San Vicente de Paúl y la formación

I.- Introducción

Muy pronto, ya durante su juventud, el señor Vicente se inició en los métodos y en la práctica de la formación de los jóvenes. Cuando estaba estudiando Humanidades en Dax, el señor de Comet, su protector, le pidió que fuera el profesor particular de sus hijos. Debió destacar en ese modesto cometido, y hasta debió de tomarle gusto, porque unos años más adelante, para hacer frente a los gastos de sus estudios en Toulouse, no dudó en abrir en Buzet una especie de pequeño pensionado. Más tarde, siendo ya párroco de Clichy, reincide en lo mismo y organiza para algunos mucha­chos en su parroquia, algo así como una escuela presbiteral; de ella saldrá, como con­secuencia, el que iba a llegar a ser su brazo derecho: Antonio Portail

Después, durante cierto tiempo, desempeña la función de preceptor de los hijos de la familia de Gondi, en la que ciertamente obtiene un éxito muy relativo, porque, hemos de reconocer, su influencia fue mucho mayor en el señor y señora de Gondi, que en sus hijos. Gracias a esas experiencias variadas, el señor Vicente había adquirido una expe­riencia práctica y autodidacta de formador que le servirá para más adelante.

Con sus primeros colaboradores, se va a dedicar a un trabajo de evangelización y concretarán objetivos y métodos. La predicación oficial con su lenguaje preciosista y sus grandes efectos oratorios pasa, como él dice, «por encima de los tejados». El señor Vicente también va a practicar y enseñar a los suyos un método muy sencillo, «pequeño método», que ilumina las inteligencias y toca los corazones: así que se ejer­citará en eso y en eso se ocupará.

Durante las campañas de evangelización, el señor Vicente comprueba, muy pron­to, que la ignorancia de la buena gente no es más que una de las consecuencias de la ignorancia del clero. Hasta entonces, en la mayor parte del tiempo, no hay más que unos sacerdotes improvisados, con un somero barniz de teología: ¡será necesario formarlos!

(Vincentiana, 1984, julio-diciembre, p. 667).

El señor Vicente organiza primeramente unos días de retiro para los futuros sacerdotes: los Ejercicios de Ordenandos, durante los cuales se les prepara espiritualmente para su formación pastoral.

Al mismo tiempo que algunos otros, funda los primeros seminarios: porque se necesitan sacerdotes que puedan continuar y mantener lo que se ha conseguido por medio de las misiones (cfr. IV, 46). Hablando en general, una parroquia queda aneja al seminario mayor, a fin de que los futuros sacerdotes puedan ejercitarse en las funciones de su ministerio, y hasta algunos llegan a tomar parte en las misiones. A su vez, los formadores son preparados en su función y deben ejercitarse en ella. En 1659, el señor Vicente establece, en san Lázaro, todo un programa para la formación de los formadores (cfr. XI, 576): se les formará en la teología moral, en la catequesis, en la predicación, en la controversia, etc.

A los sacerdotes que ya están en ejercicio, les propone una formación permanente-te por medio de las «Conferencias de los Martes». De ellas, ha salido la elite del clero y un episcopado de calidad. Todos ellos han conservado, de las charlas de san Vicente, un recuerdo extraordinario: hasta Bossuet es un buen testigo.

La práctica de la caridad exige también una formación seria y el señor Vicente encarga a Luisa de Marillac que la asegure entre las Hijas de la Caridad. Él mismo las reúne con frecuencia y las charlas que les dirige manifiestan la preocupación que tenía por verlas bien preparadas para sus ocupaciones, hasta en los detalles de sus actos. Completa las consideraciones generales con enseñanzas particulares, dirigidas por carta, en concreto, a tal Hermana o a tal comunidad, enfrentadas a situaciones delicadas. La escena de la película, donde J. Anouilh presenta a san Vicente, días antes de su muerte, dando sus recomendaciones a una hermana joven, que sale por primera vez a servir a los pobres, es imaginaria, seguramente, pero es psicológica y espiritualmente verdadera.

La acción apostólica y la caridad sólo serian una agitación humana, si no fueran el fruto de una vida espiritual profunda. Este aspecto de la formación es esencial en la preparación de los futuros sacerdotes. Eso les corresponde ante todo a los mismos formadores. Siendo Jesucristo la Regla de la Misión (Cfr. XI, 429) y el evangelista de los pobres, debemos dejamos formar y moldear por Él; es el modelo de nuestros actos (Cfr. XI, 212); es el ejemplar que debe servirnos de referencia en la formación de los sacerdotes. Sus formadores sólo deben «saber a Jesucristo», porque Él es el verdadero educador (Cfr. I, 319 y XI, 399).

La vida interior es igualmente fundamental en la formación en la caridad. Jesucristo es el «Señor de la caridad»; por referencia a Él, es como habrá que ir necesariamente a los pobres; es Él quien hablará por la boca y obrará por las manos de aquéllos y aquéllas que van a ir a los pobres.

El cuidado de la formación ha permanecido en el corazón de la tradición Vicenciana. Animada por este espíritu, la Congregación de la Misión ha abierto y mantenido en activo, a lo largo de tres siglos, numerosos seminarios para la formación del (Cfr. Vincentiana, 1984, julio-diciembre, p. 655.; SLM, 671 y 713) clero, en todo el mundo. La Compañía de las Hijas de la Caridad ha abierto toda clase de escuelas para el servicio de los más humildes: escuelitas, escuelas técnicas o pro­fesionales, escuelas de enfermeras. Las Damas de la Caridad, convertidas en Volun­tarias de la Caridad, y las Conferencias de San Vicente de Paúl han educado en la cari­dad y en la acción social a numerosas generaciones en todos los países. Finalmente, los misioneros, sacerdotes y Hermanas, particularmente en América Latina, pero tam­bién en África, en Asia, educan en las responsabilidades eclesiales y sociales a nume­rosos cristianos que se convierten en las columnas de las comunidades de base.

La herencia de san Vicente implica la preocupación por la formación: formación personal y formación de los demás. También para ser fieles a ella, en nuestro mundo, que cambia tan rápidamente, debemos continuar en nuestra propia formación, porque no es, menos que nunca, definitiva. Tenemos y tendremos que enfrentamos a situa­ciones nuevas para las que nuestra primera formación no nos había preparado. Tene­mos y tendremos que ayudar a los demás a enfrentarse, también ellos, a los proble­mas nuevos que se les presentan en la sociedad y en la Iglesia.

San Vicente ha sido uno de los hombres que más ha estado a la escucha de los hombres de su siglo, y de los más adaptados a las necesidades de su tiempo. Sería necesario que también nosotros estemos como él a la escucha de nuestro tiempo para adaptamos a él, y que, con los ojos puestos en Jesucristo, que era el pobre de ayer y que también será el pobre de mañana, nos mantengamos a la escucha de Él, que sigue siendo nuestro único maestro como lo fue de san Vicente.

II.- San Vicente y la formación

San Vicente respira el aire de su tiempo. Un vasto movimiento de renovación comienza con la Reforma católica (1550-1648). El Concilio de Trento contribuye a ello por «la obra divina del Espíritu»(M. D. Poinsenet).

Ese resurgimiento, ese rebrotar religioso y místico se opera, sobre todo, en lo más íntimo de los corazones, «en espíritu y en verdad».

Pero esta cualidad del alma requiere una base sólida. Muy pronto, una formación se impone a todos los niveles. En cualquier estado en que nos hallemos y «allí en donde nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta», propone san Francisco de Sales.

San Vicente recoge directamente el eco ampliando su pensamiento. El fundador se convierte bien pronto en formador: en la misión (I); en la caridad (II); en la vida espiritual (III).

2.1.- Formación para la misión

Una vez más, la conferencia – testamento de san Vicente, 6 de diciembre de 1658, nos permite afirmar lo esencial: toda formación para la misión debe hacerse siguien­do a Jesucristo, el Formador por excelencia, el Misionero Tipo.

2.2.- La ciencia necesaria para la dirección de los pueblos.

Vamos a leer primero las Reglas, para hablar luego de ellas. Mandó acercar la lámpara, y abrió el libro. Ésta es la primera Regla —dijo— por la que la razón quiere que empecemos; la voy a leer en francés, por nuestros Hermanos que no saben latín.

«La Sagrada Escritura nos enseña que nuestro Señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, empezó primero a obrar y luego a enseñar. Llevó a cabo lo primero, practicando perfectamente toda clase de virtudes, y lo segundo, evangelizando a los pobres, y dando a sus apóstoles y a discípulos la ciencia necesaria para dirigir a los pueblos. Y puesto que la humilde Congregación de la Misión desea imitar, mediante la divina gracia al mismo Jesucristo, nuestro Señor, según sus posibilidades, tanto en lo que se refiere a sus virtudes como a sus ocupaciones por la salvación de las almas, es conveniente que se sirva de medios semejantes para cumplir dignamente este piadoso intento. Por eso, su finalidad consiste: 1° en trabajar en su propia perfección, haciendo todo lo posible por practicar las virtudes que este soberano Maestro se ha dignado enseñarnos de palabra y de obra; 2° en predicar el evangelio a los pobres, especialmente, a los del campo; 3° en ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes necesarias a su estado».

Ésta es la Regla… La parte primera de nuestra Regla dice que nuestro Señor, al venir a este mundo para salvar a los hombres, empezó por obrar y luego se puso a enseñar. Lo prime-ro lo hizo practicando todas las virtudes… y practicó lo segundo instruyendo al pobre pueblo en las verdades divinas y dándoles a los apóstoles la ciencia necesaria para la salva-ción del mundo, para dirigir a los pueblos y hacerlos felices» (XI, 381-382).

Los Misioneros, y los Hermanos junto con aquéllos, tienen la obligación de catequizar a los pobres, de acuerdo con la práctica inicial de la Congregación.

2.3.- Cómo se hacía esto al comienzo de la Compañía.

«Por eso, ustedes, padres, que van a misionar al campo, pueden ver ahora las cosas mejor que yo. Pero sé muy bien cómo se hacía esto al comienzo de la compañía, y cómo seguí-amos exactamente la práctica de no dejar que pasase ninguna ocasión de enseñar a un pobre, si veíamos que lo necesitaba, fueran los sacerdotes, los clérigos que había entonces, o los hermanos coadjutores, cuando iban o venían de algún sitio. Si se encontraban con algún pobre, con algún niño, con algún buen hombre, hablaban con él, veían si sabían los misterios necesarios para la salvación; y si se daban cuenta de que no los sabía, se los enseñaban» (XI, 267).

San Vicente se considera a sí mismo formador para la misión: a partir de su experiencia, instituye el «pequeño método», el 20 de agosto de 1655 (y describe sus frutos espirituales en XI, 174). De la teoría, san Vicente pasa sobre todo a la práctica y en el anuncio de esos ejercicios no carece de gracia.

2.4.- Nadie se podrá excusar

«A los que no sepan componer, o no tengan tiempo para ello, se les entregarán sermones ya hechos, para que se los aprendan de memoria. Solemos hacerlo así para ver las disposiciones que tiene cada uno. Nadie se excusará de este ejercicio; creedme, sólo el orgulloes lo que puede llevar a dispensarse a una persona. Todos hemos de contribuir con nues­tro esfuerzo a que se haga este ejercicio. Sé muy bien que no podrá hacerlo el padre Por­tail, por la dificultad que tiene de hablar; tampoco el padre Almerás, por su enfermedad; ni el padre Bécu, por culpa de sus manos, y no de su cabeza, pues la tiene muy buena; ni el padre Bourdet, que se encuentra algo débil; pero todos los demás, sí; y yo también, pobre porquero, que seré el primero en empezar, no ya en el púlpito, pues no puedo subir, sino en alguna conferencia, donde trataré sobre algún punto de las Reglas o de algún otro tema» (XI, 581-582).

2.5.- Formador: con los misioneros.

«Aquí practicamos (en san Lázaro) cosas que son comunes con las que se hacen en los seminarios, como la repetición de oración y las conferencias sobre algún tema de devo­ción, que nos sirven de ejercicio una vez a la semana» (XI, 575).

Por la preparación a los órdenes sagrados, en los seminarios mayores, pues en ellos se encuentra toda la actualidad de las prácticas apostólicas.

«Sabemos por experiencia que los frutos de las misiones son muy grandes, ya que las necesidades de las pobres gentes campesinas son extremas; pero, como sus espíritus son rudos y mal cultivados de ordinario, fácilmente se olvidan de los conocimientos que se les han dado y de las buenas resoluciones que han tomado, si no tienen buenos pastores que los mantengan en la buena situación en que se les ha puesto. Por eso, procuramos también contribuir a la formación de buenos eclesiásticos por medio de los ejercicios de orde­nandos y de los seminarios, no ya para abandonar las misiones, sino para conservar los frutos que se consiguen por ellas» (IV, 46). (A Filiberto de Brandon, obispo de Périgueux, 20 de julio de 1636)

2.6.- Con las Conferencias de los Martes.

«El padre Eudes, con algunos otros sacerdotes que ha traído de Normandía, ha venido a tener una misión en París, que ha hecho mucho ruido y mucho fruto. La concurrencia era tan grande que el patio de los QuinzeVingts era demasiado pequeño para contener el auditorio. Y al mismo tiempo, muchos buenos eclesiásticos han salido de París, la mayor parte de los cuales son de nuestra reunión de los Martes, para ir a otras ciudades a tener tam­bién misiones» (VIII, 308).

No solamente esta formación sacerdotal se hace sobre el montón, sino que ha de hacerse lo más universal posible.

2.7.- Para formarse en todas las funciones.

«Ha hecho bien al quedarse en casa y enviar al padre Bréant a la misión; es conveniente que los misioneros que tienen diversas ocupaciones pasen de vez en cuando de una a otra, para formarse en todas y no omitir ninguna de ellas» (VIII, 270).

III.- La formación en la caridad

No hay duda alguna: san Vicente no separa «misión y caridad». Existen dos acentuaciones según las situaciones. Pero las Hijas de la Caridad están formadas para la Misión. El reglamento de las Hermanas del Hospital de Angers de 1641 es claro.

«Las Hijas de la Caridad de los pobres enfermos van a Angers a honrar a nuestro Señor, padre de los pobres, y a su santa Madre, para asistir a los pobres enfermos del hospital de dicha ciudad, corporal y espiritualmente: corporalmente, sirviéndolos y administrándoles el alimento y las medicinas, y espiritualmente, instruyendo a los enfermos en las cosas necesarias para la salvación, y procurando que hagan confesión general de toda su vida pasada, a fin de que por este medio los que mueran salgan de este mundo en buen estado y los que sanen, formen la resolución de no ofender nunca a Dios» (X, 680).

Evidentemente, el servicio de los pobres, «la caridad», es la tarea dominante. Esta formación profesional debe ser progresiva, adaptada y realista, ya se trate de una persona o de un conjunto.

«María me ha contestado con mucho interés, cariño y humildad, que está dispuesta a hacer cuanto usted quiera y de la manera que quiera; que lo único que siente es que no tiene bastante juicio, fuerza y humildad para servir para eso, pero que usted le dirá lo que es necesario hacer y que ella seguirá enteramente sus instrucciones» (a Luisa de Marillac, I, 261-262).

3.1.- Unas a los enfermos, otras a las escuelas.

«Fijaos, mis queridas Hermanas, no podéis ser todas iguales: unas valen para los enfermos y otras para las escuelas. Les toca a los superiores mirar para qué valéis. No todas sirven para sangrar, pues hay algunas que tienen las manos demasiado torpes. Los dedos de la mano no son iguales en todas; por eso no todas podéis ser semejantes» (IX, 586).

No hay nada que se adquiera de una vez. La formación es un quehacer perpetuo. También se realizan trabajos prácticos:

«Convendrá seguir así y que tengáis algunas Hermanas nombradas para tener el catecismo, preguntando una y contestando otra. Y las demás que están presentes, es menester que lo escuchen con mucha modestia y respeto. La que preside escucha las respuestas y les explica lo que no sea bastante inteligible y lo que no se comprenda. Y si se cometiese alguna falta, tiene que advertir a la superiora. Mis queridas Hermanas, éste es el mejor medio para instruiros vosotras mismas; y si os servís bien de él, seréis capaces de tener el catecismo con los pobres» (IX, 1149).

Es necesario encontrar tiempo, con tal de no sacrificar la acción propiamente dicha:

«Mire, Hermana, la Sagrada Escritura dice que la caridad bien ordenada comienza por una misma, y que el alma debe preferirse al cuerpo. Pues bien, es necesario que las Hijas de la Caridad instruyan a los pobres en las cosas necesarias para la salvación; por eso, es menester que ellas mismas estén antes bien instruidas en lo que han de enseñar luego a los demás» (IX, 1151).

Las Hermanas pueden ser «maestras de escuela» (IX, 26), «enfermeras» (IX, 214) o «catequistas»:

3.2.- No hay ningún catecismo mejor.

«Señorita, no hay ningún catecismo mejor que el de Belarmino; si todas nuestras Herma­nas lo supieran y lo enseñaran, no enseñarían más que lo que deben enseñar, ya que les toca a ellas instruir a los demás, y deberían saber todo lo que tienen que saber los párro­cos. ¿Sabe usted qué es lo que mantiene a esas dos o tres Hermanas de la señora de Ville­neuve? El saber el sentido de ese catecismo; se lo enseñan a los demás y hacen así un bien increíble. Sería conveniente que se les leyera a nuestras Hermanas y que usted misma lo explicara, a fin de que todas lo aprendiesen y profundizasen en él para enseñarlo; porque, ya que es preciso que ellas lo enseñen, es menester que lo sepan; y no podrán aprender nada más sólido que lo que hay en ese libro. Me alegra mucho que hayamos hablado de esto, pues creo que esta lectura será de gran utilidad» (X, 792-793).

La directora del seminario tiene la obligación principal, así Juliana Loret, que recibe la siguiente exhortación en el Consejo del 30 de octubre de 1647:

«¡Hermana mía! ¿Qué es lo que han hecho con usted? ¡Es el primer cargo después del de la superiora y el más importante! Se trata de formar a unas jóvenes para que puedan ser­vir a Dios en la compañía, hacer que arraiguen en la virtud, enseñarles la sumisión, la mor­tificación, la humildad, la práctica de sus Reglas y de todas las virtudes» (X, 787).

IV. La formación en la vida espiritual

San Vicente, hombre de acción, se hace también místico. Su consigna, misionera por excelencia, remite a la fina punta del alma: «Tratemos de hacernos interiores, de hacer que Jesucristo reine en nosotros»(Xl, 430). A los laicos, les pide una promesa a la que llama ya «buen propósito», testigo el de las Caridades de los Hombres de Folleville, Paillart y Sérévillers (23 de octubre de 1620).

4.1.- Fórmula del buen propósito de los servidores de los pobres.

«Como se ha dicho, a fin de dar mayor estabilidad a esta asociación, los asistentes harán y pronunciarán la siguiente promesa en presencia del rector, después de vísperas, en la capilla de la Caridad, el día de Pentecostés, o el día siguiente, de la siguiente forma: «Yo, servidor de los pobres de la Asociación de la Caridad, elegido como asistente de la misma, prometo en presencia del señor rector de esta Asociación, observar su reglamento y pro­curar con todas mis fuerzas su conservación y progreso, con la ayuda de Dios, que le pido para ello» (X, 633).

A las Hijas de la Caridad, les enseña ya «la unidad de vida»: el «dejar a Dios por Dios» encierra toda la vida interior.

4.2.- La presencia de Dios.

«Empezad siempre todas vuestras oraciones por la presencia de Dios; porque, a veces, sin esto, una acción dejará de resultarle agradable. Fijaos bien, hijas mías, aunque no vemos a Dios, la fe nos enseña su santa presencia en todas las cosas, y éste es uno de los medios que hemos de proponernos: está presente en todo lugar, penetrando íntimamente en todas las cosas e, incluso, en nuestros corazones; y esto es todavía más cierto que el que esta­mos todas presentes aquí, porque nuestros ojos nos pueden engañar, pero la verdad de Dios en todo lugar no fallará jamás» (IX, 23).

«Id todos los días a la santa misa, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia, siendo ejemplo de virtud para todos los que os vean» (IX, 24).

4.3.- Dejar a Dios por Dios.

«Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa misa por el servicio de los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas» (IX, 25).

Pero su «directorio espiritual» está todo entero en los «consejos recogidos por Antonio Durand» nombrado superior del seminario de Agde, a los 27 años, en 1656. Habría que citarlo íntegramente.

4.4.- Un cordero engendra otro cordero.

¡Ay Padre! ¿De qué importancia y responsabilidad cree usted que es la ocupación de gobernar a las almas, a las que Dios le llama? ¿Qué oficio cree usted que es el de los sacer­dotes de la Misión, que están obligados a guiar y a conducir a unos espíritus, cuyos movi­mientos sólo Dios conoce? «Ars artium, regimen animarum». Ésa fue la ocupación del Hijo de Dios en la tierra; para eso bajó del cielo, nació de una virgen, entregó todos los momentos de su vida y sufrió una muerte dolorosísima. Éste es el motivo de que tenga usted que apreciar grandemente lo que va a hacer.

Pero, ¿qué medio hay para desempeñar debidamente este cargo de llevar las almas a Dios, de oponerse al torrente de vicios de un pueblo o a los defectos de un seminario, de inspi­rar los sentimientos de virtud cristiana y eclesiástica a los que la providencia ponga en sus manos, para que contribuya a su salvación o perfección? Ciertamente, padre, en todo esto no hay nada humano: no es obra de un hombre, sino obra de Dios. «Grande opus». Es la continuación de la obra de Jesucristo y, por tanto, el esfuerzo humano lo único que puede hacer aquí es estropearlo todo, si Dios no pone su mano No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él y él en nosotros; que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado; tal es el lenguaje de la Escritura.

Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo. Ya sabe usted que las causas ordinarias producen los efectos propios de su naturaleza: los corderos engendran corderos, etc., y el hombre engendra otro hombre; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla, está animado solamente del espíritu humano, quienes lo vean, escuchen y quieran imitarlo se convertirán en meros hombres; cualquier cosa que diga o que haga, sólo les inspirará una mera apariencia de virtud, y no el fondo de la misma; les comunicará el mismo espíritu del que está animado, lo mismo que ocurre con los maestros que inspiran sus máximas y sus maneras de obrar en el espíritu de sus discípulos.

Para conseguir todo esto, padre, es menester que nuestro Señor imprima en usted su sello y su carácter. Pues, lo mismo que vemos cómo un arbolillo silvestre, en el que se ha injertado una rama buena, produce frutos de la misma naturaleza que esa rama, también nosotros, miserables criaturas, a pesar de que no somos más que carne, ramas secas y espinas, cuando nuestro Señor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo, la savia de su espíritu y de su gracia, estando unidos a él, como los sarmientos de la viña a la cepa, hacemos lo mismo que él en la tierra, realizamos obras divinas, y engendramos, lo mismo que san Pablo, tan lleno de su espíritu, nuevos hijos a nuestro Señor» (XI, 235-237).

4.5.- La oración.

«Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instrucciones que necesite para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener. Cuando tenga alguna duda, recurra a Dios y dígale: «Señor, tú que eres el Padre de las luces, enséñame lo que tengo que hacer en esta ocasión.

Además, debe usted recurrir a Dios por medio de la oración para conservar su alma en su temor y en su amor; pues, tengo la obligación de decirle, y lo debe usted saber, que muchas veces nos perdemos, mientras contribuimos a la salvación de los demás. A veces, uno obra bien en particular, pero se olvida de sí mismo preocupándose por los otros» (XI, 237).

4.6.- La humildad.

«Otra cosa que le recomiendo es la humildad de nuestro Señor. Diga muchas veces: «Señor, ¿qué he hecho yo para tener este cargo? ¿Qué obras tengo para corresponder a la carga que han puesto sobre mis espaldas? ¡Dios mío! Lo voy a estropear todo, si tú no guías todas mis palabras y mis acciones». Consideremos siempre en nosotros todo lo que tenemos de humano y de imperfecto, y encontraremos demasiado de qué humillamos, no sólo delante de Dios, sino también ante los hombres y en presencia de nuestros inferiores» (XI, 238).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1.- Jesucristo formó a sus discípulos con vistas a la Misión. San Vicente hizo exactamente lo mismo. Como seguidores suyos:

  • ¿Somos conscientes de que una adaptación constante es indispensable para responder a las necesidades de los hombres actuales?

2.- Nuestra vida profesional y apostólica:

  • ¿Evoluciona conforme a las exi­gencias de la Misión?
  • ¿Por qué medios?
  • ¿Con qué criterios escogemos esos medios?

3.- «En aquel tiempo, Jesús marchó al monte a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando amaneció…» (Lc 12-13)

«La primera formación es la vida de Fe en sí misma y la vida de Fe no es una tec­nología. Es una vida de amistad con Dios y en la Iglesia». (Apostolat des Laics. Guy Tegnier).

La vida de amistad con alguien o con Dios supone el conocimiento de la persona.

  • ¿Qué medios usamos para acrecentar y profundizar ese conocimiento?
  • ¿Cuáles son los que nos imponen elecciones perso­nales?
  • ¿Proyectos comunitarios o de grupos?
  • ¿Propuestas e invitaciones que emanan de la Iglesia local?

Tomado de “En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy”

David Carmona, C.M.

David Carmona, Sacerdote Paúl, es canario y actualmente reside en la comunidad vicenciana de Casablanca (Zaragoza).

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