Biografías para el recuerdo: Víctor Andueza

14-06-72
Anales 72, pg.364

«Me voy al paraíso», nos decía al comenzar su última semana de vida. Ya está allí. Murió en Pamplona el 14 de junio a las nueve y cinco de la mañana. Los dos últimos días ya no podía hablar, aunque entendía y seguía todo lo que se hacía en su alrededor y, sin embargo, poco antes de morir saludó con todo cariño a la Hermana que le atendía.

Todo comenzó la noche del 14 de mayo. Había vuelto aquella mañana de su querido Artajona, donde había impartido la primera comunión a la más pequeña de sus sobrinas. Por la noche calentó la cena y preparó todo como lo solía hacer los días festivos. No notaba nada. Estaba ale­gre y de buen humor. Ya en la cama se puso mal. No se levantó el 15 y al llegar el médico mando internarlo inmediatamente. Lo llevaron a la clínica del Hospital Provincial que atienden nuestras Hermanas y que se han esmerado en atenderle. Aquella misma tarde le operaron de oclusión intestinal. Los médicos apenas podían trabajar. Todo el vientre estaba inflamado y temían que reventara por cualquier lado. Hicieron lo imprescindible en espera de mejor oportunidad. Le volvieron a intervenir el 27 de mayo. Esta vez trabajaron a gusto y quedaron contentos de su labor. No reaccionaba. Estuvieron pendientes de él en todo momento. Pensaron operarle otra vez el 13 de junio, pero ya no se atrevieron. Nada se podía hacer por él.

No estuvo ni un minuto solo. Sus hermanos se han turnado día y noche. Las visitas de nuestros padres han sido incesantes.

El estaba convencido de que moriría joven. Lo afirmó muchas veces. No le importaba gran cosa. Los primeros días no daba importancia a su enfermedad. Creía que era cuestión de días. Con todo, se confesó varias veces. Aceptó la muerte con toda paz y tranquilidad. Durante la adminis­tración de la unción de los enfermos contestó a todo con voz serena. Continuamente rezaba jaculatorias dirigidas, las más de las veces, al Sa­grado Corazón y a la Virgen.

No eran éstas las primeras operaciones que sufría. Anteriormente ha­bía soportado otras siete, todas en el vientre. Algunas urgentes, a vida o muerte. Todo comenzó, al parecer, con su destino a Cuba. Después de pasar unos años en Galicia, y en vista de la labor que había desarrollado en Los Milagros, los superiores le enviaron en 1947 al Caribe. Allí pronto cayó enfermo y tuvo que volver a España. No faltaron quienes diagnos­ticaron «hispanitis» a sus dolencias, pero nueve operaciones y veinte años de enfermedad permanente recusan tal diagnóstico.

Tal vez se trajo de Cuba su poca adaptación a los cambios de tem­peratura. En San Sebastián se quejaba un día de frío con 18° y pocas horas después sudaba con 19°. Soportaba mejor el frío que el calor. En el Medo pasó muchos inviernos con fríos intensísimos, pero se resintió de nuevo apenas llegó a Écija como superior.

Tantos dolores y enfermedades no le abatieron. Trabajó como bueno. Le gustaba recordar y contar sus trabajos apostólicos. La mayor parte los ejerció en las provincias de Orense y La Coruña durante los mu­chos años que pasó en nuestra casa de Los Milagros.

Durante un mes acompañó a la imagen de Nuestra Señora de Los Mi­lagros, que recorrió todos los pueblos de Orense durante el año santo mariano. En todos los pueblos predicaba. El recorrido no se hacía en có­modos coches. Cada pueblo llevaba a hombros la imagen al pueblo vecino y el P. Andueza iba montado en una yegua. Mucho gozó en este peregri­nar, pero los dolores físicos y el cansancio no fueron pocos.

Fueron cientos las misiones que predicó en las diócesis de Santiago y Orense. Los preceptos cuaresmales fueron innumerables. En algún pue­blo hasta ocho veces los predicó. Muchos días se alargaban las confesiones hasta medianoche. No olvidemos que estaba enfermo.

Su labor más conocida la ejerció en el santuario de Los Milagros. Era popular y supo poner su gracia en el pedir y en el rogar a favor del santuario y de la apostólica. Le llamaban el «Pedichón». Durante años fue el encargado de dirigir los cultos en las famosas novenas y de pedir para e1 arreglo del santuario. Claro que tenía buen cuidado de que cada año les peregrinos vieran en qué se habían empleado sus donativos an­teriores.

En su apostolado era tradicional. No le gustaban los cambios radi­cales. Los peregrinos parecían agradecérselo. Con todo, procuraba que cada año hubiera alguna novedad. Gozaba al comprobar que las confe­siones, las comuniones y las limosnas aumentaban en relación a los años anteriores.

Nombrado superior y párroco de San Vicente de Paúl en Madrid, tra­bajó todo ilusionado en aquella barriada. Siempre se había preocupado de que el pueblo participara activamente en la liturgia. Para facilitarles a sus feligreses esa participación publicó un libro que le ayudó mucho en la labor de formación y que contribuyó a la brillantez de los actos de culto.

Por muchos años ha sido e1 administrador de nuestras casas. Supo llenar esta faceta de su vida con acierto especial. Nunca fue manirroto y le gustaba controlar todas las entradas y salidas. Le dolían los gastos inútiles, pero sabía gastar con largueza para subvenir a las necesidades de sus compañeros, sobre todo si estaban enfermos.

Siempre tenía los libros al día y con una belleza impresionante. Su afición al dibujo y su muy buena escritura brillaban hasta en los recibos que hacía.

Lo tocaron años difíciles para los ecónomos. En Los Milagros había que pensar mucho y moverse no poco para valerse con aquellos ingresos. Le gustaba arreglar cada año alguna parte de la casa y tenía que hacerlo con poco dinero. No le importaba echar una mano o pedir ayuda. Cada tabique, cada puerta de la casa antigua tenía su historia. Cuando la contaba nos admirábamos de que lograra tanto con tan poco. Las nece­sidades de la apostólica prevalecían sobre las necesidades de la co­munidad.

Ha sido uno de los misioneros que hubieran entusiasmado a San Vi­cente. Con un corazón grande, capaz de todas las generosidades. Sin dolo, sin envidia, sin hiel. Se hizo todo a todos. En Galicia aprendió el gallego para hablar con más familiaridad con los campesinos y en San Sebastián estudió el vasco para poder intercalar algunas frases en sus conversacio­nes con los vascos. No llegó a dominar el vasco, pero con su esfuerzo daba a entender la estima en que tenía a sus gentes, a su lengua y a sus cosas.

Se entusiasmaba con cualquier cosa. Todo le caía bien. Una vez comenzado un trabajo le costaba dejarlo antes de verlo terminado. Los últimos meses de su vida tuvo que moderar su afición al dibujo porque le absorbía demasiado. También es cierto que olvidaba con facilidad asun­tos que pocos días antes le ilusionaban.

Se hizo amar en todas las partes donde estuvo. Donde más recuer­dan su labor es en Los Milagros. Le gustaba volver por allí y charlar con los viejos amigos, gente sencilla que frecuenta el santuario. Este año había comenzado a guardar parte de la mensualidad para poder pasar las vacaciones junto a la Santiña. Allí no se le olvida. Buen testimonio es el gesto de venir tres padres de aquella comunidad la despedida final.

Los grandes amores del P. Andueza han siso la eucaristía, la Virgen, los pobres y su familia.

Aunque no se tuviera en pie hacía un esfuerzo por celebrar diariamen­te. Se prestaba con facilidad y gusto para las binaciones. En Cuba hacía de ministro en las misas cantadas hasta varias veces en la misma jornada.

Enfermo y sin poder tragar ya pedía la comunión y lo ha hecho siem­pre que ha podido. El mismo confesó que muchos días que no debía cele­brar por estar enfermo lo hacía sólo por el gran amor que tenía a Cristo.

La devoción a la Virgen que tenía el P. Andueza era proverbial en Ga­licia. La inculcó sin desmayo durante toda su vida. Su confianza en la Vir­gen de los Milagros rayaba en la heroicidad. Durante aquellos aciagos años en los que nuestra fundación de Los Milagros pendía de un hilo le oí decir muchas veces: no posará nada. En el último momento la Virgen, si es preciso, hará un milagro. Y lo hizo. Así no era de extrañar el calor que ponía al hablar de la Virgen y que sabía transmitir a sus oyentes.

Siempre quiso mucho a su familia. Los que le hemos tratado conocía­mos de oídas a todos y cada uno de sus hermanos y sobrinos. Seguía sus vidas y se gozaba con sus triunfos. Le tremolaba un poco la voz cuando hablaba de sus sobrinos que aspiraban a ser misioneros. Para todos era un padrazo; para ellos, un buen abuelo. También ellos le correspondían en el amor. En Madrid y en San Sebastián, con ocasión de sendas opera­ciones, tuvo junto a sí a su hermano mayor, que le veló durante semanas enteras. Este mes se han turnado todos para que estuviera siempre bien acompañado. Ha sido un ejemplo muy comentado estos días en la clínica. Dios les pague cuanto han hecho por el P. Andueza.

Descanse en paz e interceda por nosotros el buen P. Víctor Andueza.

Anónimo

Mitxel Olabuénaga, C.M.

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones. Actualmente es profesor de Historia en el Colegio San Vicente de Paúl de Barakaldo.

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