembre [18031, su alma fue liberada, como lo fue la mía de la lucha ante la cercanía de la muerte».

Viuda dolorosa

La vida de Isabel y de su hija, a quien ahora llama Anita, cambiará para siempre. La familia Filicchi recibe en su casa a la joven viuda y a su hija, saliendo al paso de sus necesidades con una hospitalidad delicada, hasta que, en la primavera, obienen la autorización para volver a los Estados Unidos. Los Filicchi les presentan a la Iglesia Católica Romana a través de la herencia religiosa y cultural de Italia. Isabel comienza a plantearse interrogantes respecto a las prácticas católicas, primero por ignorancia, después por curiosidad. Entre los aspectos más significativos del catolicismo romano que impresionaron a Isabel y la llevaron a su conversión, están la Fe en la presencia real en la Eucaristía, la devoción a María, Madre de Dios y las prácticas litúrgicas como la asistencia frecuente a la Misa, recibir la sagrada comunión, las procesiones eucarísticas y otras devociones.

Hacia el catolicismo romano

A su regreso a Nueva York en la primavera siguiente. Isabel tuvo que luchar mucho debido a su atracción hacia el catolicismo romano. Justo dos semanas después de su regreso, su cuñada Rebeca muere de tuberculosis. Soportando este dolor, Isabel tuvo que hacer frente, sola, a la precaria situación financiera para sacar adelante a sus cinco hijos de edades comprendidas entre uno y ocho años. Le costaba depender de su familia y de sus amigos y por ello hace todo lo posible para satisfacer por sí misma sus necesidades. Las circunstancias la forzaron a cambiar con frecuencia de casa con sus hijos, hacia viviendas más baratas. Lo que agravó sus problemas fue el verse atormentada por la pregunta que se hacía y que no había resuelto: “¿Estoy en la auténtica Iglesia procedente de la sucesión de los apóstoles? “.

Durante aquellos meses de discernimiento, mientras se debatía con esta incertidumbre desgarradora, la señora Seton tuvo igualmente que sufrir por la oposición de su propia familia y de sus amigos, así como de la cólera desagradable de su director espiritual episcopaliano, el Rvdo. Henry Hobart. Ella y sus hijos tuvieron que sufrir el aislamiento social.

Poniendo su confianza en Dios, Isabel tomó una decisión al comienzo de la cuaresma de 1805 y escribió: “Mi alma ha ofrecido en sacrificio todas sus vacilaciones y reticencias, el 14 de marzo, durante la Santa Misa».. Tenía 31 años. Confió a los Filicchi que había hecho su profesión de fe (Un día, entre los días extraordinarios para mí… en la iglesia de San Pedro… He dicho: ‘Heme aquí, vengo ante Ti, Dios mío, mi corazón es todo tuyo. Fue un día de paz, de gozo con mis hijos y un acuerdo de mi corazón con Dios».

Católica y sola

El año 1805 fue un año de gracia. Entre los momentos importantes podemos citar no solamente su profesión de Fe, sino también, dos semanas más tarde, el 25 de marzo, su Primera Comunión. Durante el verano siguiente, cuidó a su madrastra moribunda y esto fue la ocasión para su reconciliación. Al año siguiente, John Carroll (17351815), primer obispo de los Estados Unidos, se encontraba en Nueva York y confirmó a Isabel el 25 de mayo, domingo de Pentecostés. En esta ocasión, Isabel añadió a sus nombres Isabel y Ana el de María, ya que presentaban -decía ella- las tres ideas más preciosas en el mundo que le recordaban los momentos del Misterio de la Salvación.

Este periodo (1805-1808) fue un tiempo de luchas dolorosas, de decepciones y de fracasos para Isabel. Hubiera querido abrir una escuela, pero los padres no querían confiarle sus hijos. Incluso su antiguo pastor la criticaba públicamente y disuadía a sus fieles de que apoyaran sus esfuerzos. Esto fue una frustración para Isabel, quien escribía a los Filicchi. «llo saben qué hacer de mí, pero Dios lo sabe y nosotros lo sabremos cuando llegue su momento de gracia “.

Isabel obtuvo un puesto como docente por un corto tiempo en la escuela dirigida por los señores Patrick White, pero esto terminó bruscamente cuando los White se encontraron con dificultades financieras. Después fue directora de un internado de muchachos que iban a la escuela del Rev. William Harris, de la iglesia episcopaliana de San Marcos. De nuevo, encontró problemas con varias familias que retiraron a sus hijos.

Mision en Maryland

Sacerdotes sulpicianos franceses llegados a los Estados Unidos para huir de la Revolución francesa, deseaban establecer un programa de educación para las jóvenes en Baltimore, Maryland. El Rvdo. P. Luis William V. Dubourg, S.S. (1766-1853) encontró providencialmente a Isabel en una visita que hizo a Nueva York para recoger fondos en favor del Colegio Santa María. Después de haber oído su historia, invitó a la Señora Seton, con el apoyo de Jonh Carroll, a que fuera al estado de Maryland donde, le aseguró, los Sulpicianos le ayudarían a “formar un proyecto de vida indicándole que tenían también la intención de establecer “una escuelita para la promoción de la educación religiosa”

Llegada a Baltimore a mediados de junio de 1808, Isabel pasó su primer año en Maryland como maestra en un pequeño internado escolar para niñas, situado cerca del Colegio y del Seminario Santa María, dirigidos por los Sulpicianos en las afueras de la ciudad. Fue para ella un año de transición, durante el cual tomó conciencia de la misión que Dios le reservaba. Al mismo tiempo que su “proyecto de vida” se iba desarrollando, se iba precisando la comprensión de su misión según expresó a un amigo:

“Los Padres del Seminario (los Sulpicianos) preven que no faltarán señoras deseosas de reunirse para formar una institución permanente. Pero, ¿ qué puedo hacer yo, criatura tan pobre en recursos? Debo confiarlo todo a la Providencia divina”.

Los Sulpicianos reclutaron activamente a seis candidatas entre sus dirigidas en Nueva York, Filadelfia y Baltimore y se las confiaron a Isabel para la formación. Cecilia O’Conway (1788-1865), la Margarita Naseau de América del Norte, fue la primera candidata que se presentó para la nueva comunidad, a cuyas Hermanas se llamó momentáneamente “Hermanas de San José” (y más tarde, “Hermanas de la Caridad de San José”). El 31 de diciembre de 1809, trece candidatas se habían unido a la Comunidad naciente Los Sulpicianos tuvieron la responsabilidad de poner los cimientos sobre los que se construyó el camino de la comunidad naciente. Isabel escribió a Filippo Filicchi para informarle de la oferta que le había hecho un nuevo convertido, rico, ahora seminarista, Samuel Sutherland Cooper (17691843), de financiar el establecimiento de las Hermanas de la Caridad. Su plan comprendía: “el establecimiento de una institución para la formación de niñas católicas en la práctica de la religión, dándoles con ese fin una educación conveniente…, con la idea de extender el proyecto a la acogida de personas ancianas y de personas sin instrucción que pudieran dedicarse a hilar, hacer punto, etc., para fundar una empresa a pequeña escala que pudiera ser beneficiosa para los pobres”.

Otro consejero de la Señora Seton le había sugerido antes algo semejante, pero ella “lo había dejado en segundo plano, evitando incluso reflexionar sobre un tema de este tipo, sabiendo que solamente Dios Todopoderoso podía hacerlo efectivo si lo consideraba verdaderamente realizable”. A pesar de la gran extrañeza del obispo Carroll de Baltimore y de los Sulpicianos, Cooper estipuló proféticamente que la fundación se haría cerca de Emmitsburgo en el estado de Maryland, «un pueblo situado a dieciocho leguas de Baltimore, y que de allí se extendería por los Estados Unidos».

Isabel pasó un año en Baltimore. Antes de su conversión, los Filicchi, amigos del obispo Carroll, la habían presentado a este amable prelado. En su presencia pronunció sus primeros votos por un año el 25 de marzo de 1809. En ese momento, él le confirió el título de “Madre” y después se la llamaba Madre Seton. Dos días antes, ella escribía a su querida amiga Julia Sitegreaves Scott: «¡Que decir de la alegría de mi alma ante la perspectiva de poder ayudar a los pobres, visitar a los enfermos, consolar a los afligidos, vestir a los pequeños inocentes y enseñarles a amar a Dios!” En junio de este mismo año, Madre Seton dejó Baltimore para ir a un valle de los Montes Catoctin.

El Valle de San José

El valle de San José, cerca de Emmitsburgo, se convirtió en el lugar de la fundación de las Hermanas de la Caridad de San José, el 31 de julio de 1809, en la fiesta de San Ignacio de Loyola, patrón de las misiones del Maryland. Allí fue donde la pequeña Comunidad comenzó a vivir en la antigua granja Fleming, comunmente llamada la “Casa de Piedra”, donde estuvieron desde julio de 1809 a mediados de febrero de 1810, fecha en que pasaron a la nueva “casa en el campo”, Casa San José, que después se llamó la “Casa Blanca”, donde las Hermanas comenzaron su misión de educación. Las primeras candidatas de la nueva comunidad llegaron muy pronto: Sally y Elena Thompson de Emmitsburgo se unieron a otras procedentes de Baltimore. La Divina Providencia guió en sus comienzos a la pequeña comunidad a través de un laberinto de pruebas, lo que llevó a Madre Seton a escribir:

“Todo aquí está otra vez estancado y estoy preparándome para poder comenzar de nuevo como cuando lo hice con mis pobres Anita, Josefina y Rebeca. Tenemos motivos para creer, dados los acontecimientos recientes, que nuestra situación está más insegura que nunca».

Animada por una Fe inquebrantable, Madre Seton permanecía firme a pesar de las dificultades y de los retos que le presentaban las cruces que Dios le enviaba. Madre Seton confesaba: «He tenido más aflicciones y penas durante estos diez últimos meses que durante los treinta y cinco años de mi vida, marcados todos ellos por el sufrimiento” .

En el momento de su fundación, las Hermanas de la Caridad adoptaron un Reglamento (una primera regla) que organizó su manera de vivir, y esto desde el 31 de julio de 1809 hasta enero de 1812. Las Hermanas eligieron a Isabel como primera Madre de las Hermanas de Caridad de San José cargo que ocupó hasta su muerte en 1821. Los Sulpicianos, que habían ideado y fundado la comunidad, siguieron participando en el gobierno hasta ,.1849. Las Hermanas hacían votos anuales en presencia de un sacerdote sulpiciano que era su Superior General

Madre Seton se preocupaba de que todas las candidatas fueran formadas según el espíritu de Santa Luisa de Marillac y de San Vicente de Paúl; había adoptado la Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad para su propia Comunidad después de que los Sulpicianos y el arzobispo Carroll las adaptaran a la cultura americana.

El cambio más significativo fue el de hacer de la educación de las niñas la misión principal de las Hijas de la Caridad de San José. En el capítulo 1 encontramos el mismo texto que el de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad, con el siguiente añadido:

«El fin secundario, pero no menos Importante, es el de honrar la Santa Infancia de Jesús en las niñas, cuyo corazón está llamado a amar a Dios mediante la práctica de las virtudes y el conocimiento de la religión; al mismo tiempo sembrarán en sus mentes los granos de un saber útil».

El Reverendo Padre Simón Gabriel Bruté, S.S., llegó a los Estados Unidos en 1810 y muy pronto a Emmitsburgo, donde enseñó en Monte Santa María. Fue el confesor y capellán de las Hermanas. Allí pasó la mayor parte de los veintitrés años y, debido a su humildad, a su piedad y a su celo apostólico, se ganó el apelativo de «el Ángel de la Montaña». El P. Bruté conocía los planes relativos a la instalación de las Hijas de la Caridad francesas en América, pues había viajado con el R. P. José Fíaget, S.S. (1763- 1851), que había obtenido una copia de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad de Burdeos en 1810.

Como tenía una tía Hija de la Caridad desde hacía más de cuarenta años en Francia, utiliz6 su conocimiento de la Comunidad para guiar a las Hermanas de la Caridad de Emmitsburgo en su inculturaci6n del carisma vicenciano. Las anim6 a leer las vidas de los Fundadores y les procur6 libros de espiritualidad vicenciana que Madre Seton tradujo, incluida la Vida de la Señorita Le Gras de Nicolás Gobillon.

Un estudio reciente sobre la “herencia” de Madre Seton, basado en un nuevo estudio de los documentos originales existentes, presenta un enfoque nuevo de la historia de la fundación de las Hermanas de la Caridad de San José, comúnmente llamadas Hermanas de la Caridad americanas. La historia de !a Familia Vicenciana en América del Norte es un camino de Fe comenzado con Madre Seton. Es una historia llena de fragilidad humana, de sentimientos y de sueños semejantes a los de Vicente de Paúl cuando decía a las primeras Hijas de la Caridad: “No, hijas mías, yo no pensaba en ello; vuestra hermana sirviente tampoco lo pensaba, ni el padre Portail. Era Dios el que lo pensaba por vosotras. Es él, hijas mías, el que podemos decir es el autor de vuestra Compañía”

Sembrar un grano de mostaza

De una manera similar a la que se expresaba San Vicente respecto a la Pequeña Compañía, Madre Seton hablaba a su Comunidad del “grano de mostaza” pequeño e insignificante, pero que contenía una gran posibilidad de crecimiento. El grano fue “sembrado en América por la mano de Dios”. Muchas personas se implicaron en ello, especialmente la familia Filicchi de Liorna, Italia, que era para Isabel como los Gondi para Vicente y Luisa en Francia, bienhechores e instrumentos de la Divina Providencia. La Compañía de América del Norte es un tapiz tejido por mujeres de carácter, animadas por una fe profunda, fieles al Espíritu para realizar fielmente su sueño.

Las primeras Hijas de la Caridad escogieron consejeras para ayudar a Madre Seton y a sus sucesoras, eligiendo mujeres capaces de aportar a los Superiores la ayuda de su visión espiritual y de su sabiduría. Cinco Madres americanas de las Hermanas de la Caridad de San José (1809-1849), de acuerdo con sus Superiores Generales Sulpicianos, prepararon el camino que por fin terminó con la unión de la Comunidad de Emmitsburgo con la Familia Vicenciana Internacional. La Compañía de la Caridad de los Estados Unidos se desarrolló teniendo en cuenta el contexto histórico que influyó en sus decisiones en cada una de las etapas de su crecimiento. Mientras sus hijas espirituales proseguían su obra de educación y servicio, se extendía la fama de santidad de Madre Seton. Un día del verano de 1882, ocho años después de su muerte, el Arzobispo de Baltimore, James Bibbons, (más tarde cardenal) que visitaba Emmitsburgo, sugirió a las Hermanas que se hallaban reunidas que se introdujera su causa de beatificación. En el grupo estaba todavía presente la última compañera superviviente de Madre Seton, Sor Marta Daddisman, Hija de la Caridad, que dio testimonio de su santidad.

Algunas fechas importantes:

  • 28 de febrero de 1940: el Papa Pío XII firma el decreto de introducción de la causa, primer documento de la Santa Sede, redactado en inglés.
  • 18 de diciembre de 1959: dieciséis años más tarde, el Papa Juan XXIII declara Venerable a Isabel Ana Seton.
  • 17 de marzo de 1963: el Papa Juan XXIII preside la ceremonia de beatificación de Isabel Ana Seton, proclamándola bienaventurada.
  • 14 de septiembre de 1975: el Papa Pablo VI canoniza a Isabel Ana proclamándola santa.

La beatificación requiere dos milagros que recibieron la aprobación en 1961. Por intercesión de Isabel Ana Seton, una Hija de la Caridad de San Luis (Misouri) Sor Gertrudis Korzendorfer fue curada de un cáncer de páncreas. Una niña de cuatro años, Ana Teresa O’Neill de Baltimore fue curada de una leucemia linfática aguda.

Para la canonización, la curación de Carl Kalin de Nueva York, afectado por una forma rara de encefalitis, fue declarado curado milagrosamente por el Papa Pablo VI el 12 de diciembre de 1974, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de las Américas. El Santo Padre prescindió del segundo milagro requerido, y, en el Año Internacional de la Mujer, proclamó santa a esta pequeña viuda de Nueva York que era no solamente una piadosa convertida, sino también poeta, música, lingiiista, mística, una mujer para todos los tiempos. Santa Isabel Ana Seton nos ofrece un modelo de vida cristiana para todos los tiempos:

“Que vuestro principal estudio sea conocer a Dios, pues no hay nada másgrande que Dios. Es el único conocimiento que puede llenar el corazón de paz y dealegría y que nada puede turbar “.

Herencia espiritual de la Madre Seton.

La herencia espiritual de Madre Seton comprende la educación católica y, en particular, la educación especialmente gratuita o a precio reducido para los alumnos pobres, confiados a las Hermanas Americanas de la Caridad y a las Hijas de la Caridad de los Estados Unidos. La familia vicenciana y setoniana en América colabora para promover un interés activo con relación a su carisma y a su herencia espiritual desde 1947, época en que las seis Congregaciones que tienen su origen en la de Madre Seton fundaron la “Federación de las Hijas de Madre Seton” para trabajar juntas en la causa de canonización. Hoy hay trece Congregaciones miembros de la Federaci6n de las Hermanas de la Caridad de tradición vicenciana y setoniana.

Todas estas Congregaciones se enraízan en las Reglas Comunes de las Hijas de Caridad y se comprometen en diversas formas de colaboraci6n, sobre todo en el campo de la formaci6n continua y el trabajo en favor de la paz y la justicia. Algunas de las vías en que las Congregaciones trabajan juntas son, por ejemplo, un Noviciado intercongregacional, la formación continua, programas como Seton Vision, Caridad 2000 y después del 2000, reuniones periódicas del personal de formación, la elaboración de las Connexions Seton (guía para la reflexión sobre aspectos contemporáneos del carisma), y la publicación del conjunto de textos «Seton» titulado Obras Completas de Isabel Bayley Seton (Prensa de la Nueva Ciudad, Nueva York 2000). En un esfuerzo para obtener una política social más justa, la Federación está inscrita como Organización No Gubernamental ante las Naciones Unidas y tiene un representante que informa a las Congregaciones miembros de las oportunidades de intervención para trabajar en favor de ciertas decisiones.

Madre Seton fue una escritora prolífica, no sólo de cartas, sino también a través de sus sus Diarios íntimos y sus agendas, sus traducciones, sus instrucciones y meditaciones; sus anotaciones en el margen de las Biblias, sus poesías, himnos, escritos espirituales en verso, sus notas y los documentos de la Comunidad primitiva. Entre sus memorias se encuentra: Dear Remembrances, un informe retrospectivo de su vida. Contiene el relato de sus amistades, la lista de largos viajes, incluidos los viajes espirituales. Por ejemplo, escribió numerosas y largas cartas evocando las situaciones vividas durante el viaje que hicieron para que su marido recobrara la salud, sus intentos y experiencias; llevaba un diario de los acontecimientos ocurridos en épocas de ausencia prolongada. Muchas de sus meditaciones, que se han conservado, son textos originales; otros son copias, hechas por ella misma, de conferencias espirituales o de autores de su época, especialmente durante los tiempos litúrgicos como el Adviento y la Navidad.

Madre Seton escribió instrucciones sobre los sacramentos, las virtudes, sobre temas bíblicos, principalmente sobre los profetas; y sobre los santos, incluido San Vicente de Paúl. Escribió instrucciones no sólo para las Hermanas de la Caridad, sino también para los alumnos de la Academia de San José, sobre todo para los niños que se preparaban a su Primera Comunión. Entre sus escritos más memorables relativos a la vocación de las Hermanas de la Caridad hay que citar los que tratan del servicio de a caridad, de María, de la eternidad. Dejó también para las Hermanas instrucciones escritas sobre el Santísimo Sacramento y extractos de los Padres de los Concilios. Al morir expresó el deseo de que las Hermanas de la Caridad fueran siempre «Hijas de la Iglesia».

Entre los escritos más importantes de Madre Seton, encontramos la traducci6n de la Vida de la Señorita Le Gras, de Nicolás Gobillon. Este texto es la primera de las traducciones en inglés de una biografía de Luisa de Marillac. Otras de sus traducciones significativas son: una selecci6n de Conferencias de Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad, y pasajes de La Vida de Vicente de Paúl de Abelly, y las Notas sobre la vida de Sor Francisca Bony, Hija de la Caridad (1694-1759). Madre Seton tenía una gran devoción a San Francisco de Sales y tradujo algunas de sus conferencias. Tradujo también una selección de extractos de la vida de Santa Teresa de Ávila y de San Ignacio de Loyola. Isabel amaba la poesía, copió muchos poemas y compuso otros ella misma.

Documentos muy valiosos entre los de la Comunidad primitiva, escritos por Madre Seton, son: las Minutas del 1 er Consejo (Agosto 1809); las Reglas de la Academia San José y una serie de acontecimientos ocurridos en San José. Otros informes de los orígenes han sido conservados para la posteridad por Sor Margaret Cecilia George, una Hermana de la Caridad competente y de valor, que desempeñó muchas funciones de dirección. Tenemos de su mano una lista completa, con anotaciones, de los seiscientos primeros miembros de la Comunidad.

Santa Isabel Seton fue una «Misionera» cuya visión de Fe es una preciosa herencia, especialmente para la familia vicenciana. Sus hijas espirituales están llamadas a seguir siendo conscientes de que su camino es también el suyo. Santa Isabel Seton es un bello modelo que todos los cristianos pueden imitar, una amiga en el camino que conduce a la eternidad. Para ella y para nosotros, el camino hacia la plenitud y la santidad es un camino de gracia:

Conclusión

Que el Amor a Cristo nos impulse a apreciar más profundamente nuestra identidad vicenciana y setoniana, de manera que las diversas ramas salidas del gran árbol de la Familia Vicenciana se extiendan de formas nuevas por el mundo de hoy, sembrando el pequeño grano de mostaza por todo el mundo, a fin de que los pobres, los enfermos, los oprimidos, las víctimas de la injusticia, etc. puedan conocer el sabor del reino y el calor del Amor que Dios tiene hacia ellos.

Vicente de Paúl, reflexionando sobre la parábola del grano de mostaza, decía: “Así espero que, si la compañía es muy fiel… irá avanzando poco a poco en las gracias de Dios “. Y Luisa escribía en su diario: “Lo sembraré en la tierra de mi corazón y para que crezca y se perfeccione, rogaré a Dios que abone esa tierra con su cálido Amor y la riegue con la preciosa Sangre de mi Salvador”. Solamente de esta manera seremos las verdaderas Hijas de la Caridad que pretendemos ser, siervas de los pobres enfermos. Vicente nos recordaría, sin duda, que “Dios pensaba en ello por nosotras “, y que es Él el Autor de esta rama de la Familia Vicentina en América del Norte. El nos diría:

“He aquí, hijas mías, cuál fue el comienzo de vuestra Compañía; como entonces no era lo que es actualmente, hemos de creer que tampoco es ahora lo que será luego, cuando Dios la haya situado en el puesto en que la quiera”.

Sor Betty Ann McNeil, H. C.

Javier F. Chento

Laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión. Gestiona y mantiene varias páginas web cristianas y vicencianas, incluida La Red de Formación "Somos Vicencianos", de la que es cofundador. Es también coordinador internacional de .famvin, la Red de Noticias de la Familia Vicenciana. Como músico católico, ha editado varios discos. Es Director y cofundador de Trovador, una reconocida compañía discográfica católica de España. Graduado en la Universidad Oberta de Catalunya con cuatro grados (Asistente de dirección, Gestión Administrativa, Recursos Humanos y Contabilidad Avanzada). Bilíngüe Español/Inglés. Trabaja en las Tecnologías de la Información, ofreciendo servicios de alojamiento, diseño y mantenimiento Web, así como asesoramiento, formación y soluciones informáticas, gestión documental y digitalización de textos, edición y maquetación de libros, revistas, flyers, etc.

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